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Ida Vitale y Enrique Fierro, foto: gentileza de Amparo Rama

Foto: S/D autor

“Retornos posibles”

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La poeta Ida Vitale, más allá de las generaciones.

La obtención del IX Premio Internacional Octavio Paz de Poesía y Ensayo (junto con el escritor catalán Ramón Xirau) fue la excusa para dialogar con Ida Vitale. Integrante de la primera promoción de lo que su ex esposo Ángel Rama definió como “generación crítica” (nació en Montevideo en 1923), debió exiliarse en México y está radicada en Austin (Texas, Estados Unidos) desde 1989. Su obra abarca medio siglo de creación que se inicia con La luz de esta memoria (1949) y se extiende a tres notables producciones recientes: Reducción del infinito (2002), colección de poemas que reúne un volumen inédito con una antología previa; y De plantas y animales (2003) y El abc de Byobu (2004), narrativa a caballo entre la prosa poética y la glosa. El marcado carácter personal de sus textos se apoya en una escritura cuidada y reflexiva, tan simple como erudita, que le ha merecido gran reconocimiento y admiración.

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-El término “byobu” significa “biombo” en japonés. ¿Puede interpretarse como un nuevo planteo respecto de la cuestión sígnica de la otredad, presente en gran parte de tu obra poética?

-Trato de leer en lenguas accesibles la para mí fascinante literatura escrita en japonés, lengua que ignoro. Descubrir que algunos términos, como “byobu”, habían entrado al español me convirtió esa palabra, a la vez, en protagonista y encubrimiento de algo que tenía entre manos y prestó un juego rítmico al nombre que buscaba.

-Una descripción de El abc de Byobu me llamó la atención: “Hay que verlo hilvanar el  vacío, capa a capa [...], envuelto en sus propios problemas, tendidos para protegerse de su o de sus interlocutores y sus temas que, en puridad de verdad (diría un español), a él le valen madre (diría un mexicano) o familias enteras”.  ¿Cuánto hay de autobiográfico en el personaje de Byobu?

-A veces me planteo cuánto de nuestro linaje hay en “nosotros”, qué añadimos a una suma y resta que viene de lejos. Eso lleva a la socrática recomendación de conocerse, de observarse, que también impone observar hacia afuera. ¿Qué escritor no hace ambas cosas? Aun los Amiel y las Bashkirtseff un día mirarán para otro lado, más allá del agotable yo.

-¿Cómo sentís tus primeros libros ahora?

-Mucho más alejados que los últimos, Jardín de sílice [1980], Reducción del infinito, Procura de lo imposible [1998], Trema [2005], mucho menos intrigantes que los próximos. Si piensas que me separan algo más de sesenta años de La luz de esta memoria entenderás que ya me harta ese abuso de su mayoría de edad. Ha habido libros posteriores, uno más por salir y al menos otro en preparación, en cuanto a poesía. En prosa salió en Montevideo al menos la primera edición de Donde vuela el camaleón [1996] (que para Leonardo da Vinci volaba). Léxico de afinidades [1994] tiene dos, pero creo que allí no llegaron.

-En 1949 escribiste: “Todos están durmiendo para siempre/ durmiendo en un dormido paraje de mis venas/ las sombras de este mundo/ ya criaturas de la muerte y mías”. ¿A qué atribuís tu temprano estudio por la presencia de la muerte en la memoria? 

-Mi familia paterna me aseguró un buen número de tíos, algunos muertos antes de que yo naciera. Sin embargo, no habían sido olvidados: se hablaba de ellos. Heredé los muebles de la tía más joven y sus libros y su colección de plantas, insectos y piedras y otras cosas fascinantes: capullos de gusanos de seda, un nido de colibrí, una pepita de oro y, sobre todo, un microscopio con sus placas. Como, además, también heredé su nombre, nunca viví todo como una suma de recuerdos fúnebres, sino como lazos vivos con ella, que había sido amiga de María Eugenia Vaz Ferreira y leía a Delmira: la normal idea de la muerte y no su “estudio”. Al fin y al cabo, “morir es una costumbre/ que suele tener la gente”, decía Borges. Ser testigo, en muchos casos dolido, justifica la aparición de un tema que no me singulariza especialmente. Las estaciones muestran cambios, muertes, resurrecciones. Y la historia actual, más muertes que resurrecciones. Así que...

-Se ha destacado en tu poesía la cualidad para decir, la claridad y la concisión. Con respecto a esto en una entrevista señalaste: “Corresponde a un momento bastante reiterado de pérdida de confianza en la respuesta ética del hombre [...] éste no alcanza la medida a la que quizás estuvo destinado […] es nada”.

-Fuera de contexto -no tengo la cita a mano- sólo podría decir que si uno siente una falta de ética en las proximidades, ser claro y conciso en señalarlo parece obligatorio, aunque esa falta de ética general nos advierta del riesgo. Pero la claridad y la concisión merecen más alcance. También legitiman una propuesta estética -en ella se basó la Bauhaus y Mies van der Rohe la sintetizó con su inmejorable “Menos es más”-. Todo esto es bien sabido. Pero también hay expresiones que buscan el fárrago, la inexactitud, los mensajes cruzados y el “arréglate como puedas”. Quizás sean las que más se ajusten a cierto caos al que propende una cultura de amplísimas mangas. Pero Vico, con sus “corsi e ricorsi”, me recuerda que, aunque no los veré, los retornos son posibles.

-¿Te has sentido nuevamente cerca de tu amigo Octavio a raíz de tu reciente distinción?

-Los premios no cambian -o no deberían cambiar- nada dentro de uno. Mi admiración por el Octavio poeta empezó cuando leí Libertad bajo palabra, por los años en que salió. Al llegar a México escribí en Diorama de la cultura y en Plural, una de las grandes revistas de nuestra lengua, dirigida por él. Casi enseguida le fue quitada por una maniobra política y nació Vuelta; estar cerca nos permitió admirar su integridad, su capacidad de respuesta y su lealtad para quienes lo siguieron, su lado humano.

-Tanto tu poesía como la de un amigo tuyo, Enrique Fierro, han causado cierta dificultad de interpretación para la crítica. Ambas poéticas compartieron una línea reflexiva dirigida hacia el vórtice de la página, ese abismo donde dialoga el cuerpo desconocido del poeta con el sujeto desconocido que lo lee. ¿A qué atribuyes esta recepción?

-Tu pregunta lleva a la respuesta: ¿quizás porque era local? Puede darse que en algunos casos se sintiera más segura ante la prosa. En el caso de Enrique, de Enrique Fierro, su seguro moverse en una cultura poética, su experimentalismo, independiente de los más sabidos rangos existentes, dificultó los obvios análisis veloces. Y dejo de lado posibles razones no literarias. Pero eso quizás los nuevos críticos puedan explicarlo mejor.

-Has dicho que México te ha dado todo. ¿Qué le has dado tú a México?

-¿Lo dije? Obviamente no me refería a mi formación básica: fui a la escuela pública y laica, ejemplar, donde hasta pude optar entre inglés y latín; éste, que elegí, dictado por monseñor Shalita, patriarca maronita. Pero la otra no termina y se enriqueció con el contacto con un mundo distinto, con una cultura popular, tradicional y nunca vulgar, hasta con la herencia virreinal. Pero sin duda me refería a la generosa apertura de los mexicanos, a las posibilidades de trabajo inmediatas, que me obligaron a ponerme a prueba: clases, traducciones, posibilidad de hacer periodismo cultural, jurados, ediciones, ganar la vida, en todo sentido. Yo le di mi gratitud, haciendo mis tareas con la mayor lealtad posible. Quod potui feci [“hice lo que pude”]... pero lo pude hacer porque México lo facilitó. Y uruguayos hubo a los que pude ayudar a vivir allí, también gracias a México.

-¿Qué hace Byobu cuando duerme Ida Vitale?

-Yo esperaría que me ayude a terminar lo que tengo entre manos y que me auxilie discretamente...

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