Aunque es posible decir que la pandemia de covid-19 le puso el broche de oro, la tendencia a eludir el contacto físico y preferir las relaciones a distancia ya se había iniciado antes. El deseo, dice Berardi, se ha desexualizado, aunque eso no signifique su desaparición. Mutante, canalizada hacia otros destinos, esa fuerza o intensidad que caracteriza al deseo aparece ahora, en tiempos de precariedad y agotamiento absolutos, bajo formas de violencia y miedo, entre otras.

El texto que reproducimos a continuación, con permiso de su autor, es la transcripción (editada por la edición 133 de e-flux Journal y traducida por Lento) de una ponencia para el congreso en homenaje a Félix Guattari realizado en París en octubre de 2022, a 30 años de la muerte del autor de Caosmosis.

Franco Bifo Berardi, fundador de la famosa emisora Radio Alice en Bolonia y destacada figura del movimiento italiano Autonomía, es escritor, teórico de los medios de comunicación y activista social.

Guattari y Autonomía

En 1974 estaba haciendo el servicio militar obligatorio, alojado en un cuartel del Ejército italiano. Pero la vida militar no era lo mío y buscaba una salida. Un amigo me recomendó que leyera a un filósofo francés. Fue así que empecé a incursionar en la lectura de Félix Guattari.

Lo primero que leí de él fue Psicoanálisis y transversalidad, de donde saqué la idea de orquestar un arrebato de locura. El coronel de la clínica psiquiátrica determinó que estaba realmente loco y me enviaron a casa. A partir de ese momento, Guattari se convirtió para mí en un amigo cuya obra podía indicarme cómo escapar de todo tipo de cuarteles, ya fueran físicos o de otra índole.

Seguí con esos estudios durante toda la década del 70, cuando desde universidades, fábricas y ocupaciones surgió un movimiento de estudiantes y jóvenes trabajadores llamado Autonomía, que se manifestaba a través de acciones y formas de organización muy diversas, incluidos proyectos contraculturales y estéticos.1 En 1975 publiqué el primer número de A/traverso, una revista que buscaba traducir conceptos “esquizoanalíticos” al lenguaje de Autonomía. Un año más tarde, en 1976, junto con un grupo de amigos fundé la primera emisora de radio libre de Italia, Radio Alice. La Policía luego clausuraría la estación, tras acusarnos de incitar los disturbios que estallaron ante el asesinato de Francesco Lorusso, militante del grupo extraparlamentario Lotta Continua.2

El movimiento Bolonia 1977 eligió el lema “deseosos de autonomía” para autodefinirse. A veces utilizaban la expresión “nosotros, los transversalistas”. En las declaraciones públicas, los volantes y las consignas de las manifestaciones de la primavera de 1977 contra la represión masiva y la violencia estatal había una referencia explícita al posestructuralismo.

Habíamos leído El anti-Edipo, aunque sin entender mucho de su contenido. Pero había una palabra que nos había impactado: deseo. Comprendimos claramente que el motor del proceso de subjetivación era el deseo. Es decir, proponíamos dejar de pensar en términos de “sujeto” y olvidarnos de Hegel (o escupir sobre él, al decir de Carla Lonzi en su ensayo de 1970).3 En otras palabras, la subjetividad no es algo prefabricado que sólo cabe organizar. Nos dimos cuenta de que no hay sujetos, sino flujos de deseo que atraviesan organismos a la vez biológicos, sociales, sexuales y, por supuesto, conscientes. Pero la conciencia no es algo puro e indeterminado. La conciencia no existe sin el trabajo incesante del inconsciente, de ese laboratorio que no es un teatro en el que representamos una tragedia ya escrita, sino un escenario en el que protagonizamos una tragedia atravesada por flujos de deseo que escribimos y reescribimos continuamente.

Por otra parte, el concepto de deseo no debe reducirse a una tensión siempre positiva: el deseo es fundamental para explicar las oleadas de solidaridad social y las oleadas de agresividad, los estallidos de rabia y el endurecimiento de la identidad. Tanto los movimientos libertarios revolucionarios como las reacciones represivas contra ellos se nutren de fluctuaciones del deseo.

Por último, el deseo no es un tipo alegre y educado. Por el contrario, puede retraerse, encerrarse en sí mismo y terminar generando violencia, destrucción, barbarie. El deseo es el factor de intensidad en la relación con el otro. La intensidad puede ir en sentidos distintos y, de hecho, hasta opuestos.

Guattari acuñó el término retournelles (estribillos) para designar las concatenaciones semióticas que pueden existir en armonía con el entorno más amplio. Estribillo es una vibración cuya intensidad puede vincularse con uno u otro sistema de signos y estímulos nerviosos. El deseo es la percepción de un estribillo que producimos para captar las ondas de estimulación que emite el otro (un cuerpo, una palabra, una imagen, una situación) para luego relacionarnos con esas ondas. Del mismo modo, la avispa y la orquídea, dos entidades que tienen poco que ver una con otra, pueden, no obstante, vincularse, disfrutar una de otra y producir efectos mutuamente provechosos. El deseo no es un hecho natural, sino una intensidad que cambia en función de las condiciones antropológicas, tecnológicas y sociales.

Hacia una reconfiguración del deseo

Tenemos que replantearnos el deseo en la época actual, una época caracterizada por la aceleración neoliberal y digital. Tenemos que replantearnos también el deseo en el contexto de los reaccionarios movimientos identitarios de hoy.

La economía neoliberal aceleró el ritmo de la explotación laboral, en especial en el trabajo cognitivo.

La tecnología digital conectiva aceleró la circulación de información y, por consiguiente, intensificó el ritmo de la estimulación semiótica, que es, a la vez, estimulación nerviosa. Esta doble aceleración es el origen y la causa del aumento de la productividad laboral que ha permitido, a su vez, un aumento sin precedentes de la acumulación del capital. Pero también es la causa de la sobreexplotación del organismo humano, especialmente del cerebro. Hoy nos cabe la tarea de determinar los efectos que esa sobreexplotación ha producido en el equilibrio psíquico y la sensibilidad de los seres humanos, como individuos, pero sobre todo como colectivo.

Tenemos que reflexionar sobre la mutación del deseo tras la experiencia traumática de la pandemia. El virus puede ser ahora menos visible, la infección puede estar más o menos bajo control, pero el trauma no desaparece de la noche a la mañana. Sigue afectando. Y ese efecto se manifiesta en parte como una especie de sensibilidad fóbica masiva con respecto al cuerpo del otro, a su piel, a sus labios.

En las últimas dos décadas, varios estudios han demostrado que la sexualidad está experimentando cambios profundos. La reciente conmoción viral sólo vino a reforzar esa tendencia, cuyas causas han de encontrarse en una transformación tecnoantropológica que ya lleva por lo menos 30 años. Jean Twenge, por ejemplo, en su libro de 2017 iGen, analiza la relación entre la tecnología conectiva y el cambio en el comportamiento psicológico y afectivo de generaciones que se han formado en un entorno tecnocognitivo.4 Siguiendo la línea de esos estudios, he empezado a definir a los seres humanos nacidos en este siglo como una generación que aprendió más palabras de una máquina que de la singular voz de un ser humano.

Esta me parece una definición útil para comprender la magnitud de los cambios que se están dando. Freud introdujo la noción de que no se puede entender la adquisición del lenguaje sin tener en cuenta la dimensión afectiva. No debemos olvidar, además, lo que planteaba Giorgio Agamben en su libro El lenguaje y la muerte: la voz es el punto donde se encuentran la carne y el sentido, el cuerpo y el significado. Por su parte, la filósofa feminista italiana Luisa Muraro afirma que la asimilación del sentido de las palabras está unida a la confianza afectiva que se tiene en la madre.5

Manifiesto de Lotta Continua. Dibujo de Roberto Zamarin. Centro Studi Movimenti, 1973.

Manifiesto de Lotta Continua. Dibujo de Roberto Zamarin. Centro Studi Movimenti, 1973.

Creemos que una palabra significa lo que significa porque así nos lo dijo nuestra madre. En términos más generales, creemos que el mundo tiene sentido porque nuestra madre nos dijo que las palabras representan el mundo. El fundamento psíquico de la atribución de significado se basa en ese acto primordial de compartir afectivamente, de coevolución cognitiva sustentada en la vibración singular de una voz, de un cuerpo, de una sensibilidad.

¿Qué sucede, entonces, cuando la voz singular de la madre (o de cualquier otra persona) es reemplazada por una máquina? El sentido del mundo es reemplazado por la funcionalidad de signos que nos permiten producir resultados operativos a partir de la recepción y la interpretación de signos desprovistos de profundidad afectiva y, por tanto, de toda confianza íntima. El concepto de precariedad adquiere aquí todo su significado psicológico y cognitivo, en tanto debilitamiento y deserotización de la relación con el mundo. Lo que está en duda aquí es el erotismo como intensidad carnal de la experiencia y el deseo en su relación (no exhaustiva) con el erotismo.

Deseo y sexualidad

Generalmente asociamos el deseo con lo carnal, con la sexualidad, un cuerpo que se acerca a otro cuerpo. Cabe subrayar, sin embargo, que la esfera del deseo no puede reducirse a su dimensión sexual, aun cuando ese supuesto esté grabado en la historia, en la antropología y en el psicoanálisis. Deseo no es igual a sexualidad. Es más, se puede concebir la sexualidad sin deseo.

En el concepto (y en la realidad) del deseo siempre hay algo más que sexo, como nos muestra el concepto freudiano de sublimación, que tiene que ver con las investiduras no directamente sexuales del deseo en sí.

La pandemia consolidó un proceso de desexualización del deseo que se venía gestando desde hacía mucho tiempo, desde el momento en que la comunicación en el espacio físico entre cuerpos conscientes y sensibles fue sustituida por el intercambio de estímulos semióticos sin presencia de cuerpos. Aunque esta desmaterialización del intercambio comunicativo no ha borrado el deseo, lo ha trasladado a una dimensión puramente semiótica (o más bien hipersemiótica). El deseo evolucionó entonces en un sentido desexualizado, o postsexualizado, que se manifiesta ahora como una condición de aislamiento que la pandemia normalizó y casi institucionalizó. Es preciso cuestionar la teoría y la práctica de la psicología y del psicoanálisis, y también la práctica política, porque se ha alterado y transformado de manera irreversible la subjetividad subyacente.

El psicoanalista italiano Luigi Zoja publicó un libro sobre el agotamiento del deseo (y su tendencia a desaparecer) titulado, precisamente, Il declino del desiderio (El declive del deseo).6 El libro aporta gran cantidad de datos interesantísimos sobre la drástica disminución de la frecuencia del contacto sexual que se da hoy entre las personas, así como del tiempo dedicado al contacto físico en general. Pero la hipótesis central del libro —la desaparición del deseo— me resulta problemática. En mi opinión, no es el deseo en sí lo que está en vías de desaparición, sino la expresión sexualizada del deseo. La fenomenología de la afectividad contemporánea se caracteriza cada vez más por una notable disminución del contacto, el placer y la relajación psíquica que produce el tacto. Esto está acompañado de una pérdida de confianza sensual, una pérdida de la sensación de profunda complicidad que hace tolerable la vida social: el placer de la piel que reconoce al otro a través del tacto sensual, el dulce disfrute de la intimidad de la mirada.

La perversión del deseo y la agresividad contemporánea

La desexualización del deseo puede, en efecto, terminar transformando el deseo en un infierno de soledad y sufrimiento que está esperando una oportunidad para manifestarse por alguna otra vía. La violencia sin sentido que estalla cada vez más en forma de ataques armados mortales contra inocentes —las matanzas que se han multiplicado por doquier desde Columbine en 1999 y que tienen a Estados Unidos como principal escenario— son tan sólo la punta del iceberg de un fenómeno que está alterando la historia del mundo a nivel político. ¿Cómo se explica que casi la mitad del electorado estadounidense o brasileño elija a personajes como Donald Trump y Jair Bolsonaro si no es como manifestación de desesperación y autodesprecio? La elección de alguien que hace comentarios abiertamente racistas o hasta criminales tiene profundas analogías (a nivel psicológico, pero también político) con los asesinatos que sólo pueden explicarse por un deseo suicida.

Lo que hoy denominamos fascismo debe explicarse en términos que no son únicamente políticos. La política es tan sólo el escenario espectacular en el que se manifiestan estos movimientos. Si bien comparten una retórica muy cercana al fascismo histórico, los movimientos de derecha contemporáneos no tienen un contenido racional.

Sólo el discurso de la humillación, la soledad y la desesperación puede dar cuenta de este fenómeno mundial.

Quienes pertenecen a la generación definida (con mordaz ironía) como la última generación (o la generación Z), esos seres humanos que aprendieron más palabras de una máquina que de la voz singular de un humano, se han criado en un ambiente cada vez más invivible y patógeno, a nivel tanto físico (por la contaminación) como psíquico. La comunicación de esta generación se desarrolla casi exclusivamente en un entorno tecnoinmersivo, de consistencia puramente semiótica. La extinción se divisa en el horizonte como una experiencia de simulación tecnoinmersiva. La producción mediática está cada vez más saturada de signos de esta desesperación. Estos signos operan como señales de inquietud, pero también como factores que ayudan a propagar patologías. Estoy pensando en películas como Joker y Parásitos, series como El juego del calamar y otros miles de productos similares.

El trauma viral de la pandemia de covid-19 multiplicó el efecto de hipersemiotización del entorno, pero las condiciones tecnológicas y culturales del fenómeno ya estaban dadas.

Una mutación está reinventando el deseo. Este se expresa cada vez menos de manera sexual y más de manera semiótica. El deseo no ha dejado de ser la fuerza motriz del proceso de subjetivación colectiva. Pero ese proceso se manifiesta ahora como ansiedad, automutilación y, a veces, agresión, porque el deseo se pervierte, adoptando formas puramente fantasmagóricas.

La desexualización del deseo, de la que se pueden ver huellas en todas partes, se traduce a nivel social en una deshistorización de las motivaciones de la acción colectiva. Asistimos a un fenómeno masivo de desvinculación: abstención generalizada de la política tradicional, abandono de la procreación, deserción del trabajo. Este fenómeno debe ser objeto de un análisis teórico (un diagnóstico) que conduzca a la formulación de estrategias de acción psicopolítica colectiva (terapia).

Traducción: Laura Pérez Carrara.


  1. Véase Steve Wright, Storming Heaven: Class Composition and Struggle in Italian Autonomist Marxism (Pluto, 2017) y Autonomia: Post-Political Politics (Semiotext(e), 2007). 

  2. La película Lavorare con lentezza (2004) describe estos sucesos y la experiencia de la emisora de radio. Véase también el video “Omicidio Francesco Lorusso 11 marzo 1977” en YouTube. 

  3. “Sputiamo su Hegel” (1970), disponible en inglés en: https://my-blackout.com/2020/11/18/carla-lonzi-lets-spit-on-hegel/. Véase también Alexander Galloway, “Let’s Spit on Hegel”, 27 de agosto de 2020, http://cultureandcommunication.org/galloway/lets-spit-on-hegel

  4. iGen: Why Today’s Super-Connected Kids Are Growing Up Less Rebellious, More Tolerant, Less Happy —and Completely Unprepared for Adulthood— and What That Means for the Rest of Us (Atria, 2017). 

  5. L’ordine simbolico della madre (Editori Riuniti, 2006). 

  6. Einaudi, 2022.