Nacional, Sociedad

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Graciela González, en el predio de una productora de Solís Chico, prueba unos pétalos de caléndula.
Graciela González, en el predio de una productora de Solís Chico, prueba unos pétalos de caléndula.

Tierra de mujeres

Producción de hierbas aromáticas y medicinales.

No muy lejos de Montevideo, unos 70 kilómetros hacia el noreste, la película es completamente diferente de la que se vive en la capital. La mirada puede extenderse hasta llegar al horizonte. Hay campo y más campo, casas desperdigadas, animales pastando, cursos de agua de por medio, caminos angostos y desparejos. Los pobladores son cada vez menos respecto de décadas atrás, cuando la zona llevaba una dinámica economía en torno a la fábrica de remolacha azucarera Rausa, que cerró a comienzos de la década de 1980. Ante las penurias económicas y combatiendo la clásica organización familiar, un grupo de mujeres se abrió camino a partir del cultivo de hierbas aromáticas y medicinales. Formaron la cooperativa Calmañana, experiencia que sirve de referencia para que otras mujeres se organicen.

la diaria participó el pasado jueves en la jornada “Formación e intercambio de experiencias en producción y procesamiento de hierbas aromáticas y medicinales”, organizada por el Área de Agroecología de la Asociación de Fomento de Pequeños y Medianos Productores de Villa Nueva de Sauce, en coordinación con el Centro Uruguayo de Tecnologías Apropiadas (Ceuta). Se hizo un recorrido por tres predios rurales de Tapia, Solís Chico y Migues, al noreste del departamento de Canelones. Participaron productores y productoras de los alrededores de Sauce, que en torno al Área de Agroecología han comenzado a comercializar productos agroecológicos en Montevideo.

Las pioneras

Calmañana está constituida por tres grupos formados en torno a tres zonas geográficas: Pedernal (próximo a Tala), Gardel (entre Migues y Tala) y Tapia. Los dos primeros grupos nacieron en 1987, Tapia surgió en 1991. La cooperativa como tal fue creada en 1996 y reúne actualmente a 18 mujeres.

Graciela González, integrante del grupo Gardel y fundadora de Calmañana, explicó a la diaria que comenzaron a relacionarse a partir de la iniciativa de un ingeniero agrónomo y una asistente social que trabajaban en la Sociedad de Fomento Rural de Migues: “Tuvimos dos años de reflexión, charlando sobre qué era lo que hacíamos en el campo. Empezamos a tener a quién contarle -por lo menos dos veces por mes- todo aquello que nos era cotidiano, nuestras dificultades y lo que significaba el hecho de salir, porque en esa época en el campo la mujer no salía más que a la casa de un vecino cuando estaba enfermo”.

Graciela explicó que la asistente social, Kiray de León, les presentó una experiencia de trabajo con hierbas aromáticas y al tercer año de formado el grupo, De León comenzó a venderlas, puerta por puerta, en Montevideo. El sistema de comercialización no fue sencillo. “Recién de ocho años para acá estamos mejor en el tema de negocios, cuando hicimos un contrato con una empresa de venta [distribuidora], porque siempre nos fue muy mal en el tema de negociar”, relató Graciela.

Al principio el grupo sólo producía hierbas aromáticas, que actualmente son comercializadas bajo la marca Campo Claro. La cooperativa vende el producto fraccionado y, además de plantar, hace el proceso de secado, envasado y comercialización. En 1999 comenzaron a producir hierbas medicinales, en el marco de un convenio de trabajo con la herboristería Botica del Señor y Ceuta. Actualmente les venden hierbas medicinales a granel a esa herboristería, a Cabral y a Homeopatía Alemana.

Todo lo que plantan es de forma orgánica. Las integrantes del grupo de Tapia explicaron que al principio sólo trabajaban de esta manera en las fracciones destinadas a la producción de hierbas y que luego extendieron esta forma de producción a todos los predios.

Además de las hierbas, las familias plantan hortalizas para el autoconsumo y granos para los animales de granja. Algunas trabajan la tierra con tractor, pero utilizan bueyes. Las integrantes del grupo relataron que la actividad relacionada con las hierbas “pasó de ser una ayuda a las mujeres y un ingreso propio a ser, en la mayoría de los casos, el ingreso principal”.

El proceso de secado de las hierbas es todo un tema. Graciela contó que al principio las secaban “simplemente al sol, pero en el correr de los años se hicieron proyectos de prueba de secaderos”. Para muchos de los secaderos consiguieron financiamiento internacional, pero con esto sólo no alcanzaba, porque los modelos de secaderos no eran completamente extrapolables. “Hoy, después de 20 años, empezamos a crear nosotras mismas técnicas propias de secaderos; lo hicimos viendo cómo iba quedando la hierba y pensando en cómo hacerlo de forma más económica y con lo que tenemos en la zona”, dijo. Explicó que los que están construyendo ahora tienen las paredes de barro y el techo de nailon.

Las integrantes comparten salas de envasado que cumplen con las normas bromatológicas; también tienen invernáculos para las plantaciones durante el invierno. Todas las integrantes de la cooperativa aportan al Banco de Previsión Social.

Las réplicas

Actualmente, Calmañana trabaja en un proyecto social, incorporando a tres grupos de mujeres en la parte medicinal. Por otra parte, la experiencia ha servido como referencia para otras mujeres de la zona de Migues. En 2008, Kiray de León volvió a recorrer los predios rurales de Migues para invitar a mujeres a formar otro grupo, con el apoyo de integrantes de Calmañana. En mayo de 2009 se formó el grupo Mujeres Productoras de Huertas y Hierbas Orgánicas, compuesto por 26 mujeres del área de la Sociedad de Fomento Rural de Migues, que, al igual que Calmañana, está dividido en subgrupos geográficos (Solís Chico, Ruta 108, Noya y Murumi).

Sólo una parte de las mujeres se dedica a la plantación de hierbas. La mayoría realiza únicamente la actividad de huerta, pero esto constituye un gran avance porque, aunque no lo parezca, no es tan común tener una huerta en el campo.

Graciela explicó que alrededor de la década de 1970, quienes llevaban planes de producción a la zona estimulaban que se plantara para vender y que lo que fuera para autoconsumo se comprara. Así, cada familia dejó de hacer las huertas de antaño. “Vivo a tres kilómetros de donde pasa el ómnibus y no sé andar en moto ni en camioneta. Acá consumimos lo que tenemos, no salimos a comprar verduras”, relató María, productora de Solís Chico. La locomoción no abunda y la verdura “en el pueblo” es cara porque proviene del Mercado Modelo, de Montevideo.

El otro valor destacado es la condición de plantar orgánicamente. “Uno aprende a comer de otra manera, a comer sano, nada de químicos”, relató una integrante. “Que la familia pueda tener una dieta balanceada, que no dependa de ir al pueblo”, destacó otra compañera.

La virtud realzada por todas es la posibilidad de reunirse y compartir experiencias, entablar vínculos cercanos y agradables. También se han planteado replicar su experiencia para “continuar la cadena”, dicen, y están yendo a escuelas de la zona, donde maestros y alumnos están interesados en retomar una experiencia que también era común en las escuelas rurales y que, pese a sus buenos logros, se discontinuó.