Las imágenes ya se olvidaron. Hace 11 años, las milicias antifascistas de las YPG (sigla en kurdo de las Unidades de Defensa del Pueblo), rompían el cerco al que estaban sometidas en Kobane y le propinaban la primera derrota al Daesh, o Estado Islámico, el 26 de enero de 2011. El califato, que parecía imparable en Siria, había encontrado la horma de su bota integrista. Cinco meses más tarde las YPG cortaron las rutas del abastecimiento que los yihadistas recibían desde Turquía (el Estado turco y la izquierda kurda son rivales de larga data). Pero la gran victoria llegaría el 17 de octubre de 2017. Ese día, las YPG junto con aliados árabes y apoyo aéreo de Estados Unidos arrebataron al Daesh su capital, Raqqa.
Una de las características de las zonas liberadas por los kurdos, a contracorriente de otras experiencias políticas de la región, ha sido el involucramiento de las mujeres en la lucha armada y en la gestión del territorio. Ahora, sin embargo, un enemigo histórico de las YPG gobierna Siria. Ahmed al-Sharaa (también conocido como Abu Mohammed al-Jolani) fue en el pasado un líder armado sunnita considerado terrorista por Occidente. Eso no impidió que el presidente estadounidense, Donald Trump, se viera pronto seducido por el carácter de “hombre fuerte” de Al-Sharaa, tanto en su encuentro en Riad de mayo de 2025 como en la visita del nuevo mandatario sirio a la Casa Blanca ocurrida seis meses después.
Los antiguos aliados kurdos de Washington fueron, entonces, abandonados por Trump. El resultado: Al-Sharaa comenzó a hacer su trabajo para “reunificar” el país y torpedeó (literalmente) el intento de autonomía kurda. Atacando las cárceles liberó a los antiguos yihadistas y puso en grave riesgo a Kobane, centro de la experiencia comunitaria y cuasi socialista de Rojava. Las redes sociales vieron entonces cómo algunos integristas celebraban el haber cortado trenzas de combatientes kurdas ultimadas en las calles. Natasha Walter, de The Guardian, publicó el 22 de enero un artículo de opinión titulado “Las mujeres revolucionarias de Rojava están en grave riesgo, y esto tiene consecuencias para todas nosotras”. Ese territorio autónomo que durante una década fue un “bastión de la igualdad de género”, representa, según la articulista, “lecciones importantes en la lucha contra el autoritarismo”.
Por ahora, el riesgo de aniquilación parece haberse limitado y hay cierta negociación, condicionada por las disparidades militares, entre las fuerzas kurdas y el Estado central. Habría una incorporación de combatientes kurdos a las tropas regulares sirias, en especial del Ministerio del Interior, y se respetarían los derechos culturales (como el uso del idioma) en Kobane, pero con una erosión de la autonomía.
Pese a que en su momento salvaron a Occidente de la amenaza islamista más dura, kurdos y kurdas seguirán siendo un pueblo sin Estado.