Ingresá

Julio Cortázar en su casa de París en 1983.

Foto: Ulf Andersen, Aurimages, AFP

El joven que no muere

6 minutos de lectura
Contenido exclusivo con tu suscripción de pago

Julio Cortázar (1914-1984)

Hace ya 42 años, un 12 de febrero, fallecía en el Hospital Saint Lazare de París, a pocos metros de su departamento de la rue Martel, Julio Cortázar, uno de los escritores latinoamericanos de mayor proyección internacional. El autor de Rayuela (1963) no estuvo libre de críticas y lo envolvió la polémica sobre “literatura y compromiso”.

Contenido no disponible con tu suscripción actual
Exclusivo para suscripción digital de pago
Actualizá tu suscripción para tener acceso ilimitado a todos los contenidos del sitio
Para acceder a todos los contenidos de manera ilimitada
Exclusivo para suscripción digital de pago
Para acceder a todos los contenidos del sitio
Si ya tenés una cuenta
Te queda 1 artículo gratuito
Este es tu último artículo gratuito
Nuestro periodismo depende de vos
Nuestro periodismo depende de vos
Si ya tenés una cuenta
Registrate para acceder a 6 artículos gratis por mes
Llegaste al límite de artículos gratuitos
Nuestro periodismo depende de vos
Para seguir leyendo ingresá o suscribite
Si ya tenés una cuenta
o registrate para acceder a 6 artículos gratis por mes

Editar

Cortázar fue uno de los intelectuales argentinos más discutidos en vida: debió enfrentar agrias polémicas, desconocimientos y rechazos. Pese a su enorme estatura como artista y como intelectual dentro y fuera de su país, fue objeto, desde la derecha y desde la izquierda, de cuestionamientos persistentes o de reconocimientos menguados que no hicieron justicia a su obra profundamente innovadora y a su responsabilidad política.

Tal vez no resulte extraño, por ello, que la noticia de su muerte fuera registrada con celosa discreción por los medios de comunicación de su país. La prensa internacional, en cambio, se extendió en comentarios: Le Monde publicó en primera página una nota de Claude Couffon bajo el título “Un maestro del cuento fantástico”; Libération informó en tapa y remitió a un artículo titulado “El último fuego de Julio Cortázar”; El País, de Madrid, le dedicó tres páginas; La Vanguardia, de Barcelona, una nota de Joaquín Marco titulada “Un escritor para la esperanza”. En el número de homenaje que publicó Casa de las Américas, de Cuba, hubo testimonios de Gabriel García Márquez, Augusto Roa Bastos, Mario Benedetti y de argentinos como César Fernández Moreno, Carlos Gabetta, Juan Gelman, Osvaldo Soriano. Gelman terminaba así su “Carta”: “En Corrientes y Esmeralda, en otros tiempos, vi pasar a escritores que nunca dejaron el país y escribían como un francés cualquiera. Yo entendí mejor a Buenos Aires leyendo lo que vos escribías en París; así es tu grandeza, así tu amor [...] siempre supe que tu obra nos abriga, que tu mejor obra sos vos”.

Entre los arduos polemistas que debió soportar, y que no le hicieron ninguna justicia, están quienes, desde un campo ideológico, criticaban sus declaraciones y posiciones revolucionarias, y quienes, desde otro (como siguió ocurriendo prácticamente hasta su muerte), su instalación en París, un supuesto coqueteo con las protestas de moda, actitudes pequeñoburguesas, falta de sinceridad con lo que decía sostener; inclusive, traición a las ideas que pregonaba (hasta en los textos, al decir de críticos como Jaime Concha o David Viñas). Por último, no faltaron, no faltan, quienes, desde no sé sabe bien qué lugar, le disculpan (le achacan) su “ingenuidad política”, su dejarse llevar y traer por las revoluciones de turno...

José Blanco Amor, en un libro de 1969, dispuso ajustar cuentas con el intelectual desertor. Dijo entonces que “Cortázar se ha declarado revolucionario y quiere ser consecuente con esa declaración. Pero no aprendió a utilizar el lenguaje que corresponde a sus deseos. No conoce a las clases que se debaten debajo de la suya con hambre de generaciones, ni siquiera a la clase trabajadora argentina de las zonas industriales. Sus experiencias en el mundo del trabajo no van más allá de un hosco aislamiento en pueblos de provincias”.1

Un polemista temible

Tiempo antes, y desde posiciones tradicionalistas, regionalistas y nacionalistas, Manuel Pedro González lo había enjuiciado con no menor ímpetu: “Rayuela [...] ha sido proclamada ‘el Ulises latinoamericano’, y un comentarista tan culto y talentoso como Carlos Fuentes no ha titubeado en encimar al autor hasta colocarlo a la diestra de Rabelais, Sterne y Joyce, y, aun, parece sugerir que los supera. Tales hipérboles se me antojan subjetivas e inadmisibles, porque Rayuela, a despecho del innegable talento y cultura del autor, es lo que los mexicanos llaman un ‘refrito’, es decir, un ‘popurrí’ de calcos que la convierten en auténtico ‘pastiche’”.2

Pero no sólo desde ese ángulo se lo atacaba y, en la izquierda, no eran únicamente argentinos quienes lo hacían. Tanto por el nivel teórico y de reactualización ideológica que se le exigía, como por el lugar que ocupaba su crítico en la Cuba de entonces, la polémica con el colombiano Óscar Collazos (por aquellos días, director del Centro de Investigaciones Literarias de Casa de las Américas) concitó su atención y su preocupación. La discusión se originó en un artículo de Collazos publicado en Marcha de Montevideo, en agosto de 1969, y la reprodujimos (con la autorización de Marcha, impedida de entrar en Argentina por expresa prohibición de la dictadura del general Juan Carlos Onganía) en la revista Nuevos Aires, de Buenos Aires.3

El artículo de Collazos se titulaba “La encrucijada del lenguaje” y varios pasajes aludían críticamente a Cortázar, a trabajos suyos y a opiniones en las que evidenciaba “el olvido de la realidad”. Cortázar, sensible como siempre a la crítica que venía de su propia área de ideas y afinidades, contestó mostrándose (también al igual que siempre) como un hábil y temible polemista. La nota con la que respondió, “Literatura en la revolución y revolución en la literatura”, sirvió para señalar sus límites respecto del “compromiso” literario, y para comprender qué entendía él por el término “revolucionario” en el terreno de la literatura.

Así, por ejemplo, entre los argumentos más fuertes figuraban estos: “...entiendo que un novelista del Tercer Mundo tiene entre sus deberes más imperiosos el de no ceder a ninguna facilidad”. Lo que supone explorar nuevos territorios en el arte y en la literatura: “Si la física y las matemáticas proceden de la hipótesis a la verificación, incluso postulan elementos irracionales que permiten llegar a resultados verificables en la realidad, ¿por qué un novelista ha de rehusar estructuras hipotéticas, esquemas puros, telas de araña verbales en las que acaso vendrán a caer las moscas de nuevas y más ricas materias narrativas? La revolución es también, en el plano histórico, una especie de apuesta a lo imposible, como lo demostraron de sobra los guerrilleros de la Sierra Maestra; la novela revolucionaria no es solamente la que tiene un ‘contenido’ revolucionario, sino la que procura revolucionar la novela misma, la forma novela, y para ello utiliza todas las armas de la hipótesis de trabajo, la conjetura, la trama pluridimensional, la fractura del lenguaje...”.

Las consideraciones de Cortázar alcanzan un alto nivel teórico e ideológico sobre los temas centrales que, en este campo, debatió largamente el marxismo: el papel de la realidad en el arte, el de este en la sociedad. “La auténtica realidad es mucho más que ‘el contexto socio-histórico y político’, la realidad son los 700 millones de chinos, un dentista peruano y toda la población latinoamericana, Oscar Collazos y Australia, es decir el hombre y los hombres, el hombre agonista, el hombre en la espiral histórica, el homo sapiens y el homo faber y el homo ludens, el erotismo y la responsabilidad social, el trabajo fecundo y el ocio fecundo; y por eso una literatura que merezca su nombre es aquella que incide en el hombre desde todos los ángulos (y no, por pertenecer al Tercer Mundo, solamente o principalmente en el ángulo sociopolítico), que lo exalta, lo incita, lo cambia, lo justifica, lo saca de sus casillas, lo hace más realidad, más hombre, como Homero hizo más reales, es decir más hombres, a los griegos, y como Martí y Vallejo y Borges hicieron más reales, es decir más hombres, a los latinoamericanos”.

Finalizaba Cortázar la polémica con algunas referencias a la responsabilidad y a la moral de los escritores latinoamericanos, con una frase que desde entonces hizo época en cuanto a las armas que son propias de los escritores, y el subrayado de que “uno de los más agudos problemas latinoamericanos es que estamos necesitando más que nunca los Che Guevara del lenguaje, los revolucionarios de la literatura más que los literatos de la revolución”.

El amigo más íntimo

Estas fueron, a grandes trazos, algunas de las líneas sobresalientes de sus más significativas polémicas políticoculturales, las que esbozan un breve resumen de las difíciles relaciones que sostuvo con grupos intelectuales, tanto argentinos como latinoamericanos. Entre las importantes, habría que agregar la mantenida con David Viñas, la inesperada con los cubanos a partir del “caso Padilla”4 (en la que Cortázar jugó un papel moderador y de gran diplomacia), las críticas recibidas en la Argentina a raíz de su donación a la resistencia chilena del Premio Médicis (por El libro de Manuel, 1973), la muy dolorosa con José María Arguedas.

Muy diferentes, empero, fueron sus contactos con el público lector, al que impactó desde sus primeros textos, y con los jóvenes, con quienes, todavía hoy, mantiene relaciones de una extraña complicidad, que han superado la distancia física, la de los diferentes tiempos vividos, y hasta el umbral de la muerte.

El de Julio Cortázar constituye, así, un fenómeno especial de vinculación entre un escritor y sus lectores reales y potenciales: el peso de la figura personal es muchas veces tan grande que se contagia a los textos. Y de los textos también suele volver una respiración que pasa al vivir.

El jazz, el boxeo, los «perseguidores», el salto en el vacío, la aventura permanente, la revolución, las denuncias contra las dictaduras y tantas cosas más confluyen probablemente para formar aquellos sentimientos. Pero también, o sobre todo, esa voz que viene de sus textos, que todavía hoy sigue viniendo de tantos de sus textos: una voz semejante, muy cercana, muy próxima y muy prójima, una voz empecinadamente juvenil que nos habla del juego y de la vida. Y que, sin dejar de hablar de todo ello, pone en el centro la literatura, como la cima de su campo ardiente.

Mario Goloboff, escritor, narrador y ensayista argentino. Docente universitario.


  1. José Blanco Amor, Encuentros y desencuentros, Losada, Buenos Aires, 1969. 

  2. Manuel Pedro González, “La novela hispanoamericana en el contexto de la internacional”, en Coloquio de la novela hispanoamericana, México, Tezontle, 1967. Recoge las actas de un coloquio celebrado en la Washington University en 1966. 

  3. Nuevos Aires, Buenos Aires, N° 1, junio-julio-agosto de 1970, y N° 2, setiembre-octubre-noviembre de 1970. 

  4. NdR: Por Heberto Padilla, escritor encarcelado en 1971 por la Revolución cubana en un episodio que dividió a la intelectualidad progresista. 

¿Tenés algún aporte para hacer?

Valoramos cualquier aporte aclaratorio que quieras realizar sobre el artículo que acabás de leer, podés hacerlo completando este formulario.

Este artículo está guardado para leer después en tu lista de lectura
¿Terminaste de leerlo?
Guardaste este artículo como favorito en tu lista de lectura