Despacito y por las huellas

Ensayo fotográfico del argentino Martín Acosta propone una mirada original al tema de desaparecidos y recuperados.

Desde el 16 de julio se encuentra en la sala del Centro Municipal de Fotografía (CMDF) la muestra ADN, del fotógrafo Martín Acosta (Buenos Aires, 1960), reportero gráfico desde 1985 que ha trabajado en diversos medios de prensa argentinos y actualmente realiza su trabajo de forma independiente. Acosta se propuso “reunir” a los desaparecidos por la dictadura militar con sus hijos recuperados, y el resultado de su trabajo saca a la superficie varios conflictos aún no resueltos o, simplemente, imposibles de resolver.

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__recuadro__1 En el marco de la inauguración de ADN el CMDF organizó un encuentro con el autor, durante el cual Acosta expuso acerca del proceso de trabajo que derivó en esta muestra, su vínculo personal con los hijos de desaparecidos “recuperados” -que junto a los familiares que encabezaron su búsqueda protagonizan la historia narrada-, las particularidades del ensayo fotográfico en relació...
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Genoma humano

“A partir de mi contacto inicial con Abuelas de Plaza de Mayo, establecí un vínculo a través del cual ellas me fueron interiorizando con toda su historia. Dentro de lo que es el discurso políticamente correcto uno tiene que decir que las Abuelas de Plaza de Mayo son maravillosas -y son maravillosas-, pero yo hasta ese momento no las conocía internamente. Al conocerlas empecé a descubrir grandes valores en ellas, y hubo uno que me asombró muchísimo. Me di cuenta de que esas señoras tienen una lucidez mayor que la del resto de los mortales y tienen muy claro lo que son, lo que quieren, hacia dónde van y, probablemente, lo que suceda con ellas en el futuro. Digo esto porque fueron muy insistentes en investigar durante muchos años el desarrollo en la cadena del ADN, porque se dieron cuenta de que en algún momento la asociación como tal, motorizada por ellas, no iba a existir de la misma forma y que todo su esfuerzo de investigación, contactos, información que se haya filtrado, no iba a ser suficiente para recuperar y localizar a los aproximadamente 400 hijos de desaparecidos que se calcula que hay en Argentina. Se dieron cuenta de que la ciencia iba a ser la herramienta que por siempre posibilitaría a cualquier persona que hubiese sido secuestrada o que tuviese dudas sobre su identidad de recuperarla en cualquier momento si existía una herramienta científica, y ésta era la cadena de ADN”. “Ellas impulsaron la creación del Banco Genético de la Argentina para que todos los familiares de detenidos desaparecidos dejen sus muestras de sangre, para que quienes en algún momento quieran saber quiénes fueron, quiénes son y de dónde vienen puedan acceder a ello a través del Banco Genético y la cadena de ADN. Eso me pareció de una lucidez sobrenatural de esas mujeres, pues saben que el pico ascendente de búsqueda de hijos de desaparecidos va a decaer naturalmente, y eso por lo que conlleva la realidad de vivir en un país como la Argentina, pero quien quiera va a poder llegar. Y se generó algo muy interesante. En los primeros años de Abuelas, ellas como institución batallaban mucho para poder localizar a niños desaparecidos, y en los últimos cinco a siete años la mayoría de los casos que han sido notificados de jóvenes recuperados en su identidad fue básicamente por el Banco Genético y la investigación del ADN. Los jóvenes con dudas se acercan voluntariamente, entonces se dio vuelta la cosa, y en vez de tener que salir las abuelas a buscar, son las personas que tienen dudas las que buscan su identidad. Por eso ADN, porque es un descubrimiento ‘mágico’ que permite dar esa oportunidad”.

En el marco de la inauguración de ADN el CMDF organizó un encuentro con el autor, durante el cual Acosta expuso acerca del proceso de trabajo que derivó en esta muestra, su vínculo personal con los hijos de desaparecidos “recuperados” -que junto a los familiares que encabezaron su búsqueda protagonizan la historia narrada-, las particularidades del ensayo fotográfico en relación con el trabajo cotidiano de un fotógrafo de prensa y la necesidad de articular el lenguaje fotográfico con otros lenguajes para elaborar una herramienta de comunicación más efectiva y contundente.

Ganarle a la derrota

Las raíces del ensayo de Acosta nacen en el año 2000, en medio de los escombros de una sociedad argentina que consideraba “derrotada” en lo relacionado a la búsqueda de justicia para los casos de violaciones a los derechos humanos cometidas en la dictadura, dada la vigencia -y el peso simbólico- de las leyes de Punto Final y Obediencia Debida.

“Yo quería fotografiar la dictadura y las secuelas de la dictadura en la represión, pero no quería contar una historia repetida, repetitiva, triste y derrotista. Quería contar una historia que mostrara cómo se podía, aun en la adversidad, construir cosas que valieran la pena. Para mí, la síntesis de esa historia era la recuperación de los hijos de desaparecidos que fueron secuestrados durante la dictadura junto a sus padres”, dijo Acosta.

De ahí nació la idea de un trabajo fotográfico que reuniera a hijos de desaparecidos secuestrados cuando eran muy niños y dados en adopción a familias que no conocían su origen o apropiados por los asesinos de sus padres, con sus familiares -abuelos, tíos, hermanos- que durante los años de la posdictadura se preocuparon por ubicarlos y restituirles su identidad. La fotografía actual o contemporánea es acompañada de una fotografía de archivo perteneciente a la familia del joven -de éste siendo niño, de sus padres en los meses previos a su desaparición, etcétera-, que hila el presente con el pasado y simboliza la recuperación de la memoria, y de una narración escrita breve que contextualiza y particulariza cada caso. Este tríptico -fotografía contemporánea, fotografía de archivo, texto- es la historia de la desaparición, ubicación y restitución, que alude a la posibilidad de una victoria ante un proyecto dictatorial que intentó desaparecer no sólo a las personas, sino también a los vínculos sociales que ellas encarnaban.

En 2001 Acosta tomó contacto con la asociación Abuelas de Plaza de Mayo y les comunicó su idea. A partir de entonces se armó una lista con todos los casos de “aparecidos” y junto con la secretaria de la asociación se definieron los posibles casos a registrar: “El criterio de selección surgió de las posibilidades. Quería fotografiar a quienes quisieran hacerlo, y más me interesaba si sus casos eran públicos y reconocidos, pero no tenía una idea muy clara de lo que hacer. La secretaria me dijo que no iba a poder hacer mi trabajo porque los hijos de desaparecidos ‘estamos todos locos’. No tuvo razón en eso, pero igualmente fue algo muy difícil”.

Abuelas hacía entonces el primer acercamiento con los hijos, y en caso de que ellos accedieran el fotógrafo los contactaba. Primero se producía una conversación telefónica, luego un encuentro personal durante el cual Acosta les contaba el proyecto y les mostraba fotografías que ya hubiese realizado de otros casos, y se acordaba el lugar y la persona con la cual iba a realizarse la toma. Posteriormente realizaban un nuevo encuentro, durante el cual el fotógrafo les daba a los participantes de la fotografía varias copias de los registros realizados, y en esa ocasión se grababa la conversación. Junto a los esquemas que fue armando en el curso de los diferentes encuentros, esas conversaciones son la base de los textos presentados en la exposición.

El fotógrafo, el medio y el fotografiado

Cuando inició este trabajo, Martín Acosta se desempeñaba como fotógrafo fijo de un medio de prensa: “Eso tiene sus cosas buenas, pero también tiene su parte negativa. Estás todo el día cubriendo un montón de noticias de las cuales no todas son interesantes, y es muy difícil tratar de mantenerse activo como para que las fotografías que formen parte de tu trabajo sean de la calidad que uno quiere como profesional. Por eso siempre uno busca realizarse como fotógrafo superando la propuesta que le da el medio de comunicación, en el caso del periodismo. Entonces todo el tiempo estoy tratando de generar otro tipo de historias, que no tengan que ver exclusivamente con lo que se publica en los medios. Yo trabajaba en un medio que se jactaba de ser eficiente y veloz, y que la velocidad de la primicia era lo más importante y hacerlo bien era fundamental, y yo esto lo quería hacer muy despacio”.

De ahí la elección de realizar el proyecto con una cámara de formato medio, con el cual Acosta no estaba familiarizado: dificultar su propia tarea fue una forma de obligarse a sí mismo a producir en un ritmo diferente al de los medios de prensa. “Yo no quería avanzar como avanza normalmente un profesional del periodismo, que se despreocupa a veces, injustamente, de lo que pasa con la gente, y le importa solamente ir a tomar la imagen”, dijo.

En esa dinámica de funcionamiento de los medios de prensa se encuentra una de las grandes dificultades con que se encontró Acosta a la hora de desarrollar su trabajo. Esto es, el gran recelo que existe entre algunos de los jóvenes recuperados hacia los medios de comunicación. “Mi trabajo lo asociaban a un trabajo periodístico. Para uno como fotógrafo de prensa las personas son muñequitos. Por ahí no está muy bien que lo diga, pero todo lo que está delante de mi cámara es cartón pintado para mí, es una escenografía que yo acomodo de acuerdo a la luz y los objetos y cuando tengo un segundo para ponerme a pensar, trato de ser sensible. Pero en general, la propia dinámica del trabajo te lleva a no ser sensible, y eso no está bueno. Eso lo han sufrido mucho los jóvenes recuperados, porque fueron como un objeto codiciado para los medios de comunicación. Las Abuelas de Plaza de Mayo incluso han reflexionado sobre que, en sus primeros años, entre la excitación y la alegría de haber encontrado a los primeros hijos de desaparecidos, no se dieron cuenta de que debían haber sido más cuidadosas en el resguardo de las personas. Entonces, cuando viene otro periodista, se les pide otra nota… ya muchos hijos no quieren saber nada”.

La del CMDF es la tercera exposición de ADN, que ya pasó por la ciudad de Rosario y la Fotogalería del Teatro San Martín de Buenos Aires. Para Acosta, la de Buenos Aires era la muestra más importante: “A todos los jóvenes recuperados los invité, y no fue ninguno. Al otro día llamo a Paula, la secretaria de Abuelas de Plaza de Mayo y le cuento esto y me dice ‘¿vos estás loco? ¿Querés que vayan ahí a verse como si fueran muñequitos en exposición? No va a ir ninguno a ver la muestra en ningún momento, jamás, no quieren’”.

Persona/profesional

“Yo soy de los argentinos que siempre supieron que secuestraban gente, de chiquito. Creo que además todos los argentinos lo sabíamos. Yo lo sabía por la historia personal y familiar, pero si ibas a la escuela o trabajabas en la fábrica o en el banco, te tenías que preguntar ‘¿qué le pasa a éste que no viene más?’. Y eso pasaba mucho. Estoy vinculado a las historias de represión a nivel personal, pero cuando yo escuchaba las historias de estos jóvenes, era súper fuerte, tenía que mantenerme con la cabeza bastante fría. En general soy muy frío, y soy muy frío cuando trabajo. Parece feo que lo diga, pero me pongo en una posición en que no me importa nada. Me podés estar contando la peor de las historias que te sucedió y para mí es como que sos un muñequito para fotografiar…, porque si no tomás esa actitud, no lo podés hacer. Acá, cuando se establecía un vínculo distinto, me costaba aislarme de eso y volver a la frialdad. En realidad, las historias me conmueven y me emocionan mucho más hoy, cuando las leo de nuevo, cuando hablo ahora con ellos”.

Un discurso, varios lenguajes

Ninguna historia en sí misma es proclive a provocar unas u otras reacciones emocionales o reflexivas: las historias sólo existen en cuanto narraciones -es decir, en cuanto son narradas-, y de ahí la importancia de las formas de contar a la hora de lograr intentar suscitar unos efectos u otros en los potenciales receptores. Seguramente el peso y la capacidad de conmover que logra ADN radique en esto, en su narración, en la forma de combinar en el relato el lenguaje fotográfico con el escrito, logrando un discurso firme y directo.

Acosta toma elementos de su realidad, los reordena de acuerdo a su intencionalidad, y los comunica a través de los lenguajes que considera necesarios para que su discurso sea interpretado en la forma que él pretende y no en otra. El resultado es la exposición en formato tríptico, cuya unidad es clave para que ese discurso se mantenga: “La foto contemporánea, la de archivo y el texto componen un colectivo único. Me resulta bastante difícil hacerles entender a los medios de comunicación que esto es un tríptico y que es indivisible, que para mí no tiene sentido una imagen sin el valor de la otra o de la palabra en sí misma. Se pierde el sentido. Y en general los medios cuando publicaron estos trabajos los dividieron. Publicaban una foto, o las dos, pero nunca los tres elementos. Fue muy difícil”.

En particular resulta interesante la defensa que plantea Acosta de un relato compuesto por palabras -de un texto- como forma de potenciar el trabajo fotográfico documental, puesto que si dentro de este género las fotografías tal vez puedan “hablar” por sí mismas, difícilmente puedan hacerse entender. “Yo pienso que la fotografía, sin una narración oral o escrita, no tiene una lógica certera, le falta una pata. No promulgo la idea de que una imagen vale más que mil palabras. Soy un fotógrafo de prensa, soy un periodista, y me parece que la palabra aporta muchísimo a la comprensión del discurso, y me interesa que el discurso sea claro. No soy un artista, soy un fotógrafo que fotografío mi momento, mi época, de acuerdo a lo que pienso, y me interesa que lo que yo quiero decir no tenga fisuras, entonces la palabra es fundamental en eso. Con todo, el texto no deja de ser caprichoso, porque como hago imágenes, el diseño en general tiene un valor, y eso a veces me obliga a dejar de decir cosas que considero importantes, porque no hay espacio”, dijo.

En cuanto a la foto de archivo, el autor aclaró que el criterio de edición tomó en cuenta no sólo el valor estético o comunicativo de la imagen, sino su valor emocional para los jóvenes retratados: “En general les pedía la mayor cantidad de fotos posible. No todos las tienen. Una de las razones es que en los años 70 y por motivos de seguridad muchos de los militantes evitaban fotografiarse. Yo trataba de respetar la voluntad de los hijos y elegir la fotografía que ellos seleccionaran por alguna razón, para ver cuál era esa razón. Si la razón era muy fuerte trataba de mantenerla, aun si la calidad de la imagen no era aceptable. Hay una foto cuya reproducción es malísima desde el punto de vista técnico, pero está el chico recuperado dándole un beso en la panza a su mamá embarazada, que está desaparecida, y eso no está en el texto. Por eso me parecía que no podía quedar esa foto afuera, y él quería esa foto”.

El resultado final, con todo, es responsabilidad del autor. Ni en los textos ni en el proceso de edición de las fotografías contemporáneas intervinieron las personas que protagonizan las historias: “He respetado algunas cosas que me han pedido que no escriba y que me hubiera encantado escribir, pero que me parece correcto no hacerlo si así lo pidieron. Escuché todo lo que tenían para decirme y lo tuve en cuenta, pero la decisión del armado del trabajo es mía. En definitiva, a mí lo que me interesa es lo que le pasa al receptor del trabajo, a la persona que lo mira. Entonces, lo que pueda ser más eficiente para que al público el trabajo le resulte lo más conmovedor posible, que es lo que me interesa, me parece que tengo derecho a llevarlo adelante si lo planteé antes”.

Cada loco con su tema

Si el discurso de ADN resulta coherente, esto no tiene nada que ver con una supuesta homogeneidad de las personas y las historias retratadas. “Cada uno de los fotografiados sólo tiene en común que son hijos de desaparecidos y que alguien los buscó. Más allá de eso, son personas individuales con sus problemáticas particulares. Su relación con el tema de los derechos humanos es ambivalente, muy oscilante, y para ninguno es igual. Algunos nacieron en campos de concentración, otros fueron entregados en adopción a gente maravillosa, otros se quedaron con la gente que mató a sus padres. No puedo armar un patrón común con ellos”, afirmó Acosta.

Por eso, además, la elección de los fotografiados se dio de acuerdo a las reacciones de las personas: “A algunos yo quería fotografiarlos y se prestaban rápidamente, casi como actitud militante, como asumiendo que ésa es su responsabilidad por ser hijos de desaparecidos. Otros me dijeron no quiero, no me interesa, hablamos dentro de un mes”. En el caso de una de las jóvenes recuperadas, Jorgelina Planas, pasaron tres años desde la primera conversación que mantuvo con Acosta hasta que finalmente accediera a realizar la fotografía con su hermano, que fue quien la buscó y le informó de su verdadera identidad.

Por otra parte, también existen casos muy disímiles en cuanto al relacionamiento entre los jóvenes recuperados y los familiares que encabezaron su búsqueda durante años. En algunos el acercamiento fue rápido y duradero, mientras que en otros el proceso fue conflictivo y no estuvo exento de enfrentamientos, puesto que algunos encuentros supusieron la reunión de personas con tradiciones culturales muy diferentes y hasta se podría decir antagónicas. Estas cercanías, distancias y conflictos entre la persona recuperada y su familia también pueden verse reflejadas en las fotografías.

Lo mismo sucede con la relación de los jóvenes con los movimientos de derechos humanos. Según Acosta, en la muestra pueden verse personas que militan activamente en esos ámbitos, pero también está el caso de Laura Mara, que “detesta el mundo de los derechos humanos. Nadie entiende mucho cómo ella aceptó hacer las fotos”.

La cuestión de los “nombres” de los jóvenes recuperados tal vez sea la que mejor sintetice el complejo proceso de la recuperación de identidades. Opinó Acosta: “Si ven en las fotografías, verán que en algunos casos a los jóvenes los identifiqué con un solo nombre, y que en otros casos aparecen dos nombres separados por una barra. Fue tema importante para mí decidir si usaba el nombre biológico, el nombre de apropiación o adopción, el nombre legal… hay varios nombres circulando. Las Abuelas de Plaza de Mayo me dijeron de entrada que tenía que usar el nombre biológico. Yo usé ese nombre en el caso de todos los chicos que hubieran hecho el trámite legal para reobtener su nombre y su documento. En los casos en que no lo hicieron, que por alguna razón debe de haber sido, yo utilicé los dos nombres. Esta historia, tal como yo la quiero contar, es una historia que quiere mostrar que dentro de tanto dolor y tanta pérdida, hay recuperación. Pero dentro de esa recuperación hay contradicciones profundas, y yo creo que hay que mostrarlas a todas, que es válido, que es un aporte importante a la construcción de nuestra historia. No todo esto es idílico, y nada de esto fue fácil. Si nosotros lo ponemos en un pedestal como algo idílico, estamos cometiendo un error muy grande. Y si vos no decidiste seguir el trámite legal de cambiar tu nombre, por alguna razón habrá sido. La lógica de esto es que no tenés bien claro quién sos todavía... A mí me interesaba mostrar que los jóvenes recuperados son personas como yo o como vos, que les pasaron cosas muy fuertes, que son signos y marcas que les van a constituir la personalidad, y que nadie es maravilloso por la desgracia que le pasó. Sos un ser humano que tiene cosas buenas y malas. Eso”.

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