Fernando Peláez, además de docente y magíster en matemáticas, es uno de los escribas más destacados del rock criollo. A principios de siglo abrió camino con De las cuevas al Solís, una profunda y pionera investigación publicada en dos tomos que recorre, tal como su nombre lo indica, el derrotero de las guitarras eléctricas orientales, desde los antros barriales a los telones de terciopelo rojo durante las décadas de 1960 y 1970. Y no ha parado de investigar y divulgar, destacándose, entre otros trabajos, su biografía de Ruben Rada.
Para la serie Discos de Estuario publicó el título dedicado a la banda Días de Blues y su álbum homónimo, con el cual ganó el premio Graffiti en 2021. Este abordaje estaba dentro de lo esperable por parte del autor, ya que una de las premisas de la serie es “elegir un disco que sea importante en nuestras vidas y que haya dejado una impresión duradera”.
A fines del año pasado salió a la luz su segundo aporte al proyecto de Estuario: Pueblo chico, infierno grande / Níquel, sobre el álbum de 1996 que incluye, entre otras canciones, “Chicas de la esquina”, “Playa honda”, “El violín de Becho” y “Demasiados tangos”. De esta manera, los liderados por Jorge Nasser y Pablo Faragó ingresan con justicia a la colección que lleva una treintena de títulos, y va por más.
Con la precisión que lo caracteriza, Peláez relata en la introducción la primera vez que vio a los autores de “Gusano Loco” en vivo: en el teatro Solís, el 9 de octubre de 1991. “La banda iba a presentar el espectáculo denominado De memoria, un homenaje al rock uruguayo de la década del 70, donde interpretarían temas de mis ídolos de la adolescencia como Dino, Psiglo, Los Delfines, Días de Blues, Moonlights, Jesús Figueroa y Urbano Moraes. Esa fue la única motivación para nuestra concurrencia”.
Ese vínculo con los pioneros era suficiente para que De memoria fuera el disco elegido por el autor. También, reconoce, pudo haber sido Gargoland (Acto II), en el que se encuentra la bomba atómica de “Candombe de la Aduana”. Sin embargo, optó por Pueblo chico… ya que también le produjo una impresión duradera y porque, de alguna manera, es una suerte de “Sgt. Pepper’s o Abbey Road a la uruguaya”. Peláez se encarga de sostener esa hipótesis a lo largo de las 262 páginas.
Para la faena cuenta con los testimonios fundamentales de Jorge Nasser, Pablo Pato Dana (bajo), Roberto Rodino (batería) y Francisco Nasser, quien participó en la grabación siendo un purrete. También incluye las voces de Gustavo de León (técnico de grabación), Claudio Picerno (mánager), Gustavo Caputi (gerente de BMG Uruguay) y Guillermo Hernández (tecladista invitado en esa época), y un puñado de consultas puntuales que aportan información precisa, por ejemplo, el periodista Ignacio Martínez, que en el capítulo dedicado a la canción “Chicas de la esquina”, en su calidad de stonólogo, da pistas del subgénero conocido como honky tonk.
La ausencia más notoria, pero previsible, es la del guitarrista Pablo Faragó, quien no participa en nada vinculado a la banda desde hace años y tampoco fue parte del regreso de 2020.
Contrapunto con Darnauchans
El libro se puede dividir en dos grandes bloques y una especie de coda. Del capítulo 1 al 7 repasa de forma sucinta la génesis y el desarrollo de Níquel hasta el momento de entrar a los estudios Sondor a grabar su undécimo larga duración, contando Níquel acústico, Níquel sinfónico y Primate, la recopilación de 1994. Los inicios y sus antecedentes, el contexto musical y social, la explosión y su “contrapopularidad”, y, por último, toda la mise en place del álbum en cuestión. “Poco a poco fuimos despojando la canción de cuestiones musicales pretenciosas”, resume Nasser sobre ese vertiginoso recorrido que los llevó de los pubs porteños de la primavera democrática, cuando sólo eran un dúo con una caja de ritmos, hasta convertirse en la punta de lanza del rock popular uruguayo, con recitales para miles de personas y giras nacionales.
El segundo bloque lo conforman 18 capítulos, uno por cada surco, cumpliendo otra de las premisas de la colección: realizar un análisis canción por canción. El abordaje es tan meticuloso que no queda instrumento o pista por detallar. Desde la transcripción nota por nota de los riffs, la manera que hicieron sonar más grueso el bombo en un tema, o la pifia de Pappo en el minuto 5:38 de “Mal presentimiento”. Es casi obligatorio leer este trabajo con los auriculares puestos y pinchando los temas en el momento oportuno.
Cada uno de estos capítulos se inicia con la “descripción telegráfica” que hace Eduardo Darnauchans en una reseña publicada en setiembre de 1996 en la revista Posdata. Lejos de ser un mero ornamento, Peláez dialoga y contrapuntea con su colega, a veces reafirmando y otras contradiciendo lo expuesto por el Darno, quien expone su frondoso bagaje cultural y da una clase magistral de síntesis y crítica, por ejemplo, en “Mi canción”: “Intro acústica que lleva a un rock and roll-pop. Como en otros casos niquelianos, siguiendo en lo textual la estructura de la balada tradicional. Cada estrofa ataca con ‘Cuando’, como fue en el Medioevo, en Discépolo, en Cohen o en Dylan, y se mata con un estribillo”.
Luego del repaso de cada track cierra con un par de capítulos donde da cuenta de mezcla y masterización del álbum, la creación del arte, y hace un balance del disco en las bateas y lo que generó en el público y la industria, experiencia que sintetiza como un “porrazo contra el techo”.
Peláez expone el nivel de rigurosidad y detalle acostumbrado, pero, como buen docente, trabaja el texto de manera escalonada, para que cada dato sirva de peldaño hacia la información brindada en las páginas siguientes. A diferencia del trabajo anterior, no incluye en citas al pie información complementaria que el lector puede chequear por sus propios medios, así como la definición de términos técnicos, como fuzz o turnaround, que agrupa en un bienvenido glosario junto con la bibliografía. De esta manera, la lectura resulta ágil hasta en los momentos de mayor tráfico técnico.
En definitiva, una pieza más de este rompecabezas esencial de la memoria musical uruguaya, que es de esperar que en el futuro aporte otras aproximaciones a la discografía de las gárgolas orientales y, por qué no, otra incursión del matemático autor. No hay dos sin tres.
Pueblo chico, infierno grande / Níquel, de Fernando Peláez. 262 páginas. Estuario, 2025.