Si de verdad aspiramos a una democracia con soberanía real, no podemos seguir naturalizando las formas de presión e intervención de Estados Unidos en la región.
En un mundo marcado por la incertidumbre y la disputa geopolítica, apostar al desarrollo productivo nacional no es una consigna ideológica, es un mandato ineludible.
El argumento principal de esta ola prohibicionista es que las redes sociales supuestamente dañan la salud mental de los adolescentes. Pero la evidencia científica es heterogénea y contradictoria.
La revolución de las cosas complejas exige también una razonable autocrítica por parte de los principales responsables estatales, antes de que tengamos que lamentar más ciudadanos muertos en alguna calle.
Quizás sea hora de integrar los viejos, pero aún sólidos cimientos de la matriz de bienestar social, donde el sistema educativo es una piedra angular clave, con las nuevas formas de la política social, su gerenciamiento y recursos.
Se requiere, entonces, un proyecto de izquierda que, sin caer en discursos demagógicos o anacronismos, sea capaz de proponer un nuevo horizonte de transformación.
Estados Unidos es socio y aliado de regímenes teocráticos violatorios sistemáticos de los derechos humanos y ha usado sus bases militares en ellos para perpetrar junto con Israel su agresión.
La ofensiva estadounidense contra Irán no busca ocupar el país ni provocar un colapso del régimen, sino forzar un cambio de comportamiento mediante presión militar y golpes selectivos contra su cúpula.