Nicanor Parra dentro de su casa en Las Cruces, Chile, el 5 de setiembre de 2014. Foto: s/d de autor, AFP

El quebrantahuesos

Nicanor Parra (1914-2018)

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No parece conveniente dedicar titulares grandilocuentes ni manchar con prosa recargada extensas páginas de lamentaciones y de elogios a quien fue enemigo de la pompa, a quien bajó del Olimpo a los poetas. Con verificada lucidez, él ya lo había previsto, y en “Discurso fúnebre” decía tempranamente: “Un profesor acaba de morir / ¿Para qué lo despiden los amigos? / ¿Para que resucite por acaso? / ...
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No parece conveniente dedicar titulares grandilocuentes ni manchar con prosa recargada extensas páginas de lamentaciones y de elogios a quien fue enemigo de la pompa, a quien bajó del Olimpo a los poetas. Con verificada lucidez, él ya lo había previsto, y en “Discurso fúnebre” decía tempranamente: “Un profesor acaba de morir / ¿Para qué lo despiden los amigos? / ¿Para que resucite por acaso? / ¡Para lucir sus dotes oratorias!”. No se trata de eso en estas líneas, así que baste apuntar que ha muerto Nicanor Parra, uno de los mayores poetas de la lengua. Había nacido 103 años atrás, el 5 de setiembre de 1914, en San Fabián de Alico, un pueblito de Chile y, aunque era el mayor de los nueve hijos de Nicanor Parra y Clara Sandoval, los sobrevivió a todos.

Sus hermanos, como él, se dedicaron al arte, aunque la mayoría (Violeta, Hilda, Lalo, Roberto y Lautaro) optó por la música y Óscar por el circo. En su niñez conoció la provincia de Ñuble, y a sus habitantes y su habla, y a los 18 años, tras varias mudanzas y penurias económicas dejó a su familia, que por esa época vivía en la ciudad de Chillán, y partió a Santiago siguiendo su ambición.

Gracias al político radical Gonzalo Torres Salamanca obtuvo una beca de la Liga de Estudiantes Pobres y cursó el último año de secundaria en el Internado Nacional Barros Arana. Ahí conoció a los escritores Jorge Millas y Luis Oyarzún y al pintor Carlos Pedraza, que se convertirían en sus amigos, y leyó la poesía de sus coterráneos Pablo Neruda y Vicente Huidobro, de surrealistas franceses como André Breton y Paul Éluard, y de poetas españoles como Juan Ramón Jiménez, Pedro Salinas y Rafael Alberti. Luego, a pesar de sus altas notas en las materias humanísticas (o por ellas, precisamente), decidió estudiar Matemáticas y Física en la Universidad de Chile, carrera de la que se graduó en 1937. Ese año regresó a Chillán, comenzó a dar clases en un liceo y editó su primer libro, Cancionero sin nombre, que remeda en gran medida la poesía de Federico García Lorca, a quien admiraba.

Los comienzos

Por sus versos recibió elogios de Pablo Neruda y Gabriela Mistral, en su momento los mayores escritores chilenos. En 1939 dio cursos de Matemáticas y Física en institutos de Santiago y conoció, por medio de la traducción del uruguayo Álvaro Armando Vasseur, la poesía de Walt Whitman, que lo deslumbró. Ese año también escribió dos libros inéditos, hasta que Tomás Lago decidió incluirlos en la antología Ocho poetas chilenos (1939). En 1943 viajó becado a Estados Unidos para estudiar Mecánica Avanzada en la Universidad de Brown y, tras un nuevo periplo chileno en el que dio clases en varios institutos y escribió dos nuevos libros que nunca verían la luz, se fue a estudiar en Oxford. En Inglaterra no sólo asistió a las clases del astrofísico y matemático EA Milne, sino que leyó la obra de los grandes poetas metafísicos, de William Blake, Dylan Thomas, Ezra Pound, TS Eliot y WH Auden, además de la prosa de Franz Kafka, que sería su indiscutido maestro (según sus palabras, después de Kafka sólo se puede leer a Macedonio Fernández), y de Sigmund Freud. En este período, además, siguió escribiendo y pensando una nueva teoría del verso. En 1951 regresó a Chile y publicó una selección de sus poemas en los Anales de la Universidad de Chile, acompañados por un pionero estudio de Enrique Lihn. En él, el poeta sostiene que “Nicanor Parra es un poeta contemporáneo” que “Cambió su proyecto (acaso este cambio y el proyecto constituyan una sola cosa) para entregarse a un juego, por lo demás muy necesario. Pintar el mundo tal cual es, y no como debiera ser”.

Antipoesía eres tú

Clara Sandoval (“la madre de Violeta Parra”, como le decía Nicanor) era una modista de origen campesino y de su trabajo podría tomarse una imagen para ilustrar la poética del hijo. Se cuenta que con los retazos de tela que le sobraban de sus trabajos hacía cortinas y acolchados para su casa. Esas obras coloridas (hay fotos) se asemejan a la forma de proceder del antipoeta frente al lenguaje, que combina en un mismo plano una frase oída al pasar (de su nieta, por ejemplo), una cita de Shakespeare, un eslogan publicitario o un refrán ligeramente modificado, en una rara conjunción de surrealismo, estilos folclóricos americanos y la versificación castellana clásica. Todo entra en el verso libre, pero no porque sí. No hay azar, no hay enervante condescendencia o el efectismo de buena parte de la poesía “popular”; no hay nada de simple en el procedimiento, aunque el resultado pueda engañar. Por eso Parra ha sido tan mal imitado, con resultados tan grotescos que no vale la pena enumerar, y por eso, también, ha tenido –en sus buenos discípulos– un influjo tan benéfico.

Mientras ya escribía su antipoesía, junto a Lihn y Alejandro Jodorowsky, hizo una serie de intervenciones poéticas, El quebrantahuesos (1952), que retoman la tradición vanguardista de la poesía visual en una serie de collages que mezclan recortes de titulares y noticias del diario con imágenes, que los artistas exhiben en las vitrinas de un restaurante. Esta experimentación poética, que se puede pensar tanto en estos proyectos como en los varios libros inéditos, culmina con la publicación, en 1954, de Poemas y antipoemas, que será un parteaguas en la poesía en lengua española. Premiado, comentado por Neruda y elogiado por la crítica, el libro agota su primera edición rápidamente y da comienzo a una época heroica.

Aunque es posible rastrear algunos antecedentes de su poesía conversacional en la tradición más o menos cercana (desde José Asunción Silva y sus Gotas amargas o la “Epístola a la señora de Leopoldo Lugones” de Rubén Darío a parte de la obra de César Vallejo y de Huidobro, pero también en las clásicas payadas del mulato Taguada contra don Javier de la Rosa, por citar apenas algunos nombres), Parra hace un trabajo único con el lenguaje. Su proyecto se postula, ante todo, como un impulso de destruir la “Poesía”, que tras un período de libertad había sufrido una pasmosa “vuelta al orden”. Así, evita las palabras de por sí “poéticas”, que habían quedado como cansados ecos en los epígonos del modernismo, y mezcla léxicos en plano de igualdad, sin privilegiar ningún discurso. Sus poemas, por eso, remiten a la oralidad en su forma y empiezan de manera abrupta o llamando la atención de un supuesto auditorio, y son soliloquios o conversaciones capturadas al pasar; sus discursos, por otra parte (véase los de aceptación del premio Juan Rulfo o del Cervantes, ambos en la web), se comportan como poemas, que mezclan giros coloquiales con signos matemáticos, y mediante la puesta performática logran burlar al aparato institucional y la ceremonia. Pero eso vino después. En su momento, la antipoesía fue algo más: fue la forma –la única, tal vez– de escribir versos en el Chile de los 50, cuando Huidobro acababa de morir, Mistral recién había ganado el Nobel, Neruda publicaba el Canto general y las Odas elementales y Pablo de Rokha aún ejercía su poder.

En la década y media siguiente Parra fue invitado a numerosos viajes por Europa y América, y conoció a los poetas beats, a Robert Lowell, a Czeslaw Milosz. Además, su obra comenzó a ser traducida y editada en el exterior; en 1960 se publicó Antipoems, con versiones de Jorge Elliot, en 1965, una antología en ruso a cargo de Margarita Aliguer, y en 1967, la antología bilingüe Poems and Antipoems, con traducciones de Williams Carlos Williams, Allen Ginsberg, Lawrence Ferlinghetti, Thomas Merton y Fernando Alegría, entre otros. En 1969 cerró esta etapa con la publicación de Obra gruesa, que reúne su libro de 1954 y La cueca larga (1958), Versos de salón (1962), Canciones rusas (1967) y poemas hasta el momento inéditos como los que forman parte de La camisa de fuerza, además de algunos no recogidos anteriormente. La recopilación, que muestra la asombrosa capacidad de renovación del antipoeta, ganó el Premio Nacional de Literatura y significó su consagración.

Mr. Nobody, Lear & algo +

1969 fue un año de inflexión. Después de la publicación de Obra gruesa, la revista venezolana Imagen publicó una selección de sus artefactos, una serie de poemas visuales que marcaron su segundo quiebre poético, muy cercano al dadaísmo y al arte pop. De un humor concentrado y vistas con mucha suspicacia por gran parte de la crítica, estas obras proliferaron a partir de los 70 y, en el correr de los años, se sumaron a las postales que mezclan imágenes y texto (como el que muestra a una multitud con una pancarta que dice “La izquierda y la derecha unidas jamás serán vencidas”), una serie de bandejas de cartón con frases en la caligrafía tan personal de Parra, que con drypen negro escribía “Hagas lo que hagas te arrepentirás” o “No soporto la música ambiental”, y que a veces acompañaba con un corazón con ojos y un paraguas (llamado Mr. Nobody –Sr. Nadie–) y sus poemas-objetos (sus Obras públicas) conformados por letreros, como el que, bajo una cruz católica, dice “Voy & Vuelvo”.

Durante la presidencia de Richard Nixon en Estados Unidos, y en el marco de un Encuentro Internacional de Escritores, en 1970 Parra asistió a tomar el té en la Casa Blanca, invitado por la primera dama. Este “desacato” le costó la excomunión y fue condenado por la Revolución Cubana, que canceló su lugar como jurado del premio de Casa de las Américas. Entre los difícilmente clasificables artefactos, publicados en libro en 1972 (que decían cosas como “Cuba sí, yanquis también”), su té con Pat Nixon y su permanencia en Chile tras el golpe de Estado de Augusto Pinochet, su popularidad decayó durante esa década, a la vez que veía publicados su traducción de poesía rusa contemporánea y libros fundamentales como Sermones y prédicas del Cristo del Elqui (1977). De 1976, además, es la obra Hojas de Parra, que le trajo problemas con la dictadura, y en 1982 escribió su “Poema y antipoema a Eduardo Frei”, en homenaje al ex presidente chileno muerto ese año, y sus “Ecopoemas”, en los que condensa sus preocupaciones y su conciencia ecológica.

Aunque en los 80 publicó algunos libros más, fue en la década siguiente que comenzó a trabajar en una de sus obras más importantes: la traducción de King Lear, de William Shakespeare, que finalmente se publicó en 2004. Esta es una obra fundamental, en la que el proceso de apropiación de la tradición mediante un lenguaje que es indiscutiblemente suyo (pero, a la vez, de otro), se hace de forma más acabada que nunca. Esta publicación significó su regreso triunfal.

Cuando en 2014 cumplió 100 años, Chile fue una fiesta. Reacio a publicar, años atrás Parra había colaborado con la edición definitiva de sus obras completas por la prestigiosa editorial Galaxia Gutenberg, a cargo de Niall Binns e Ignacio Echevarría, y con un prefacio de Harold Bloom, y dejaba así todo en orden.

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