Fin de semana Brasil

Caminata de apoyo al presidente y candidato presidencial de Brasil, Luiz Inácio Lula da Silva, en Río de Janeiro.

Foto: Pablo Porciúncula, AFP

Elecciones en Brasil: una primera vuelta electoral clave, con la soberanía como eje

Los votantes decidirán el domingo si el mayor país de América Latina girará hacia la extrema derecha, en consonancia con la región, o si reafirman la continuidad de Lula.

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La campaña en Brasil llega a su final con la disputa, nuevamente, entre el actual presidente Luiz Inácio Lula da Silva y un miembro de la familia Bolsonaro. Con el expresidente Jair Bolsonaro en prisión por intento de golpe de Estado, la candidatura recayó en su hijo mayor, Flávio, que, como el resto de sus hermanos varones, está en la arena política.

Esta fue una campaña signada, no por la discusión de propuestas, sino por el eje soberanía/injerencia, debido a las múltiples maniobras que el presidente estadounidense, Donald Trump, ha desplegado, por lo menos desde julio de 2025, cuando catalogó el juicio a Jair Bolsonaro como una “caza de brujas” y colocó a la mayor economía de América Latina los aranceles más altos, solo empatados con India y superados por los impuestos a China.

Aunque la diplomacia brasileña insistió en negociaciones con Washington, el discurso de Lula fue firme en cuanto a defender que “Brasil es de los brasileños”, frase que hoy se lee en remeras y gorros de militantes. El discurso contra la intervención de Estados Unidos tomó mayor notoriedad internacional cuando, a menos de un mes para las elecciones, Lula expresó en la Asamblea General de la Organización de las Naciones Unidas que “Brasil no es el patio trasero de nadie”, otra consigna que la militancia de izquierda celebró.

El profesor del departamento de Ciencia Política de la Universidad Federal de Minas Gerais y miembro del consejo rector de la fundación Perseu Abramo (un think tank creado por el Partido de los Trabajadores en 1996) Juarez Guimarães plantea la campaña en estos términos: “No podemos interpretar esta elección como una disputa electoral en el interior de la democracia, ya que la fuerza representada en la candidatura de Flávio Bolsonaro es la extrema derecha, por lo tanto, una fuerza antidemocrática”. Señala, asimismo, que si bien el bolsonarismo ha logrado ganar terreno mediante las iglesias evangélicas pentecostales y las clases dominantes que mueven sectores como el agronegocio, eso no hubiese bastado para que el proyecto creciera como creció. Afirma que su éxito se explica, en cambio, en que no son fuerzas organizadas a nivel nacional. “No es concebible la creación del bolsonarismo desde su inicio sin su retaguardia norteamericana en el trumpismo”, sentencia.

Ese respaldo es el mismo que para el analista explica por qué Flávio Bolsonaro sigue disputando la elección aun cuando identifica debilidades en su candidatura en este momento. La primera es que no logró unificar a los candidatos a la presidencia como lo hizo su padre, y hoy hay más de un candidato de extrema derecha. Tampoco consiguió el apoyo anticipado de los partidos del Centrão, aquellas fuerzas políticas que en cada elección definen hacia dónde se mueven, aunque prácticamente siempre lo hacen hacia la derecha. Este segundo punto, para Guimarães, tiene “repercusiones en términos de alianzas regionales, así como en los tiempos de publicidad en televisión, por ejemplo”. A esto agrega que en Río de Janeiro, Estado base del bolsonarismo, “sus principales liderazgos públicos están hoy presos o procesados por corrupción y vínculos con organizaciones criminales”.

Fuera del eje de la injerencia, un mojón importante fue la revelación del vínculo entre Flávio Bolsonaro y el exbanquero Daniel Vorcaro, preso de forma preventiva desde hace ocho meses por el mayor fraude financiero en la historia de Brasil. Bolsonaro le pidió a quien era dueño del Banco Master, a quien llamaba “hermano”, que financiara una película sobre su padre, Dark horse. La suma de dinero requerida superaba los 11 millones de dólares. La Policía Federal investiga cuál fue el destino de esos fondos.

La noticia, que inicialmente golpeaba a la figura del candidato presidencial, dio un giro al conocerse la vinculación de Vorcaro con el estudio de abogados de la esposa del juez del Supremo Tribunal Federal, Alexandre de Moraes, archienemigo de la dinastía Bolsonaro por haber llevado adelante el juicio al exmandatario. Además de la relación con la esposa, se conocieron varios mensajes de Vorcaro directamente a De Moraes. Esta relación, que aún no ha sido investigada, ha dado al candidato de la ultraderecha más motivos para apuntar contra el sistema judicial brasileño y catalogar el Estado actual como “dictadura”.

Otros dos elementos podrían haber movido algo la aguja en los últimos días. Por un lado, la decisión del actual presidente de prohibir las apuestas en línea, que son motivo de fuerte endeudamiento de muchas familias brasileñas. Por otro lado, las fake news en las que se afirmaba que, en caso de ser electo, Bolsonaro quitaría el título de patrona de Brasil a Nossa Senhora Aparecida. Ese fue un proyecto presentado en el parlamento por una figura cercana a Bolsonaro, el exlegislador y pastor evangélico Victório Galli Filho, pero fue archivado en 2008. Sin embargo, fue el propio Bolsonaro quien infló el tema al acusar a la Conferencia Nacional de Obispos de Brasil de haber fogoneado la difusión de esa noticia falsa, lo que llevó a que la Conferencia saliera a responderle que “la mentira no se combate con otra mentira”.

Sin embargo, el último giro de la campaña ocurrió cuando el jueves el debate presidencial en O Globo fue cancelado a última hora.

Cada cual por su lado

Cuando Flávio Bolsonaro anunció que declinaba participar en el debate, a horas de su comienzo, la militancia de izquierda lo celebró como una victoria en los descuentos porque la intención del candidato ultraderechista era exponer, así lo había expresado, la “cobardía” de Lula, que había anunciado un día antes que no participaría y que, en cambio, concedería en ese horario una entrevista al podcast Flow. Bolsonaro se bajó en protesta por dos decisiones del Supremo Tribunal Electoral y del Supremo Tribunal Federal que fueron informadas al multimedio poco antes de que comenzara el intercambio. El primer tribunal prohibió que durante el debate se exhibiera una silla vacía con el nombre de Lula y que se hicieran preguntas al candidato ausente. El segundo obligaba a que se incluyera al candidato Renan Santos, del partido Misión, quien se había quejado públicamente de no haber sido invitado. El medio terminó por cancelar el debate por entender que ambas decisiones rompían las reglas acordadas con anticipación.

Para los votantes de Lula, la lectura fue que Flávio no se animó a enfrentarse a Santos, un candidato tan de extrema derecha como él, y que, a diferencia de los otros candidatos de la derecha, lo critican tanto a él como al actual presidente.

El jueves se tornó una noche decisiva en la comunicación de ambas campañas. Flávio organizó un live de último momento al que invitó a distintas figuras del Partido Liberal a lo largo de las casi dos horas y media en las que se mantuvo conectado con su audiencia. Si bien cuando anunció que desistía de participar del debate y que en cambio se comunicaría por esta vía, su convocatoria fue “debatir con la ciudadanía” y exponer sus propuestas, la única presentada fue el recambio de asientos en el Supremo Tribunal Federal, en el que el próximo presidente podría nombrar cuatro nuevos nombres en lugar de los cuatro jueces que se jubilarán próximamente.

Paradójicamente, el primer punto abordado por quienes secundaban a Flávio Bolsonaro fue que “la única forma de que Brasil vuelva a ser una democracia, con libertad de prensa, libertad para manifestarse en redes sociales y elegir un candidato sin interferencia del poder judicial” es votándolo. Una idea que viene trabajando el bolsonarismo desde hace varios días y de la que se hicieron eco el viernes varios exponentes es que la ciudadanía no tiene que votarlo por considerarlo necesariamente el mejor, sino para darle un “voto de indignación al único candidato con posibilidad de sacar al PT [Partido de los Trabajadores] el domingo”. En ese sentido, se reiteró el llamado a los candidatos de derecha Ronald Caiado, Augusto Cury y Romeu Zema a desistir de sus candidaturas. A cambio, a Caiado se le ofreció asumir el Ministerio de Seguridad Pública en un eventual gobierno de Flávio Bolsonaro.

Por otro lado, los primeros invitados de otros estados a los que Bolsonaro contactó por videollamada desde Río de Janeiro fueron los candidatos al Senado por Santa Catarina, bastión del bolsonarismo, Carlos Bolsonaro –hermano del candidato– y Carol de Toni. El mensaje de Carlos fue: “No se puede seguir diciendo que Flávio es de extrema derecha: Flávio es de extrema necesidad”.

Para cerrar el círculo familiar, el último invitado a emitir su mensaje fue otro de los hermanos, Eduardo Bolsonaro, en su caso desde Estados Unidos, donde mantiene una extrema cercanía con el gobierno de Trump. Desde su escritorio, con las banderas de Estados Unidos e Israel de fondo, expresó: “Nunca vi una campaña internacional en la que un candidato [Flávio], que nunca fue presidente, ya haya sido recibido por tantos jefes de Estado”. Hizo especial referencia al respaldo recibido por “Colombia, [el presidente chileno] José Antonio Kast, y ni que hablar de [Javier] Milei”. El mandatario argentino había vuelto a insultar a Lula a tres días de las elecciones.

Por su parte, en diálogo con el periodista Igor Rodrigues Coelho, Lula aseguró que no estaba dispuesto a debatir con alguien que no tiene “calificación ni para ser administrador de un edificio” y al que acusó de haber convertido a “un prestamista en banquero”, mientras que él “transformó a un ladrón en prisionero”, en referencia a Vorcaro.

El vínculo de su gobierno con el de Estados Unidos y el de la familia Bolsonaro con Trump fueron parte importante de la conversación. Lula dijo a Trump: “Yo no quiero guerra contigo, lo que quiero es disputar tu narrativa”. En ese sentido, insistió en que es falso el argumento de que los altos aranceles fueron colocados a Brasil porque Estados Unidos tenía un déficit comercial, ya que tuvo un “superávit de 415 millones de dólares durante 15 años”. De todos modos, aseguró que “en vez de quedarse llorando con Trump”, salió a buscar aliados a los que venderles y que, actualmente, el incremento de otras alianzas superó lo perdido por el golpe arancelario. Además, manifestó que “Trump sabe que Brasil tiene cosas que precisa”, en referencia a algunos minerales. De todas formas, el golpe más fuerte fue para Flávio. Lula dijo que Trump, “como mandatario estadounidense, dice querer enriquecer a Estados Unidos” con los altos aranceles, mientras “mi adversario es un traidor a la patria, que pidió dinero a Vorcaro para mandárselo a su hermano Eduardo y que este permanezca en Estados Unidos hablando mal de Brasil”.

Lula aseguró que si él no estuviera “para enfrentar a estos fascistas, ellos ganarían con facilidad”. Pero, concluyó: “Mientras esté vivo seré un obstáculo para ellos para que el fascismo no vuelva a este país”.

El mandatario dedicó sus minutos finales a enviar dos mensajes. Uno, para los mayores de 70 años que ya no tienen la obligación de ir a votar. Los convocó a hacerlo por sus hijos, por sus nietos. Pero, quizás el más significativo, fue el segundo, dedicado a los jóvenes. A ellos no los invitó a votarlo, sino a involucrarse en la política. “¿Por qué en vez de quedarte enojado no entrás en la política? El político honesto que querés está adentro tuyo. No te quedes enojado pensando que nadie vale la pena, porque la persona que querés que yo sea, tal vez seas tú. Yo ya estuve en tu lugar, tú puedes ser yo mañana”, dijo a la juventud brasileña.  

Fuera de los focos

Aunque prácticamente no se haya hablado de ellos, detrás de Bolsonaro y Lula hay planes de gobierno en los que, desde sus primeras líneas, se definen los dos modelos de país en disputa. El del candidato de la ultraderecha defiende en su presentación la tríada Dios, patria y familia. “Nuestra forma de gobernar permanece fiel a valores que consideramos irrenunciables y que sustentan a la sociedad brasileña: el respeto a la libertad, a la familia, a la vida desde la concepción, a la propiedad privada, a la democracia, a la libertad de expresión y a la libertad religiosa”, es el párrafo que en la introducción abre el capítulo “Nuestros valores”. A propósito de los pilares de este modelo, Guimarães habla de la “crisis de los universales del bolsonarismo” pues entiende que, por distintos lados, esas bases han sido jaqueadas. En cuanto a la defensa de la patria, considera que perdió credibilidad por su alineación explícita con el trumpismo. Y, en cuanto a la defensa de la familia, sostiene que pierde valor desde el momento en que Bolsonaro tiene un candidato a vicepresidente, Alfredo Gaspar, acusado de haber violado a una menor de edad.

A continuación, el programa expresa que Brasil “precisa una alternativa liberal y conservadora”. Y, acto seguido, se plantea una crítica a las políticas de los gobiernos de Lula, como el plan Bolsa Familia –aunque sin mencionarlo explícitamente–, bajo el argumento de que “el papel del Estado no es tornar a las personas dependientes del gobierno, sino crear condiciones para que las familias conquisten autonomía”.

El programa abre con el capítulo seguridad titulado “Vivir sin miedo”, y tiene como segunda medida la disminución de la edad de imputabilidad de 18 a 16 años, una iniciativa que a Uruguay no le es ajena. También se promete penalizar a los mayores de 14 años que cometan delitos graves como asesinato, violación, tráfico y tortura, porque “quien comete un delito como un adulto será sancionado como un adulto”.

También se anuncia la construcción de cinco cárceles de máxima seguridad “adoptando el modelo de El Salvador”. En cuanto al accionar policial, se anticipa que el “delincuente armado con fusil en la mano va a ser abatido por las fuerzas de seguridad”. También que, con el respaldo del Parlamento, se implementará la castración química a quienes abusen de niños y mujeres.

Otro eje del plan de gobierno es “Brasil más barato”, tema en el que Bolsonaro ha hecho más énfasis durante su campaña. “El pueblo se siente humillado al ir al supermercado. De nada sirven las promesas de picaña y cervecita cuando, a la hora de pasar por la caja, el carro está cada vez más vacío y la cuenta cada vez más alta”, se puede leer al comienzo. Como solución, plantea la reducción del IVA, mejorar el costo del transporte “entre el campo y el supermercado” y apoyar la producción nacional de fertilizantes, utilizando los minerales que posee Brasil, como el potasio y el fósforo.

La contracara de este plan de gobierno es el “programa para la transformación de Brasil” del presidente Lula, que tiene como objetivo primordial “derrotar el proyecto liberal-conservador para seguir construyendo un Brasil popular, democrático, soberano y justo”.

A tono con el eje de la soberanía como tema que atravesó esta campaña, la presentación del plan para un cuarto período del actual mandatario pretende “ampliar la capacidad de planificación del Estado brasileño, fortalecer la base productiva y tecnológica, democratizar el presupuesto público, reafirmar la soberanía nacional y enfrentar las amenazas externas que ignoran los intereses del pueblo brasileño”. “No hay desarrollo sin soberanía en áreas estratégicas, capacidad industrial, dominio tecnológico y proyecto nacional. Seguimos adelante con un proyecto de desarrollo para Brasil y por Brasil, basado en nuestros intereses, y no en los intereses de otras potencias”, se defiende desde el comienzo. En cuanto al vínculo con otros países, se afirma que durante el gobierno Bolsonaro el país quedó “aislado” del resto y la diplomacia brasileña se vio devaluada.

En otro orden, se expresa que el “retroceso más visible” durante el período de Jair Bolsonaro fue la vuelta de Brasil al Mapa del Hambre de la ONU, de donde Lula logró sacarlo nuevamente al asumir su tercer mandato. En materia económica, se resalta que el país también volvió a colocarse entre las diez mayores economías del mundo y a crecer en el entorno del 3% anual. Asimismo, se defienden las reformas tributarias hechas durante estos cuatro años, como el llamado “impuesto a los superricos”. Esta iniciativa es la que más ha sacado a relucir en estos meses el exministro de Economía y actual candidato a gobernador de San Pablo Fernando Haddad. Tanto en sus actos como en el debate realizado esta semana con el actual gobernador, que va por la reelección, Tarcisio de Freitas, el economista defendió que “140.000 brasileños superricos empezaron a pagar impuestos para que 15 millones de brasileños que ganan hasta 5.000 reales dejaran de pagar”. 

En el programa del actual presidente, la seguridad también ocupa un lugar importante. Se promete avanzar hacia la construcción de un Sistema Nacional de Seguridad Pública, que permita una mejor articulación entre el ámbito estadual y el federal, así como fortalecer el programa Brasil Contra el Crimen Organizado, lanzado en mayo. En ese sentido, se afirma que se “avanzará en el enfrentamiento al tráfico de armas, en la asfixia financiera al crimen organizado y en el fortalecimiento de la seguridad en el sistema penitenciario”.

Se hace también fuerte referencia a la seguridad en las fronteras amazónicas en cooperación con los países de la Organización del Tratado de Cooperación Amazónica. En el caso de Flávio Bolsonaro, la mayor apuesta en la coordinación de políticas de seguridad es la incorporación de Brasil al Escudo de las Américas de Trump. El plan de gobierno de la izquierda se propone, además, continuar con “el combate a la minería ilegal como prioridad estratégica”.

En materia de educación, se profundizarán los programas de apoyo para acceder y permanecer en la universidad, como el llamado ProUni, así como la construcción de escuelas de tiempo completo. Fueron precisamente los avances en el acceso a la educación para las clases trabajadoras durante sus mandatos los más difundidos por Lula en la campaña.

Últimos sondeos

Las encuestas publicadas esta semana por Datafolha, Quaest, Atlas/Bloomberg y Nexus muestran un escenario de primera vuelta en el que el presidente Lula tiene una ventaja de hasta cinco puntos porcentuales sobre Bolsonaro, pero en ningún caso con un techo mayor al 46%. Para ganar en primera vuelta, se necesita el 50% más uno de los votos válidos. Si se observan las proyecciones hacia un eventual balotaje, las distancias se acortan hasta quedar dentro del margen de error. El último sondeo publicado fue el de Datafolha, el jueves, que mostró a Lula con un respaldo del 45% sin contar los votos en blanco, nulos e indecisos (17%), frente al 40% que alcanzaría Bolsonaro. En una posible segunda vuelta, Lula cosecharía un apoyo del 48% frente al 45% de su contrincante.

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