Chela Fontora. Foto: Iván Franco (archivo, junio de 2017)

Lucha y vive

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Chela Fontora es una referente sindical de la Unión de Trabajadores Azucareros de Artigas (UTAA) y de Crysol, que constituyen su historia de vida. La extranjeridad, a veces, lejos de distanciarnos, nos acerca. Multiplica los puntos de vista y las miradas sobre los acontecimientos. Conocí a Chela Fontora en una presentación pública. Intervino de modo claro y contundente como la portavoz, en e...
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Chela Fontora es una referente sindical de la Unión de Trabajadores Azucareros de Artigas (UTAA) y de Crysol, que constituyen su historia de vida.

La extranjeridad, a veces, lejos de distanciarnos, nos acerca. Multiplica los puntos de vista y las miradas sobre los acontecimientos. Conocí a Chela Fontora en una presentación pública. Intervino de modo claro y contundente como la portavoz, en esa oportunidad, de varios de sus compañeros y compañeras de militancia, ex presos políticos. Desde ese momento la imaginé ruda y pensé que entrevistarla implicaría sortear ciertos obstáculos relacionados con esa característica. Afortunadamente, me equivoqué.

Chela Fontora vive en Montevideo. Pasó parte de su vida en Salto –donde nació–, en Bella Unión y en diferentes cárceles. Rápidamente, apenas comienza su relato, hace este resumen. Proviene de una familia de cañeros; su padre trabajaba como obrero y su madre se encargaba de la crianza. “Otro trabajo, también”, apunta Chela. De ahí nació la rama de su historia que la convirtió en referente sindicalista azucarera. Su trayectoria como militante dio un giro a partir de su detención. Primero, entre 1970 y 1971; luego, desde 1972 hasta 1985. Largos años de su vida transcurrieron en el encierro. Desde que salió de la cárcel comenzó la lucha con otros, esta vez dirigida a que se hiciera justicia con respecto a las vejaciones de derechos humanos del último período dictatorial. Actualmente es reconocida por ser una de las referentes de Crysol, la Asociación de ex presos y presas políticas de Uruguay.

La caña, la organización

Con una mesa de por medio, en una de las salas de la asociación, Chela comienza a compartir los caminos recorridos en su historia de vida. Relata que aunque su madre no estuvo muy de acuerdo, a los 14 años acompañó a su padre a una huelga. Dice que algo en ella cambió. Comenzó a darse cuenta de que los derechos no se cumplían igual para todos. Para los trabajadores del azúcar y los pescadores no se respetaban el derecho a la salud ni a la educación. Tampoco las jornadas de ocho horas. Incluso los niños y las niñas trabajaban.

Con esa mirada atenta a las injusticias, se casó y se fue a vivir a Bella Unión; tenía sólo 15 años. Ella cuenta que trabajaban sin descanso. Que a todas esas injusticias les ponían lucha y organización. Así, entre compañeros y compañeras fundaron la UTAA. Siendo muy joven aún, a los 17 años, se convirtió en referente sindical de los trabajadores de la caña. Reflexiona sobre esa experiencia: “La lucha de las mujeres era doble, no sólo contra el patrón, sino también con nuestros propios compañeros. Ellos estaban siempre para las reuniones y la militancia, pero nunca para otras cosas”.

Chela comenzó a militar “políticamente”, como dice ella, y a los dos años policías y militares la detuvieron por primera vez. Me pide que deje claro que los militares no aparecieron recién al inicio de la dictadura, en 1973, sino que la alianza de las fuerzas de seguridad y el marco represivo venía desde antes: “Cada vez que hacíamos una huelga, que salíamos a las calles, nos reprimían, y a las mujeres nos manoseaban. Eso pasó siempre”.

En 1970 la detuvieron; “me tenían fichada”, dice, y añade un dato de actualidad: “Hace poco fui a retirar la documentación que tenían sobre mí. Estaba registrado lo que decía en las asambleas en Bella Unión, y desde ahí para adelante. No sé hasta cuándo [tienen registrado], ese es otro tema”.

En 1971 continuaba presa, pero, asesorada por un abogado, consiguió la libertad. Con la documentación de su liberación ya firmada, le dijeron que no podían dejarla ir, que hacerlo sería traicionar su ideología. Mantenerla presa era ilegal, y aún no transcurría 1973; sin embargo, decidieron no liberarla y, al poco tiempo, escapó.

No fue mucho el tiempo que permaneció libre, porque en 1972 volvieron a detenerla. Chela cuenta que desde entonces fueron 13 los años que vivió de prisión en prisión. Sostiene, además, que desde el primer día comenzaron las torturas, sin discriminación. “Sólo los que colaboraban con ellos recibían otro trato. Si no, hombres y mujeres éramos tratados por igual”, dice. Comienza a desandar estas historias; decirlas y recordarlas, de algún modo, es volver a vivirlas en el presente. Mira hacia abajo, hacia arriba, se concentra y continúa. Me cuenta que en este contexto de encierro y torturas perdió un embarazo. Tenía, además, a su pequeña hija afuera.

Dice que cuando salió, una de las cosas que más le costaron fue aprender a medir las distancias: “Durante tanto tiempo midiendo todo de cerca, cuando salí miraba los ómnibus en la calle y sentía que se me venían encima”, explica. Su compañero de vida también estuvo detenido durante 13 años. Después de haber salido, dice, a ella y a su pareja les llevó diez años volver a sentirse reinsertos en la sociedad.

Mientras Chela comparte pensamientos y sentires sobre esos años de su vida, mis preguntas se agolpan. Una, insistentemente, me inquieta: ¿cómo es reencontrarse con una hija 13 años después?

La lucha continúa

Me preocupa saber cómo se siente la entrevistada. Poner en palabras momentos tan dolorosos frente a una desconocida no parece ser una tarea fácil. Le pregunto, y Chela me dice que está bien, que podemos seguir. Tal vez es aquí, en este modo de posicionarse para compartir su historia, que su tesón se evidencia, pienso. Continuamos el recorrido.

Cuenta que, una vez fuera de la cárcel, comenzaron a trabajar para la reinserción laboral de las personas que habían estado presas por razones políticas. Intentaron dar respuestas mediante una organización cooperativa. Sin embargo, dice, fue muy difícil conseguir resultados. Pero además, en este proceso percibieron algo mucho más profundo: comenzaron a darse cuenta de lo mal que estaban sus compañeras y compañeros. Colectivamente empezaron a percibir cómo el tiempo de privación de la libertad, de interrogatorios, traslados y torturas, había corroído la vida de todos. Observaron que las secuelas son físicas, psicológicas, económicas, sociales. Puntualiza: “Nadie que haya pasado por eso se olvida. Es algo que está siempre, que aparece en tu memoria”.

En la búsqueda por rearmar sus vidas comenzaron una nueva lucha por reconocimiento y reparación para quienes fueron víctimas del terrorismo de Estado. Así, fundaron Crysol, el espacio que nuclea a personas que fueron detenidas por razones políticas durante la dictadura. También lucharon por conseguir la sanción de la Ley 18.033, que establece una Pensión Especial Reparatoria para los ciudadanos que no pudieron acceder al trabajo por razones políticas o sindicales entre 1973 y 1985. “No es una reparación integral, pero ya es algo”, aclara Fontora. Comparte esas palabras y recuerdo que aquella primera vez que la escuché hablando en público estaba, justamente, manifestando todas las carencias y fisuras que sigue habiendo en relación con una reparación completa.

¿Dónde están?

Desde su participación en Crysol, así como en otras redes y espacios, Chela sigue luchando por la verdad, la justicia y la memoria. “Queremos saber dónde están, qué pasó con nuestros compañeros y compañeras”, me dice, y señala la bandera que ocupa una pared completa en la sala de la asociación. La bandera tiene muchos rostros; la mira y me dice: “Todos ellos siguen desaparecidos, queremos saber qué les pasó”. Entonces agrega: “Hasta que me muera voy a seguir luchando por mis compañeros desaparecidos”.

Logro comprender que habla de una sed que parecería no tener fin. La incansable búsqueda de verdad, de justicia, de memoria. Imprescindibles para no repetir la historia. Por eso es necesario contar, transmitir, que los jóvenes sepan. Concentrada en mis pensamientos, Chela me interrumpe: “¿Sabés qué otra historia hay que contar?”. “¿Cuál?”, pregunto, y ella responde: “La de los hijos, nuestros hijos, que vivieron todo esto sin ser conscientes de lo que pasaba entonces”.

Me despido, pensando en la valentía de atreverse a nombrar un pasado tan doloroso. En los relatos aún sin contar, en las verdades guardadas, en las preguntas no hechas. En que, afortunadamente, hay personas como Chela, que continúan peleando por compartir esos retazos de vida para que la justicia aparezca como protagonista de esta historia.

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