Luis Amorín. Foto: Andrés Cuenca

Ciudadano del país

A sus 82 años Luis Amorín sigue siendo activo en organizaciones sociales del barrio Peñarol. Hablamos con él de cómo era la zona en 1954, atravesada por las vías del ferrocarril, y cómo fue construyéndose a lo largo del tiempo. Una entrevista en la que la historia de su vida y la del barrio dialogan y se cruzan.

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Llegar a su casa lleva casi una hora en ómnibus desde el Centro. Los días de lluvia, puede ser más complicado. Las viviendas de su barrio están en grandes terrenos, rodeadas de tierra y pasto, casi siempre sin vereda y con un camino de cemento hasta la entrada. Pero a Luis Amorín los días de lluvia no le molestan, no interfieren en su humor. “Cuento con 82 almanaques”, dice sin pudor. De esos a...
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Llegar a su casa lleva casi una hora en ómnibus desde el Centro. Los días de lluvia, puede ser más complicado. Las viviendas de su barrio están en grandes terrenos, rodeadas de tierra y pasto, casi siempre sin vereda y con un camino de cemento hasta la entrada. Pero a Luis Amorín los días de lluvia no le molestan, no interfieren en su humor. “Cuento con 82 almanaques”, dice sin pudor. De esos años, pasó más de medio siglo en el barrio Peñarol.

Me recibe en el living de su casa. Aunque voy a entrevistarlo a él, su compañera de vida, Margarita, me saluda, me invita un café y recién después de una hora de entrevista acepta sumarse a compartir algunos relatos.

Tranquilo y vivaz, Luis cuenta cómo fue su llegada a la que sería su casa: “Nuestros barrios eran viñedos”, dice. Él, como otros trabajadores, quería acceder a una vivienda propia porque los alquileres se habían vuelto inaccesibles incluso en la periferia de la capital. Ante esa situación, las inmobiliarias “compraron chacras, viñas y quintas alrededor de Montevideo y las fraccionaron en terrenos de 500 o 600 metros”. La intendencia capitalina concedía el fraccionamiento a condición de que se garantizara el acceso al agua potable y la electricidad. Detalla que las inmobiliarias, “ni cortas ni perezosas”, ponían una columna de luz y una conexión de agua en el primer terreno de la manzana y así cumplían, de manera precaria, con la exigencia municipal. Compraron el terreno a 130.000 pesos en vez de 10.000, pero las cuotas a 30 años permitieron que accedieran a un espacio propio. “Arrancamos a pico los troncos de la viña”, explica. Luego construyeron su casa.

Villa Peñarol

La historia de vida de Luis se cruza con la del barrio Peñarol desde 1954, año en que se radicó allí. Era trabajador de ANCAP, pero la historia del ferrocarril atravesaba las dinámicas de la zona. “Cuando nosotros vinimos acá, trabajaban los talleres de Peñarol. El ferrocarril funcionaba, con déficit, con intervenciones incluso”, pero funcionaba. Los trabajadores de la Administración de Ferrocarriles del Estado (AFE) en los talleres se dividían en tres turnos, y en cada toque de pito, “era un pueblo que se movía”, cerca de 500 personas entraban y salían. En el centro del barrio había una estación de servicio, dos bancos, una policlínica, un local del Correo; por eso dicen que era como un pueblo, “era Villa Peñarol”. “A medida que iba cayendo el ferrocarril, Peñarol iba agonizando”, dice el vecino de medio siglo.

Desde que se mudaron, junto con otros vecinos, Luis y Margarita participaron en tareas colectivas. El primer jardín de infantes del barrio lo inauguró ella; estaba en el fondo de la casa, fue allá por los años 70, dice. “Margarita y yo fuimos fundadores de la policlínica”, levantada en el zonal 13 y que ahora está en el zonal 12. Además, añade, “fuimos fundadores de la Comisión de Fomento, que tiene el local acá”.

Desde sus orígenes la Comisión de Fomento se preocupó por las necesidades del barrio. Algunas de sus conquistas fueron el saneamiento, el arreglo de las calles, el cambio del agua de pozo al agua potable, el mejoramiento de las líneas telefónicas, y el transporte, que aún es una cuenta pendiente, “porque queda mucho por mejorar”, dice Amorín.

La comisión contribuyó a formar lo que fue la Mesa Intersocial Reivindicadora de Peñarol y Adyacencias (MIRPA). “Teníamos una cuestión de género: sería la MIRPA, pero siempre le dijimos el MIRPA”, aclara Luis. Se fundó en agosto de 1985, después de dos asambleas “unitarias, grandes, amplias”. Llegaron a formar parte del espacio 22 organizaciones. Algunas de las reivindicaciones que lograron fueron el saneamiento, financiamiento para la construcción del local propio y también para la construcción de la policlínica, conocida como Policlínica Municipal Zully Sánchez. Amorín cuenta que fue una construcción de la organización y que se decidió que llevara el nombre de una de las médicas que trabajaban en el barrio. “La comunidad quiso que [ella] cortara la cinta”, destacó.

Peñarol no tenía liceo. Su creación fue consecuencia de una lucha emprendida por la MIRPA. El liceo 40 comenzó a funcionar en una casa de familia prestada por AFE, y la mesa intersocial consiguió el mobiliario y los restos de una escuela que se había desmontado en la ciudad de Las Piedras. Arreglaron, lijaron, sacaron clavos, enderezaron chapas, y construyeron tres salones extras para que entraran los estudiantes. Años después, dieron la lucha por conseguir el terreno para la institución.

Hoy existe la Red Peñarol, que se reúne el último martes de cada mes. Luis sostiene que es diferente de la MIRPA, que “era un espacio totalmente comunitario, y desde su potencia comunitaria se vinculaba con lo institucional, sobre todo lo académico”. En cambio, la red “es más diversa, está conformada en un vínculo directo ciudadano-institucional, no es cien por ciento comunitaria”. Participan tres comisiones de fomento, la asociación de jubilados, un representante de la policlínica municipal, una delegada del liceo, una asistente social, entre otras.

Actualmente la red tiene tres grandes proyectos. Uno consiste en conseguir el segundo ciclo para el liceo 40, que hoy tiene sólo ciclo básico. Otro es la inauguración de un CAIF, que se inauguraría en un local donado por el Ministerio del Interior. El tercero es el que Amorín califica de más ambicioso, porque tiene como objetivo acercar a empresarios y comerciantes de la zona a sitios que tienen planes de trabajo comunitario para estimular la generación de empleo para habitantes de los alrededores. Pretenden constituirse en “articuladores entre los oferentes de mano de obra y los aspirantes”.

Compromiso ciudadano

“No sé si será por su tamaño, pero ando metiendo la nariz en muchos lugares”, señala Luis, entre risas. Fue concejal vecinal electo en cinco períodos, en dos de los cuales fue presidente y en el restante, coordinador. “Nosotros habíamos luchado mucho por no tener presidente y tener coordinadores”, aclara. En el 2000, con el proceso de descentralización, tenían que definir si se presentaban o no a la postulación de la Junta Local y Concejos de Vecinos. “Me tocó presidir la Junta Local del 2000 a 2005, en un clima sumamente limitado en lo económico y también en lo político”, expresa, y añade que a esas dificultades se le sumó la crisis de 2002.

“Renuncié a la presidencia de la Comisión de Fomento. Nunca entreveré lo político partidario con lo político social. Creo que no es saludable entreverarlo”, sostiene. Luis aclara que para él es necesario distinguir las funciones. El gobernante tiene su rol, y la sociedad civil organizada el suyo. “No quiere decir que no me siente con este y con aquel. Pero no quiero que este me conceda cosas a título de afinidad política, para que mañana me pida: ‘Ahora, votame’. Buena relación, articulación, toda la posible. Pero favores con las cosas de la comunidad, no”, subraya.

Hoy sigue participando en la Red Peñarol, pero dice que está haciendo mucho menos que antes, sobre todo por algunos “detallecitos de salud”, y porque también se dio cuenta de que hay actividades que ya no son para él. Le pregunté: “A tus 82 años, ¿qué actividades te hacen bien?”. Ya habíamos conversado más de una hora, transgredí cierta distancia tradicional entre quien pregunta y quien es entrevistado. Luis no titubeó en dar esta respuesta. Dice que tiene un doble motivo para vivir: “Tengo una compañera [con la que desde hace] 57 años vamos tirando juntos, con la que solemos decir que somos como agua y aceite: si nos dejan quietos, cada uno ocupa su lugar, pero hemos tirado codo a codo y ha sido muy difícil esta vida”. Enseguida añade a la familia: un hijo, cuatro nietos y ocho bisnietos. Con una sonrisa emocionada cuenta que su bisnieto de 17 años está integrando un grupo de líderes en su liceo, y apuesta a que “una ramita por ahí viene naciendo”.

La segunda razón tiene que ver con su historia de vida. “Yo sé lo que es tener hambre. Cuando se separó mi familia pasé de tener de todo a pasar hambre con mi madre”, cuenta. Sin embargo, dice que a lo largo de los años tuvo la suerte de encontrar mucha gente que le ha dado orientación y luz.

Mira hacia la puerta, sigue sentado, con las manos cruzadas y la misma tranquilidad que cuando comenzó la entrevista: “Tengo la satisfacción de que si mañana me preguntás si creo que he cumplido el rol de ciudadano del país, puedo decir que sí, y tal vez que no sea mucho, pero me parece que algo puedo seguir haciendo, porque creo en el compromiso ciudadano. Espero que nunca me pase que me tenga que sentar en el porche de la casa a mirar pasar la vida. Sería muy duro para mí”.

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