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Fuera de sección | Miércoles 18 • Mayo • 2016

Escuela de Mecánica de la Armada, Buenos Aires. Foto: Iván Franco (archivo, julio de 2012)

Área de recuerdos

Tengo un recuerdo inventado que me acompaña desde la niñez: ronda el mes de marzo de 1976. Caminamos con mi madre por el barrio, tomadas de la mano. Yo tengo cuatro o cinco años. Ella tiene una panza enorme, está embarazada de mi hermano mayor. Caminamos apuradas, disimulando un trote miedoso. Su expresión lo explica todo. Doblamos la esquina al divisar un tanque de guerra.

◆ ◆ ◆

Nací en Buenos Aires en 1979, mi hermano mayor tenía tres años y medio. De la dictadura sólo recuerdo lo que me contaron. Se habló mucho, muchísimo de aquellos años, de los ideales, de las medidas de seguridad, de quienes un día faltaron y nunca más se supo de ellos.

Había un muchacho que estudiaba Filosofía con quien mi padre compartió una materia. Solo una, porque estudiaban carreras diferentes. Pero el examen final lo prepararon juntos. Este muchacho, además, era poeta. La noche anterior al examen intercalaron mates con café y apuntes con poemas. Salieron de mañana apurados a la facultad y el poeta dejó olvidada su carpeta literaria.

Era época de Isabel y López Rega; la facultad fue clausurada dos cuatrimestres. Cuando retomó la actividad, mi padre llevó diariamente la carpeta entre sus cuadernos y libros, pero no volvió a encontrar a ese poeta.

Tampoco volvió a leer los textos. Sin embargo, a lo largo de los años, esa carpeta lo siguió acompañando. Llegó un momento en el que el nombre del muchacho pasó al olvido, sobre todo porque sus escritos estaban firmados con un seudónimo, pero ante cada mudanza la carpeta fue puesta en la pila de cosas “A definir”, y cada vez, sin saber bien por qué, terminó en la caja de “Recuerdos” o de “Filosofía y Letras”, según.

El domingo 16 de junio de 2013 mi padre leía el diario, como en cada desayuno. En un recuadro bajo y pequeño se encontró con la mirada de aquel poeta. En la foto no tenía la barba y el pelo a lo Marx que usaba cuando se conocieron; estaba afeitado y prolijo. Pero la mirada intensa y de pibe bueno sacudió la memoria. Se cumplían 37 años de la desaparición de Esteban y la familia le rendía homenaje. Se lo llevaron a él, de 24 años, y a su esposa, de 23, del apartamento que compartían en el barrio de Caballito. Cuatro días después, con 23 años y medio, mis padres tenían su primer hijo. La familia buscaba a Esteban desde entonces, y la publicación que impactó a mi padre tenía una dirección de correo electrónico para cualquier información que se pudiera aportar.

Luego de buscar, sin suerte, en los apuntes de la facultad, fue al área de recuerdos; le llevó unas cuantas horas, pero encontró los originales. Escribió a la dirección de correo de la familia:

“Estimadas sobrinas, hermano y padres de Esteban: No tengo para darles información precisa sobre Esteban, pero sí tengo algo que refleja fielmente su condición humana: sus poemas y narraciones.

Creo que fue en 1974 y 1975 que nos conocimos en una materia de la facultad, y en una noche de estudios dejó su carpeta en mi casa. Nuestra amistad fue efímera, porque la facultad estuvo cerrada por varios meses y no lo vi más. Nunca supe dónde vivía. Intenté ubicarlo durante unos años, pero nadie sabía de él.

Agradezco a la vida haber visto vuestro recordatorio en el diario. No estaba seguro de haber conservado los textos, pero aquí estoy con cincuenta hojas escritas a mano y firmadas con el seudónimo ARANMAGA.

Estoy emocionado por la posibilidad de reintegrar estos textos a sus seres queridos y conmovido por poder acompañarlos en su lucha contra el olvido.”

La respuesta demoró cuatro meses. Durante años, en esa casilla de correos la familia sólo recibió agravios y amenazas, por lo que fue perdiendo el hábito de revisarla.

Se comunicó el hermano, sus padres ya habían muerto; pero además de él, sus cuatro hijas estaban ansiosas por leer a su tío.

Se encontraron pocos días después. El acto de entrega de textos fue entre lágrimas de todos. El hermano contó que ambos eran empleados del mismo banco, que la noche anterior a la desaparición de Esteban cenaron en familia por el cumpleaños de su madre. En la mañana lo llamaron porque su hermano había faltado al banco sin aviso. De inmediato fue a buscarlo. Vio su auto estacionado a la vuelta. Tocó varias veces el timbre, sin obtener respuesta. Una vecina lo ayudó a entrar: estaba todo revuelto y la pareja no estaba. No volvieron a saber de ellos. Su mamá adhirió de inmediato a Madres de Plaza de Mayo y murió en 2010, militando hasta el último día. Su padre fue gendarme y murió en 2001 pensando que su hijo se había equivocado. Nunca dejó de identificarse con las fuerzas armadas ni entendió lo que había pasado. Acompañaba a su esposa a las actividades de las Madres, pero se quedaba molesto a un costado.

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Hace unos días, Lorena, una compañera que está estudiando lenguaje de señas, escribió en Facebook que su profesora les contó que nació sorda y con la cara quemada por tanta picana que le dieron a su madre estando embarazada. Esa noticia chiquita, esa puñalada profunda, me retrotrajo a 2013, al encuentro de mis padres y la familia del poeta bueno de mirada intensa. A esta profesora los milicos y sus cómplices la dejaron sorda antes de nacer; a Esteban lo enmudecieron durante 37 años.

Nada se compara, desde ya, con la vida, tampoco con la muerte. Los familiares de desaparecidos no tienen ninguna de las dos.

Se ha dicho que después de tantos años, exigir justicia es perseguir venganza, que se debe apelar a sentimientos humanitarios frente a quienes hoy son ancianos desvalidos, que se debe buscar la reconciliación social. La venganza supone la existencia de un daño previo y no es otra cosa que la búsqueda de justicia por mano propia.

Quien pide justicia, rechaza el camino de la venganza.

La reconciliación tiene varias formas de llevarse adelante (y de cada forma derivan las consecuencias del proceso conciliador), pero cualquiera de ellas requiere sine qua non de la presencia de dos o más partes y de la asunción de responsabilidades. ¿Con quién deberían reconciliarse la familia de Esteban o la profesora de Lorena? Para la reconciliación sigue faltando una parte: la que asume que asesinó a Esteban (y pone así fin al delito continuado de desaparición forzada); la que le dice a la profesora “yo te produje sordera”. Aún hoy hay quienes se oponen a las búsquedas, roban investigaciones, amenazan a antropólogos forenses. ¿Cómo podemos hablar seriamente de reconciliación?

Sigue siendo imprescindible que el Estado avance a través del agente judicial, otorgándole el respaldo político, económico e institucional que este tipo de procesos complejos requieren. Es necesario encontrar a los desaparecidos y darles muerte. Debemos entender que la muerte también es un derecho humano inalienable que el Estado está obligado a garantizar.

También tenemos oportunidad de honrar la vida. En el caso de Esteban, su hermano menor se ha reencontrado con una parte de su vida. Sus sobrinas lo han podido conocer de puño y letra. La lucha contra el olvido ha calado tan hondo en la sociedad, que muchas veces se da de forma inconsciente: mientras se quemaban agendas, se guardaban documentos. En ambos casos, prevalece el instinto de conservación de la vida, de la memoria.

Apelando a ese instinto, me pregunto cuánta vida tenemos posibilidad de restituir si revisamos nuestras áreas de recuerdos.


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