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Vista de la ciudad con la catedral de Nuuk, en Nuuk, Groenlandia, el 25 de enero.

Foto: Jonathan Nackstrand, AFP

Groenlandia bajo la doctrina Trump

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Realidad, mitología y nuevo “destino manifiesto”

Las dificultades climáticas del paso del Noroeste, que comunica los océanos Atlántico y Pacífico, se suman a que Estados Unidos no cuenta con las embarcaciones necesarias para esta hazaña. Pese a esto y a las dificultades para extraer los recursos naturales de Groenlandia, Donald Trump parece obsesionado con ese territorio. ¿A qué se debe?

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La sobreexposición geopolítica de Groenlandia probablemente deba mucho al mapamundi diseñado por Gerardus Mercator en 1569. Para representar el globo terráqueo en un plano, la modalidad de proyección cilíndrica que eligió el geógrafo y matemático flamenco distorsionó las regiones polares. En la mayoría de los planisferios que se publican todavía hoy, esta región autónoma de Dinamarca parece tener el tamaño de África cuando en realidad es 13 veces menor. Una distorsión similar afecta la percepción general de los dilemas militares, marítimos o mercantiles de esta isla de 57.000 habitantes, cuya superficie está cubierta por un casquete de hielo en más de un 80 por ciento.

Mitologías y sobreestimaciones

Así, la mitología milenaria del paso del Noroeste para unir los océanos Atlántico y Pacífico renace de la mano del cambio climático. Sin embargo, desde la hazaña de Roald Amundsen en 1906, sólo 317 barcos (48 de ellos estadounidenses) atravesaron alguno de los itinerarios alambicados y peligrosos que se dirigen desde Groenlandia hasta las islas del norte de Canadá.1 En 2025, 34 barcos de tamaño modesto lograron con éxito lo que sigue siendo una expedición contra la bravura de la naturaleza: vientos, corrientes, masas de hielo flotantes, icebergs, bancos de arena inciertos y costas peligrosas. Navegable sólo algunas semanas por año, el paso del Noroeste es más corto que el canal de Panamá si se lo mide en kilómetros, pero no en tiempo de viaje. Probablemente nunca se convierta en una ruta marítima comercial, al menos no antes de varias décadas, quizás incluso de varios siglos. El futuro del paso se confunde de forma abusiva con las perspectivas que la desglaciación abre para la ruta marítima del norte de Rusia, ella misma todavía delicada y muy onerosa en términos logísticos.2

El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, ve barcos rusos y chinos por todas partes, mientras que en realidad se concentran a lo largo de la costa ártica rusa, muy lejos de Groenlandia. Tienen como destino tanto Europa como Asia. Si los rompehielos rusos –entre los cuales los más pesados son de propulsión nuclear– dominan los mares fríos, es porque responden a una necesidad específica. Sin un interés real hasta la fecha, Estados Unidos y Canadá nunca cumplieron sus antiguas promesas, renovadas cada tanto, de construir buques capaces de atravesar las espesas masas de hielo para afirmar su soberanía marítima en la región. Los 11 rompehielos prometidos por Trump (los primeros cuatro de los cuales se tienen que construir en Finlandia) serán de tamaño mediano, si es que llegan a construirse. Salvo los submarinos, los buques militares siguen siendo poco adecuados para la navegación en la región.

En materia de defensa, los estadounidenses llevan mucho tiempo explotando los atributos geográficos de la isla. A mitad de camino entre Nueva York y Moscú, su base en Pituffik (antes Thulé) desempeña un rol clave en el posicionamiento de bombarderos estratégicos o de radares de la red aeroespacial de América del Norte. El acuerdo logrado con Dinamarca en 1951 les permite hacer prácticamente lo que quieren dentro de las zonas definidas conjuntamente “sobre la base de los planes de defensa de la OTAN [Organización del Tratado del Atlántico Norte]”.3 A pesar de la remilitarización de los últimos años, las bases rusas o estadounidenses del Ártico siguen siendo mucho más modestas que durante la Guerra Fría. Estados Unidos incluso abandonó todas sus demás instalaciones en Groenlandia, que databan de la Segunda Guerra Mundial.

Por último, en el plano de los recursos minerales y energéticos, el potencial de las regiones árticas sigue estando demasiado sobreestimado. Las proyecciones de los medios de comunicación suelen ignorar lo dificultoso de las condiciones de extracción y transporte que limitaron hasta hoy todos los proyectos. Así sucede con las tierras llamadas “raras”, que están particularmente dispersas. Su extracción, procesamiento y separación se revelan muy costosos y altamente contaminantes, dado que producen específicamente desechos radiactivos.

Presiones y resistencias

Entonces, ¿por qué semejante obsesión? “Porque es lo que me parece psicológicamente necesario para el éxito”, respondió Trump (The New York Times, 8 de enero). “Creo que la propiedad otorga algo que no se puede obtener con un simple contrato de arrendamiento o con un tratado”, precisó. Desde las primeras horas de su mandato, este imperialismo impúdico, despectivo con las poblaciones autóctonas de la región, se manifestó mediante un anuncio: el punto más alto de América del Norte ubicado en Alaska ya no se llamaría Monte Denali, como se había llamado durante siglos en lengua atabascana, sino Monte McKinley, en referencia al presidente republicano entre 1897 y 1901 que anexó Puerto Rico, Guam, Hawái y Filipinas. Pisoteando la soberanía de Dinamarca –sin embargo, campeón del atlantismo y fiel cliente de la industria militar estadounidense–, Trump vuelve a establecer una conexión con el concepto de “destino manifiesto”, la ideología mesiánica que justificó la anexión de Texas en 1845 y la colonización del subcontinente. A pesar de la desaprobación de la opinión pública estadounidense sobre esta cuestión y de las reticencias del Congreso, incluso de los republicanos, pasó por encima de muchos de los compromisos jurídicos internacionales de su país, como el reconocimiento de la soberanía danesa en 1917 a cambio de la compra de las Islas Vírgenes. Sobre todo, hizo tambalear el Tratado del Atlántico Norte, destinado a promover la cooperación pacífica y la defensa común entre los signatarios, y alarmó a todos los demás países europeos que tienen territorios de ultramar en lo que él llama el “hemisferio occidental”: Francia, Reino Unido, Países Bajos, Islandia y Noruega.

Sara Olsvig, una brillante intelectual que preside el Consejo Circumpolar Inuit, respondió con serenidad a la doctrina Trump, que otorga apenas una soberanía limitada a sus vecinos: “Los tiempos cambiaron desde la época en que las tierras inuit eran mercancías que se podían comprar y vender. Hoy participamos activamente en las decisiones sobre nuestras tierras y recursos. Ya superamos la época de las actitudes de superioridad típicamente coloniales”.4 En una (lenta) marcha hacia la independencia,5 los cinco partidos representados en el Parlamento groenlandés reaccionaron al unísono: “El trabajo sobre el futuro de Groenlandia se está realizando de forma concertada con el pueblo groenlandés, teniendo como base el derecho internacional y la Ley de Autogobierno. Ningún otro país puede inmiscuirse en este proceso. Tenemos que decidir el futuro de nuestro país nosotros mismos, sin presiones para una decisión rápida, sin demoras y sin injerencias extranjeras”. Para quienes no lo hayan entendido, el primer ministro groenlandés, Jens Frederik Nielsen, precisó: “Si tenemos que elegir entre Estados Unidos y Dinamarca, elegimos Dinamarca”.

Recibido en la Casa Blanca el 15 de enero, el ministro de Asuntos Exteriores danés, Lars Løkke Rasmussen, consignaba un “desacuerdo fundamental” con su homólogo estadounidense, Marco Rubio. Ese mismo día, la solidaridad hasta entonces verbal de los europeos se materializó en el despliegue, sumamente simbólico, de unos 40 oficiales en el lugar para preparar una posible operación de mayor envergadura. El ejército estadounidense fue invitado a esta misión, que el Ministerio de Defensa alemán justificó con el objetivo de evaluar “las posibilidades de garantizar la seguridad ante las amenazas rusas y chinas en el Ártico”. ¿Una forma de intentar conformar a Trump? La primera ministra de Dinamarca, Mette Frederiksen, prefirió romper con la lengua diplomática el 5 de enero, en una entrevista en el canal público DR: “Si Estados Unidos decide atacar a otro país de la OTAN, todo se habrá terminado. Es una presión inaceptable, un ataque totalmente insensato contra la comunidad mundial”.

Philippe Descamps, de la redacción de Le Monde diplomatique (París). Traducción: Merlina Massip.


  1. Robert Headland, “Northwest Passage Transits to end of the 2025 Navigation Season”, spri.cam.ac.uk, 1-11-2025. 

  2. “Géopolitique du brise-glace”, Le Monde diplomatique, abril de 2020. 

  3. “Forsvarsaftalen af 1951”, ft.dk

  4. Sara Olsvig, “A peaceful Arctic through mutually respectful cooperation”, inuitcircumpolar.com, 27-1-2025. 

  5. “En Groenlandia, la independencia paso a paso”, Le Monde diplomatique, edición Cono Sur, febrero de 2023. 

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