Carlos María Federici

Fuera de género

Carlos María Federici, entre la ciencia-ficción, el policial y el cómic.

Posiblemente no sea el primer nombre que acude a la mente a la hora de hablar de literatura de género o historieta uruguaya. Sin embargo, pocos pueden compararse con el escritor, guionista y dibujante Carlos María Federici en cuanto a cantidad de material producido, traducciones y ediciones en el extranjero.

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Nacido en 1941, Federici sería un ejemplo (junto con Wellington Mainero y Roberto Bayeto) de cierto núcleo de “invisibles” u “olvidados” en la narrativa local, y no deja de ser significativo que la mayoría de ellos sean, declaradamente, autores de género. Como los otros autores mencionados, Federici se vincula intrínsecamente con el mundo de la historieta, de la que ha sido prolífico autor -com...
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Nacido en 1941, Federici sería un ejemplo (junto con Wellington Mainero y Roberto Bayeto) de cierto núcleo de “invisibles” u “olvidados” en la narrativa local, y no deja de ser significativo que la mayoría de ellos sean, declaradamente, autores de género. Como los otros autores mencionados, Federici se vincula intrínsecamente con el mundo de la historieta, de la que ha sido prolífico autor -como guionista y dibujante- e incluso editor. Entre sus publicaciones literarias más importantes cabe destacar El umbral de las tinieblas (1978, primero folletín y luego novela), Llegar a Khordoora (1994, novela) y Mi trabajo es el crimen (1994, novela). En materia de historietas participó en emprendimientos como Medio tanque y Balazo (en donde se destacaron sus artículos sobre historieta clásica norteamericana, materia en la que es un experto) y la creación de los personajes Dinkenstein (homenaje a su reverenciado Bernie Wrightson) y Jet Gálvez (ver nota adjunta).

-¿Cuál es su opinión sobre la cuestión de los géneros en la narrativa?

-Siempre he sido un devoto y un adicto de los géneros, entendiendo por tales aquellos textos que se encuadran en las coordenadas de una serie de convenciones, de las cuales una de las más importantes es la declarada complicidad del lector, que al encarar la lectura de un relato de esas características, sabe, o cree saber, lo que puede esperar de la propuesta del autor. Acepto algún “estiramiento” de los límites, pero no comulgo con quienes se jactan de “romperlos” para innovar. El género, por definición, no es maleable a los vanguardismos: se alimenta de sí mismo, y se pliega únicamente a la mayor o menor ingeniosidad del autor de turno, pero siempre dentro de sus cánones establecidos. Repito: empuja, pero no quiebra (si es talentoso, claro). Quizás se deba a alguna de las razones arriba sugeridas que los géneros, en determinado momento, hayan constituido el sector de mayor demanda en el mercado libresco. En lo que me es personal, si de algo puedo enorgullecerme en lo que respecta a mi modesta trayectoria en la narrativa, es de que me haya correspondido, precisamente, el privilegio de haber sido uno de los contadísimos autores que, en el yermo del período que promediara el pasado siglo, encararon con seriedad el cultivo de esta forma de narrativa, cuando todo lo que no fuese “gauchesco” o “urbano a lo Benedetti” era mal visto en el mundillo literario local.

-Usted participó en revistas pioneras, como Nueva Dimensión, que marcó a la ciencia-ficción hispanoamericana desde fines de los 70. Recientemente ha publicado en Sensación!, una de las nuevas revistas editadas en Argentina y dedicada a la literatura vintage pulp y de aventuras. ¿Ha seguido la historia reciente de estos géneros en el Río de la Plata?

-Lamento no contar con demasiada información al respecto. Pero, dado que las circunstancias han variado notablemente en esta época de glorificación de una tecnología que propicia información y vínculos a nivel global, no cabe duda de que deben de existir autores de relevancia, que se muevan fluidamente en un medio mucho más propicio a lo extravagante que el que nos tocó vivir a los veteranos.

-¿Cuáles son sus autores preferidos en ciencia-ficción? ¿Está “al día”?

-Conocí a la ciencia-ficción y aprendí a respetarla como género digno de la mayor atención a fines de los años 50, cuando por casualidad di con un ejemplar usado de la hoy mítica Más Allá. Entonces me capturó Wilson Tucker, un autor que, sin figurar entre las “estrellas” tipo Asimov, Clarke, Heinlein o Bradbury, supo desarrollar una obra cargada de fuerza y sugestión. Me cupo aquí también un privilegio: luego de haber insertado mis relatos en revistas o antologías traducidas a otras lenguas, se me invitó a formar parte de World SF (WSF, una asociación internacional de profesionales de la ciencia-ficción, que me otorgó casualmente el Nº 100 entre sus miembros) y así tuve acceso a las direcciones de algunos de los más célebres, con quienes mantuve, en distintos momentos, gratísimos intercambios epistolares en tiempos anteriores al correo electrónico. Entre ellos, el veterano Jack Williamson (toda una vida consagrada al género, desde la tercera década del pasado siglo) y el genial Isaac Asimov. Harry Harrison (el de Cuando el destino nos alcance) era el “tesorero” de la WSF y me escribía cada vez que había alguna modestísima regalía para el suscrito. James Gunn me hacía llegar noticias periódicas de sus cursos de ciencia-ficción en una universidad norteamericana. El gran Frederik Pohl tiene la gentileza de enviarme, año a año, sus infaltables saludos navideños en forma de tarjeta “física”. Todos los nombrados, junto con muchísimos más que conforman la pléyade del vintage de la ciencia-ficción estadounidense y británica, han gravitado, en las más diversas formas, en la “cocina” de mi escritura. Respecto del panorama actual, deploro que esta modalidad de la narrativa se haya alejado cada vez más de su naturaleza específica (el genre, como intentaba definirlo antes) para adoptar una forma imprecisa, que mezcla elementos diversos y no siempre con el mejor acierto. Por otra parte, a lo que han hecho de la ciencia-ficción en algunas de las películas más recientes no atino sino a calificarlo de “bestial” (y estoy pensando, por ejemplo, en Species 2 y en el último Alien).

-Según muchos usted es la referencia más clásica para un canon de la ciencia-ficción uruguaya. ¿Por qué apenas existe una ciencia-ficción uruguaya contemporánea visible?

-Está contestado, en parte, en la respuesta anterior. Es lamentable, pero los “géneros”, como tales, tienden a extinguirse en la medida en que sus relatos han venido perdiendo la audiencia masiva de que gozaron en los años dorados. Hoy por hoy las apetencias de la multitud se centran en otras propuestas, y los sobrevivientes -excepción hecha de algunos casos puntuales, como el de esos corajudos argentinos que intentan revivir “a pulmón”, con sus revistas semiartesanales, valores que el mundo actual califica de obsoletos- optan, por regla general, por asimilarse a las corrientes en boga, léase polémica indiscriminada, profecías apocalípticas o pornografía, para procurarse un sitio entre las preferencias inescrutables de esa entelequia que se llama “público”.

-Junto con Gezzio, sería uno de los pocos nombres que permiten hablar de una continuidad de décadas de la historieta local. ¿Cree que existe una historieta nacional, típicamente uruguaya?

-No hay que olvidar a Eduardo Barreto, que ha venido representando muy dignamente nuestros colores en el ámbito internacional, primero en la editorial Columba, luego en Marvel, DC, Dark Horse y últimamente en KFS con Judge Parker. Lo de la existencia o no de una “historieta nacional” es relativo. Más bien diría que (sobre todo en estas últimas décadas de relativa apertura) están definiéndose cada vez en mayor número buenos historietistas uruguayos.

-La autoedición se ha convertido en el mecanismo habitual para publicar historieta aquí. Usted participó en Medio Tanque y Balazo. ¿Cree en ese formato?

-No soy demasiado entusiasta de la autoedición, por lo que conlleva de conformismo y (en ocasiones) de cierta carencia de objetividad. En Medio Tanque fui tan sólo un invitado. En Balazo tuve mi participación en el improvisado consorcio, pero fue sólo a instancias de esos buenos amigos de los cuales partió la iniciativa de tal emprendimiento. Resultó, de cualquier modo, una muy grata experiencia. Es de esperar que alguna vez surja alguna otra posibilidad a nivel local, como, por ejemplo, distribución por parte de algún diario o periódico de un suplemento de historietas, como ya se ha intentado alguna vez. 

-¿Se siente más guionista o dibujante?

-Pese a que me llevó algún tiempo apercibirme de ello, eventualmente acabé por aceptar que mis inclinaciones apuntaban, más que nada, a la narración, fuera ésta a base de palabras o de una combinación de ellas con apropiadas imágenes. Aunque sea menos “lucida”, creo que prefiero (y se me ha recibido mejor) la función de guionar, sobre todo por mis carencias en cuanto al costado gráfico. Aprovecho para consignar aquí, sin ánimo de polemizar, que siempre he considerado a la historieta como un género de la narrativa, más bien que una rama de la plástica.

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