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El libro del desasosiego

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Regreso de la generación cruel: Lava, de Daniel Mella. Hum. 163 páginas.

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La literatura uruguaya reciente abunda en fantasmas y figuras borroneadas, pero también está Daniel Mella. Se trata, para empezar, del único escritor nacido después del golpe de Estado de 1973 (por trabajar desde la periodización sugerida por Hugo Achugar en la muestra El descontento y la promesa) que ha logrado configurar una clara historia personal de su escritura, un perfil narrativo de escritor.

Desde esa suerte de niño prodigio que firmó Pogo hasta el escritor poderoso que publicó Noviembre, pasando por su participación (o creación, ya que difícilmente podría pensarse en ese grupo -integrado, por otra parte, por escritores comparativamente más débiles- sin partir del autor de Derretimiento o sin proponer su escritura como núcleo) en los llamados “crueles” de fines de la década de 1990, Mella logró crear una obra de perfiles claros, idiosincrática, arriesgada y, en sus mejores momentos, fascinante; su silencio posterior, que permitió y sin duda permite (o fomenta) una multitud de ficciones interpretativas, facilitó la historia del joven escritor probablemente genial que optó por la agrafia, como si Mella hubiese decidido (o se hubiese visto obligado a) jugar la carta de Rimbaud. Hay, entonces, un Mella-personaje, una figura cercana a la ficción, no sólo desprendida de la estética y poética de sus libros sino, además, de su historia personal, muy especialmente de su silencio.

La buena nueva es que esa figura se ha expandido y mutado: Daniel Mella regresó a la escritura (lo cual, sin duda, resignifica su silencio de la primera década del siglo XXI) y publicó un libro de relatos, Lava, que retoma lo mejor y más distintivo de sus libros anteriores, y que, además, señala a un escritor más maduro y en pleno control de sus poderes.

Los siete textos incluidos en el libro proponen historias diversas y voces nítidamente diferenciadas, pero son notorias las estrategias que los hermanan. Para empezar, hay una suerte de poética de la inconclusión que obliga al lector a retroceder en el texto y arriesgarse a otra forma de lectura, que atienda, por ejemplo, a asuntos ajenos a la trama más elemental en la que se ha visto inmerso. En ese sentido, el procedimiento de Mella funciona a la perfección: todos los relatos demuestran un fuerte control de lo narrativo y una notoria capacidad de sumergir al lector en las historias que parecen proponer, pero los finales (en particular los de “Ahora que sabemos” y “Lava”) ponen en evidencia que el verdadero centro del relato está en otra parte, no en la narrativa más elemental. Todos estos textos, entonces, proponen el espejismo de una historia, y cuando parecen dejarnos con las manos vacías entendemos que otra cosa -mucho más terrible- se ha deslizado hacia nosotros y ha terminado por invadirnos.

Los relatos de Lava, entonces, nos arrojan a un mundo angustiante, inquietante, construido palabra a palabra por una prosa que parece volverse signo de los estados mentales de los personajes. La habilidad de Mella para lograrlo con un mínimo de medios es pasmosa; como ejemplo sirven las últimas líneas de “Bocanada”: “[…] eso me ayudó a dejar de pensar en casa. Podía ver la cocina mugrienta, todo tirado, las sábanas sin cambiar, el jardín hecho una selva. Hugo abrió la ventana, tiró el tabaco y abanicó el humo. Pensé que me iba a decir algo. Él debe haber pensado lo mismo, porque me miró la boca y esperó”.

Esta línea de lectura atiende, evidentemente, a la construcción de las voces narrativas (elecciones semánticas y sintácticas, hábitos gramaticales, etcétera) en tanto signos de la interioridad o la personalidad o las circunstancias de los personajes. En ese sentido, uno de los textos mejor logrados es “La emoción de volar”, narrado por un adolescente deportista y mormón que intercala momentos de efusión religiosa con el relato de sus sucesivos enamoramientos. Este texto recuerda a “La niña del pelo raro”, de David Foster Wallace, un cuento que, a su vez, ha sido leído desde la complicada relación de su autor con Bret Easton Ellis, escritor sin lugar a dudas central en las dos primeras novelas de Mella.

Son especialmente interesantes también los momentos en los que Mella trabaja la enfermedad de sus personajes, como en el excelente cuento “La gota” (publicado originalmente en la antología El vuelo de Maldoror, de 1997, y luego incorporado en Noviembre y dos cuentos, publicado en 2010 por Irrupciones Grupo Editor).

La escritura de la fiebre en “Lava” nos permite acceder a un Mella (al Mella expresivo, fascinante y vórtice de desasosiego) en estado químicamente puro: “Lo despertó el olor. Sara olía a cebolla y estaba boca arriba. Se rascaba el cuerpo y se quejaba con los ojos cerrados, como luchando contra el sueño. Camilo la sacudió y ella abrió los ojos y se miró los brazos y empezó a susurrar en un volumen cada vez más fuerte. -No sé qué tengo. No sé qué me pasa. Estaba empapada en sudor. Las velas se habían apagado y Camilo recordó dónde había dejado las nuevas, buscó el encendedor en el pantalón tirado en el suelo y le acercó la llama a la cara. -Quema -gritó Sara” (páginas 19-20). También en esta línea es interesante “La esperanza de ver”, poderoso relato de una experiencia de infancia o preadolescencia que convierte a textos más o menos recientes -de escritores compañeros de “generación” de Mella- y presentados desde esas coordenadas en tímidos ejercicios de taller literario.

Lava pone en evidencia que no hay un escritor como Mella en la nueva literatura uruguaya: su figura se vuelve singular y llamativa en un contexto dominado -pero no agotado- por narradores grises, esclavos del sentido común, y escritores que no arriesgan. Además, en un año marcado por libros ineludibles (Ur, de Leandro Delgado, Cielo ½, de Amir Hamed, Fundido en blanco, de Manuel Soriano), el de Mella se posiciona sin duda entre lo mejor que ha sido publicado en Uruguay en los últimos tiempos.

Es cierto que Derretimiento es un texto emblemático y Noviembre una novela de hermosura terrible, pero la aplastante efectividad de sus textos, su multiplicidad de voces y la desoladora pintura de sus paisajes interiores convierten a Lava, seguramente, en el mejor libro de su autor.

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