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Ilustración: Ramiro Alonso

Ludopatía, psicoanálisis y el efecto de Montevideo: entrevista con Cristina Peri Rossi

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La reciente aparición en librerías uruguayas de dos obras de Cristina Peri Rossi –la novela La última noche de Dostoievski (Seix Barral) y el libro de cuentos Turbación (Hum)– prolonga el vínculo editorial que la autora ha intensificado en los últimos años con su público, a partir de una serie de reediciones y traducciones (en tiempos recientes varios de sus libros se vertieron al chino, el griego, el japonés y el esloveno, entre otros idiomas), que ha tenido entre sus hitos la publicación del cuidado volumen Cita en Montevideo, una generosa (y novedosa) selección de textos a cargo de Lil Castagnet y Néstor Sanguinetti, con una variadísima galería fotográfica, dado a imprenta por el sello Estuario en 2024 y oportunamente comentado en este medio.

La última noche de Dostoievski no constituye necesariamente una novedad, pues la novela fue publicada originalmente por Grijalbo Mondadori en 1992, aunque, justo es decirlo, resultaba muy difícil encontrarla en librerías. Con un ritmo frenético, pautado por los movimientos de su narrador ludópata, un ser esencialmente nocturno y algo desencantado, la novela encastra muy bien en este presente despersonalizado que vivimos, donde la omnipresencia de las redes sociales y la proliferación de los vínculos virtuales no hacen más que intensificar la soledad del individuo.

El pequeño volumen Turbación, por su parte, sí se trata de un libro inédito, que reúne tres cuentos (“Turbación”, “Sesión” e “Impulso irresistible”) relacionados por el vínculo entre psicoanalista y paciente, entre otros asuntos.

Es justamente en el cuento donde puede calibrarse de mejor forma la variedad de intereses temáticos de la autora, así como su cuidado trabajo sobre las formas breves. En los últimos años, el sello Hum, entre los diversos rescates y reediciones de la obra de Peri Rossi, publicó los libros de cuentos Habitaciones privadas (2014), Los amores equivocados (2016), Desastres íntimos (2022) y Extrañas parejas (2025), que no solo dialogan muy bien con Turbación, sino que ofrecen una muestra cabal de la recurrencia al género por parte de una autora que ha abrevado en la novela –el mismo sello reeditó La nave de los locos (2022), El libro de mis primos (2022), Solitario de amor (2022) y El amor es una droga dura (2023)–, el ensayo y, por supuesto, la poesía (desde el inicial Evohé: poemas eróticos, publicado en 1971 y reeditado por Estuario cuatro décadas más tarde, a La ronda de la vida, editado por Visor en 2023).

Desde Barcelona, Cristina Peri Rossi dialogó con la diaria sobre su doble regreso editorial, las circunstancias de escritura de ambos libros, la condición ludópata, el psicoanálisis y su ciudad natal, entre otros asuntos.

Tanto en la novela La última noche de Dostoievski como en los cuentos de Turbación las figuras del psicoanalista y del psicólogo son clave, no solo como interlocutores de los protagonistas, sino como generadores de la acción. ¿Cómo ha sido su vínculo con el psicoanálisis y de qué forma trabajó esa relación que se produce en una sesión en material literario?

Nunca me psicoanalicé, pero mi mejor amiga en Montevideo fue Aída Fernández, la presidenta de la Asociación de Psicoanalistas de Uruguay, quien me dijo al conocerme que estaba escribiendo un libro sobre psicoanálisis y sexualidad en los artistas, y me propuso mantener conversaciones, casi diarias, sobre la creación literaria, a partir de los libros que yo había publicado hasta entonces: Viviendo, Los museos abandonados, El libro de mis primos, Evohé e Indicios pánicos. También me pidió que no me psicoanalizara nunca y que no leyera textos psicoanalíticos.

No obstante, en nuestras charlas hablábamos de casos que ella trataba, lo que para mí era un intercambio muy enriquecedor. Lo cierto es que yo ya había leído de adolescente a Freud, a Melanie Klein y a otros psicoanalistas. La amistad con Aída perduró a pesar de mi exilio y hasta su muerte. También tenía otras amistades que se psicoanalizaban y me parecía un progreso frente a los métodos de la psiquiatría convencional, pero fui siempre muy escéptica en cuanto a su poder curativo. Satíricamente, yo solía decir que el psicoanálisis era un entretenimiento de la clase media.

En Barcelona me topé con una sociedad mucho menos informada en cuanto a esa disciplina, pero conocí a algunos exiliados psicoanalistas argentinos y confirmé una de mis observaciones: todo psicoanalista es un escritor fracasado. No en vano, el primer deseo de Freud fue ser escritor (quiso aprender español para leer Don Quijote de la Mancha, al que consideraba un ejemplar idóneo del delirio de grandeza). Yo, en cambio, nunca he deseado ser psicoanalista, pero continúo teniendo amigos que lo son.

La última noche de Dostoievski fue publicada hace 34 años, y si bien los avances tecnológicos en las últimas décadas han modificado, en cierto punto, la cuestión de los juegos de azar, noto que la novela dialoga directamente con este presente de hiperconexión permanente. Hay una soledad en el ludópata que se parece mucho a la soledad del sujeto en este mundo hiperconectado. ¿Cómo abordó la cuestión de la ludopatía para escribir la novela?

Si no hubiera existido previamente ese sentimiento de soledad extendido y angustiante, no habría existido la ludopatía. Hasta los animales juegan y experimentan tristeza cuando están solos y buscan el contacto de manera muy frecuente.

La cuestión de la ludopatía para escribir la novela la abordé jugando. Desde pequeña fui adicta a muchos juegos que me ayudaron a comprender el mundo y las relaciones entre las personas. La última noche de Dostoievski tuvo tal importancia cuando se publicó en España que fui invitada al Congreso de Psiquiatría de la Cruz Roja para hablar sobre la ludopatía ante un gran auditorio, no solo de psiquiatras, sino de pacientes ludópatas. Como suponía, el discurso inaugural fue represivo y culpabilizador: los adictos al juego eran culpables de la destrucción de los hogares, de las relaciones, de sus vidas. Para sorpresa de los asistentes, yo comencé diciendo que el problema de los ludópatas no era la adicción al juego, sino la pobreza. El jugador es un perdedor, y si ganara y llegara a su casa con los bolsillos repletos de dinero, sería aplaudido por sus familiares. Nadie dice que un jeque árabe que se juega un millón de dólares es un enfermo, es simplemente un hombre rico que se entretiene jugando. Todo el sistema de culpabilidad que rodea a la ludopatía proviene de la diferencia de clases y de la soledad interior. Mi discurso fue publicado en formato libro, y para culminar –ojalá se me hubiera ocurrido a mí–, el secretario de la Cruz Roja, organizador del congreso, huyó a los pocos días a otro país, llevándose todo el dinero de la institución.

En cuanto a mí, después de escribir la novela, no he vuelto a jugar, pero a veces tengo nostalgias de las vendedoras de cartones en el bingo o de la rubia hollywoodense prestamista en el casino de Parque Rodó.

En cuanto a la lógica y el sistema de funcionamiento de los casinos, en la novela se observa un conocimiento detallado, que va desde el desarrollo de un juego a la figura del fisonomista, ese empleado que estudia los rostros de los jugadores, que “fotografía mentalmente a los clientes”. ¿Hizo trabajo de campo para escribir la novela? ¿Cómo fueron el momento y las circunstancias de escritura de La última noche de Dostoievski?

La idea de escribir la novela no fue el motor inicial. El motor inicial fue, por supuesto, la soledad y la falta de arraigo. Poco tiempo después de frecuentar casas de juego, ya no eran solo casas de juego, sino que eran ya mi casa. Conocía a las vendedoras de cartones, a las prestamistas, a las recepcionistas, y ellas sabían quién era yo. Esto facilitaba la familiaridad. Por ejemplo, recuerdo una noche en que iba perdiendo, pero me empeñaba en seguir jugando, que una de las vendedoras se acercó y me susurró al oído: “Váyase a su casa y vuelva mañana”. Creo que esto fue una clara advertencia de que debía escribir la novela y dejar de jugar.

Jorge, el protagonista de la novela, conoce muy bien no solo la relación de Fiódor Dostoievski con el juego, su complicada condición de ludópata, sino que maneja detalles puntuales de los libros y de la propia biografía del escritor ruso. ¿Cuán gravitante fue Dostoievski en su condición de lectora y al momento de escribir el libro?

No tengo una relación especial con la obra de Dostoievski, a quien leí en la adolescencia y no he vuelto a leer más que episódicamente. En todo caso, el libro que más me atrae de él es El príncipe idiota. Para escribir la novela solamente busqué algunos datos en una pequeña biografía. Nunca leo cuando escribo sobre un tema. Quizás he leído hace años y algo quedó en mí. Solo verifico algún dato si me resulta necesario. Curiosamente, hace unos meses encontré una pequeña reseña sobre Dostoievski, en la que el crítico y yo coincidíamos: el mejor Dostoievski es el de El príncipe idiota, y si Freud pudiera hablarnos creo que diría lo mismo.

Leí en una entrevista que concedió hace algunos años que consideraba a la novela “el género más fácil de escribir sin talento”. ¿Sigue pensando lo mismo? ¿Cómo es su relación con el formato novela?

La prueba de la facilidad de lectura del género novela es que casi todo el mundo ha leído varias; en cambio, pocos leen poesía. Julio Cortázar, por ejemplo, me decía que en muchos de sus viajes en tren de París a Barcelona leía novelitas de Corín Tellado, pero que jamás se le hubiera ocurrido leer a Baudelaire. Existen novelas mediocres de gran éxito, o a veces incluso malas, porque atraen por su trama, sus escenas eróticas o sus juicios políticos; en cambio, la poesía exige una capacidad de metáfora, de lirismo, o aun de ritmo, completamente diferente. Narrar narran hasta los niños pequeños, pero escribir y entender “soy la Casandra en la noche oscura de los significantes” (perdón por autocitarme) exige una operación mental mucho más sutil y elevada.

Para mí no hay predominio de un género sobre otro. Escribo novela, relato, poesía o ensayo según mi estado de ánimo y mi inspiración del momento. Cortázar decía que la novela se gana por puntos y el cuento por nocaut; yo digo que lo que se gana por nocaut es la poesía.

En los últimos años se ha venido dando una serie de reediciones de obras suyas. Por ejemplo, el sello Hum reeditó La nave de los locos y Desastres íntimos, entre varios títulos, y ahora Seix Barral ha hecho lo propio con La última noche de Dostoievski. ¿Suele releer los libros para realizar ajustes o introducir cambios? Me gustaría saber cómo se vincula con obras suyas aparecidas varios años atrás, décadas antes incluso, al momento de volverlas a dar a imprenta.

No suelo releer mis libros publicados ni siquiera cuando se reeditan. Si el editor me hace alguna consulta, puedo volver al texto, pero generalmente conservo lo escrito. Mi proceso de escritura es directo, prácticamente no corrijo y tampoco sé dictar. Casi siempre parto de una imagen o de un verso que se me ocurrió espontáneamente, pero, por supuesto, estas cosas no están aisladas en mi interior, sino que forman parte de la meditación, del sueño, de las imágenes, Yo no podría describir el camino, pero sí afirmar que, una vez escrito, no cambio prácticamente nada ni corrijo.

¿Cómo es su relación actual con Montevideo?

Es una relación de amor, aunque sea un amor desplazado en el tiempo y en la geografía, pero se ama también lo que se pierde y mucho más lo que se desea. A la distancia siempre recuerdo el parque Rodó y el casino, la cafetería Tupi Nambá, la figura del indio herido de la calle Cebollatí, la Feria del Libro, la Biblioteca Nacional, la plaza Zabala, el viejo Sorocabana, la plaza Atahualpa y, especialmente, la casa de mi abuela y mis tías maternas, en San Martín, frente al Café Colón. He vuelto algunas veces, hace años, y mi madre, que era una mujer muy inteligente, a la semana de estar allí me decía: “Ya tenés cara de Montevideo”. No tenía ninguna esperanza de volver a publicar en mi ciudad natal, y tengo que agradecerles a Martín Fernández –de la editorial Hum, que ha editado más de 15 de mis libros– y a Camila Guillot [editora del Grupo Planeta en Uruguay], por La última noche de Dostoievski, que me han hecho volver de la mejor manera.

Turbación. 108 páginas. Hum, 2026. La última noche de Dostoievski. 248 páginas. Seix Barral, 2026.

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