Magdalena Broquetas durante la entrevista con la diaria. / Foto: Pedro Rincón

Algo pasaba

La trama autoritaria, un libro de Magdalena Broquetas sobre “derechas y violencia en Uruguay” entre 1958 y 1966.

Este libro de la historiadora Magdalena Broquetas, editado por Banda Oriental, tiene varias virtudes. Por un lado, cumple con su objetivo de mapear grupos y sectores de la derecha uruguaya en el período 1958-1966 en los que la historiografía nacional y la memoria colectiva han reparado poco. Además, plantea de manera novedosa, a partir de documentación inédita de Uruguay y del exterior, las dimensiones que tuvo la injerencia de Estados Unidos en el proceso de radicalización de la violencia política en el Uruguay de los 60.

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El trabajo, que se presenta el miércoles 13 de agosto en la sede de Asociación de la Prensa Uruguaya, intenta explicar un proceso histórico que ha sido escasamente estudiado. “No teníamos explicaciones satisfactorias de cómo entrábamos en esa radicalización de la violencia política y social en la década del 60, que aparecía como muy abrupta o vinculada a la aparición de las izquierdas armadas o...
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El trabajo, que se presenta el miércoles 13 de agosto en la sede de Asociación de la Prensa Uruguaya, intenta explicar un proceso histórico que ha sido escasamente estudiado. “No teníamos explicaciones satisfactorias de cómo entrábamos en esa radicalización de la violencia política y social en la década del 60, que aparecía como muy abrupta o vinculada a la aparición de las izquierdas armadas o a las posiciones del Estado”, explica Broquetas.

La historiadora encontró otros actores de la vida política y social de Uruguay “a los que no estábamos mirando”. “Las derechas son una categoría que casi no se usa en la historiografía uruguaya. Siempre hablamos de pensamiento conservador, de los sectores conservadores o de los militares, ya en la dictadura. Pero siempre estaba esa idea de que había otros sectores, con prácticas muy distintas, que también podrían entrar en esta categoría”.

Broquetas considera que hablar de derecha siempre ha estado más relacionado con lo coyuntural. Además, según su opinión, la derecha se define menos ideológicamente que la izquierda (“es más pragmática”) y quizá los actores de la época involucrados en estos grupos hayan tenido menos interés en hacer autocrítica o en legar sus memorias.

“A nivel historiográfico o de las ciencias sociales, sucede también que no es agradable estudiar a las derechas; han generado menos interés en Uruguay, en América y en el mundo, lo cual es raro porque hemos tenido muchos gobiernos derechistas. De todas maneras, pienso que no es posible estudiar sólo a las izquierdas o sólo a las derechas; las derechas están siempre atentas a cómo evoluciona o qué están discutiendo las izquierdas y el centro”, agrega. Las disputas en la izquierda uruguaya después de la dictadura, al momento de analizar el pasado reciente, constituyen un elemento que, según Broquetas, postergó el estudio más profundo de la actividad de estos grupos, a pesar de que fueron fundamentales en el rumbo que tomó la política y en las decisiones que tomaron los gobiernos.

Juan María, un amigo

La Embajada de Estados Unidos juega un papel importante en esta etapa de la historia política uruguaya, y el libro de Broquetas aporta datos respecto de cómo seleccionaba a sus interlocutores. A principios de 1963, recoge la autora, la sede diplomática siguió con preocupación la enfermedad de Benito Nardone y cómo incidiría su ausencia en la continuidad de la alianza herrero-ruralista. Entre los liderazgos emergentes dentro del ruralismo, la Embajada identificó especialmente a los senadores José P Bruno y Juan María Bordaberry, y de este último en particular destacaba su “comprensión sofisticada” sobre los peligros del comunismo en Uruguay. Uno de los documentos citados en el libro revela que en octubre de 1963 el entonces joven senador Bordaberry almorzó con un diplomático estadounidense, y en esa ocasión desestimó intentos golpistas por parte de militares, aunque no descartó “la concreción de un golpe si la situación de crisis económica del momento se combinaba con una huelga general”.

-¿Cómo explicarías el objetivo del libro?


-Esta investigación está focalizada en Uruguay en el contexto de la Guerra Fría, en un país que se configura como una puerta de entrada al Cono Sur. En este contexto, empiezan a aparecer sectores y grupos de diversa índole: sectores político-partidarios que podrían definirse como derechistas, organizaciones sociales, facciones militares y también intereses de grupos de presión de grandes medios. El objetivo del libro es mapear, cartografiar los sectores y las expresiones derechistas, en plural. Aunque empiezan a cobrar una fuerza muy importante a fines de los 50 y comienzos de los 60, se nutren de un anticomunismo que ya existía: no empieza todo con la revolución cubana. Es el miedo a cualquier intento de modificar el statu quo; hay temores que vienen de antes. Uruguay tiene, además, una tradición liberal de asilo, de libertad de expresión, y eso preocupa tanto a los estadounidenses como a los consejeros de Estado, que ven al país como un nido de comunistas: en 1964 están acá los exiliados peronistas, los brasileños de [João] Goulart, los bolivianos, los paraguayos anti [Alfredo] Stroessner, etcétera. Había, por otra parte, un clima de época que es importante tener en cuenta. En ese período, la idea del enemigo es muy amplia. Los enemigos pueden estar en cualquier lado: puede tratarse de un sindicalista, un estudiante, un militante cristiano, un militante partidario. Estos sectores y grupos que estudio en el libro empiezan a activar, por distinos motivos, alertas para identificar y para erradicar a estos enemigos.

-¿Cuáles son, específicamente, los grupos que surgen del mapeo?

-Al momento de mapear, encontramos que hay dos o tres sectores fuertes. Una línea es la que proviene de la tradición del liberalismo conservador, que en el marco de la Guerra Fría es bastante más conservador y menos liberal. Se identifican a sí mismos como “demócratas” y no necesariamente están en contra de la política partidaria, incluso muchos son militantes políticos, sobre todo del sector catorcista del Partido Colorado o del coloradismo independiente; no son anti statu quo, sino más bien todo lo contrario, son fieles representantes de eso. Luego hay otro sector de extrema derecha, menos significativo numéricamente, cuyas acciones tienen un peso importante, sobre todo porque son violentas. Este sector tiene una línea de continuidad con la extrema derecha nacionalista que surge en los 30 y con el fascismo filo falangista, con la admiración al franquismo y a Primo de Rivera. Son grupos antisistema, que apuestan a la caída del orden constituido para hacer su propia revolución, que es autoritaria, jerárquica, cristiana, hispanista, en algún punto contrarrevolucionaria o restauradora, porque quieren restablecer un orden utópico del pasado, basado en el catolicismo, las jerarquías y el respeto a otro orden que no es el liberal. Después aparecen otros grupos, más difíciles de filiar ideológicamente, integrados por activistas al servicio de una situación diplomática internacional, por agentes encubiertos, funcionarios de servicios, que se terminan mezclando con estos grupos. En definitiva, en algún momento todos estos grupos convergen, porque tienen intereses en común y porque identifican enemigos en común; esto pasa siempre: la derecha extrema y la derecha moderada se juntan en momentos de crisis, y esto en Uruguay ocurrió claramente en la primera mitad de los 60.

-¿Qué sucede a nivel militar en este período?

-Con la victoria herrero-ruralista de 1959 empieza a ingresar a la Policía y al Ejército gente muy vinculada al Partido Nacional, empiezan a consolidarse facciones o logias que arrastran aspectos del terrismo de la década del 30. De hecho, reivindican cosas de la derecha terrista, lo reivindican como un golpe fallido. En esencia, son revisionistas.

-¿Qué papel jugaron los medios de comunicación? ¿Alguno se convirtió en vocero de estos grupos?

-Algunos medios de prensa de circulación nacional -en particular, muy fuertemente el diario El País, pero también La Mañana y El Diario- aparecen formando parte de esta campaña anticomunista, son voceros de estos grupos, editorializan en la misma línea que ellos. Con menos fuerza, también aparece la televisión. Incluso entre las autoridades de ALERTA [Asociación de Lucha Ejecutiva contra los Totalitarismos de América] había empresarios vinculados a los medios de comunicación [en el libro se dice que en 1961 el vicepresidente de esa organización es Raúl Fontaina, hijo del fundador de Carve y de Canal 10]. Entre los grupos “demócratas” hay personalidades vinculadas a estos círculos o redes de poder. El papel de El País en la difusión de estas ideas fue muy importante, sobre todo porque es un medio que llega a todo Uruguay en un período de consumo masivo de prensa periódica, porque las publicaciones que sacaban estos grupos tenían un tiraje y un alcance mucho menor, claramente.

-¿Qué papel jugó la Iglesia Católica?

-Internamente, en este período hay una división muy grande. Por un lado, hay una recepción del proceso de militancia cristiana más cercana a la izquierda, pero, por otro, hay sectores que se acoplan a estos planteos anticomunistas. Esto es algo que pasa a nivel regional y mundial, por aquella idea de acercar la institución a las ideas del bloque occidental. Una de las cosas que incluyo en el libro son las marchas del silencio que organizaba la Iglesia en 1961, que eran masivas. Participaba mucha gente y eran encabezadas por la jerarquía eclesiástica. También tiene importancia la llegada de exiliados desde los países del este europeo. Hungría es el bastión del catolicismo asediado por el comunismo soviético, y eso desde mediados de los 50, antes de la revolución cubana. El caso uruguayo no es equiparable al peso que tuvo la Iglesia Católica en Argentina en ese mismo período, pero tiene su influencia y su llegada con el discurso anticomunista a sectores sociales que no son los más politizados.

-En el libro hay muchos insumos para rebatir ese ideal de Uruguay como un país de excepciones. Más allá de estos grupos, ¿es posible hablar de que la sociedad de esta época era más conservadora de lo que pensamos?

-Es una lectura posible, pero más hipotética, porque en el libro me dedico más al rol de organizaciones políticas y sociales. Pero si esto permea, si efectivamente las denuncias que hacían los padres de alumnos “demócratas” contra los profesores comunistas tenían un efecto institucional, eso da una imagen menos autocomplaciente de lo que éramos como sociedad. Es más lindo pensar que éramos un país mesocrático, de gente solidaria, culta, que pensar eso. No tengo una militancia contra la idea de Uruguay como país de cercanías o excepciones, pero esa visión no nos ayuda a entender por qué unos años más tarde llegamos a situaciones que no se explican. No es central en esta investigación, pero entiendo que su lectura termine dejando la imagen de una sociedad más conservadora, permeable a ciertos temores o cucos, menos tolerante. Y de mucha ignorancia y preconceptos instalados socialmente.

Está trazado

En las últimas páginas del libro, Broquetas esboza una reflexión que vale la pena compartir completa: “Resumiendo, luego de este primer período, rico en cuanto a apuestas y acciones adoptadas, en el que los actores de época aún imaginaban varios horizontes posibles, las derechas salieron fortalecidas y experimentadas, capaces de enfrentar la dimensión política de crisis que se inauguró en los años siguientes. Tras haber ensanchado considerablemente el marco de alianzas, sus principales figuras, habituadas a determinadas soluciones autoritarias y el manejo de un anticomunismo en diferentes niveles, habían trazado un rumbo a seguir”.

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