Un hombre que dedicó su vida a los libros encuentra por fin el momento de escribir. Ya no tiene que trabajar, está atravesando un duelo y sabe, porque algo se lo dice, que la escritura lo ayudará en ese camino. El problema es sobre qué escribir. Felizmente, serán los propios libros leídos los que vengan en su auxilio para construir un relato que será necesario encontrar a través de las letras de otros. Osvaldo Baigorria (Buenos Aires, 1948) es el autor de Según, una “autobibliografía” recién publicada por Caja Negra en su colección Numancia. Gracias a la gentileza de la editorial, compartimos con los lectores de Lento el primer capítulo de esta ficción autobibliográfica, titulado “A la caza de citas”.

Ser sólo un lector a veces no es suficiente. No lo fue para alguien que, habiendo pasado gran parte de su vida entre libros y deseando escribir, esperó a que le llegara la hora. Que pareció haberle llegado después de mudarse a una vivienda donde estaría completamente a solas, con muchísimo tiempo por delante y en compañía de una notable selección de los libros que había leído o, al menos, adquirido. Hacía años que no los tenía concentrados en un solo hogar. Por lo menos, desde que se había ido de casa de sus padres, donde había dejado unos cuantos en la habitación de arriba; luego hubo otros que fue acumulando en un par de departamentos alquilados, varios perdidos a manos de la policía en tiempos represivos durante un allanamiento en el que por suerte no estaba en casa y aquellos que quedaron atrás cuando partió hacia el exilio; algunos que tuvo por un tiempo y abandonó en distintas ciudades del continente americano; muchos que quedaron en una cabaña nórdica tras una dolorosa separación, otros que viajaron por barco y avión en su primer regreso al Sur y otros que volvieron a viajar en dirección al Este en un segundo exilio a Europa luego del cual habría más libros que cruzaron el océano de vuelta hacia el Oeste cuando decidió reinstalarse en su tierra natal; también aquellos que se repartieron entre la casa que adquirió con su nueva pareja y un estudio alquilado; y finalmente la totalidad que pudo reunir en ese departamento en el que recaló después de vender la vivienda que compartió con su pareja durante más de dos décadas, esa que se fue de esta vida al mismo tiempo en que a ambos les llegaba la jubilación.

La jubilación, esa hora del retiro, que es también la hora de un supuesto júbilo, coincidió con una flamante y penosa condición: la viudez. Se encontró con un duelo por delante y una soledad que sintió que era como un llamado a escribir. No es que no hubiera escrito nada antes, pero sus textos habían sido circunscritos a la modalidad, el lenguaje y los protocolos de la academia en la que estuvo enseñando durante los últimos años de su existencia laboral: escritos prácticamente por obligación, para mantenerse al día con sus colegas más prolíficos, aumentar su currículum y fundamentar los subsidios y los honorarios extra que complementaban su salario. No encontraba placer alguno en esa escritura, por lo cual en ese campo su estilo, si se lo puede llamar así, era más bien árido y reiterativo. Con la jubilación obtuvo por primera vez el tiempo llamado “libre” y decidió emprender algún proyecto más serio o al menos placentero. Imaginó que ese proyecto podía ubicarse en aquella esfera que por convención se llama literatura, distinguible de toda otra escritura como la de manuales técnicos, documentos legales, notas periodísticas, investigaciones, tesis y monografías. Y con todo el espacio mental que le dejaba haberse librado de la obligación de ganarse la vida, puso manos a la obra.

Es un decir. Mejor sería indicar que puso todos sus esfuerzos intelectuales, fantasías, sueños y pensamientos a la obra, pero no sus manos, al menos no al principio. Pensó que escribir de manera regular, día a día, organizaría su vida para ayudarlo a superar el duelo y evitar la melancolía. Pero tropezó con todas las dificultades conocidas, desde la famosa página en blanco del cuaderno de notas hasta el cursor titilante en la pantalla vacía de la computadora, atravesando noches de insomnio y días de tedio, sin ningún resultado visible. Los temas y eventos que podían ocurrírsele no llegaban a cuajar en ningún texto: no lograba arrancar. Ni siquiera se había decidido por el género. Cuando era adolescente había leído a poetas estimulantes pero quizá no en el mejor sentido (Rimbaud o Breton parecían más bien una incitación a dejarlo todo y partir por los caminos, y supuso que “todo” debía incluir la pretensión de escribir poesía); igual había escrito un puñado de poemas que no se sostenían del todo en el papel. De cualquier manera, ¿qué? ¿A la vejez, viruela? Ya no se sentía con la edad ni con la memoria suficientes para ponerse a escribir un librito de poemas. Creía que una de las cualidades más importantes de una o un poeta es la memoria —de esta tenía poca y no mejoraba con los años— y que se necesita esa cualidad para disponer de un buen vocabulario en el momento en que llegara la inspiración. También aspiraba a encontrar a la poesía dispersa, diluida en prosas, pero cuanto más la buscaba, menos la encontraba; esa cosa “alada, liviana y sagrada” que habría en el poema al final se le escapaba.

Ante la ficción se sentía aún peor. Temía no tener la suficiente imaginación para urdir un cuento o una novela o, si la tenía, no era capaz de poner a trabajar lo que imaginaba en un relato (el teatro estaba fuera de juego, le parecía demasiado técnico, con su construcción de escenas y diálogos entre personajes). Por otra parte, estimaba que su vida había sido demasiado monótona como para ponerse a contar algo a partir de su propia experiencia. Si bien tuvo sus aventuras, viajes y amores, al lado de gente que estuvo presa en Guantánamo, o que caminó por toda Europa para huir de la guerra en Medio Oriente o que había cruzado el Mediterráneo desde África en una balsa ilegal, por ejemplo, sus peripecias personales le resultaban poco interesantes; consideraba que narrarlas era un acto de vanidad. Investigar y escribir sobre vidas ajenas tampoco lo estimulaba, le parecía un trabajo indiscreto, entrometido y cercano al periodismo, oficio que le resultaba agotador, quizá por haberlo practicado en exceso. Al análisis o comentario de otras obras también lo desechaba, porque se acercaba al tipo de escritura en lenguaje académico que ahora prefería evitar. Y ante el ensayo sentía algo así como mareos, porque, a pesar o a causa de la aparente libertad que ofrecía, el género estaba colmado de opiniones y consideraba que las ideas propias que se le ocurriesen no merecerían llegar al texto impreso, dado que por lo general provenían de otras personas que sí habían tenido algo relevante que decir en sus libros.

Seguramente se subestimaba. Debía tener un problema de inseguridad, de falta de carácter. En realidad, a lo largo de las décadas algo había vivido y leído, aunque no todo lo que hubiese deseado, y el tiempo no corría a su favor para ponerse al día ni con lo antiguo ni con lo nuevo. Además, había leído más bien con un método fragmentario y caótico, por afinidades transitorias, muchas veces sin terminar algún libro que al principio le había interesado o pasando las hojas a cierta velocidad para llegar rápido al final. Quería escribir, pero, en resumen, le parecía que ya todo había sido escrito. Y muy bien escrito. Para qué añadir un libro más al mundo.

Alguien diría que sufría de bloqueo o parálisis por el peso de los libros leídos hasta el momento y que debía liberarse de esa carga. Pero fue al revés. Ese peso se le reveló física y espiritualmente durante su última mudanza, cuando por razones de economía decidió vender la casa que había habitado con su difunta pareja y reducirse a un departamento más pequeño. Si bien lo más pesado estuvo a cargo de los trabajadores de la empresa mudadora, en algún momento había que sacar los libros de sus cajas y acomodarlos de nuevo en los estantes de la biblioteca, subiendo y bajando escalones de una pequeña escalera que portaba al efecto. Tenía la costumbre de ordenarlos por secciones: narrativa argentina, latinoamericana, norteamericana, resto del mundo (por no llamarla “universal”), poesía, crítica, ensayo, pensamiento filosófico, biografías, arte, historia e inclasificables, y en cada una, los volúmenes por orden alfabético de autor/a. Al ponerlos en los estantes de la nueva casa, decidió ordenar ya no por temas o países sino solamente por orden alfabético, pero se distrajo con ciertas —muchas— marcas en forma de orejas en las esquinas de algunas páginas y subrayados que había hecho años atrás. Y le dio curiosidad por releer lo que indicaban esas marcas.

Como huellas del tiempo que pasó, las “citas de autoridad” o simplemente las frases que captaron su atención en distintos momentos de la vida habían quedado al alcance de su mano o mejor, de su ojo. Los subrayados eran verticales u horizontales (estos últimos para resaltar algunas palabras dentro de una oración) y constaban de dos tipos de líneas: las líneas rectas al margen, a veces acompañadas de algún signo de admiración, y las líneas onduladas, que sugerían duda, ambivalencia o desacuerdo con el enunciado. Podían encontrarse a la derecha o la izquierda, dependiendo de si la página era par o impar. Cada tanto, alguna frase quedaba enmarcada por cuatro líneas unidas, a la derecha y la izquierda, en la parte superior y en la inferior, como en un recuadro destacado.

Por supuesto que en su biblioteca tenía libros que nunca había leído y otros que sí pero no subrayó, por razones que ignoraba, quizá por desinterés o pereza. Si descontamos las marcas que hacía en los textos de su época de estudiante, los subrayados no eran muchos, ya que en su vida adulta se consideraba a salvo del hábito de esa gente con libros tan marcados e intervenidos que cuando uno los hojea despiertan el deseo de leer las partes no subrayadas a ver si ahí se encuentra lo que realmente importa. Ante sus propias marcas, se sorprendió de lo heterogéneo de sus intereses en distintas etapas. Se le ocurrió transcribir esas frases y párrafos como si de esa manera pudiera retener, memorizar lo leído y que —salvo escasas excepciones— había olvidado por completo. La pérdida de la memoria era una de sus angustias —tantas lecturas, tantos olvidos— y, además, se sentía tan lejos de aquel lector con mayúsculas al que habría aludido Borges cuando dijo “ante todo me considero un lector” que sólo podía aspirar a convertirse en una caricatura del que aparece en las novelas que no terminan de ser novelas de David Markson, ese escritor que armó su narrativa mediante fragmentos de biografías y obras de otros; fue precisamente una frase de Markson en La soledad del lector la que motivó a quien llamaré Lectorx a iniciar su trabajo bajo el working title “Tengo un relato, pero tendrás que esforzarte por encontrarlo”.

Ahora bien: “trabajo” y “esfuerzo” son palabras mayores. ¿Por qué habría que fatigarse en encontrar un relato? Mejor dejar que los fragmentos hablaran por sí solos y se acomodaran sobre la marcha, como dice el refrán campestre sobre los melones y el carro. Ahí surgiría un sentido. Para conseguir ese efecto, Lectorx prefirió la apropiación a la invención y el azar a la planificación. En caso de que alguien lo acusara de tergiversar palabras ajenas, tomó nota obsesivamente del título, la editorial, el año de publicación, el lugar y el número de página donde había encontrado cada frase; todo eso podría luego incluirse junto a la cita, como Walter Benjamin con su Libro de los pasajes, o dejarse para el final, o no incluirse en absoluto. Una duda lo acompañó desde el principio: en el entusiasmo de la revelación, había pasado por alto el título y el número de página del libro del cual extrajo una de sus primeras citas, la de César Aira; supuso que en algún momento podía encontrarla de nuevo y siguió adelante. También apuntó el nombre de los o las traductoras de citas en otros idiomas; allí donde hubiere una edición bilingüe, se preocupó por cotejar ambos textos cuando se trataba de una lengua que conocía, como el inglés; si la versión en castellano no lo convencía, traduciría o dejaría la cita en su idioma original. Era consciente de que copiar sin más los subrayados de todos los libros que poseía hubiese sido una tarea titánica e inútil, un trabajo de presidiarios o internos de un asilo de alienados. En algún momento dudó de si estaría perdiendo el juicio; quizá ya se había vuelto loco y, como no hablaba de su proyecto con nadie, no podía darse cuenta. Pero no encontraba nada mejor que hacer, y eso le pareció razón suficiente. De todas maneras, consideró que lo más sensato era ponerse a sí mismo un límite.

Foto del artículo 'Según. Una autobibliografía'

Así llegó a una autorrestricción fundamental: extraer sólo una frase o a lo sumo un párrafo de cada libro, y un solo libro por autor/a. Y a partir de allí tomó velocidad. Al comienzo no se animaba a intervenir las citas encontradas. La paráfrasis le abría demasiadas posibilidades, no sabía cuánto modificar en cada oración, si era suficiente con cambiar un signo de puntuación o si podía cambiar por completo la sintaxis de acuerdo con lo que le pareciera mejor para retener la idea, sea lo que esta fuese. Ante cada subrayado siempre habría algo para modificar, desde un punto o una coma para alterar el ritmo hasta el recorte en aras de la síntesis, sin excluir la tentación de dar vuelta una frase del derecho y del revés. Al límite autoimpuesto de tomar una sola frase por cada autor/a lo percibió como un intento de igualitarismo radical, y quizá injusto, pero fundamentado en criterios de eficacia. La elección de esa sola frase no le resultó tan difícil como se puede creer: se dejó llevar por ese azar o condicionamiento que hace que, al abrir un viejo libro, los pulgares tiendan a deslizarse naturalmente sobre las páginas ya abiertas en otras ocasiones y vuelvan a abrir mecánicamente las mismas; los libros suelen abrirse por presión de los pulgares. Y un libro abierto más de una vez en cierta página indicaba que allí residía algún interés. Si a eso se agregaba la guía de las orejas en las esquinas superiores de las hojas, a la izquierda y la derecha (no tenía costumbre de hacerlas en los ángulos inferiores), el método de revisión se facilitaba aún más. Sería siempre una frase por autor o autora: no la mejor, no la más completa o representativa de tal o cual libro, sino aquella que por una serie de indicios (oreja en la esquina, sencilla apertura de las hojas por reiteración, subrayado) merecería ser transcripta, registrada, memorizada.

Un ataque de obsesión le susurró un día que su registro carecería de apellidos que consideraba esenciales, sea porque no había revisado o leído todos los libros que poseía, sea porque eran auténticos faltantes en su biblioteca. De modo que al principio se exigió releer todo lo que tenía a su alcance e incluso adquirir nuevos títulos. La ilusión de exhaustividad, si bien estaba derrotada de antemano, lo incitó a redoblar sus esfuerzos, que pronto se revelarían vanos y rayanos en la estupidez. Dado que organizó su trabajo por orden alfabético, algunas letras tendrían más nombres propios que otras, quizá por algún defecto del alfabeto latino, que no parecía distribuir en forma pareja la letra inicial de los apellidos, o tal vez por alguna inclinación inconsciente hacia ciertas iniciales. Por ejemplo, en la C, en la P o en la S tenía muchos más apellidos que en otras letras y en la I o la Q tenía muy pocos. En la X sólo había uno. ¿Debería buscar por internet algún otro apellido chino o griego? Estuvo a punto de hacerlo, de perder el tiempo buscando “autores de relleno” para que ocuparan espacio en letras con pocas entradas, pero esto le pareció, si no ridículo, una especie de trampa o autotraición a lo que había planeado. Se contentó, finalmente, con ceñirse al procedimiento original, que consistía en tomar nota de las citas ya subrayadas en sus propios libros ordenados alfabéticamente en los estantes, sea cual fuese el resultado. Si quedaban letras con espacios vacíos o semidesiertos y otras sobrepobladas, no sería culpa suya.

Lentamente su inseguridad cedió al encanto de intervenir la frase ajena. Incluso se atrevió a comentarla, en algunos casos; a opinar, a contar alguna anécdota relacionada al libro donde la había hallado.

Pero sólo unas pocas ocasiones. Y siempre antepuso la preposición “según” a cada paráfrasis o cita textual. Este “según”, originario del latín secundum, que se utiliza en el sentido de “en conformidad con”, “desde el punto de vista de” o “de acuerdo a”, no significaba que Lectorx acordara con todos y cada uno de los enunciados, muchos de los cuales serían rescatados sólo por el atractivo de su sonoridad. Al contrario: por mera relación de contigüidad, en el libro se verían obligados a coexistir pensamientos, epigramas, aforismos, fragmentos de narraciones, de ensayos y de poemas que, por cercanía alfabética de los apellidos, a veces dialogarían entre sí y en otras entrarían en flagrante conflicto. Así se armaría un relato que, en cierto sentido, tendría un principio, un medio y un final, pero que podía permitirse la absoluta dispersión temática y genérica porque no pretendía afirmar ni negar nada en particular, excepto registrar un recorrido de lecturas a lo largo de las décadas. Podría haber continuado ad infinitum, a medida que llegaban nuevos libros a manos de Lectorx.

Pero la vida es corta.

A

Según Martín Adán, el mundo está demasiado feo y no hay manera de embellecerlo.

Según Adorno, las mujeres de singular belleza están condenadas a la infelicidad; se supone que los hombres también, aunque no fueron incluidos en esa sentencia.

Según Agamben, los escritores se distinguen por su inscripción en una de estas dos grandes clases: la parodia y la ficción. Pero también son posibles soluciones intermedias: parodiar la ficción o ficcionalizar la parodia.

Según Aira, cambiar de tema es una de las artes más difíciles de dominar y la clave de todas las demás. Para que haya arte, debe haber un desvío, una perversión, si se quiere, del interés; y el modo más económico de lograr ese desvío sería casarlo abruptamente con otro interés. Inocua como parece, la operación es radicalmente subversiva porque el interés se define por su aislamiento obsesional, por ser único y no admitir competencia.

Según Anna Ajmátova, qué nos importa al fin y al cabo que todo se convierta en ceniza.

Según Akutagawa, el biombo del infierno fue una consumada obra de arte, en cuyo centro la figura de la agonizante dama de la corte en el carruaje de bueyes devorado por las llamas sería la representación más espantosa de las mil y una torturas del llameante infierno.

Según Al Alvarez, cuando un/a artista pone un espejo frente a la naturaleza, descubre quién es y qué es, pero a veces el conocimiento lo cambia tan irremisiblemente que tal vez se convierta en esa imagen. Y esto Sylvia Plath quizá lo percibía: cuanto más escribía sobre la muerte, a fuerza de manejar el tema en su obra bien pudo encontrarse viviéndolo. Al final habrá querido acabar con el tema para siempre.

Según Mário de Andrade, fue en lo profundo de la selva virgen donde nació Macunaíma, héroe de nuestra gente. Era negro retinto, hijo del miedo de la noche... Este inicio de novela me parece uno de los más cautivantes que he leído. Vi primero la película, premiada en el Festival de Cine de Mar del Plata en 1970; recién en 2022 tuve en mis manos el libro en traducción al castellano. Su autor declaró que lo escribió acostado en una hamaca paraguaya, entre mangos, ananás, cigarros y cigarras; justamente las primeras palabras de su personaje fueron: “Qué pereza”.

Según Oswald de Andrade, hay una sabia pereza solar, una energía silenciosa y cierta hospitalidad allí donde reine la floresta, la danza, la oración, la cocina, el mineral y la vegetación sobre bárbaros, pintorescos y crédulos.

Según Apollinaire, un culo debe oler como un culo y no como esencia de colonia.

Según Reinaldo Arenas, cuando se vive en el campo se está en contacto directo con la naturaleza y, por lo tanto, con el mundo erótico: uno ve que las gallinas se pasan el día entero cubiertas por el gallo y las yeguas por el caballo, las moscas fornican sobre la mesa en la que se come, las perras al ser ensartadas arman una algarabía capaz de excitar a las monjas más pías, las gatas en celo aúllan por las noches con tal vehemencia que despiertan los deseos más recónditos. Además, en el campo son pocos los hombres que no han tenido relaciones con otros hombres, pasando por encima de todos los prejuicios machistas que los padres se encargan de inculcar a los niños. Un ejemplo de esto habría sido Rigoberto, hombre casado y muy serio y el mayor de los tíos de Reinaldo, quien a los ocho años iba al pueblo a caballo sentado con su tío en la misma montura; inmediatamente que montaban, el enorme sexo de Rigoberto empezaba a crecer. Reinaldo se acomodaba de la mejor manera, ponía sus nalgas encima de ese sexo y, al trote del caballo durante un viaje que duraba más de una hora, iba saltando y viajando como si fuese transportado por dos animales a la vez. Finalmente, Rigoberto eyaculaba.

Según Roberto Arlt, la angustia es algo que puede arraigarse en los huesos como la sífilis. Por caso, su personaje Erdosain contó que una vez que estaba en una estación de campo, esperando un tren que se demoraba, vino a sentarse a su lado una niña de unos nueve años, con delantal blanco, y él, sin poderse contener, desvió la conversación hacia un tema obsceno, con prudencia, sondeando el terreno. Desde la garita de los guardagujas dos cambistas lo miraban con atención. Erdosain contó que allí le reveló a la niña el “misterio sexual”.

Según Armand, las personas que han experimentado mucho en el dominio de la sensualidad sexual están más calificadas para iniciar a las más jóvenes porque, generalmente, proceden con una delicadeza y una suavidad que ignora la fogosidad de la adolescencia. Doy fe: mi iniciación sexual fue con una mujer que tenía doce años más que yo. Dicho sea de paso, Émile Armand fue el seudónimo de Ernest Lucien-Juin, un teórico del individualismo anárquico y militante del amor libre. Vivió entre 1872 y 1963, y publicó en París entre las décadas de 1900 y 1930 sus textos más conocidos sobre la revolución sexual, la camaradería amorosa y el amor plural. Un adelantado para su época (o tal vez pasa que nuestra época está cada vez más atrasada).

Según Artaud, un encantamiento es una maniobra no psíquica sino física, que alerta y a veces pone en marcha a poblaciones enteras, con hileras numéricas de mujeres y de hombres confundidos, frente a las cuales las multitudes de las procesiones de Lourdes no son más que hormigueros en pequeña escala.

Según John Ashbery, algún desvío de la norma ocurrirá a medida que el tiempo se hace más abierto.

Según W. H. Auden,
el secreto al fin se revelará
como siempre ocurre al terminar
la rica historia madura ya estará
para ser contada a la más íntima amistad.

Según. Una autobibliografía. Osvaldo Baigorria. Caja Negra, 2023, 152 páginas.