La expresión “Jim Crow” surge del título de una canción acompañada de una danza que data de 1832, “Jump Jim Crow”, interpretada por Thomas Dartmouth Daddy Rice, el artista escénico más aclamado de su época, tanto en Estados Unidos como en Inglaterra. Jim Crow se convirtió en un personaje clave de los espectáculos de variedades llamados “minstrel”, que ponían en ridículo los supuestos rasgos de carácter de los negros de las plantaciones. Vestido con ropa remendada, gesticulando con su sombrero, se contorsionaba para provocar risas y cantaba, supuestamente en “etíope”, la leyenda de un esclavo satisfecho con su condición.

Los historiadores han utilizado la expresión “Jim Crow” para referirse a una época, la “era de la segregación”, delimitada por dos decisiones de la Corte Suprema de Estados Unidos, que aprobó en 1896 y luego derogó en 1954 la separación legal de las “razas” en el sur del país. Así, se refiere al régimen de dominación racial más violento de la era moderna en tiempos de paz.

“Jim Crow” se desarrolló entre el período de su instauración (la llegada del siglo XX), el de su plenitud hegemónica (el período de entreguerras) y durante su fase de abierto rechazo y disolución gradual (las dos décadas que siguen a la Segunda Guerra Mundial). En una docena de estados del sur, antiguamente confederados, basculó entre el polo de la “civilidad” en un extremo, encarnado por Virginia y Carolina del Norte, y, en el otro, el de la “brutalidad”, materializada por Mississippi, con estados como Florida, Georgia y Arkansas distribuidos a lo largo de esa gama.

La regla de “la gota de sangre”

Para entender ese régimen de dominación racial, primero hay que identificar el sistema de clasificación que lo sustenta. En el sur de Estados Unidos, tras la abolición de la esclavitud, la ley y el sentido común no reconocían más que dos categorías separadas, los blancos y los negros (o “de color”), a pesar de la mezcla sexual que se generalizó bajo la servidumbre, como lo demuestra la gama de tonos de piel y de fenotipos que presentaba la población considerada negra. Los descendientes de padres racialmente mixtos eran asignados de forma automática a la categoría considerada inferior, en ese caso los negros, independientemente de su apariencia, de su estatus o de la identidad racial de sus otros ancestros.

Esta regla, llamada de “la gota de sangre”, se endureció aún más cuando la animosidad con respecto al mestizaje mutó en histeria colectiva a mediados del siglo XIX. Entonces se organizaron milicias y ligas antimestizaje en todo el sur. En 14 de los 15 estados sureños se adoptaron, con rapidez, estatutos jurídicos rígidos que definían de manera formal el estatus racial del “negro” basándose en una variante de la regla de la gota de sangre. En Florida, la Constitución del Estado fijaba el cociente de sangre negra en un 1/16; en Maryland y Mississippi era del 1/8; en Kentucky, cualquier “cantidad apreciable” de sangre negra lo convertía en negro; en Arkansas, el término “negro” se aplicaba a “toda persona que tenga en sus venas sangre negra, sea cual fuere”, mientras que en Alabama los mulatos eran clasificados en la categoría de los negros.

Pero ello no resolvía la cuestión del mulato, y los blancos, poco seguros de su propia identidad racial, se volvieron paranoicos respecto de la “negrura invisible” (explorada en novelas de William Faulkner tales como Luz de agosto, de 1932, y ¡Absalón, Absalón!, de 1936). La preocupación se volvió tan intensa que bastaba con frecuentar a descendientes de esclavos de cualquier color para ser categorizado como negro (o “negro blanco”), incluso en ausencia de pruebas de ascendencia africana. Desde los años 1920, blancos y negros se convirtieron en dos categorías raciales separadas por una barrera de sangre infranqueable, sobre todo en los estados del sur.

Estados Unidos se volvió el único país del mundo en definir la negritud por la regla de la gota de sangre. No obstante, arraigadas en lo más íntimo del dualismo negro-blanco, las gradaciones de color siguieron teniendo importancia para la población negra. Así, en los pequeños pueblos de Mississippi de los años 1940, una piel clara era una ventaja en el plano económico, social y sexual. Como los criterios de belleza eran blancos, los hombres que tenían éxito social se esforzaban por casarse con mujeres “claras”.

Elaborada y establecida para reforzar la esclavitud, la regla de la gota de sangre sobrevivió a su abolición en 1865. El imperativo de la pureza de la sangre se arraigó en la creencia de los blancos en la naturaleza degradada y degradante del cuerpo negro, por sus pulsiones, su sustancia y sus fluidos, una creencia que surgió de la asociación entre esclavitud y negritud. Tras la Guerra de Secesión (1861-1865), la opinión dominante entre las élites blancas era que la eliminación de las ataduras de la servidumbre consideradas beneficiosas producía un regreso al estado salvaje y bestial de los negros, de modo que mezclarse con ellos representaba una amenaza existencial para la civilización. La imagen del negro como demonio brutal y lujurioso “tiene su origen en el imaginario esclavista, que concibió al hombre negro con una doble naturaleza: dócil y amable cuando está esclavizado, feroz y asesino cuando es libre”1.

Pero ello no es todo: los negros eran considerados particularmente vulnerables a las enfermedades. Serían portadores omnipresentes pero invisibles de infecciones, de modo que tener relaciones íntimas con ellos conduciría de modo inevitable al “suicidio racial” de los blancos. La raza negra también era percibida como especialmente propensa a las enfermedades debido a aquello que los especialistas llamaban “su gran sensualidad y sus excesos”, así como por su “total desprecio por las leyes del saneamiento y de la higiene”. Para contener esta amenaza sanitaria había que controlar de forma estricta las líneas de descendencia y tomar medidas segregativas.

Las representaciones denigrantes de los afroestadounidenses perduraron hasta mediados del siglo XX. Así, en los años 1940, los blancos de Mississippi consideraban que “el negro es una forma inferior de organismo, más primitivo en términos biológicos, inferior en lo mental y subdesarrollado en el terreno de las emociones. Es insensible al dolor, incapaz de aprender y tiene un comportamiento similar al del animal”2. Los negros eran considerados naturalmente apáticos, de modo que era necesario imponer la fuerza para hacerlos trabajar; eran iguales a niños, graciosos y despreocupados; no tenían noción del tiempo y, por lo tanto, eran incapaces de diferir la satisfacción de sus deseos o de planificar el futuro; obedecían al instinto de rebaño y no querían mejorar su suerte. Por ello, preferían ser guiados y mandados por los blancos: “Ni uno de cada 1.000 quiere ser independiente”.

No obstante, los blancos debían tener cuidado, porque los negros también eran naturalmente mentirosos y ladrones, inestables y poco confiables, así como congénitamente crédulos, de modo que podían ser seducidos con facilidad por las llamadas de los “agitadores externos”, entre ellos los comunistas. De hecho, cuando en la posguerra los negros protestaron contra Jim Crow, los blancos del sur denunciaron el activismo afroestadounidense como un intento de crear “soviets negros”.

Las incursiones violentas del Ku Klux Klan

Tras la abolición, el anhelo más preciado de los antiguos esclavos era asegurar su independencia económica adquiriendo parcelas para cultivar por su propia cuenta. Pero la promesa de las “40 acres y una mula” no se concretó3. Los terratenientes blancos procuraron la inmovilidad geográfica y ocupacional de su mano de obra negra, impidiéndoles acceder a la propiedad de la tierra. En algunos estados, los Códigos Negros promulgados justo después de la guerra civil prohibían a los afroestadounidenses poseer tierras cultivables. En otros, las incursiones violentas del Ku Klux Klan aterrorizaron a los campesinos y a los granjeros negros. En cualquier caso, la mayor parte de los descendientes de esclavos no disponía de medios para rentar o comprar parcelas cultivables, y los blancos se aseguraron de impedirles que adquirieran tierras. Es así como la gran mayoría de los negros se convirtieron en aparceros, trabajando “a medias”, en agricultores arrendatarios durante todo el año o en obreros agrícolas contratados por las plantaciones donde habían sido esclavos.

En los estados que habían sido confederados, los antiguos propietarios impusieron la aparcería tanto a los blancos como a los negros. Pero, unida a la división racial heredada de la era de la servidumbre, la oposición entre propietarios blancos y labradores negros funcionó como principal mecanismo de extracción económica y como articulación de la dominación simbólica que perpetuó la deshonra de los afroestadounidenses consolidando su desposeimiento y su dependencia. Además, para los blancos, el estatus de aparcero era temporal, mientras que para los afroestadounidenses en general era definitivo.

En el marco de la aparcería, el agricultor y su familia aportaban la fuerza de trabajo, mientras que el propietario proveía la tierra, las semillas, las herramientas y los animales de tiro, así como una choza improvisada sin ventanas ni comodidades. El propietario de la tierra también adelantaba fondos mínimos en efectivo o en cupones utilizables sólo en el almacén de la plantación, y garantizaba una mínima cobertura médica durante los seis meses previos a la cosecha. La familia patriarcal, ayudada por la parentela extendida, era la unidad agrícola básica en el cultivo del algodón, y la viabilidad económica dependía en lo principal del tamaño del hogar; los niños de apenas siete años se encargaban de desmalezar y de la recolección, mientras que los chicos de 12 años y más conducían el arado.

Tras la cosecha, el aparcero tenía derecho a un tercio o a la mitad de las ganancias, según el contrato celebrado con el propietario. Este último controlaba tanto la venta de la cosecha como la contabilidad de los adelantos otorgados durante el año anterior. Por lo tanto, le resultaba fácil manipular las cuentas en beneficio propio. Como consecuencia de ello, al final de la temporada, los aparceros apenas alcanzaban el umbral de rentabilidad o, peor aún, se encontraban con pagos en mora. Entonces se veían obligados a mudarse e instalarse en otra granja cercana, con la esperanza de obtener allí mejores condiciones, o bien eran obligados a seguir trabajando para pagar sus deudas, sin importar la deshonestidad de su propietario. Alrededor de 1930, más del 80 por ciento de los aparceros de Indianola, en Mississippi, no llegaba a cubrir sus deudas, mientras que el 91 por ciento estaba en déficit en el condado de Macon, en Georgia4.

Un buen número de aparceros, demasiado pobres para sobrevivir en la granja durante los meses de invierno, debía instalarse en lo de parientes o emigrar hacia las aldeas cercanas en busca de un empleo temporal hasta la siguiente temporada de plantación. Los granjeros negros que alquilaban su tierra por una suma fija no eran mucho más afortunados. Se alimentaban en tal caso de leche y de pan, que mendigaban a su propietario, y debían conformarse con raciones alimentarias inferiores a aquellas que antes obtenían como esclavos.

Los aparceros negros eran especialmente vulnerables a esta estafa organizada, en la medida en que el simple hecho de cuestionar el “pago” de la temporada provocaba, de inmediato, la furia del cultivador blanco. En ese caso, este último podía recurrir de forma indistinta a la violencia privada o a la ley para hacer respetar ese acuerdo asimétrico. “El patrón está sentado detrás de su escritorio, con un revólver de 45 [mm] al lado [...]. El agricultor no puede cuestionar el pago, si no, el patrón agarra el arma y le pregunta si va a discutir o no. Si lo hace, ¡pam, pam!”5. Los afroestadounidenses que tenían la audacia de pedir una relación detallada de sus adelantos o un recibo por la venta de su algodón eran maltratados, azotados, echados del condado o asesinados sin grandes consecuencias judiciales. Era habitual que ser tratado de mentiroso o de ladrón por un negro estuviera considerado como un motivo de “homicidio justificado”. Lo cierto es que en los condados rurales aislados la vida de los negros no valía gran cosa, como lo indica la expresión sureña: “Mata a una mula, compra otra. Mata a un negro, emplea a otro”.

La intimidación a los arrendatarios y a los aparceros negros era moneda corriente para impedir que se convirtieran en “insolentes”, es decir, que reclamaran lo que se les debía. “Un granjero negro que cuestiona la contabilidad de su propietario blanco siempre es considerado como un ‘negro malo’ y como un peligro para el funcionamiento del sistema de plantación en sí mismo. En general es echado de la plantación antes de que pueda alterar a los demás”6. En ese condado de Mississippi no era inusual que un propietario invitara a otros plantadores a unirse a las “fiestas del látigo” y a torturar a sus aparceros desobedientes delante de sus congéneres, como advertencia.

La violencia llegaba a su punto álgido cada vez que los trabajadores agrícolas y los aparceros intentaban organizarse para mejorar su suerte. En ese caso, se enviaban escuadrones de la milicia del estado para reprimir los intentos de sindicalización; los presuntos dirigentes recibían una paliza, eran castrados o asesinados. En la mayor parte de los estados, el contrato de aparcería presentaba esta particularidad de que, para hacerse respetar, el plantador podía recurrir al tribunal penal, en lugar del civil. Un aparcero que se iba sin avisar no era demandado ante la justicia civil (de todos modos, no tenía activos), sino acusado ante la justicia penal y encarcelado, para luego a veces ser entregado a su propietario para que se matara trabajando para eliminar su deuda, otras veces era alquilado a un operador privado para realizar trabajo forzado.

Thomas Dartmouth Rice (1808-1860). Dibujo sin fecha ni datos de autoría.

Thomas Dartmouth Rice (1808-1860). Dibujo sin fecha ni datos de autoría.

Encarcelamiento a toda costa

Por otra parte, las fuerzas del orden estaban prontas a imponer a los negros fuertes multas y gravámenes por infracciones anodinas o que servían de pretexto, tales como “turbación del orden público”, “vagancia” y vagabundeo, con el fin de recaudar fondos destinados al presupuesto de la policía y del tribunal de la región, haciendo así “del castigo penal una actividad lucrativa en perjuicio de los negros”: “Cuando a los empleadores blancos les falta mano de obra, informan de ello al sheriff, quien de modo repentino aplicará leyes imprecisas tales como aquellas contra el vagabundeo y así reclutará a la fuerza los brazos necesarios para cultivar la tierra”7. Una vez tras los barrotes, los detenidos eran presionados para firmar contratos que autorizaban a los plantadores a utilizar la fuerza privada que consideraran necesaria para obtener sus servicios, a encerrarlos, e incluso a deducir de su salario los gastos en que habían incurrido para capturar y traer de regreso a los eventuales fugitivos.

Con leyes que convertían al “robo a granjeros” en un crimen capital y ordenanzas que limitaban con severidad las actividades de los agentes reclutadores de mano de obra en busca de candidatos para el trabajo urbano asalariado, esta combinación de dependencia económica y de presión jurídica equivalía a crear lo que W. E. B. Du Bois llama una “esclavitud de la deuda”, en lugar de la esclavitud a secas, y peor en muchos aspectos8. La escasa minoría de negros que lograba escapar de los tentáculos de la plantación buscando un empleo en los campos de trementina, en los aserraderos o en las emergentes ciudades mineras e industriales se dio cuenta, con rapidez, de que sus oportunidades económicas allí también estaban limitadas a los “trabajos para negros”, los más repugnantes y peligrosos. Se les concedían esos empleos porque se los podía hacer trabajar más duro, por salarios más bajos y con un trato más severo que a los blancos. En los años 1930, el propietario de una planta de envasado de Mississippi explicaba su preferencia por los trabajadores afroestadounidenses por la eficacia que le brindaba frente a los holgazanes y a los agitadores sindicales: “Agarro un garrote y les doy una buena paliza a dos o tres negros, y las cosas vuelven de inmediato a la normalidad”9.

Por su parte, las mujeres negras encontraban con bastante facilidad un empleo remunerado en el servicio doméstico, como cocineras, encargadas de limpieza, lavanderas o niñeras, porque todas las familias blancas, a excepción de las más pobres, tenían empleadas domésticas. Trabajaban por salarios irrisorios (y en jornadas de 14 horas, siete días a la semana, en el Mississippi de comienzos del siglo XX). Incluso a costa de desatender a su propia familia, sin hablar de la omnipresente amenaza de ataques sexuales por parte de los hombres blancos, que, cómodamente, manifestaban que ninguna mujer negra que hubiera pasado la pubertad era casta.

Así pues, bajo Jim Crow, la costumbre, la ley y la violencia se conjugaban para restringir de manera drástica los contactos entre las dos comunidades y para operar una bifurcación institucional sistemática, en virtud de la cual cada organización, pública o privada, ofrecía una vía reservada a los blancos (“sólo blancos”) y otra a los negros (“sólo de color”). La primera era el camino real; la segunda, una concesión secundaria que señalaba la inferioridad y la indignidad de los afroestadounidenses.

Es a esta bifurcación que hace referencia el término autóctono “segregación”, utilizado por los sureños mismos (y retomado por los historiadores), término inadecuado, porque Jim Crow no se conformaba con relegar a los negros a los barrios de residencia separados e inferiores (conocidos bajo el nombre de “darktown”). Los mantenía al margen de todo el abanico de instalaciones públicas y establecimientos comerciales, salas de espera y baños, ascensores y cabinas telefónicas, tranvías y ómnibus, tabernas y cines, parques y playas, hospitales y oficinas de correo, orfanatos y hogares de ancianos. El principio de bifurcación se aplicaba incluso a las prisiones, a las morgues y a los cementerios –Florida llegó incluso a utilizar horcas diferentes para la ejecución de los condenados a muerte blancos y negros–.

Los antiguos esclavos y sus descendientes tampoco tenían derecho a frecuentar las mismas escuelas que los blancos. También tuvieron que fundar y desarrollar sus propias iglesias, porque las iglesias blancas, en el mejor de los casos, les otorgaban un estatus de miembro de segunda clase. La justificación comúnmente expresada de esta ingeniería social meticulosa, incluso maniática, era que, ante la ausencia del desdoblamiento institucional, “la raza negra contaminaría y retrasaría a la raza blanca”, que, en el sur, había alcanzado la cumbre de la civilización.

Durante las dos primeras décadas del siglo XX, todo el paisaje físico del sur de Estados Unidos se vio modificado por la construcción de muros y barreras, por el despliegue en las ciudades de cortinas y de carteles de “sólo blancos” y “sólo de color” (indicando, por ejemplo, las fuentes de agua y las salas de espera reservadas a uno u otro grupo), exacerbado por la difusión de inscripciones raciales informales y por la construcción de entradas dobles en los edificios públicos y en los comercios. Esta racialización del espacio contribuía a introducir en el ambiente construido un guion con dos roles ficticios: el de los bondadosos dueños blancos y el de sus satisfechos sirvientes afroestadounidenses. De hecho, la principal excepción a esta rígida separación se refería a los sirvientes negros, autorizados a entrar en los espacios blancos para cumplir con su función.

En Alabama, las compañías de ómnibus estaban obligadas a tener salas de espera reservadas a los blancos y a los negros, separadas por “una división construida en metal, en madera, en tejido sólido o en cualquier otro material, de modo de obstruir la vista entre los dos sectores”. En Arkansas, los ferrocarriles eran pasibles de una multa de 500 dólares por cada tren no segregado en circulación. En Georgia, los empleados que violaran las instrucciones de segregación y no se apresuraran a expulsar del tren a un pasajero negro, eran culpables de un delito. En Carolina del Norte, los tranvías que transportaban sólo a blancos o a negros tenían que colocar carteles luminosos indicando “Blancos” y “De color” visibles con claridad a una distancia de 90 metros después del anochecer. Al conductor del tren le correspondía decidir sobre la raza del pasajero, pero la compañía estaba protegida contra toda responsabilidad jurídica si cometía “un error de buena fe”.

Ante todo, los negros debían demostrar su deferencia y su docilidad cuando estaban en presencia de blancos, so pena de ser rápidamente regañados y llevados por el buen camino por medio de represalias privadas o sanciones públicas. Además, tenían que aceptar las reglas de reverencia, conformarse a ellas de manera voluntaria y alegre, dirigirse a los blancos utilizando las expresiones “Señora” y “Señor” (o “capitán” y “jefe”), mientras ellos eran llamados por sus nombres de pila o saludados con un “chico”, “chica” o “tiita-”, cualquiera fuera su edad y el contexto. Los tabúes y las sanciones provenientes de las interacciones raciales se aplicaban también a las conversaciones telefónicas, a pesar de la dificultad práctica de determinar la etnicidad del interlocutor al otro lado de la línea; se extendían a las entrevistas en los periódicos y a los intercambios verbales de los abogados y de los jueces en las salas de audiencia. En una ciudad del delta del Mississippi, la oficina de correos se tomaba la molestia de borrar las menciones “Sr.” y “Sra.” de las cartas dirigidas a los habitantes de color. En otra, los carteros blancos se creían en la obligación de tirar el correo de los negros al piso, en lugar de dárselo en mano. En las conversaciones con los blancos, era más que recomendable dejarlos tomar la iniciativa, dirigir la conversación, imponer su punto de vista.

Espere a que el blanco sea atendido

So pena de ser abofeteados, empujados a la calle, agredidos o detenidos por la policía, los afroestadounidenses tenían que descender con rapidez de la vereda para dejar suficiente espacio a los transeúntes blancos y así procurar no chocarlos u obstaculizar su movimiento. En los negocios y en las oficinas, tenían que esperar hasta que todos los clientes blancos fueran atendidos, pero también mantenerse alejados y sostenerles la puerta. Tenían prohibido probarse ropa, sombreros o zapatos; sólo tenían que salir para comer o beber.

Asimismo, según la costumbre, los automovilistas negros no podían tener la prioridad o se les prohibía rebasar a los vehículos conducidos por blancos, o incluso estacionar en las calles principales de la ciudad. Un accidente menor de un auto con un conductor blanco podía resultar fatal si este último reaccionaba con una furia incontrolable. Era mejor que los afroestadounidenses no fueran dueños de automóviles costosos, percibido por los blancos como muestra de “imprudencia”. En ciertos condados rurales, el simple hecho de conducir un auto podía dar lugar a violentas represalias, como cuando unos blancos de una pequeña ciudad de Georgia forzaron a un granjero negro y a su hija a descender de su vehículo antes de rociarlo de gasolina y prenderlo fuego, gritando: “A partir de ahora, ustedes, los negros, vengan a la ciudad a pie o utilicen la vieja mula si quieren quedarse en esta ciudad”. Cualquier señal exterior que indicara un eventual deseo por parte de los negros de ser tratados con respeto, como el hecho de emperifollarse e ir a la ciudad para hacer las compras durante la semana, podía generar una fuerte reprimenda y un arresto inmediato por parte de la policía, pero también golpizas y asesinatos impunes.

Los tabúes acerca de las formas de cortesía entre negros y blancos incluso les impedían estrechar las manos, compartir una comida, tomar algo o fumar juntos –así como cualquier forma de intercambio cercano que generara el riesgo de abrir la puerta a la abominación de las relaciones íntimas–. Desde el punto de vista de los blancos del sur, mezclarse durante las comidas implicaba traspasar el límite inconmovible entre el glorificado “nosotros” blanco y el mancillado “ellos” negro.

El principio del rechazo generalizado de la igualdad y de la reciprocidad se aplicaba a los entretenimientos más anodinos, tales como los juegos de cartas, los dados, el dominó, las damas o los partidos de billar, que el estado de Alabama prohibía incluso en un entorno privado. Los negros no tenían derecho a participar en las competencias deportivas con los blancos, por miedo a que los pudieran alcanzar o superar. Cuando el campeón de boxeo negro “Papa Jack”, Jack Johnson, le hizo un nocaut a Jim Jeffries, elegido como la “gran esperanza blanca” para reconquistar el título mundial de los pesos pesados en nombre de su raza, durante la “lucha del siglo” en Reno, el 4 de julio de 1910, estallaron decenas de revueltas en todo el sur y más allá, durante las cuales grupos de blancos rabiosos atacaron a los afroestadounidenses en la calle en represalia por esa humillación. Se prohibió la difusión de la filmación de la lucha por miedo a que excitara el orgullo desubicado de los negros, para quienes Johnson era un colosal “redentor de la raza”. Y, como había que dar muestras de alerta y habilidad para minimizar el peligro de quebrantar de modo inadvertido una regla no escrita, los afroestadounidenses que llegaban a un nuevo lugar se apresuraban a preguntar a los habitantes negros cuáles eran las normas locales en materia de prohibiciones y de demostraciones de docilidad.

Sin embargo, la principal obsesión de los blancos tenía que ver con los contactos íntimos, porque la cultura cívica de la región consideraba en particular la pureza racial (definida como una descendencia que excluyera a los negros y a otras categorías deshonrosas). Las ocasiones de intimidad interracial eran supervisadas con ahínco, y cualquier ofensa, real o imaginaria, por parte de hombres negros era reprimida con salvajismo, mientras que la tolerancia y la discreción primaban respecto de los hombres blancos implicados en actividades sexuales o en concubinato con mujeres negras. De hecho, muchos eminentes blancos del sur, incluso jueces o gobernadores, no escondían que tenían tanto una familia negra como una familia blanca, lo cual era aceptable en tanto esas relaciones no fueran reconocidas en términos oficiales ni expresadas con lenguaje sentimental, y los niños nacidos de aquellas no fueran integrados en la sociedad blanca.

Si es negra, es libertina

Los hombres blancos tenían “acceso” a dos categorías de mujeres, blancas o negras, mientras que los hombres negros y las mujeres blancas estaban limitados a su propia casta en materia de opciones sexuales. Ello permitía idealizar a la mujer blanca del sur, pura y asexuada, mientras que la mujer negra era descrita como hipersexuada y libertina. Los hombres negros no tenían en ningún caso el derecho a tener relaciones íntimas con mujeres blancas, ni siquiera con prostitutas. Tal relación era considerada más grave que el incesto; aquel que incurriera en ella ponía en riesgo, de modo literal, su vida. El temor histérico de la “degeneración racial” encontraba su punto culminante durante los estallidos de palizas, de azotes, de violencia colectiva, de tortura y de revueltas. Durante las dos últimas décadas del siglo XIX, unos 2.060 afroestadounidenses fueron linchados, un tercio de ellos tras haber sido acusados de agresión sexual o como culpables de simples impertinencias respecto de mujeres blancas.

A pesar de su brutalidad, los plantadores eran muy diligentes para hacer valer la asistencia que brindaban a sus arrendatarios y aparceros bajo la forma de alimentos, cuidados médicos y protección ante sus altercados con la justicia. Hortense Powdermaker lo expresa muy bien: “Las emociones que acompañan la actitud de los blancos respecto de los negros pueden describirse con una variada gama: afecto, gentileza, compasión, indulgencia, miedo, hostilidad. Lo único que ningún hombre blanco otorgará jamás a un negro de manera bierta, es respeto”[^10].

Loïc Wacquant, profesor de Sociología en la Universidad de California e investigador asociado al Centro Europeo de Sociología y de Ciencias Políticas, París; autor de Jim Crow, le terrorisme de caste en Amérique (que se publicará el próximo 19 de abril), del cual este texto fue extraído y adaptado. Traducción: Micaela Houston.

[^10: H. Powdermaker, After Freedom, op. cit.


  1. George M. Fredrickson, The Black Image in the White Mind: The Debate on Afro-American Character and Destiny, 1817-1914 (1971), Hanover, NH, Wesleyan University Press, 1987. 

  2. Allison Davis et al., Deep South: A Social Anthropological Study of Caste and Class, University of South Carolina Press, Charleston, SC, [1941], reed. 1992. 

  3. La expresión remite a la promesa hecha en 1865 de redistribución de las tierras a los esclavos liberados que las habían trabajado, que condujo a estos últimos a creer que podrían convertirse en un campesinado independiente. 

  4. Hortense Powdermaker, After Freedom: A Cultural Study of the Deep South, University of Wisconsin Press, Madison, 1993. 

  5. John Dollard, Caste and Class in a Southern Town, Madison, WI, University of Wisconsin Press, [1937], 1988. 

  6. Allison Davis, et al., Deep South: A Social Anthropological Study of Caste and Class, University of Chicago Press, 2009. 

  7. Gunnar Myrdal, An American Dilemma: The Negro Problem and Modern Democracy, 2 vols., Harper & Brothers, Nueva York, 1962. 

  8. William Edward Burghardt (W. E. B.) Du Bois, The Souls of Black Folk, G & D Media, New York, 2019. Edición en español: Las almas del pueblo negro, Capitan Swing, Madrid, 2021. 

  9. Citado por N. R. McMillen, Dark Journey: Black Mississippians in the Age of Jim Crow, University of Illinois Press, Urbana.