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Sergio Norbis. Foto: Pablo Vignali

Encuentro con Sergio Norbis, fundador del primer museo móvil antirreligioso

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Hace unos días llegó a esta redacción un artista plástico equipado con una camisa blanca y un sombrero Panamá. “Soy un médico frustrado, un abogado frustrado, un fotógrafo frustrado”, decía. Y hay algo escondido en ese deseo, un lamento o una resignación difíciles de descifrar. En todo caso, Sergio Norbis admite que no concibe un arte que no cuestione, que no ataque, que no luche por derribar mitologías. Y tal vez, por eso mismo, intente derribar sus propios límites.

Nació en Paysandú, en una familia “burguesa y religiosa”, que inició una de las primeras empresas funerarias de la zona. A los 18 años viajó a Buenos Aires y vivió gracias al oficio familiar: se dedicó a maquillar muertos para los velorios. Ante la curiosidad, cuenta que se trataba, entre otras cosas, de “cerrarles -con vinagre y algodón- los ojos, colocarles dentadura y una peluca si era necesario, y vestirlos”. Con el tiempo, se trasladó a Paraná, donde trabajó con un grupo de teatro independiente que llevó a escena Las criadas, obra de Jean Genet que retrata el juego de las apariencias; y Una noche con el Sr. Magnus e hijos, del argentino Ricardo Monti, en la que los hijos obedecen a un padre tiránico por miedo a su poder instituido. En paralelo, Norbis se sumó a otro grupo, pero de militancia política, “para intentar hacer un cambio”. Se trataba del Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP): participó “en un intento de secuestro a un gran arrocero, llamado Popelka”. Los detuvieron y estuvo un año preso, de 1972 a 1973.

La condena duró poco debido a un episodio surrealista: “Trabajaba en una imprenta de la cárcel, aprendía a grabar las letras con unos moldes de plomo y hacía cajas para ravioles. Un día me llamaron por error, me pidieron que me vistiera y me avisaron que tenía que ir al juzgado. ‘Firme acá, firme acá y firme acá’, me pidieron. Firmé, y me dijeron que tenía la libertad condicional”. Después se enteró de que lo habían confundido con otro preso. Él y sus compañeros del ERP tenían condenas de 30 años, pero parece que el error ya no se podía revocar. “El abogado me pidió que me cuidara porque podían volver a meterme preso por cualquier cosa”, cuenta. Por eso, al tiempo decidió viajar a Suiza. Allí aprendió francés y comenzó a trabajar levantando basura, en la biblioteca municipal de Ginebra, o en la ópera como figurante, mientras orientaba sus inclinaciones artísticas hacia la plástica.

Obra y museo

Al comienzo, Norbis se dedicó a la pintura abstracta, pero con el tiempo fue “evolucionando” hasta llegar a centrarse en la crítica radical de lo que significa la religión -especialmente la católica- en Occidente. Cuando donó algunas de sus obras al Museo de la Inquisición de Cartagena, conoció al fotógrafo colombiano Mauricio Vélez, que en ese museo montaba su obra Inquisidor/inquisidores. “Él fue quien puso algunas de mis obras en valor”, dice. Y aclara: “Lo importante es que no estoy en contra de la gente [que profesa una religión], sino en contra de la manipulación. El Vaticano está en contra del uso del preservativo, por ejemplo, y eso nos expone a una epidemia terrible como la del sida”.

En 1992, Norbis fue censurado en la Expo de Sevilla. Al poco tiempo concretó en Suiza la exposición que quería montar allí, y de inmediato se convirtió en un escándalo, porque “se instaló en el Club del Libro Español. Un amigo me había advertido de que iba a generar problemas, porque en un cuadro se veía al rey de España con un parche de ojo -al estilo pirata-, y a la Pinta, la Niña y la Santa María atacando, en referencia al genocidio de la conquista en América Latina”. Ante sus previsibles dificultades para mostrar ese tipo de creaciones, se le ocurrió fundar el Primer Museo Móvil Antirreligioso, que se propone difundir todas las obras con ese carácter: los trabajos de Norbis instalan verdaderos escenarios, en los que se puede ver alegorías del hombre anestesiado por la religión, crucifixiones de cordones umbilicales que representan la herencia de la tradición, un Cristo kitsch de color fucsia e imágenes que cuestionan al papa, a la evangelización en América Latina o al poder fálico.

Mientras él recorre el mundo (acaba de hacer una exposición en Salvador de Bahía), lo acompaña la interacción de provocaciones y reacciones. En México, por ejemplo, había escrito una carta abierta dirigida a los habitantes de ese país, en la que cuestionaba su catolicismo a ultranza, y en San Cristóbal de las Casas visitó la casa de un cacique indio, quien antes le había advertido que tuviera cuidado porque ese domicilio estaba muy vigilado; un día cayó en la cuenta de que dos personas lo venían siguiendo, y las encaró. “Me respondieron que eran militares y que les tenía que entregar el pasaporte. Me mandaron al DF y fui expulsado, escoltado por tres militares hasta la puerta del avión”, recuerda.

Al final de la entrevista, mostró un texto periodístico en el que se afirma que sus “metafóricas escenas son el manifiesto de una radicalización ética, y son denuncia, sentencia estoica, brutal, de quien no espera nada de Dios, ni de la frivolidad de su proselitismo, ni de la falacia de su moral”.

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