Grúas, descampados, centros de datos y más centros de datos en construcción, por todas partes. “Miren ese, es realmente enorme”. Desde su auto, mientras surcamos los condados de Loudoun y Fairfax, en Virginia, cerca de la capital federal, Washington DC, Ann Bennett, militante de la organización ambiental Sierra Club, denuncia este crecimiento inmobiliario. “Ahí está, la nube. Ya ven. Es indescriptible”.
Tiene razón. El paisaje es distópico. A lo largo de las rutas rectilíneas, detrás de las flamantes líneas de alta tensión, se alinean una tras otra gigantescas construcciones grises, crema o azuladas, sin ventanas. Después, inmensos transformadores eléctricos y zonas en construcción, una y otra vez. Apenas es junio [comienzos del verano boreal] pero las temperaturas superan con facilidad la marca de los 35° C. En el corazón del llamado Data Center Alley [corredor de los centros de datos], los habitantes de las prósperas ciudades de Virginia se dirigen a toda velocidad, en grandes autos con aire acondicionado, hacia sus oficinas en Washington o al aeropuerto internacional, que está cerca.
La proximidad con la capital, los terrenos baratos, los incentivos fiscales, una electricidad abundante y el acceso a cables submarinos de internet que conectan América del Norte con Europa convirtieron a Virginia en el principal polo de atracción mundial para los centros de datos. Concentra centenares de estas construcciones, con una capacidad combinada de 6,2 GW en el primer semestre de 20251 –a modo de comparación, el estado dispone de una capacidad de generación de electricidad de 29 GW, de los cuales casi la mitad descansa en centrales que funcionan a gas–.
“Lo que queremos lograr es que la IA [inteligencia artificial] se quede en este país”, declaraba Donald Trump en enero de 2025 al anunciar el proyecto Stargate: 500.000 millones de dólares de inversiones privadas en centros de datos. “China es un competidor, otros también son competidores”. Para lograrlo, proseguía el presidente estadounidense, será necesario “producir mucha electricidad. Y vamos a facilitarles la tarea para esta producción, dentro de sus propias fábricas si así lo quieren”, agregó, refiriéndose a las industrias digitales. Los productores de hidrocarburos, que en gran medida apoyaron la campaña de Trump, se frotaban las manos de alegría: esta es la justificación ideal para relanzar de forma rápida y masiva su propia producción y, al mismo tiempo, ganarles la partida a las energías renovables.
En dificultades en Estados Unidos desde el accidente nuclear de Three Mile Island en 1979, minado de escándalos de corrupción y marcado por la debacle del fabricante de reactores Westinghouse, el sector nuclear civil se había mostrado poco generoso con el inquilino de la Casa Blanca. Sin embargo, elegido por los magnates de la industria tech, este sector también se benefició con la fiebre por la IA, “aunque la energía nuclear sea peligrosa, no asegurable, no competitiva y vulnerable en términos de seguridad nacional”, como nos recordó por teléfono Ralph Nader, excandidato ecologista a las elecciones presidenciales estadounidenses y un opositor de larga data a la energía nuclear.
Una burbuja con respaldo federal
Criticados por su voracidad energética, los centros de datos representaron el 1,5 por ciento del consumo eléctrico mundial en 2024; la Agencia Internacional de la Energía (AIE) recuerda que, si bien el crecimiento de su consumo será significativo en los próximos cinco años, seguirá siendo inferior al consumo de la industria, los vehículos eléctricos o el aire acondicionado.2 En definitiva, la glotonería de los centros de datos representa antes que nada un problema local: la dificultad reside en la conjunción entre su expansión y su concentración geográfica. Así, Estados Unidos reúne el 45 por ciento del consumo energético mundial, por delante de China (25 por ciento) y Europa (15 por ciento). Este efecto es todavía más acentuado en Virginia. La demanda energética en ese lugar se mantuvo relativamente estable entre principios de la década de 2000 y 2020, pero aumentó de manera significativa desde entonces –por culpa de los centros de datos–.
“Vivimos los efectos de esta carrera. Todo sucede demasiado rápido”, comenta Ann Bennett. Entre 2022 y 2024, las inversiones en centros de datos representaron el 84 por ciento del total de los capitales invertidos en Virginia.3 A nivel nacional, el gasto en centros de datos y actividades tecnológicas se supone que aumentaron el producto interno bruto (PIB) estadounidense en 0,5 puntos porcentuales en el segundo trimestre de 2025.4 “Lo que está pasando ahora tiene todas las características de una burbuja –analiza Brent Goldfarb, investigador y coautor de un libro sobre el tema –. Pero la situación se mantendrá mientras los inversores sigan pensando que pueden obtener ganancias con esta tecnología”.5
Es una burbuja que se beneficia del viento a favor del Estado federal: la construcción masiva de centros de datos tiene la ventaja muy inmediata de sostener una economía a media asta por el cese de una parte de las subvenciones a las infraestructuras de la era Biden [por el presidente demócrata Joe Biden, enero de 2021 a enero de 2025], por los aranceles aduaneros erráticos y por las altas tasas de interés –sin mencionar los recortes en el número de funcionarios federales y un shutdown [cierre] excepcionalmente largo del Estado federal en octubre de 2025–.
Pero se trata también de una cuestión estratégica. “Desde una perspectiva militar, los gigantes de la industria tech y sus centros de datos sostienen a los gobiernos almacenando, y después procesando mediante IA, enormes volúmenes de información provenientes de cámaras o sensores en zonas de guerra; este fue el caso de Israel y su ofensiva en Palestina –recuerda Vili Lehdonvirta, investigador en política y economía de plataformas digitales en la Universidad Aalto, de Finlandia–. Y más allá de lo militar, Edward Snowden [exconsultor tecnológico y exempleado de agencias de seguridad que hizo públicos programas secretos de vigilancia masiva en 2013] ya nos había enseñado que las empresas tecnológicas podían aceptar dar acceso a sus datos al gobierno estadounidense, de ahí su importancia para la inteligencia”. ¿Y qué pasa con la competencia china, que las grandes empresas digitales ponen en primer plano? “Les permite obtener el apoyo a la vez financiero y regulatorio del gobierno de Estados Unidos, sin el cual la cotización de sus acciones no podría mantenerse en los niveles actuales”, continúa.
Pronósticos en la niebla
Los centros de datos, cuya capacidad se pondera ahora en GW –la potencia de un reactor nuclear–, tienden a transmitir, sin embargo, la incertidumbre que rodea al futuro de la IA al sector energético. Laboratorios e institutos de investigación analizan su consumo actual e intentan hacer proyecciones.6 Por ejemplo, el Lawrence Berkeley National Laboratory estima el consumo energético de los centros de datos entre 325 y 580 TWh en 20287 –un margen de 255 TWh, es decir, el consumo anual de España–. “La incertidumbre en torno a las previsiones energéticas de los centros de datos es enorme –explica el consultor en energía Michael Leifman, autor de una serie de artículos sobre el tema–.8 En primer lugar, las previsiones son en esencia inciertas. Además, los procesadores están evolucionando y podrían consumir menos energía. Los sistemas de refrigeración también podrían permitir mejorar los consumos. Además, existen incertidumbres en torno a la definición de centro de datos, qué entra en la categoría y qué no. Por último, incógnita entre las incógnitas, ignoramos cuál será la demanda”.
Hay otros parámetros que también pueden entrar en juego: preocupados por su impacto en sus entornos, ciudadanos como los de Sierra Club se están movilizando y pueden frenar los proyectos. En Virginia, una asociación de lugareños atacó desde la justicia a los promotores de Prince William Digital Gateway, una futura zona tecnológica de 87 hectáreas que incluía varias decenas de centros de datos, impidiendo por el momento el comienzo de las obras. Hay cuellos de botella que pueden también ralentizar este movimiento, como las interrupciones en las cadenas de suministro –transporte, procesadores, minerales raros... o simplemente una conexión a la red eléctrica que no esté a la altura, como es el caso hoy en día–. “La red de transmisión en Estados Unidos es insuficiente, y mejorarla llevará tiempo”, confirma Michael Leifman. En julio de 2024, Dominion, el principal productor, operador de red y distribuidor de electricidad de Virginia, envió una carta a sus clientes informándoles que las conexiones para grandes capacidades tardarían entre 12 y 36 meses más que antes, es decir, entre cuatro y siete años.9 El problema afecta todo Estados Unidos. Un vocero de la industria tech confirmó que estos retrasos persisten hoy, y mencionó “una combinación entre la falta de capacidad de producción y la falta de la capacidad de la red”. Dominion no se quiso pronunciar sobre el tema.
Para maximizar sus posibilidades de conexión, los desarrolladores de centros de datos envían solicitudes a múltiples proveedores de energía para un solo proyecto. Esta práctica genera una demanda “fantasma” que satura las listas de espera, ralentiza los procesos, contribuye al efecto “burbuja” y complica el trabajo de planificación de los productores de electricidad y los reguladores de la red. “Ante la duda, todos los actores tienden a sobreestimar la demanda. Nadie quiere ser responsable de una escasez de electricidad”, sigue explicando Leifman.
Gas y carbón para la transición
Las cifras anunciadas desafían la imaginación. PJM Interconnection, el regulador de la red que abarca Virginia y parte del noreste de Estados Unidos, apuesta por un aumento del consumo de casi 500 TWh en los próximos diez años,10 o sea, más que la demanda eléctrica anual de Alemania. Y revisa entonces sus planes para afrontar la situación. Pese a centenares de proyectos de centrales de energía renovables que languidecen en su lista de espera, PJM eligió posponer el cierre de una central eléctrica a carbón en Maryland. Una decisión tomada “hasta que los nivelamientos necesarios en las líneas de transmisión para suministrar electricidad a partir de otras fuentes estén terminados”. PJM aceleró también proyectos para expandir y construir centrales eléctricas a gas –que suman 7,8 GW–, seguidas por las de baterías (2,3 GW) y las de energía nuclear (1,4 GW), de las cuales “el 90 por ciento debería estar conectado para 2030”. “Se necesita una producción fiable para garantizar la alimentación de los centros de datos”, nos explicó por teléfono un vocero de PJM. “Con un crecimiento de la demanda especialmente rápido en los próximos cinco años, el gas natural representará la principal fuente de suministro suplementario” en Estados Unidos, prevé la AIE.
El detalle es que, una vez construidas, estas centrales eléctricas emisoras de CO₂ operarán durante décadas, lo que obstaculizará el desarrollo de las energías renovables –que actualmente son las formas más competitivas de producción de electricidad “con una base no subvencionada”–.11 Las nuevas centrales a gas podrían incluso resultar in fine superfluas. “Los costos financieros de la sobreconstrucción especulativa son considerables. Cada gigavatio de capacidad ociosa cuesta entre 1.000 y 2.000 millones de dólares”, observa Leifman. Mientras el aumento de la demanda relacionada con los centros de datos ya está haciendo aumentar el precio de la electricidad en Estados Unidos, la factura podría hacerse todavía más pesada con infraestructuras inútiles. “Y así, al final, somos nosotros quienes pagamos”, reacciona Ann Bennett, la militante del Sierra Club de Virginia.
Los magnates apuestan al átomo
En esta carrera enceguecida por la energía, los amos de lo digital tienden a inclinarse por la energía nuclear. “Si tuviera que elegir lo más cool en lo que estoy trabajando hoy en día, me sería difícil hacer otra cosa que dominar el poder de los átomos para alimentar nuestro mundo”, se entusiasma William Bill Gates.12 El cofundador y ex director general de Microsoft creó y cofinanció TerraPower, una empresa que desarrolla un reactor modular pequeño (SMR) [esta y las siglas siguientes están en inglés]. Su proyecto está a la espera de la aprobación de la Comisión de Regulación Nuclear (NRC), la autoridad responsable de supervisar las centrales nucleares, para poder construir un primer prototipo en Wyoming. Samuel Altman, cofundador y director general de OpenAI, la empresa que desarrolló ChatGPT, no se muestra menos entusiasta: hasta la primavera boreal de 2025, dirigió una start-up que también aspira a construir un SMR. Llamada Oklo Inc., fue financiada por capitales de la industria tech. Los proyectos de pequeñas centrales nucleares –cuyos anuncios florecen en todo Estados Unidos–, tendrían la ventaja de alimentar directamente a los centros de datos, limitando las emisiones de gases de efecto invernadero y liberándose de la red eléctrica.
Planta nuclear de Three Mile Island, setiembre de 1979.
Foto: AFP
Ya en funcionamiento desde la década de 1950 en submarinos de propulsión nuclear o en los rompehielos rusos, esta tecnología también se probó en otros contextos, en particular en zonas alejadas o rurales.13 Sin embargo, los problemas técnicos encontrados y el costo de la electricidad producida impidieron cualquier desarrollo más amplio, por lo que los SMR –que también son de interés para China y Rusia– nunca fueron, al menos hasta hoy, económicamente viables. “La pregunta es si un SMR puede ser construido con un costo de inversión unitario sensiblemente menor y, por lo tanto, producir electricidad [...] a menor costo”, observaban en 2018 los autores de un informe de 2018 del Massachusetts Institute of Technology (MIT) sobre el futuro de la energía nuclear.14
“Históricamente, construíamos a menor escala, pero el mundo entero se puso a construir a mayor escala, incluida Francia, simplemente para alcanzar economías de escala”, recuerda MV Ramana, experto nuclear de la Universidad British Columbia, de Canadá. El reciente fracaso de NuScale Power Corporation tendería a darle la razón: después de obtener la aprobación de la NRC para el diseño de su reactor a agua ligera, el proyecto en Utah finalmente se frustró. El presupuesto se disparó de 5.000 a más de 9.000 millones de dólares, desalentando a los inversores y provocando el abandono del proyecto en 2023.15 El sector de la energía nuclear ve en este fracaso el efecto de haber sido “el primero de la serie” y promete que los precios bajarán con la producción de flotas completas de reactores. Sin embargo, “las líneas de producción probablemente serán lentas”, advierten los autores del World Nuclear Industry Status Report 2025 [Reporte de situación mundial de la industria nuclear en 2025], y “es improbable que se produzcan ahorros significativos en los costos, ya que dependen en gran medida del número de unidades producidas”.16
Resucitar Three Mile Island
Mientras esperan encontrar la fórmula mágica, los industriales de lo digital apuestan por lo existente –lo que permita reducir costos y plazos–. En 2024, Amazon se involucró en un contrato de compra directa con un operador de la central de Susquehanna, en Pensilvania. Otra solución posible: volver a activar centrales fuera de funcionamiento. El anuncio del relanzamiento de Three Mile Island, también situada en Pensilvania, captó la atención general. Ubicada a dos horas y media en automóvil desde el norte de la capital del país y a tres horas al suroeste de Nueva York, la central se hizo tristemente célebre en 1979 cuando uno de sus reactores se fundió apenas algunos meses después de su puesta en servicio. Tras el accidente, la formación de una burbuja de hidrógeno en el recipiente a presión del reactor y las conjeturas alrededor de su potencial explosión sembraron el pánico en Estados Unidos y provocaron evacuaciones desordenadas, traumando al país y poniendo un freno al desarrollo de la energía nuclear civil estadounidense –en un contexto posterior al shock petrolero, que sin embargo era favorable al átomo–.
Pero la historia se olvida. El segundo reactor, que se volvió a encender en 1985 y se cerró en 2019 debido a su falta de rentabilidad en un estado en el que reina el gas, está siendo reanimado hoy por voluntad de Microsoft: la compañía firmó un contrato para garantizarse, a partir de 2027, su producción de electricidad durante 20 años. Las inspecciones y los primeros trabajos ya comenzaron. En Middletown, donde se ubica la planta, este reinicio aterroriza a varias decenas de antiguos militantes. “Se creó una falsa sensación de urgencia para avanzar lo más rápido posible”, lamenta Eric Epstein, a quien encontramos haciendo un pícnic cerca de la central; las torres de refrigeración, todavía cerradas, se recortan detrás de él. Epstein es uno de los pilares del grupo antinuclear local más grande y antiguo, Three Mile Island Alert. Apeló ante la NRC la decisión de renombrar la planta como Crane Clean Energy Center en honor al pionero de la industria nuclear estadounidense, Chris Crane. Lo considera “un mal revisionismo”.
“En el momento del accidente, yo tenía treinta y tantos años y cuatro hijos, y luego tuve otro”, dice Joyce Corradi, a quien conocimos en la casa de otra militante de larga data, Patricia Longenecker, a unos pocos cientos de metros de la planta. Nada predestinaba a estas mujeres provenientes de medios religiosos y conservadores a luchar toda su vida contra la industria del átomo. “Mi principal preocupación siempre fue la salud de mi familia. No veo este tema como algo pro o contra, demócrata o republicano. Lo veo como un problema de salud que fue, y sigue siendo, casi totalmente ignorado”, prosigue la mujer que cofundó en 1979 el grupo Concerned Women and Mothers [mujeres y madres preocupadas].
Estas consideraciones no desalentaron a Joshua Shapiro, gobernador demócrata de Pensilvania y aspirante a presidente, de apoyar de modo directo la reactivación de la central. Cada estado tiene su propia política energética, que puede coincidir –o no– con la de Washington. Así, después de la catástrofe de Three Mile Island, varios estados optaron por implementar moratorias al desarrollo de nuevas capacidades nucleares, algunas de las cuales todavía se mantienen vigentes. El abandono en la década de 1980 de la recién construida central nuclear de Shoreham en Long Island, estado de Nueva York, también contó con el apoyo del entonces gobernador. Este rechazo también fue enarbolado por la movilización local y la de uno de los condados de esta isla conectada al continente por la ciudad de Nueva York, que se opuso al plan de evacuación en caso de accidente.
“Y en Middletown, Pensilvania, van a hacer funcionar de nuevo esa vieja planta vulnerable de Three Mile Island. ¿Por qué? ¿Para enviar electricidad a Virginia y alimentar los centros de datos de Microsoft?”, pregunta Corradi. Señala que los residentes locales ya conviven con los desechos nucleares –que, en Estados Unidos, se acumulan junto a las centrales– y que a eso se sumará el miedo a fugas o a un nuevo accidente. “Las mujeres están en el centro de la lucha en Three Mile Island. Pero quienes deciden son los techbros, hombres blancos obsesionados con el dinero y fascinados con la tecnología”, considera la cineasta Heidi Hutner, quien dirigió una película sobre las mujeres de Three Mile Island (Radioactive: The Women of Three Mile Island, 2022).
A inicios de la década de 2010, 30 años después del accidente, se suponía que cuatro nuevos reactores marcarían el renacimiento de la energía nuclear civil estadounidense y complementarían el parque existente –que cuenta con unas 50 centrales y 100 reactores–. Pero las demoras y los sobreprecios significativos acabaron con la empresa Westinghouse, que se declaró en quiebra en 2017 –desde entonces fue comprada dos veces–. Los dos reactores suplementarios previstos para Carolina del Sur no sobrevivieron. Abandonados en plena construcción, se tragaron con ellos miles de millones de dólares en un escándalo conocido como Nukegate. En cuanto a los dos reactores de la planta de Vogtle en Georgia, se entregaron en 2023 y 2024, con siete años de retraso y a un costo de más del doble, superando la cifra de 30.000 millones de dólares.
“Este sector no puede sobrevivir a nuevas construcciones sin subvenciones ni garantías públicas. Y acá es donde entran los actores de la industria tech. Es la única razón por la cual hablan de relanzar la energía nuclear”, analiza Ralph Nader. La nueva administración de Trump entendió bien el mensaje. Chris Wright, secretario de Energía, que antes de su nominación era gerente general de Liberty Energy, una gran empresa estadounidense de fracturación hidráulica para la producción de gas y de petróleo, y que también formaba parte del consejo de administración de la start-up nuclear Oklo Inc., aseguró que Three Mile Island se beneficiaría de un préstamo garantizado por el gobierno federal de 1.000 millones de dólares. Según la prensa estadounidense, el costo total del proyecto ascendería a 1.600 millones de dólares. “La subvención más importante de la cual goza la industria nuclear sigue siendo la Price-Anderson Act, que absuelve a las empresas de energía nuclear de toda responsabilidad legal por la mayoría de los costos que resultan de un accidente. Si Three Mile Island sufriera otro accidente, ¿adivinen quién va a pagar? Nosotros”, podemos leer en un volante de la asociación Three Mile Island Alert publicado en ocasión del anuncio de reactivación de la central.
Decretos para una nueva era nuclear
Trump también firmó, el 23 de mayo de 2025, una serie de decretos presidenciales destinados a “iniciar una nueva era nuclear”. Pidió particularmente a la autoridad a cargo de la supervisión del sector, la NRC, que acelerara sus procesos de autorización. “Estamos guiando al mundo hacia un porvenir alimentado por la energía nuclear estadounidense. Estas acciones son esenciales para nuestra independencia energética y para la dominación continua de Estados Unidos en inteligencia artificial”, se alegraba entonces Michael Kratsios. El director de la oficina de ciencia y tecnología de la Casa Blanca forjó sus armas como socio de Thiel Capital, una firma de capital-inversión fundada por Peter Thiel, presidente de Palantir, empresa especializada en el análisis de grandes volúmenes de datos, en especial para uso militar.17
Los decretos presidenciales exigen el despliegue de 300 GW adicionales de electricidad de origen nuclear para 2050, y uno de ellos se centra, para una primera etapa, en diez reactores “en construcción” desde ahora a 2030. “De hecho, desarrollar las centrales nucleares en Estados Unidos permite antes que nada reposicionarse en la carrera internacional por la venta de centrales comerciales”, analiza Tim Judson, director del Nuclear Information and Resource Service (NIRS). China y Rusia son los principales competidores. Los reactores Westinghouse ya fueron seleccionados para próximos proyectos en Ucrania y Polonia. Durante la visita del príncipe heredero de Arabia Saudita Mohammed bin Salmán en noviembre, el Departamento de Energía celebró un acuerdo de cooperación civil que incluye “un firme compromiso en favor de la no proliferación” –en competencia con Irán–, Riad viene pidiendo desde hace mucho tiempo a Washington tener acceso a la energía nuclear civil, acceso que hasta ahora le fue denegado.18
En esta nueva sed estadounidense por los átomos, las interconexiones con la defensa tampoco son algo a soslayar. “Otra razón presentada para justificar el desarrollo de la energía nuclear civil es que subvenciona la formación de un semillero de técnicos e ingenieros que pueden ser reclutados para programas nucleares militares”, revela Ramana.
La gran carrera hacia la IA involucra, entonces, un nuevo desarrollo de la actividad nuclear que tiene que incorporar todavía cuestiones de abastecimiento de combustibles, de proliferación, de gestión de los desechos o de aceptabilidad social de las instalaciones. Los suburbios distinguidos de Washington, que ya son poco proclives a apreciar la cercanía con los centros de datos, podrían rebelarse ante la de los reactores nucleares, por pequeños que sean, acompañados de sus desechos. Queda saber también quién pagará los costos de este entusiasmo tecnofílico, y a expensas de qué otras inversiones se harán estas elecciones.
Eva Thiébaud, periodista. Traducción: Merlina Massip.
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“Americas Data Center H1 2025 Update” digital.cushmanwakefield.com. ↩
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“Data Centers in Virgina 2024 - Report to the Governor and the General Assembly of Virginia”, Joint Legislative Audit and Review Commission, 9-12-2024. ↩
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Paul Gruenwald y Satyam Panday, “Data centers investments are increasingly moving the macro needle”, spglobal.com, 4-11-2025. ↩
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Brent Goldfarb y David A. Kirsch, Bubbles and Crasches. The Boom and Bust of Technological Innovation, Stanford University Press, 2019. ↩
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Sébastien Broca, “Mesurer la gloutonnerie numérique”, Le Monde Diplomatique, julio de 2025. ↩
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Billie Hollecek et al., “2024 United States Data Center Energy Usage Report”, Lawrence Berkeley National Laboratory, 19-12-2024. ↩
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Michael Leifman, “Managing Data Center Uncertainty Part I - The Uncertainty Problem”, aixenergy.io, 30-10-2025. ↩
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Josh Saul, “Data Centers Face Seven-Years Wait for Dominion Power Hookups”, bloomberg.com, 29-8-2024. ↩
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“Levelized Cost of Energy”, lazard.com, junio de 2025. ↩
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Bill Gates, “The future of energy is subatomic”, Gates Notes, 2-10-2025. ↩
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M. V. Ramana, “The forgotten history of Small Nuclear Reactors”, spectrum.ieee.org, 27-4-2015. ↩
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“The Future of Nuclear Energy in a Carbon-Constrained World”, MIT, 2018. ↩
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David Schlissel, “Eye-popping new cost estimates released for NuScale small modular reactor”, Institute for Energy Economics and Financial Analysis (Ieefa), 11-1-2023. ↩
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“World Nuclear Industry Status Report 2025”, worldnuclearreport.org, 26-11-2025. ↩
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NdR: Ver cobertura de tapa “Poder tech”, Le Monde diplomatique, edición Uruguay, noviembre de 2025. ↩
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Ver Marc Endeweld, “El átomo, en el centro del conflicto”, Le Monde Diplomatique, edición Uruguay, octubre de 2022. ↩