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Julio Varela.

Foto: Felipe Correa / difusión

Narrativa | Lector para sí

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Tráiganme la cabeza de Andrea. Julio Varela. Fin de Siglo; Montevideo, 2025. 168 páginas, 590 pesos.

Resulta inexacto decir que un autor con otros nueve libros a sus espaldas puede resultar el “descubrimiento del año”. Sin embargo, la persistencia de las distracciones logra paradojas como esa. Primero se requiere la proeza de situarse en el tiempo y el espacio requeridos para constituirse en lector, ya sea en el sofá hogareño, la reposera o el asiento del ómnibus. Una vez alcanzada esa orilla, vuelto lector en sí, queda todavía el camino de volverse lector para sí. Elegir un libro mediante un criterio consciente y personal. Por seguir a un autor determinado, porque se privilegia conocer “una obra” más que muchos títulos aislados de autores diferentes a quienes nunca se llega a conocer del todo, o por fidelidad a un ámbito geográfico, volviéndose así el nerd que ha leído todo lo balcánico que ha llegado a estas costas, o a una colección, prefiriendo, digamos, los Marginales de Tusquets con la esperanza de volver a encontrar otra joya como aquella. Claro, no se trata de una taxonomía zoológica sino de géneros fluidos. Todos somos, en distintos momentos del día, del mes o de la vida, usuarios de redes, lectores en sí (esa oferta, ese impulso, esa tapa) y lectores para sí. Muchas veces la operación nace de encontrar un libro por casualidad, poner el teléfono en modo “no molestar” y no poder salir de sus páginas por horas, insistir en ese vínculo hasta que días después se lo termina y, entonces, intentar conseguir todo lo que ese autor, del que no se había leído nada, había escrito antes.

Es que quien llegue a Tráiganme la cabeza de Andrea saldrá de ese libro escrito con agilidad, imaginación y muchas capas de inteligencia natural puestas en juego, con el ruego de “tráiganme otro libro de Julio Varela”. La anécdota de Tráiganme... comienza por un amor que ha mutado en olvido involuntario. Desde ahí, Varela va haciendo crecer una funga ramificada al infinito, donde cada página es una seta a la que le queremos hincar el diente para sentir a fondo su textura y su sabor. Cuando lo hacemos, descubrimos que esa seta es sólo la cúpula visible de un micelio inabarcable que se extiende, como los túneles del vietcong, por debajo de la selva frondosa de la historia que se está contando. Está, claro, la galería de personajes que dan forma a una evocación del under de comienzos de los 2000 o fines de los 1990, también el regodeo en el mundo del arte conceptual (desde la crítica y la fascinación al mismo tiempo), de las búsquedas espirituales, de cómo la combinación de todo eso va encontrando una trama lógica a pesar de los momentos delirantes. Pero como en todo buen libro, ninguna pieza alcanza para definir el todo.

Si se pide luego “tráiganme otro libro de Julio Varela”, aparece Fuga (Yaugurú, 2019). Más experimental, menos atado a una convencionalidad narrativa, en cierto punto mejor logrado. Ahí el fotógrafo decadente y su hijo violinista –vistos por la lente del otro hijo– se despeñan sobre una Montevideo de clase media baja que apenas sobrevive a los tumbos pero que, aun así, crea belleza. Escandalosamente moderno y anacrónico al mismo tiempo, como ese Conde de Orgaz que pintó el Greco y que irrumpe como personaje en varios momentos, Fuga es una rara joya vareliana que también debería leerse. Y así, al menos con esas dos piezas, poder decir que se ha descubierto a un autor que insólitamente no se conocía.

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