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Miguel Díaz-Canel, presidente de Cuba, encabeza una protesta frente a la Embajada de Estados Unidos contra la incursión estadounidense en Venezuela, donde murieron 32 soldados cubanos, en La Habana, el 16 de enero.

Foto: Yamil Lage, AFP

¿Qué puede pasar en Cuba?

8 minutos de lectura
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Después del ataque a Venezuela.

Desde el fracaso de la invasión de Bahía de Cochinos en 1961, Cuba estructuró su estrategia de seguridad sobre la convicción de que un ataque directo de Estados Unidos no era posible. Sin embargo, la decisión de Donald Trump de capturar a Nicolás Maduro cambió por completo la lógica hemisférica, introduciendo la coerción directa como una alternativa creíble.

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La captura de Nicolás Maduro [presidente de Venezuela] por fuerzas estadounidenses en Caracas, a comienzos de enero, constituye un evento de alto impacto por múltiples razones. En primer lugar, introduce un cambio cualitativo en el repertorio de instrumentos de poder utilizados por Estados Unidos. La operación fue rápida y quirúrgica, desprovista del despliegue clásico de nation building que había caracterizado las intervenciones en Irak y Afganistán a comienzos de siglo, y sin una apelación explícita a la promoción de la democracia como objetivo central.

En segundo lugar, marca un punto de inflexión en la política hemisférica estadounidense. No se trata sólo del desenlace abrupto de la prolongada crisis venezolana, sino de un episodio con un fuerte efecto demostración, cuyas implicancias trascienden este caso y proyectan interrogantes inmediatos sobre otros regímenes adversarios latinoamericanos, en particular Cuba.

Este nuevo contexto tiene un impacto directo sobre la isla. A diferencia de episodios previos de presión basados en embargos, sanciones financieras o aislamiento diplomático, el colapso del vínculo con Venezuela, sobre todo en el plano energético, profundiza una vulnerabilidad estructural de la economía cubana. La interrupción abrupta de los envíos de petróleo venezolano, combinada con la intensificación del control estadounidense sobre los flujos energéticos regionales, coloca a La Habana en una situación crítica, ya caracterizada por apagones prolongados, parálisis productiva y un deterioro acelerado de las condiciones sociales. En ese marco, las declaraciones de Donald Trump y de altos funcionarios estadounidenses que sugirieron que Cuba se encuentra “lista para caer” refuerzan la percepción de que el caso venezolano opera como advertencia y precedente más que como excepción.

El efecto demostración no reside únicamente en la exhibición de capacidad militar. Su núcleo es político y estratégico: señala que Estados Unidos está dispuesto a reordenar el equilibrio hemisférico con instrumentos precisos, costos controlables y objetivos acotados, aun a costa de tensiones con aliados, cuestionamientos legales y riesgos humanitarios. En este contexto, Cuba aparece como el siguiente eslabón de una cadena que combina presión económica extrema, aislamiento energético y expectativas, explícitas o implícitas, de cambio de régimen.

Los cambios hemisféricos

Durante las últimas tres décadas, la política de Estados Unidos hacia América Latina ha estado marcada por una combinación de desatención estratégica, gestión tecnocrática de las crisis y retórica normativa centrada en la democracia y en los derechos humanos. Incluso en los momentos de mayor conflictividad, como cuando impuso sanciones a Cuba, Venezuela o Nicaragua, predominó una lógica de contención basada en el aislamiento diplomático, la presión económica y el respaldo a actores opositores, con un uso extremadamente limitado de la fuerza directa. La captura de Maduro marca un quiebre con ese patrón y sugiere la reaparición de una lógica hemisférica más dura, explícitamente coercitiva y anclada en el ejercicio directo del poder.

El episodio no puede entenderse como un hecho aislado ni puramente reactivo. Se inscribe en una relectura estratégica del hemisferio occidental por parte de Washington, en un contexto de competencia global intensificada con China, Rusia e Irán. En este marco, América Latina deja de ser concebida como un teatro secundario y vuelve a ocupar un lugar de interés primario, donde la presencia de actores extrahemisféricos es interpretada como un desafío directo al equilibrio de poder regional.

Este giro implica un desplazamiento conceptual relevante: del hemisferio como zona de influencia blanda al hemisferio como espacio de control estratégico. La retórica que acompaña la operación venezolana, incluida la revitalización explícita de la doctrina Monroe y la insistencia en que la dominancia estadounidense no será cuestionada, cumple una función política precisa. No se trata de un gesto meramente simbólico, sino del marco justificatorio de una política que abandona la ambigüedad deliberada de décadas recientes y reivindica abiertamente el derecho de Estados Unidos a intervenir.

A diferencia de la Guerra Fría, cuando la lógica hemisférica dura se articulaba en torno al anticomunismo ideológico, el nuevo momento combina criterios más pragmáticos. El énfasis se desplaza hacia el control de los flujos energéticos, la prevención de enclaves de proyección china o iraní y la reducción de riesgos asociados a la migración masiva, el crimen transnacional y las economías ilícitas. La coerción se redefine así como instrumento de gestión del orden regional.

Venezuela aparece como el caso que habilita este retorno. Durante años, Washington toleró un régimen hostil bajo el supuesto de que el costo de una intervención directa superaba sus beneficios. La operación de enero alteró ese cálculo. Demostró que la coerción selectiva puede ser rápida, limitada en bajas estadounidenses y políticamente rentable en el corto plazo. Esa experiencia redefine el umbral de acción y vuelve creíble una lógica hemisférica que muchos consideraban obsoleta.

La reacción regional refuerza esta lectura. Más allá de condenas formales, ningún Estado latinoamericano ha mostrado capacidad real de articular una respuesta colectiva eficaz. La fragmentación política regional, la debilidad de los mecanismos multilaterales y la dependencia económica de muchos países limitan cualquier intento de contrapeso, contribuyendo a un escenario en el cual Estados Unidos vuelve a operar como actor dominante sin enfrentar costos sistémicos inmediatos.

En suma, la reaparición de una lógica hemisférica dura no implica simplemente un mayor uso de la fuerza, sino un cambio en la concepción misma del orden regional. Estados Unidos asume de manera explícita su rol de potencia disciplinadora, dispuesta a utilizar la coerción directa cuando percibe que el equilibrio hemisférico se ve amenazado. Este es el marco en el que deben leerse tanto el efecto demostración venezolano como la creciente presión sobre Cuba.

Cuba en el nuevo escenario regional

Durante años, La Habana estructuró su estrategia de supervivencia sobre un supuesto central: que su peor escenario, una intervención directa de Estados Unidos, era políticamente costoso e internacionalmente inviable desde el fracaso del intento de invasión en Bahía de Cochinos. La captura de Maduro erosiona ese supuesto. No porque una intervención militar sea inminente, sino porque deja de estar descartada de plano y, sobre todo, porque amplía el abanico de opciones disponibles para Washington. La consecuencia es una pérdida de credibilidad de la idea de que Estados Unidos siempre se detendrá en el umbral de la acción.

Dentro de ese conjunto ampliado de instrumentos, la energía adquiere una centralidad inédita. El petróleo venezolano pasa a estar bajo control estadounidense indirecto, lo que demuestra la capacidad de Washington de intervenir selectivamente sobre flujos materiales críticos sin recurrir a la ocupación territorial ni asumir los costos políticos de una guerra prolongada. Se trata de una modalidad de coerción con efectos regionales.

El impacto de este giro sobre Cuba es doble. En el plano externo, queda más aislada y con menor margen de maniobra frente a actores clave, como Estados Unidos, pero también México, Rusia o China, que ahora recalibran sus decisiones a la luz de un Washington más dispuesto a emplear la coerción dura. En el plano interno, la dirigencia cubana enfrenta un dilema clásico, pero intensificado: resistir en nombre de la soberanía, aun a costo de una asfixia económica potencialmente terminal, o explorar negociaciones discretas desde una posición de debilidad estructural. En ambas situaciones, la variable decisiva ya no es la retórica estadounidense, conocida y previsible, sino la incertidumbre sobre el alcance real de su ejecución.

Así, el caso venezolano redefine el entorno regional. No inaugura necesariamente una política sistemática de intervenciones, pero sí establece un precedente claro: cuando la retórica se alinea con capacidades específicas, intereses materiales, en particular energéticos, y costos acotados, Estados Unidos puede actuar. Para Cuba, esa es la verdadera novedad del momento: no lo que Washington dice, sino lo que ha demostrado que puede hacer bajo determinadas condiciones.

Trump y Rubio

Este corrimiento no puede leerse al margen de la política interna de Estados Unidos. En ese marco, el rol del secretario de Estado, Marco Rubio, resulta particularmente relevante. Hijo de exiliados cubanos, Rubio articuló su trayectoria política combinando una historia personal de exilio con una lectura estratégica de la política estadounidense hacia Cuba y el Caribe, lo que le otorga credibilidad simbólica dentro de amplios sectores del electorado cubanoestadounidense en Florida.

Florida es un estado electoralmente decisivo. El electorado latino que vive allí no es mayoritario, pero sí altamente movilizado y organizado. En este marco, Rubio ha operado como puente entre sectores duros del exilio y una agenda republicana más amplia. Su influencia no reside tanto en imponer una línea de política exterior como en habilitar y legitimar opciones coercitivas ya presentes en Washington, dotándolas de anclaje doméstico y de una narrativa moral funcional a la lógica de máxima presión de Trump.

Como secretario de Estado, Rubio cumple además una función complementaria. Frente al estilo performativo de Trump, articula una narrativa más coherente que vincula seguridad, energía, migración y competencia geopolítica. Desde esta perspectiva, la caída de Maduro no es un fin en sí mismo, sino un movimiento inicial orientado a desarticular el entramado regional que conectaba a Venezuela con Cuba, Nicaragua y actores extrahemisféricos como Irán, Rusia y China. La hegemonía regional se redefine así menos a partir de la promoción de modelos políticos alternativos que de la capacidad de fragmentar ecosistemas adversarios.

Este enfoque se impuso frente a las visiones más aislacionistas dentro del trumpismo, expresadas en figuras como el vicepresidente JD Vance. El predominio de la “línea Rubio” sugiere que, al menos en el hemisferio occidental, el gobierno privilegia una estrategia de involucramiento coercitivo selectivo antes que una retirada estratégica, y sitúa a Cuba como prueba clave de la consistencia y el alcance de este nuevo enfoque.

Escenarios futuros

Este desplazamiento desde la contención hacia una lógica de coerción hemisférica más creíble no define un desenlace único para Cuba, pero sí amplía el conjunto de trayectorias posibles.

La primera es un colapso acelerado y una transición caótica. En este escenario, la interrupción prolongada del suministro energético venezolano agudiza los apagones generalizados y el deterioro social. El malestar se traduce en protestas extensas y descoordinadas, superando episodios previos como los de 2021. El régimen responde con represión creciente, pero enfrenta tensiones internas. La transición, de producirse, sería desordenada, con fuerte impacto humanitario y una crisis migratoria masiva hacia Estados Unidos, obligando a Washington a gestionar consecuencias más que a capitalizar el resultado.

Otro escenario, quizás el más probable, es la supervivencia precaria del régimen a partir de una negociación indirecta. El gobierno cubano evita el colapso mediante el racionamiento extremo, el control político y algunos apoyos externos limitados. Persisten los apagones y el deterioro social, pero sin un quiebre del orden. Emergen canales de negociación indirecta y discretos con Estados Unidos, centrados en temas como migración, alivio humanitario y concesiones económicas marginales, sin reformas políticas estructurales.

También puede pensarse en un reacomodamiento pragmático, que combine ambos escenarios. En esta perspectiva, Cuba introduce ajustes económicos selectivos por necesidad energética y fiscal, no por voluntad de apertura política. Estados Unidos modula la presión para evitar un colapso migratorio. El resultado es una estabilidad frágil, bajo crecimiento y menor conflictividad, sin democratización sustantiva ni normalización plena de relaciones.

Los últimos dos escenarios son los más extremos. En el primero, de continuidad resiliente con alta represión, el régimen cubano reproduce una lógica de resistencia prolongada similar a la del Período Especial. La coerción externa refuerza la narrativa de soberanía y justifica un endurecimiento represivo. La sociedad se adapta a la escasez, con emigración sostenida y estancamiento crónico. Estados Unidos enfrenta el desgaste de su narrativa sin obtener resultados decisivos.

Por último, un escenario, hoy de baja probabilidad, pero ya no descartable, es una intervención estadounidense limitada y no convencional. No implicaría la ocupación territorial de la isla ni una invasión clásica, sino acciones selectivas: intensificación extrema del cerco energético, operaciones encubiertas, ciberacciones, presión financiera coordinada o control externo de infraestructuras críticas bajo justificaciones humanitarias o de seguridad regional. Su viabilidad dependería de un deterioro extremo combinado con un evento disparador (crisis migratoria desbordada, colapso humanitario o fractura interna del régimen).

En suma, el retorno de una lógica hemisférica más coercitiva amplía el abanico de opciones, pero no garantiza un desenlace rápido ni un colapso automático. La presión incrementa la probabilidad de trayectorias de desgaste prolongado, negociación indirecta o reacomodamientos pragmáticos, mientras que vuelve menos racionales los escenarios de intervención directa o ruptura abrupta, dados sus altos costos humanitarios y migratorios. El nuevo panorama hemisférico no ofrece certezas, sino un equilibrio inestable: más capacidad de presión para Estados Unidos, pero también mayores riesgos de resultados no controlados.

Juan Negri, director de las carreras de Ciencia Política y Gobierno y Estudios Internacionales de la Universidad Torcuato Di Tella, Argentina. Colaborador de Le Monde diplomatique, edición Cono Sur.

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