Atención, he aquí un texto fuera del tiempo, fuera de los flujos y el torbellino digital. Su estructura no obedece a las nuevas reglas adoptadas por periodistas, blogueros, influencers y editores en su intento por sobrevivir a la guerra por la atención que causa estragos en las pantallas. Empezaremos su lectura sin conocer la cifra mágica que precede ahora a la primera frase de cada artículo online: los minutos necesarios para recorrerlo. Su mensaje principal no crepita desde la primera línea para grabarse en las retinas antes de que nuestros ojos se desvíen hacia otra parte, como cuando sobrevuelan una página web.
Con ayuda de un dispositivo de seguimiento ocular, el experto en ergonomía informática Jakob Nielsen estableció que “el patrón de lectura dominante se asemeja a una F. Los lectores tienden a empezar en la esquina superior izquierda, después recorren toda la página hacia la derecha. A medida que bajan por la página, se fijan cada vez menos en lo que está del lado derecho”.1
54 segundos: ese es el tiempo promedio que se pasa en una página web, pero la mitad de las visitas terminan antes de que transcurran diez segundos; en cuanto a la duración promedio de una visita a un sitio web de noticias, no supera... los dos minutos.2 Si la longitud del artículo exige desplazarse, el visitante tiende a abandonarlo. Sobre todo porque la multiplicación de las notificaciones de sus smartphones los incita a revisar sus bandejas de entrada abarrotadas, a responder un mensaje de texto, o a navegar por los infinitos hilos de Instagram o TikTok. Incluso los hipervínculos, las joyas del formato digital que abren un acceso en capas a un conocimiento infinito, degradan en definitiva la comprensión: “La toma de decisiones adicional y el procesamiento visual necesarios para navegar de un enlace a otro aumentan la carga cognitiva de los lectores, al pedirles una capacidad de memoria que tal vez supera sus habilidades”, concluye una revisión de la literatura sobre el tema.3
Desde el “tiempo de cerebro humano disponible” que el ex gerente general de TF1 Patrick Le Lay se jactaba de haber vendido a Coca-Cola en 2008, hasta las pujas científicas de las conciencias orquestadas por las plataformas digitales, la economía de los medios de comunicación no cambió fundamentalmente ni de naturaleza ni de objetivo. Pero su ritmo conoció una aceleración vertiginosa. Y los tanteos en la medición de las audiencias para alcanzar segmentos burdamente recortados (la famosa “ama de casa menor de 50 años”, tan apreciada por los publicistas de la década de 1990), abrió paso a una individualización refinada del mensaje gracias a la extracción de datos personales. Estos datos alimentan a los algoritmos que determinan estadísticamente qué hay que darle a cada usuario para ver, leer y escuchar y para que se quede la mayor cantidad de tiempo posible conectado a la plataforma. Disputada, convertida en papel picado, desintegrada en briznas de sonidos, pedacitos de imágenes, fragmentos de palabras, la recopilación de información está desacoplada respecto de las condiciones que permiten ofrecerle algún sentido: la lentitud, la continuidad y la libertad de deriva mental. Más allá de las pantallas, el conjunto de los tiempos sociales, en particular los dedicados al trabajo, están sujetos a esta trituración destructiva.
La disciplina de las estadísticas
Enfrentados a este diluvio de datos y a la imposibilidad de asimilarlo todo, los humanos reaccionan de diversas maneras. En el siglo XVI, la popularización de la imprenta, el choque con los “Nuevos Mundos” y el redescubrimiento de los autores de la Antigüedad provocaron un maremoto editorial. “¿Hay algún lugar en la Tierra que escape a estas marejadas de nuevos libros?”, se lamentaba el humanista Erasmo –él mismo un autor prolífico– en 1525, en un comentario sobre el proverbio “apurarse despacio”. “Su número mismo es un serio obstáculo para el aprendizaje”, despotricaba, porque “estas distracciones desvían la mente de la lectura de los autores antiguos”. Y el teólogo holandés era tan fulminante como si acabara de pasar una hora en la red X: los impresores desenfrenados “cubren el mundo de panfletos y de libros estúpidos, ignorantes, maliciosos, calumniadores, insensatos, impíos y subversivos; y la avalancha es tal que incluso las cosas que podrían haber hecho algún bien pierden todas sus virtudes”.4 Percibimos la misma desaprobación en el reformador Juan Calvino, irritado por “este confuso bosque de libros”, y, un siglo y medio más tarde, en el primer biógrafo de Descartes, Adrien Baillet (1649-1706): “Tenemos motivos para temer que la masa de libros que aumenta cada día de modo prodigioso haga naufragar a los siglos futuros en un estado de tal barbarie como la de los siglos posteriores a la caída del Imperio Romano”. Entre principios del siglo XVI y finales del XVIII, el número de títulos publicados en Londres se multiplicó por 150.5 Pero en lugar de levantar una pira decadente al estilo de Sardanápalo, los eruditos esquivaron la sobreabundancia mediante la organización metódica del saber. Fue la época de los almanaques, las antologías, las enciclopedias, los manuales, pero también de las bibliografías, los índices temáticos...
A principios del siglo XXI, el mercado reaccionó a la información algorítmica de una manera totalmente distinta. Ya no se trataba de domar el caos de los flujos de información, como en el siglo XVIII, sino de acelerar su absorción mediante diversas técnicas de alimentación automatizada. Las plataformas y redes sociales proponen la lectura de contenidos a velocidad rápida (x1,5 o x2), lo que multiplica otro tanto la absorción de publicidades. Una multitud de servicios como Power Reader, Spreeder, Outread, Speed Reader, ReadQuick y Reedy prometen “leer tres veces más rápido que lo habitual” gracias a “un método que concentra la mirada en pequeños fragmentos de texto a la vez”, o mediante “una opción de resaltado automático de palabras para facilitar el consumo de contenidos”. Smartnews “selecciona informaciones de diferentes fuentes en resúmenes concisos, lo que te permite mantenerte informado sin sentirte abrumado”; InShorts sintetiza “las mejores noticias nacionales e internacionales, resumidas en 60 palabras como máximo”. En síntesis, “un servicio inteligente”, “resume los puntos esenciales de manera clara mientras los clasifica automáticamente por tema”. Para decirlo en menos de diez palabras: el mercado responde a “demasiado” con “todavía más”. Dado que todo texto largo implica un sostén de la atención, es visto como un obstáculo.
Uno por uno, los “creadores de contenido”, como se denomina ahora a esos oficios que consisten más en llenar las redes que en nutrir las mentes, están deponiendo las armas. Publicar más artículos para aparecer más visible en los motores de búsqueda, ofrecer un picoteo de títulos gancheros y “puntos clave”, seguir el ritmo de los canales de noticias en vivo y de TikTok, pavonearse en Twitch durante horas: estas recetas ya gastadas jalonan desde hace mucho tiempo la cotidianidad de los diarios online. Pero lo central está en otra parte. Por sus índices de popularidad y viralización, la información algorítmica está induciendo una transformación más insidiosa de la línea editorial que es similar a la observada después de la privatización de TF1 en 1987 bajo el efecto de la carrera por los índices de audiencia. Una encuesta reciente detalló el proceso en funcionamiento utilizando el caso de Brut, un medio de comunicación online con una sala de redacción real, que se lanzó en 2016 para transmitir contenido de calidad en las redes sociales a un público joven poco familiarizado con el periodismo tradicional.6
“Los índices de audiencia están reemplazando en parte el trabajo de definir una línea editorial”, concluye la autora después de analizar tres años de producción (noviembre de 2016-mayo de 2019), o sea, 828 videos. Con el transcurso del tiempo, los temas de la sección “sociedad” se multiplicaron, mientras que el porcentaje de los temas de “economía” se redujo. Los problemas ambientales (219 casos de 828), muchas veces abordados desde la perspectiva de las actitudes individuales ecorresponsables en la vida cotidiana, encabezan la lista, mientras que los movimientos sociales, que no reciben los favores ni de las estadísticas ni de los anunciantes, inspiraron 15 tópicos, 11 de los cuales estuvieron dedicados a los “chalecos amarillos”.
Porque despierta una mayor “tasa de interacción” (número de interacciones –likes, reposteos, comentarios– dividido por el número de vistas) y, por lo tanto, una mejor monetización, la personalización crece hasta convertirse en el enfoque dominante: representó el uno por ciento de los primeros temas emitidos por Brut a fines de 2016, en comparación con más del 49 por ciento en la primavera de 2019. Así, a lo largo de los meses, la investigadora vio cómo se multiplicaban “los videos en primera persona, protagonizados por personalidades conocidas para el gran público o anónimas que cuentan sus historias, sus dificultades, pero también cómo las superaron mientras apuntan con el dedo a la negligencia de los políticos”. Por ejemplo: “Jonathan Destin, que sufría bullying en la escuela, intentó suicidarse quemándose vivo a los 16 años. Hoy cuenta qué lo empujó a cometer ese acto”. Sometida a las limitaciones específicas de la imagen, la trayectoria de Brut presenta una curva sin duda más pronunciada que la de los medios impresos. Pero el efecto disciplinario de las estadísticas también influye en la orientación editorial de los diarios en papel. En los últimos 15 años, contrataron cohortes de community managers que, bajo el pretexto de aumentar la visibilidad de las publicaciones en las redes sociales, en última instancia trabajan para enriquecer a las plataformas tanto literalmente –inyectándoles contenido– como en sentido figurado –aumentando su valor bursátil–.
Esto es así porque salirse del molde equivale casi siempre a arriesgarse a la ruina. Cuando, en 2017, Facebook modificó el algoritmo de su feed de noticias en perjuicio de la información política para maximizar la “tasa de interacción”, el cambio afectó más a las noticias de la izquierda. La audiencia online de la revista mensual estadounidense Mother Jones se desplomó, y la pequeña empresa sufrió pérdidas de entre 400.000 y 600.000 dólares anuales, según su directora –una suma considerable para la fundación sin fines de lucro que edita la publicación–. En 2022-2023, Meta redujo aún más la visibilidad de las noticias en su plataforma y decidió “no amplificarlas más” en su nuevo servicio Threads, cuyo eje son los textos. Poco después, el número de lectores provenientes de Facebook se dividió por... 83. “Cuando las plataformas impiden que tus suscriptores vean gran parte de tu contenido –que es lo que significa ‘dejar de amplificar’–, esto quiere decir que los editores no pueden entrar en contacto con sus suscriptores o donantes. [...] Por eso Estados Unidos pierde dos diarios por semana, y este año [2023] estuvo marcado por los despidos constantes en los medios”.7 Mother Jones no cambió su línea.
Una tecnología insuperable
Le Monde diplomatique tampoco. De hecho, ya vamos por el undécimo párrafo de un texto continuo, sin opción de “resumen inteligente” ni palabras destacadas. Lectora, lector, ¿sigue todavía ahí? Si es así, quizás se deba a que nuestro periódico presenta una característica que se volvió rara en el panorama periodístico: sigue siendo muy mayoritariamente leído en papel. La edición francesa tiene 85.000 suscriptores a la versión impresa [3.000 en el caso de la edición uruguaya] y 25.000 a una deliciosa aplicación, que replica su sobrio clasicismo. Semejante particularidad es comprensible: nuestro periódico publica artículos largos, exigentes. Ahora bien, todos los análisis que compararon durante los últimos 30 años las virtudes de la lectura en la pantalla y en el papel, ya sean realizados en Estados Unidos, Austria, Alemania, Israel o España, convergen en la misma conclusión: los lectores manifiestan una concentración más sostenida, mejor comprensión y una retención más duradera de textos complejos cuando están impresos.
Se trate de la memoria espacial, que facilita la capacidad de volver atrás para verificar algo y que se ve alterada por la constante reorganización de las pantallas según su formato, comodidad y fatiga visual, se trate de la capacidad de anotar, doblar la hoja, subrayar y tachar información para una mejor asimilación, o de la distracción inducida por el soporte mismo, el papel gana por goleada. Tanto es así que Suecia, que había apostado todo a una pedagogía basada en la tecnología, decidió en 2023 prohibir el uso de herramientas digitales en las escuelas para niños pequeños y volver a los manuales impresos y la escritura a mano.8 La generalización de la inteligencia artificial en las aulas refuerza esta tendencia y crea una nueva brecha social: los padres de clases cultivadas insisten en que sus hijos reciban una educación tradicional –al igual que los ejecutivos de las industrias tech, quienes prohíben que sus hijos usen los servicios y productos que venden a la vil multitud–.
Si lo digital facilita y embellece los intercambios breves e informales, el papel conserva el estatuto de ser la innovación más impactante en materia de comunicación de los últimos dos milenios. Como señalaba el periodista y escritor estadounidense William Powers ya en 2007, su misma simplicidad nos impide percibirlo como una tecnología de punta que permanecerá insuperable durante mucho tiempo para ciertos usos9 –como por ejemplo leer Le Monde diplomatique–. La acumulación de objeciones a la lectura en la pantalla ofrece una desmentida mordaz a la estrategia de deriva hacia lo digital adoptada por los editores de la prensa desde fines de la década de 2000, en nombre de un principio idealista: “Son las palabras, las imágenes, las ideas, los conceptos y el contenido que producimos lo que importa, no el medio en el que son vehiculizados”, explicaba Daniel Okrent, una figura destacada de The New York Times, ya en el año 2000. Pero los usos sociales de un medio de comunicación no se reducen al mensaje. Abrir un periódico como el nuestro en la vereda de un café, recibir la sonrisa cómplice de un compañero en un tren, dejar un ejemplar apoyado en un lugar público o agitarlo en una manifestación: estos gestos, estos compromisos no se pueden concebir de forma desmaterializada.
Quizás se deba a que el papel abre un campo de la imaginación infinitamente más profundo que su simple función como soporte de escritura. El diario impreso simboliza la reconquista de la curiosidad, el dominio de nuestra concentración, una disposición a “apurarse lentamente”, una resistencia al robo de las informaciones personales y a las vulneraciones de la privacidad que implica el uso de dispositivos conectados dentro de un régimen de mercado. En la era de la información algorítmica, el papel no controla a su lector, no captura su tiempo, no piratea sus emociones. No se forja un camino estadístico a contracorriente de nuestra voluntad; al contrario, exige esfuerzo; la manipulación de su presentación requiere incluso algunas contorsiones. Su lectura inspira una idea, una analogía, una puesta en perspectiva, un enojo, una acción; lo apoyamos sobre alguna parte, nos detenemos, reflexionamos. Es el soporte de una soberanía recuperada sobre los objetos de nuestra atención y, partiendo de ahí, sobre nuestras acciones. Así, el elogio del papel no refleja una reacción conservadora, sino un movimiento racional y una necesidad política.
Futuro incierto
Si bien la civilización de lo impreso coexistirá durante mucho tiempo, sin duda alguna, con la del píxel, el destino del periódico impreso sigue siendo más que incierto. Avasallados por las informaciones que desfilan en general gratuitamente en sus pantallas, los lectores se alejan de los quioscos de diarios, cuyas ventas se desploman. De las 199 revistas relevadas en Francia por la Alianza de Cifras de la Prensa y los Medios (ACPM, por su sigla en francés), más de 150 vieron disminuir su circulación paga entre julio de 2024 y julio de 2025. En los primeros 11 meses de 2025, el diario Le Monde vio caer sus ventas de ejemplares sueltos un 15,3 por ciento, y las de Le Figaro bajaron un 13,3 por ciento; Le Nouvel Obs muestra una caída de 17,7 por ciento; Télérama de un 11,7 por ciento... Para disimular la debacle, los diarios están inflando artificialmente su base de suscriptores digitales a golpe de suscripciones a precios de remate (“Oferta excepcional del Libé Friday: dos años por 50 euros”, o sea menos de 10 centavos por día). Pero este artilugio no compensa las pérdidas generadas por la caída de las ventas en papel, y los planes sociales se multiplican: en Le Parisien, Le Point, Le Courrier Picard, La Montagne, dentro del grupo CMI (Marianne, Franc-Tireur, Elle...), en Prisma Presse (Télé Loisirs, Voici, Géo, Femme Actuelle...), etcétera. En Estados Unidos, 136 periódicos cerraron sus puertas en 2024, haciendo desaparecer el siete por ciento de los empleos del sector. La hecatombe de títulos concebidos para redondear la influencia de sus propietarios no llega a amenazar el pluralismo, pero sí refuerza la posición de la información algorítmica y acentúa todavía más el vaciamiento de las editoriales de diarios y revistas. Este efecto colateral nos impacta de lleno.
Le Monde diplomatique goza de una sólida salud financiera. Sin embargo, la erosión de las ventas de ejemplares individuales no lo deja indemne. En 2025, el número de ejemplares de nuestra edición francesa comprados en quioscos de Francia disminuyó aproximadamente en un seis por ciento, mientras que las suscripciones a la versión impresa se aplanaban (-1,6 por ciento). Este promedio oculta una diferencia, que aumentó de forma considerable durante los últimos años, entre los “meses malos” y los buenos. Y eso traduce tanto el pesimismo político como el ritmo insostenible del ciclo informativo. En julio, y todavía más en agosto, cuando muchos lectores se alejan de las pantallas y dejan de lado sus obligaciones cotidianas, el tiempo recobrado provoca una avalancha hacia los diarios y revistas. Los compradores de Le Monde diplomatique duplican entonces la cifra de diciembre, cuando la carrera contrarreloj, la atmósfera sombría y el cuidado de la billetera los alejan de los quioscos. El peligro no es inminente, pero la multiplicación de los meses vacíos, la irregularidad creciente de las ventas y el debilitamiento de la red de difusión marcan una pendiente que, si se prolongara, terminaría por poner a prueba la estabilidad del periódico. Le Monde diplomatique existe en la medida en que se lo tiene, se lo presta, se lo deja en una mesa y luego es levantado en otro lugar. Mantenerlo vivo depende de gestos simples: suscribirse, comprarlo, ofrecerlo, hacerlo conocer, hacérselo descubrir a alguien cercano en un quiosco de diarios y revistas...
Una censura benévola
Único en su línea editorial dentro del mundo de los medios tradicionales,10 nuestro medio fue testigo de cómo florecía en internet un número cada vez mayor de programas, podcasts y artículos que también privilegian los largos tiempos y la puesta en perspectiva, sin compartir siempre, además, nuestros puntos de vista. Si la promesa de internet –la de una gran desintermediación tan poderosa como lo fue la Reforma en el siglo XVI– fue barrida por la aparición de los gigantes de la industria tecnológica y el azote de la información algorítmica, también logró sacudir el viejo orden. Porque este sistema, que ofrece a cada cual lo que cree que quiere ver o escuchar, también permite igualmente que todos expresen sus opiniones. Estas opiniones ya no se jerarquizan según el estatus de los autores, sino según la viralización del mensaje, y, por lo tanto, según su capacidad de polarizar. En menos de una década, la arquitectura vertical del debate público que se basaba en el prestigio de la palabra experta, mediática y política se tambaleó. Pero las clases dirigentes se están exasperando y marcan el momento de una vuelta al orden.
Elevadas ahora al rango de problema político, sanitario y de seguridad, las redes sociales son objeto de una vigilancia mayor por parte de las autoridades públicas europeas. En términos de infraestructura digital, el viejo continente sigue siendo una colonia estadounidense. Sus dirigentes nunca consideraron producir información que no estuviera bajo la égida de las fuerzas del mercado ni construir infraestructuras digitales independientes de las de Silicon Valley. Obligados a participar en el juego para no parecer sobrepasados, se ven reducidos a regular lo existente y a colmar las lagunas que la libertad de expresión online creó dentro del statu quo. Este es, en parte, el sentido de la lucha de los dignatarios político-mediáticos contra la “desinformación”. Prioridad europea desde el referéndum del Brexit [abandono de la Unión Europea por parte de Reino Unido] en junio de 2016 y el éxito electoral de Donald Trump en Estados Unidos cinco meses más tarde, esta batalla, librada bajo el pretexto de la innegable proliferación de contenido delirante o mentiroso, apunta a instaurar un régimen de “censura benévola”: el objetivo es proteger a estos grandes niños que son los usuarios de la perniciosa influencia que podría ejercer sobre ellos la libre comunicación de pensamientos y opiniones. La pandemia de covid durante 2020, la guerra en Ucrania desde 2022, las masacres del 7 de octubre de 2023 y la guerra israelí en Gaza intensificaron este movimiento.
Desde la prohibición de los canales rusos en 2022 (pero no de sus homólogos israelíes en el momento en que legitimaban las masacres de civiles en Gaza) hasta el hecho de recurrir a “señaladores de confianza” encargados de identificar y denunciar los “contenidos presuntamente ilegales” en el marco del reglamento europeo sobre los servicios digitales, desde el proyecto recurrente de examinar todas las comunicaciones privadas europeas, incluidos los mensajes cifrados, hasta la determinación del presidente francés de “hacer todo lo posible por implementar un etiquetado profesional”11 para las fuentes de información fiables: es una acumulación de medidas que pretende hacer ilegales o invisibles los puntos de vista –a veces excéntricos, a veces verdaderos, a veces detestables– que contradicen la línea oficial.
Estas campañas oficiales de rectificación ideológica producen sus efectos. Durante los bombardeos de Gaza, Facebook e Instagram manipularon sus algoritmos para limitar el alcance de los medios palestinos, como reveló una investigación de la BBC (18 de diciembre de 2024). La red X muestra un sesgo proisraelí tan pronunciado que su propio servicio de inteligencia artificial, Grok, fue suspendido por su propietario tras referirse a un “genocidio” perpetrado por el ejército israelí con la complicidad estadounidense. En Europa, los dirigentes rumanos, con el apoyo de la Comisión Europea, anularon una elección presidencial por la influencia extranjera a través de TikTok.12 La “censura benévola” se lleva a cabo, por supuesto, en nombre de valores indiscutibles (la lucha contra la pedofilia, el antisemitismo y la incitación al odio) o de los imperativos de seguridad.
Un humor involuntario lleva a los censores a bautizar a sus herramientas con nombres orwellianos: el “‘escudo europeo de la democracia’, para combatir mejor la manipulación de la información y la injerencia extranjera online”; el “Centro Europeo para la Resiliencia Democrática”, que busca “reunir toda la experticia y las capacidades de los Estados miembros y los países vecinos”, siguiendo el modelo de Viginum (un servicio de vigilancia y protección contra la injerencia digital extranjera) en Francia o de la Agencia Sueca de Defensa Psicológica.13 O incluso el “escudo para la información”, implementado en Bucarest por France Médias Monde y Deutsche Welle, y justificado el 2 de diciembre de 2025 por un comunicado desconcertante de ambas cadenas: “En un contexto internacional donde las democracias se ven puestas a prueba, agravado en los últimos meses después de la retirada estadounidense del ámbito informativo, especialmente en Europa, con la incertidumbre en torno a la financiación de Radio Free Europe/Radio Liberty”, la urgencia exige suplir a ambos medios de propaganda estadounidense, mientras que sus homólogos rusos fueron suprimidos de las antenas europeas después de la invasión a Ucrania.
Este encorsetamiento ideológico de los canales hasta ahora menos regulados pretende proteger a las poblaciones no sólo de las interferencias rusas, sino también de las divisiones políticas demasiado radicales, como las que existen en Estados Unidos. “El odio y la polarización constituyen amenazas para los valores y derechos fundamentales de la Unión Europea y comprometen la estabilidad de nuestras democracias”,14 explicó Michael McGrath, Comisario de la Democracia, la Justicia, el estado de Derecho y la Protección del Consumidor –un título que sintetiza por sí solo la democracia de mercado de Bruselas, poblada por ciudadanos consumidores que se verían desestabilizados por una polarización política demasiado fuerte–. De forma simultánea, la Unión está implementando un reglamento europeo sobre libertad de medios de comunicación que garantiza los derechos del periodismo tradicional, cuya abrumadora mayoría apoya los dos últimos pilares del proyecto europeo: el mercado y la perspectiva unificadora de una guerra contra Rusia.
Ahora habrá menos libertad para los enemigos del liberalismo. ¿Y quién defenderá la libre comunicación de pensamientos y opiniones cuando la extrema derecha ocupe este terreno y denuncie con bombos y platillos la institución de un “ministerio de la verdad”? Después de rebautizar como “libertad de expresión” a la libertad de los propietarios de imponer sus puntos de vista en las plataformas y canales privados, X y CNews practican en efecto una censura bastante poco benévola para cualquiera que se pronuncie a favor de Palestina, los movimientos LGBT, los impuestos, los sindicatos, el antifascismo, el comunismo, etcétera.
A riesgo de tirar un balde de agua fría sobre el entusiasmo de los disidentes digitales, que creen encontrar la salvación política en la difusión de formatos pedagógicos accesibles online, cabe recordar que casi todas las infraestructuras digitales que se pueden jactar de tener una audiencia masiva pertenecen o bien a los industriales estadounidenses que en enero pasado se apuraron a besar el anillo de Trump, o bien a Estados censores. A veces ambos se entienden. Cuando la plataforma TikTok se consideró demasiado porosa a los críticos de Israel, el presidente estadounidense obligó a su propietario a vendérsela a un multimillonario cercano a Tel Aviv, lo que provocó un cambio de línea, pero no de ritmo.15 Para luchar en igualdad de condiciones, partidarios y adversarios de cada causa polarizadora se ponen de acuerdo en la misma táctica: “inundar la zona”, saturar el espacio con noticias, datos, desmentidas...
Una prensa tradicional que capitula frente a las demandas de la audiencia digital; un marco regulatorio europeo que pone en la misma bolsa informaciones falsas, declaraciones ilegales y opiniones críticas: el destino de una prensa libre depende más que nunca de una reformulación global capaz de sustraer la información tanto del yunque del mercado como del martillo del Estado. Mientras esperan que algún gobierno demuestre esa voluntad, los refractarios pueden abrir al mundo la ventana de papel que quizás usted mismo tiene ahora entre las manos.
Benoît Bréville y Pierre Rimbert, director y redactor de la redacción de Le Monde diplomatique, París, respectivamente. Traducción: Merlina Massip.
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Citado en Naomi S Baron, Words on Screen. The Fate of Reading in a Digital World, Oxford University Press, 2015. ↩
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Katerine Haan, “Top website statistics for 2025”, forbes.com, 24-10-2025; “Digital News Fact Sheet”, pewresearch.org, 10-11-2023. ↩
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Naomi S Baron, op. cit., 2025; y Diana DeStefano y Jo-Anne LeFevre, “Cognitive Load in Hypertext Reading: A Review”, Computers in Human Behavior, Vol. 23, N° 3, Ámsterdam, 2007. ↩
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Esta cita y las que siguen en este mismo párrafo fueron extraídas de Ann Blair, Too Much to Know: Managing Scholarly Information Before the Modern Age, Yale University Press, 2010. ↩
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James Raven, “New reading histories, print culture, and the identification of change: The case of eighteenth-century England”, Social History, Vol. 23, N° 3, Abingdon-on-Thames, 1998. ↩
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Aurélie Aubert, “Les vidéos d’information diffusées sur les réseaux sociaux numériques: dire la société via les métriques de consultation. Une étude de cas à partir des vidéos du média Brut”, Questions de communication, Vol. 40, N° 2, Nancy, 2021. ↩
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Ben Dreyfuss, “Now we know Facebook made changes to show you less news from Mother Jones”, 16-10-2020, y Monika Bauerlein, “An Internet without news”, motherjones.com, noviembre-diciembre de 2023. ↩
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“Learning like the ancients”, The Economist, Londres, 22-11-2025. ↩
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William Powers, “Hamlet’s Blackberry: Why paper is eternal”, Shorenstein Center Discussion Paper Series, Harvard University, Cambridge, 2007. ↩
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“Un mensuario no alineado”, Le Monde diplomatique, edición Uruguay, noviembre de 2023. ↩
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En ocasión de un debate en Arras con los lectores de La Voix du Nord, 19-11-2025. ↩
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“Liquidación electoral”, Le Monde diplomatique, edición Uruguay, enero de 2025. ↩
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“Lutte contre la désinformation: l’UE propose la mise en place d’un ‘bouclier européen de la démocratie’”, vie-publique.fr, 12-11-2025. ↩
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Comisión Europea - Comunicado de prensa, “La Commission se félicite de l’intégration du code de conduite révisé pour la lutte contre les discours haineux illégaux en ligne dans le règlement sur les services numériques”, Bruselas, 20-1-2025. ↩
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Benoît Bréville, “El octavo frente”, y Serge Halimi, “Cuando los estadounidenses se cansan de Israel”, Le Monde diplomatique, edición Uruguay, diciembre de 2025. ↩