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Ilustración: Ramiro Alonso

Trump impone

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¡Todos antiimperialistas! La lucha contra la hegemonía estadounidense, percibida antaño como una vieja quimera izquierdista o como síntoma de un “campismo” obstinado, reemergió contra todo pronóstico a principios de este año. El New York Times, usual sostén de las invasiones estadounidenses, se enardece de repente contra el aventurerismo de Donald Trump: “Después de un siglo defendiendo a otros países de los ataques extranjeros, Estados Unidos pasó a ocupar el lugar de una potencia imperial que intenta apoderarse del territorio de otras naciones” (20 de enero). El diario francés Le Monde, que ya sólo usaba este término para describir la política extranjera rusa, recuperó el tono de los años 1970 para fustigar “el nuevo imperialismo de Estados Unidos” (22 de enero). Y cuesta creer que Thierry Breton –que dedicó toda su carrera de empresario a adaptar a Francia al “modelo estadounidense” y a privatizar las infraestructuras– ahora esté arremetiendo contra “la élite neoimperialista” que gobierna en Washington. Ante el calor de su discurso, Darius Rochebin, presentador de la cadena de televisión francesa LCI –que suele mantenerse dócilmente alineado con el Pentágono–, se exalta también y se da aires de Che Guevara.

Este momento de desconcierto –que recuerda al arrebato contestatario de las élites contra el sistema financiero durante la crisis de las subprimes en 2008-2009– da cuenta del pánico generalizado de los analistas ante las iniciativas muy poco diplomáticas del presidente de Estados Unidos. Condenados, para retomar esa expresión que tanto les gusta, a “pensar contra sí mismos”, cada cual cree discernir una “doctrina Trump” que podría explicar el desorden de la escena internacional.

Un primer enfoque consiste en tomarse en serio las declaraciones de la administración estadounidense, y los documentos que produce. Para justificar la operación en Venezuela, el asesor de Seguridad Nacional Stephen Miller explicó: “Vivimos en un mundo regido por la fuerza, la coerción, el poder”, lo cual aparentemente autoriza a Estados Unidos a “recurrir sin vergüenza al ejército para defender sus intereses en su propio hemisferio [...]. Sería absurdo permitir que un país situado en nuestro patio trasero les suministre recursos a nuestros adversarios y no a nosotros” (CNN, 5 de enero). La “Estrategia de Seguridad Nacional”, publicada el pasado diciembre, también retoma la idea de “zonas de influencia”: en vez de intentar garantizar un orden internacional universal, a partir de ahora Estados Unidos debería concentrarse en las zonas consideradas vitales, empezando por el continente americano, “nuestro hemisferio”.

¿Nuestro hemisferio? Trump se erigió en pacificador de Gaza, con la ambición de administrarla a distancia. Se inmiscuye en los asuntos de Irán, amenazando con intervenir con sus militares para derrocar al poder en funciones. Recientemente ordenó bombardeos contra grupos yihadistas en Nigeria y en Siria, mientras aprobaba una venta récord de armamento (11.000 millones de dólares) para Taiwán. Y exige aumentar el presupuesto militar estadounidense en un 50 por ciento, para llevarlo a 1,5 billones de dólares, una suma que sólo los conflictos del continente americano no alcanzan a justificar.

Benoît Bréville, director de Le Monde diplomatique (París). Traducción: Agustina Chiappe.

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