El código de actuación del espectáculo tiene tanto de El mundo de Antonio Gasalla como de The Office. Anaclara Alexandrino tuvo la serie entre las referencias cuando empezaron a ensayar Todos los domingos pienso en renunciar, aunque la trama surge de una experiencia personal de la autora, que por primera vez dirige un texto propio.
El asunto se remite a un trío de interacciones intensas: Cintia y Lucio, dos empleados de call center, venden productos de salud y bienestar. Pero su rutina se altera cuando Sara llega a ocupar una silla vacía. “Mi idea era mostrar lo trágico de esa cotidianidad sin perder el entretenimiento, porque para mí eso es muy importante en el teatro y a veces escasea, o el humor es bastardeado. Cuando escribí quise buscar eso, pero que el sustento fuera algo más pesado porque, de hecho, la realidad en la que están ellos es bastante triste”.
Los personajes son llevados a un absurdo, reconoce la dramaturga: “Es como si estuvieran al límite; el código actoral no es realismo ni naturalismo, creo que encontramos un punto ahí”. Con respecto al espacio escénico, trabajar en la sala 2 del Stella significa sortear los puntos ciegos que generan las columnas. “Me encontré con una sala desafiante, partiendo de la base que es bifrontal; eso en realidad se puede elegir, pero cuando vi que tenía esa posibilidad, sentí que ayudaba un poco a dar la sensación de hermetismo, esa cosa encerrada nos servía para la obra. Así que digamos que jugó a favor en ese sentido. De las columnas intenté apropiarme todo lo posible. Igual sigo corrigiendo. Pero creo que el espacio habla por sí solo”.
La obra ataca desde distintos niveles. Uno de los primeros es la identidad, ya que los trabajadores deben utilizar un nombre alternativo para presentarse ante los clientes. “Por un lado”, explica Alexandrino, “más allá de este call center, más allá de la oficina, tratamos algo que es independiente a veces del trabajo o del lugar en donde se está, que es la automatización y el alejamiento de uno mismo”. Por eso utiliza ese desdoblamiento, dice, en alusión a “hacer algo que no es lo que verdaderamente querés hacer, no serte fiel a vos”. Y no es una metáfora; es lo que le sucedió a la teatrera cuando trabajó en un sitio así. Era como ponerse un traje, “como si estuvieses actuando un poco, ¿viste?”.
Foto: s/d de autor, difusión.
En esos planos, la obra refiere a la actuación como imposición, a la pérdida de individualidad. Por el mismo motivo, uno de los personajes cambia al inglés al hacer su monólogo de ventas. “Con respecto al idioma, es lo mismo esto de dar una cara que es falsa, y también hay algo de globalizar la situación, porque la situación puede ser muy local y se vive como tercermundista por el sufrimiento y la cultura del trabajo que tenemos, pero si vamos a ver cuál es tu verdadera voz, creo que trasciende fronteras y situaciones económicas. Es más un tema de conectarte de verdad con vos”, apunta.
Alexandrino lo vincula además con los dilemas del creador: “El gran tema con eso es lo económico, siempre termina recayendo ahí. Nos pasa en el arte. Quiero dedicarme a actuar y ahora quiero escribir, dirigir, ¿y qué pasa con el sostén económico? Todo forma parte de una misma ecuación, porque por ahí, para poder tener ese sostén, terminás cayendo en algo que no te hace bien. Entonces se genera como una máquina, y creo que la obra de cierta forma pone piezas de un puzle. Si bien el call center es la excusa, al final para mí las historias terminan contando muchas otras cosas”.
Estaban en la mitad del período de ensayos cuando una de las actrices acercó la serie Severance, sobre una tecnología que permite escindir la vida laboral del resto de las horas, y el elenco no daba crédito de la correlación con lo que estaban haciendo. Se plantean dos universos de mucha vigilancia interna y a la vez sin escapatoria clara. Para la directora, el tema va “más allá de la cultura. Es algo que creo que está inerte en todo, cómo el trabajo te constituye pero también es posible que te destruya”.
Para darle un marco sonoro al espectáculo, Alexandrino recurrió al músico Sebastián Torres. Hasta ese momento la montajista había utilizado canciones de referencia, por ejemplo, de Pink Floyd, para entrar en un terreno más ominoso en los ensayos y, en contraposición, otras más energéticas, de The Rolling Stones. Juntos fueron buscando más temas para dar con los climas buscados.
Alexandrino (1996) fue asistente de dirección de Gerardo Begérez, de Santiago Sanguinetti y del brasileño Fernando Philbert. Comenzó su formación en el Instituto de Actuación de Montevideo (IAM) y más tarde continuó en la Escuela de Artes Escénicas Mario Galup (El Galpón), además de hacer cursos de autoficción con Gustavo Saffores y de dramaturgia con Gabriel Calderón, con Jimena Márquez, con Marianella Morena y con Mariano Tenconi Blanco, en Buenos Aires. En 2020 su obra Mujer: Es. el pretencioso aroma de las flores de plástico, ganó el premio nacional en el Festival Internacional de Teatro Femenino “La escritura de la/s diferencia/s” (Cuba/Italia). “Ahí el foco era justamente el rol en donde se posiciona la mujer en el mundo del espectáculo”, cuenta sobre el argumento, “porque era un programa de televisión en el que todas eran mujeres. También en esa obra había quiebres en la ficción y aparecía como una angustia, algo que estaba escondido. Se ve que hay algo inconsciente, de un mecanismo de romper con la linealidad de la historia, que se repite en esta obra”.
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Fue recién con Todos los domingos... y con el impulso fresco de un taller de investigación escénica a cargo de Roberto Suárez que decidió lanzarse a la dirección. Un poco porque se lo pidió el elenco, otro poco porque sentía que debía “tomar las riendas”. Ese curso “transformó mi manera de entender el teatro. Ahí abrí una puerta a la creación más honesta, sin barreras, y fue algo que pude aplicar con los chiquilines desde el principio: ‘No sé bien cómo va a ser esta obra ni en qué vamos a terminar, pero sé cómo quiero que trabajemos’. Eso nos llevó a un lugar de honestidad, de disfrute; fue muy importante descubrir así el teatro y no dentro de parámetros cerrados”.
Un público de todas las edades viene acompañando este espectáculo joven, con un lenguaje propio, que demanda que el espectador se acomode antes de contagiarse la risa y el espanto.
Todos los domingos pienso en renunciar. Sábados a las 20.30 y domingos a las 19.30 (hasta el 13 de abril) en la sala 2 del teatro Stella. Entradas en Redtickets y boletería a $ 550.