¿Autos para todos?

Columna de opinión.

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El liberalismo clásico difundió una de las ideas más extendidas y, a la vez polémicas, de los últimos dos siglos. La idea de que el mejor resultado para el conjunto de la sociedad se obtiene cuando cada persona busca libremente lo que es mejor para sí mismo. Uno de los contraejemplos más poderosos a esta idea surgió a mediados del siglo XX y se le denominó “dilema del prisionero”. El dilema ...
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El liberalismo clásico difundió una de las ideas más extendidas y, a la vez polémicas, de los últimos dos siglos. La idea de que el mejor resultado para el conjunto de la sociedad se obtiene cuando cada persona busca libremente lo que es mejor para sí mismo.

Uno de los contraejemplos más poderosos a esta idea surgió a mediados del siglo XX y se le denominó “dilema del prisionero”. El dilema del prisionero plantea un caso en el cual, la única alternativa lógica para dos individuos racionales y egoístas, es optar, conscientemente, por una opción que no conduce al mejor resultado posible para ambos. Desde entonces, el dilema del prisionero ha sido utilizado para ejemplificar muchos casos en donde existiría una situación en la que todos estarían mejor, pero la misma no se alcanza, porque cada uno hace lo que es mejor para él mismo.

En esta columna quisiera hacer un paralelismo entre el dilema del prisionero y la situación del transporte en Montevideo. Imaginémonos una situación hipotética en la cual nadie tuviese autos particulares en la ciudad y los únicos vehículos motorizados fuesen los de transporte colectivo. Los ciudadanos se desplazarían a una velocidad razonable. Sin embargo, luego de darse cuenta de que teniendo un vehículo propio se desplazaría más rápido, algunas personas podrían optar por comprarse uno. Así se ahorrarían mucho tiempo y ganarían en comodidad. Pero esta situación no podría durar. En la medida que otros ciudadanos los imiten, más autos circularían por la ciudad y aquellos pioneros ya no se desplazarían tan rápido. Finalmente, si todos optaran por movilizarse con su propio auto, el tránsito estaría totalmente congestionado y los tiempos de desplazamiento serían aun peores que al inicio. Por supuesto, la realidad de Montevideo no es la de este cuentito. Sin embargo, bien se podría decir que se encuentra en algún punto intermedio de los dos extremos ejemplificados.

De hecho, en algunas zonas de la ciudad y en algunos horarios, se parece bastante más al resultado final que a una situación intermedia. Una primera diferencia está en que no todos tienen un auto. Simplemente porque éste tiene un costo importante. Sin embargo, hoy en día se trata de un bien cada vez más accesible. El parque automotor de Montevideo ha crecido enormemente y la ciudad cambia mucho más lento. Además, probablemente Montevideo estaría totalmente congestionada, sin necesidad de que todos sus habitantes tengan su propio auto.

Otro elemento en común con el caso hipotético es que cada persona que opta por el auto propio como medio de transporte en la ciudad, incrementa su propio bienestar y, en el mismo acto, reduce el de todos los demás habitantes (incluyendo a quienes tenían un auto con anterioridad). Con cada auto adicional en la ciudad se incrementa el ruido, la contaminación, aumentan los accidentes de tránsito y sube el tiempo perdido en los desplazamientos. Con el agravante de que quienes no tienen la posibilidad de jugársela por la individual, son los hogares de menores ingresos. Que son quienes sólo pueden recurrir al transporte colectivo y pierden un tiempo desproporcionadamente mayor en sus desplazamientos por la ciudad.

Parecería que el millón y pico de habitantes de Montevideo estuviésemos jugando en un dilema del prisionero gigante, en el cual el resultado está cantado. Esto no es una argumentación por el abandono de los autos, pero sí un llamado a la acción por parte del gobierno departamental. O bien se adapta la ciudad para el parque automotor presente y futuro y se construyen autopistas, viaductos, túneles y estacionamientos, o se desincentiva el uso de los autos particulares y se apuesta por promover el uso de otros medios de transporte.

La primera opción nos conduciría a una ciudad bastante más desagradable. La segunda implica tomar un conjunto de decisiones nada innovadoras. Una de ellas es la construcción de una densa red de ciclovías. Esta opción tiene costos bajísimos para la IM, pero implica obviamente reasignar el uso del espacio urbano. Algunos primeros pasos estarían concretándose en este mes, en el que se construirían bicisendas en la Ciudad Vieja y se terminaría Unibici (un circuito que conecta las facultades ubicadas entre 18 de Julio y Punta Carretas). Sin embargo, estas medidas son aún muy insuficientes. Un lugar donde es imperioso construir una ciclovía es en los accesos de Montevideo, por donde circulan diariamente cientos de ciclistas en condiciones muy riesgosas.

En ediciones anteriores del Presupuesto Participativo, fueron presentadas propuestas de construcción de ciclovías. Pero las mismas fueron descartadas por los equipos técnicos de la IM. Esperemos que la edición 2013 sea diferente.

Desde la óptica del gobierno departamental, parecería que la única apuesta fuerte que ha hecho, ha sido la de ampliar el espacio urbano para la circulación autobuses. Sin embargo, los resultados no están a la altura de las expectativas. Parecería que es hora de considerar alternativas adicionales en el Plan de Movilidad Urbana.

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