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Fernando Santullo, luego de recibir un premio Graffiti 2010, en el Cine Teatro Plaza.

Foto: Nicolás Celaya

Esencia

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Fernando Santullo, un cantante de muchas tribus.

Con un par de premios a cuestas gracias a un disco muy personal, Santullo se presenta este viernes, sábado y domingo en el café la diaria inaugurando un ciclo de recitales que sirve de re-lanzamiento del suplemento R.

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Es el día después del Graffiti y Santullo comenta lo particular que resulta haber ganado un premio a mejor álbum de música electrónica con un disco que surgió “electrónico” pero que se fue haciendo “acústico” en su desarrollo.

“El origen de todo está en un aburrimiento del modelo de banda que toca poco, que se reúne para ensayar dos veces por semana y mete ruido”, cuenta. “Ese modelo me estaba cansando y me cansaba el hecho de estar tocando canciones viejas, temas que habíamos hecho con Kato, mi banda anterior, antes de irnos para España. La idea fue empezar a componer canciones que se pudieran hacer en casa, con una compu, un micro, auriculares, café o mate. Ése fue el modelo de trabajo. No había una idea de un disco, ni mucho menos de un disco que fuera Bajofondo presenta a Santullo. La cosa era generar canciones y ver para dónde iban. También, al sacarte de encima el esquema de que estás en una banda de rock, el formato de las canciones no tiene por qué responder a ese esquema. Al perder importancia el elemento rock, aparecen cosas de otras muchas músicas que yo escuché siempre. Por ejemplo, las influencias de la música uruguaya de gente como Fernando Cabrera, Jaime Roos o Jorge Galemire. Tengo la sensación de que la parte uruguaya es la más “retro” y la parte internacional es la más “actual”, pero el resultado final es otra cosa que no tiene nada que ver”.

-La influencia uruguaya es un tanto diáfana para gente que haya escuchado la música de los 80, pero quizás no tan clara para gente más joven…

-Claro, y pasa lo mismo al revés, las influencias europeas seguramente no sean claras para gente que no conoce esa música. Es parecido a cuando viene alguien más joven y te muestra una banda nueva y a vos te parece buenísima pero sabés que viene de lo que hizo XTC hace 25 años, por ejemplo. Bandas como Franz Ferdinand, que ahora han desarrollado personalidad propia, pero que en su primer disco era fácil decir de dónde venían. El no pertenecer a una tribu te permite conocer cinco tribus, elegir lo mejor y crear tu propio sonido. Esa distancia no siempre es mala. Te da un espacio para construir tu propia versión de lo que estás escuchando. Ahora vos podés tener acceso a toda la información desde cualquier lugar del mundo. Pero si no tenés la más mínima pista acerca de la existencia de ese disco, género o lo que sea, lo más probable es que nunca des con él. Todas las cosas que te decía acerca de sonidos que hay en el disco tienen que ver con eso. Yo por muchos años laburé en el Sonar, el festival de música electrónica y contemporánea que hay en Barcelona. Ahí, aparte de ver cosas súper consagradas, como Massive Attack o Björk, pude conocer a otro montón de artistas de los que no tenía idea. Ese trabajo me acercó a cosas como Mod Selector o Roots Manuva. A partir ahí, si te interesa, empezás una investigación acerca de quién es cada uno.

-Las letras de las canciones se volvieron más narrativas, algo muy diferente a como eran las letras del Peyote Asesino. ¿Fue algo consciente?

-A las letras del Peyote Asesino había que leerlas de forma horizontal, no vertical. Cada frase tenía un impacto propio. Y capaz que si hacías una lectura del todo, te generaba una sensación de algo concreto. En cambio, ahora hay una cosa narrativa tipo obra de teatro. Acto uno: se presentan los personajes, acto dos: se agarran a las piñas. Eso sí fue algo buscado. La idea era que la canción fuera narrando una situación y que el estribillo, de alguna manera -como en el coro de la tragedia griega-, comentara o concluyera la acción. Todas las canciones tienen esa intención narrativa, manteniendo las imágenes visuales, capaz que porque soy fan de la novela negra, que es muy visual. Otra diferencia es que las letras del Peyote eran siempre expansivas, para afuera. Estaba el “creo esto”, “esto es así”. Estas letras son al revés, más de pararse y mirar qué hice, qué podría hacer, hacia dónde voy, por más que el personaje de las canciones no sea yo, algo que se malinterpreta mucho cuando se usa la primera persona.

-Pero hay un mismo personaje que se repite en los temas…

-Sí, se fue dando un clima hacia ese lado. Había canciones más irónicas y agresivas, que fueron quedando de lado por eso mismo. Porque era más fuerte este personaje introspectivo. Todo esto que estamos hablando es más fácil decirlo ahora, en retrospectiva. No es que tuviera las cosas tan claras desde el inicio. Las canciones que entraron en Mar dulce, el disco de Bajofondo, tienen esa misma tónica también. “El mareo” tiene ese clima, lo que pasa es que lo canta Cerati y lo convierte en algo súper glam, pero las imágenes de derrota amorosa de la canción tienen que ver más con Cabrera que con Cerati.

-¿Qué te quedó de la reunión con el Peyote Asesino el año pasado?

-Fue interesante en el sentido de poder hacer shows de un tamaño, unos recursos y una infraestructura que hubieran sido absolutamente impensables hace diez años. También fue interesante ver cómo, pese a que todos hacemos las cosas mejor que hace diez años, eso no implicó cambiar toda la cosa filosa y explosiva del Peyote. Algo que me atraía del Peyote era que había una cosa de riesgo, de tensión, como de estar en el borde. Y pese a toda la infraestructura de los shows, sentí que estaba esa sensación de filo y de peligrosidad. También sentí que no se podía hacer más shows de La Noche de la Nostalgia. Lo del Pilsen Rock fue genial porque era la presentación de Terraja, la que pudimos hacer diez años después. El Teatro de Verano era hacer ese show en Montevideo. Y hasta ahí; si seguíamos no tenía sentido, a no ser que nos juntáramos a hacer un disco nuevo, que no es la situación en este momento.

-Los recitales de presentación del disco de Santullo coincidieron con la vuelta del Peyote Asesino. ¿Pensás que las dos propuestas apuntan a públicos muy distintos, o que hay una intersección?

-Hay una parte que se solapa. Probablemente sea la gente que creció conmigo la que puede disfrutar de las dos cosas. Pero creo que hay una parte del público que el Peyote tiene ahora que por razones de edad no lo curtió en su momento, que probablemente piense que lo de Santullo es una cosa de viejos. Y hay otra parte de público a la que no le interesa el Peyote. Pero yo no siento que sean mundos tan distintos. Capaz que uno tiende a reconstruir los vínculos de su propia historia y busca encontrar coherencia donde sólo hay caos. Pero creo que ciertas intenciones que estaban en la música del Peyote siguen estando acá: la vocación de mezclar géneros o incluso la de provocar. Porque no sólo se provoca insultando, se pueden decir cosas duras diciendo palabras muy elegantes. Esa intención sigue estando.

-A diferencia de Bajofondo, el disco de Santullo parece algo más local y entendible en el Río de la Plata. ¿Lo ves así?

-En un sentido, el espacio natural de este disco es el Río de la Plata. Pero creo que ha cambiado mucho el modo como circula la música a nivel global. Es verdad que la mayor parte de los temas de Bajofondo es instrumental y por eso parecen más globales, pero también es verdad que el máximo single de Bajofondo es “El mareo”, que ha sido un éxito en muchas partes del mundo. La sensación que tengo es que si bien el disco tiene mucho sabor local, también apela a una cantidad de resortes musicales que son universales. De hecho, la sonoridad es bien rioplatense, pero sólo para un uruguayo o un argentino. El que no viene de esta tradición no sabe nada de ella y no le importa. Hay una tendencia a la repetición y a un ligero vacío en algunos ámbitos de creación cultural de los países centrales y eso hace que los tipos estén más abiertos a ver qué está pasando en otros lados.

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