Balance de saberes

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Al borde de los 90 años, con más de seis décadas constantes de entrega a la literatura, Noé Jitrik (1929) no deja de sorprender. Mientras continúa publicando poesía, narraciones, ensayos y hasta notas de opinión sobre la actualidad, mientras sigue tan campante como profesor y conferencista, luego de dar a conocer varios volúmenes de su autobiografía, ahora evalúa en un pequeño gran libro otro n...
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Al borde de los 90 años, con más de seis décadas constantes de entrega a la literatura, Noé Jitrik (1929) no deja de sorprender. Mientras continúa publicando poesía, narraciones, ensayos y hasta notas de opinión sobre la actualidad, mientras sigue tan campante como profesor y conferencista, luego de dar a conocer varios volúmenes de su autobiografía, ahora evalúa en un pequeño gran libro otro núcleo de su experiencia, la de sus lecturas, que –como repetía Ricardo Piglia– es la mejor biografía de un escritor.

Espectros vivos

Fantasmas del saber (Lo que queda de la lectura) podría ser un simple recuento narcisista –uno más de los muchos que distraen nuestro tiempo–, un catálogo prolijo y servicial al gusto minoritario, una vanidosa autoatribución de precursorías. Por fortuna, estas páginas asumen a cabalidad la sentencia borgiana de que es mejor jactarse de lo que se lee antes que de lo que se escribe, pero como lo hace desde el espectáculo de la escritura, Jitrik vuelve indisociables las dos operaciones. Con la autobiografía escrita, aunque apostara a la novelización de su vida, se exime de hacer inteligible esta –parte a parte– por encima de las lecturas. De otro modo, puede definirla desde algunos fogonazos que siguen vivos en su memoria. No conozco caso cercano o remoto en que se haya cumplido con tanta exactitud este equilibrio entre dos series textuales convecinas.

Inserto en una colección de la extraordinaria editorial argentina Ampersand –especializada en lectores, bibliotecas y problemas materiales de la escritura–, el libro de Jitrik y el proyecto en que se inscribe alumbran y desnudan una carencia. Sólo el archivo y la especulación nos permiten rellenar a medias, en todo su potencial, lo ganado y lo perdido si hubiéramos contado con prosas semejantes –sólo para instalarnos en una pareja modalidad de trabajo– de quienes escribieron diarios o memorias desde el siglo XX. Salvando épocas y estilos, en páginas autobiográficas como las de Domingo F Sarmiento, Rufino Blanco Fombona, Manuel Gálvez, Pedro Henríquez Ureña o Ángel Rama las lecturas personales aparecen como datos circunstanciales y muy esporádicamente se disponen como recursos para el autoconocimiento y la comprensión subjetiva de una experiencia global. Ese es el empeño de Jitrik a través de 11 breves capítulos, a los que se anexa una lista de los textos citados o evocados. Entre ellos incluye algunos propios, consecuencias de lecturas asimiladas para desviarse, luego, en una producción nueva.

Leer y escribir la vida

Una vida que se escribe se vuelve a ver como a través de un espejo convexo, como si fuera una pieza en la que se es actor y espectador a un mismo tiempo. Tal sensación se amplifica en Fantasmas del saber... para dar cuenta de los otros-yo que se suceden con trazos rápidos pero nítidos: el traslado del yo-narrador-personaje desde el interior a la capital con su familia de origen ruso-judío; la adolescencia pobre y algo solitaria; la década peronista que lo encuentra en los cursos de Letras en la Universidad de Buenos Aires, en el ejercicio de una moderada bohemia, en la vida literaria del país desde 1951 cuando contribuye a formar la revista Centro y, luego, las fundamentales Contorno y Poesía Buenos Aires; su primer deslumbrado viaje y estadía en Francia, el retorno y sus comienzos como profesor de literatura argentina en Córdoba, la larga agonía democrática y los hiatos esperanzados, la resistencia creativa y su aporte al Centro Editor de América Latina de Boris Spivacow; la revolución cubana y sus sólidas redes culturales americanas; la nueva etapa francesa y el regreso a una Argentina en llamas; los prolegómenos de la dictadura y el exilio mexicano; la vuelta final y los trabajos sin pausa. Cada uno de estos momentos que, desde otra elección, podrían expandirse en diferentes perspectivas, en lugar de pautarse por la fuerza de los hechos que desafiaron a su autor-personaje como a quienquiera que fuese, llevan la marca (o el fantasma) de libros, revistas, editoriales y hasta agentes mediadores de estos bienes simbólicos, como el librero Kohan, quien le recomienda los textos argentinos fundamentales que el inminente profesor debería enseñar.

Fantasmas del saber (Lo que queda de la lectura), de Noé Jitrik. Buenos Aires, Ampersand, Colección Lector&s, 2017. 112 páginas.

Los libros realizan el milagro de traernos el perfume del pasado y sus imágenes. La infancia surge, retrospectivamente, como algo perdido que vuelve gracias al descubrimiento de La cabaña del tío Tom, de Harriet Beecher Stowe, en la humilde editorial Molino, el mismo sello que proveyó a miles de niños y jóvenes hispanoamericanos de otros tantos títulos; la revelación de la poesía, en la primera adolescencia, llega por una antología de Rubén Darío, que imprime para siempre en la memoria del narrador algunos de sus versos; la magia del Quijote se hace patente en una edición popular de Sopena. La juventud acelera los ritmos de consumo por las arrolladoras colecciones de la editorial Losada, en las que se codean clásicos y contemporáneos, franceses y argentinos en mayor grado, pero también Franz Kafka y Rainer Maria Rilke. Y en los tiempos siguientes hay renovados asombros, como el conocimiento de la obra de Gaston Bachelard mientras deambula por París, más tarde los ensayos de Roland Barthes; el acercamiento a De la gramatología, de Jacques Derrida; el impacto de Paradiso, de José Lezama Lima, o, antes –en el recuerdo de hoy–, la novela Zama, de Antonio di Benedetto; el conocimiento a destiempo de Bestiario, de Julio Cortázar; el estudio y el disfrute de Martín Fierro y de Facundo, y los “sentimientos contradictorios” –como lo dice en un célebre ensayo– respecto de Jorge Luis Borges.

Estas extraordinarias páginas fronterizas –donde se mezclan autobiografía con testimonio, crónica con ensayo y narración– arriban a una certeza clara: “Si leer no problematiza, con la cuota de extrañeza e incomodidad que a veces comporta, no es leer realmente, en la medida, por otra parte, que todas las lecturas proponen, sugieren o imponen algún cambio”. Por un lado, la vasta trayectoria y la acumulación lectora de Jitrik aparecen como una parábola posible de lo que el escritor latinoamericano fue o quiso ser desde el medio siglo XX hasta el presente: el autodidacta o casi que se hace escritor antes que crítico en las revistas, el crítico de formación moderna (y con poco o nulo sedimento clásico) antes que ensayista y académico, el siempre protagonista de un tiempo que lo acoge o lo desplaza. Con pocas excepciones, estas reglas se podrían aplicar a la mayoría de sus coetáneos. Pero, por otra parte, hay una rara singularidad que Jitrik logra a fuerza de permanecer lúcido, contemporáneo y activo siempre por más de 60 años, proteico aunque leal a una visión inconfundible que se multiplica a través de su prosa elucubrante y conversacional. Esa frescura compleja –valga el oxímoron– surge más allá de las probables re-construcciones a posteriori, en las que el olvido actual juega tanto como lo hace el poder de lo evocado, algo a confrontar con su vasta obra. Una prosa que se deja llevar por la seducción del texto consigue un efecto que envuelve o, por lo menos, no puede dejar indiferente a quien lo recibe.

“Sobre cierto renacimiento latinoamericano” | “No vale la pena, en esta historia, recuperar los momentos de distracción lectora o de escritura mercenaria, de modo que más vale reconocer con devoción y agradecimiento a la invocada diosa que vino a sacarme de esa dificultosa situación para ofrecerme un cargo universitario en Francia. Acepté y antes de la concreción del ofrecimiento pude, regresando de otro providencial viaje, a Cuba, visitar la ciudad en la que estaba la universidad que me invitaba a hacer un somero estudio ambiental de lo que nos esperaría si aceptábamos. Estaban en auge los estudios latinoamericanos, circulaban textos consagrados, el hispanismo tradicional retrocedía unos pasos, nombres como Borges o Carpentier o Neruda abundaban en las conversaciones preliminares, de modo que todo parecía favorable pese a que la ciudad estaba envuelta en neblinas invernales, un contraste absoluto con las imágenes soleadas de Cuba que acababa de dejar en la celebración del centenario del nacimiento de Rubén Darío, que había sido, como ya lo mencioné, mi puerta de entrada a la literatura. De allí había traído una edición local de Paradiso, intervenida por Cortázar y Monsiváis, que habían corregido numerosos errores y erratas, maravillosa esa que reproduce una frase de Cristo en el Gólgota: ‘¡Dios mío!’, dice, ‘para qué me has abandonado’. El ‘que’, probablemente original, indicaría reclamo, como remisión al pasado y alusión a un castigo; el ‘para’, finalidad, o sea misión, o sea futuro. Sin exagerar, o exagerando un poco, el ‘que’ implicaría lazo con la antigua religión, el ‘para’ apertura a una nueva, esa que nace con los Evangelios. Pero no todas las erratas, esa tampoco, fueron corregidas. No lo empecé a leer de inmediato, lo iría haciendo con el tiempo y comprobaría, nada difícil por otra parte, que este texto tiene de todo, hasta errores fértiles, una suma de la grandeza latinoamericana gestada en la poesía, un indirecto y casi imperceptible heredero del más que venerado José Martí, no por las sacrificadas decisiones libertarias sino por la fecundidad verbal y la pasión por un decir inagotable”. [Pasaje del capítulo 8, “Teorética”, de Fantasmas del saber..., Noé Jitrik].

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