Público de Rondamomo, el martes, en Ascasubi y Zubillaga. Foto: Nicolás Celaya

Carnaval itinerante

Momograma | Efecto Rondamomo por barrios de Montevideo y pueblos cercanos.

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Centro Cultural y Social Fraternidad, Heraclio Fajardo 3466 esquina Joaquín de Chopitea, Cerrito de la Victoria. Desde la vereda donde está el salón de fiestas y hasta la casa del vecino de enfrente, un ómnibus de CUTCSA corta transversalmente la calle. El barrio es un hormiguero, ida y vuelta entre caminatas y preguntas de ¿a qué hora empieza? Vienen y se van, como hormigas que no encuentran l...
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Centro Cultural y Social Fraternidad, Heraclio Fajardo 3466 esquina Joaquín de Chopitea, Cerrito de la Victoria. Desde la vereda donde está el salón de fiestas y hasta la casa del vecino de enfrente, un ómnibus de CUTCSA corta transversalmente la calle. El barrio es un hormiguero, ida y vuelta entre caminatas y preguntas de ¿a qué hora empieza? Vienen y se van, como hormigas que no encuentran la salida en la rama del árbol. El reloj indica las 20.30. Para la hora fijada faltan 30 minutos.

El ómnibus es negro y no conserva su forma tradicional, aunque sí está la publicidad con la firma de la empresa. También la de DAECPU (Directores Asociados de Espectáculos Carnavalescos Populares del Uruguay) y la de los entes públicos que lo patrocinan. Los dibujos en sus laterales son máscaras y garabatos carnavaleros llenos de colores. Ventanas conserva pocas, la del chofer y alguna más, y sólo la cabina mantiene su altura original: de la parte trasera está recortada en dos tercios y funciona como escenario. El kit para los espectáculos está en la calle y consta de una mesa con las consolas, un micrófono de pie desmontable, dos columnas con cuatro focos de distintos tamaños cada una, más las columnas de parlantes. Todo manejado por los técnicos, observado por el chofer (cómodamente sentado en una silla de PVC blanca) y por la señora presentadora.

Los anfitriones del Fraternidad, al que todos llaman club, fueron los encargados de diseñar el espacio para el público. Dispusieron de dos columnas con diez filas de cinco sillas cada una. Además, como si fuera una especie de palco, sobre la vereda del club hay seis mesas con cuatro sillas cada una, todas presuntamente reservadas y administradas por el señor parrillero. Adelante, en la fila detrás de los entendidos del sonido, hay una barra de niños inquietos y curiosos por ver de cerca. En la otra fila, la de la derecha, dos señoras que parecen madre e hija, al menos así lo evidencian las canas de una y el teñido de la otra, conversan distendidas. En el murito del vecino, un hombre que ronda los 30 años saborea una sidra en botella de plástico verde. A dos pasos, el vendedor de chirimbolos prepara su arsenal: tiaras con moñas con luces de colores, chanchos de dibujitos animados de colores, varios bichos pelotas o puercoespines de goma que se estiran y tienen luces internas de colores, paletas fosforescentes para aplaudir; un carnaval.

Rondamomo fue creado en 2008 con la intención de recorrer diversas barriadas alejadas para ampliar el marco de público que pueda ver los conjuntos y disfrutar de la fiesta. Si se hace memoria, se recordará una foto de tapa de la diaria en la que Tabaré Vázquez, por aquel entonces presidente de la República, apoyaba una mano en la pierna de Francisco Paco Casal, mientras éste le secreteaba y también le tocaba la pierna. Y en la foto de la página, de derecha a izquierda, posaban Juan Salgado, una persona no identificada de pantalón blanco, anillos y camisa a rayas, Paco, Enrique Espert, Edward Yern, Eddie Espert y Nelson Gutiérrez.

En el lanzamiento de Rondamomo 2015 las autoridades dijeron que la apuesta es superar las 100 presentaciones. Para ello, CUTCSA puso en la calle cuatro unidades que rotan en actividades programadas por comisiones barriales, centros comunales o clubes. Este fin de semana, por ejemplo, las unidades estarán por Club Villa Teresa, quiosco Estela en Lezica y Camino Melilla, cancha del Sauce en el Cerro, en la esquina de Luis A de Herrera y Lavandeira, en la policlínica del barrio Gori, en Pajas Blancas y en Santiago Vázquez, en Jardines de Peñarol o en Las Piedras, entre otros.

Al Fraternidad llegaron porque el club y la murga que sale de él, La Trasnochada, lo solicitaron. Así lo dijo la presentadora. Todos aparentan estar encantados; todos parecen preocupados por ser buenos anfitriones y que no falte nada. Un señor con bastón llega y se sienta en la segunda fila, tercera silla, milimétricamente calculado. Un poco más atrás hay una pareja joven pasándose mates mientras juegan a enamorarse más. Se sostienen las miradas. No son dos extraños.

Media hora pasó y se anuncian los conjuntos que estarán luego de la apertura a cargo del mago que anuncian como Jerry, pero que su payaso asistente llamará Tomy. El cartel de la noche está conformado por las murgas La Gran Muñeca y La Trasnochada, más el cierre de Tronar de Tambores. Cuando por los parlantes sale el nombre de la murga locataria, el aplauso se une con gritos. Los saben y los reconocen. Los miran, porque están dentro del Fraternidad pintándose y vistiéndose. Al folclore se unen dos mediotanques con fogatas que serán carbón y cocinarán el menú de la noche, compuesto por chorizos y hamburguesas al pan a 60 pesos; las bebidas las venden en la cantina.

El cantinero es el Chato. Está detrás de la barra, que se encuentra entrando a la derecha y adornada por sus trofeos: botellas de todos los gustos y colores para servir a los parroquianos y hacer caja; cinco cuadros infaltables de la murga, cuatro con formación de murguero y uno con pinta de futbolistas que reza “Campeones de la 1ª Copa Dalton Rosas Riolfo”. También hay una vitrina llena de copas metálicas con los logros deportivos del club, entre ellas un vaso pintado a nombre de Canario Luna.

El mostrador es mitad mármol y mitad aluminio, hay cuatro o cinco bancos altos de varillas flacas, y en el medio, abajo de la cigarrera, al alcance de todos, está el trofeo del primer premio del concurso oficial que La Trasnochada ganó en 2012. Alguien lo quiere mover y el Chato dice “dejalo quietito, está buscando a la hermanita”.

Muchos de los gurises inquietos de afuera ahora están en el club y juegan al pool. La mesa de billar común está tapada, la estufa a leña es aguantadero de cosas, unas bicis congelan un rincón, las maquinitas tragan las monedas de un par de señoras que, entre tanto meter fichas, alternan las jugadas escribiendo en el celular. Arriba una tele tiene el canal de Maroñas y los caballos corren. La otra televisión, unas cuantas pulgadas más grande y colgada de la pared, transmite el canal que pasa el concurso de carnaval. Para eso están.

Una reunión de barrio

La propia dinámica de la fiesta cambió todo. Ya no están ni las columnas ni las filas, pero sí están las sillas y todo el mundo sentado. Muchos, previsores de la comodidad, se trajeron sus propias playeras y armaron tribuna en ambas veredas. Las mesas tienen servicio directo con la atención de Heber y el Cacho, los parrilleros. Unos niños se aburren y se proponen palabras mágicas: “¿Vamos a jugar?” y se van. El mago terminó su actuación ante la atenta mirada de un murguista y el aplauso de los presentes. Al vendedor le está yendo bien, a la pareja se le terminó el mate pero no los mimos, las señoras madre e hija no han dejado de charlar.

Rondamomo es un programa declarado con la etiqueta de interés nacional, pero en la grilla no hay ciudades ni pueblos del interior profundo del país. Es una actividad pública y privada como espejo y reflejo de un cuplé de sí mismo. El barrio goza sin razones para desconfiar. El carnaval itinerante viene y le golpea la puerta. Los vecinos tienden el mantel, el hormiguero se calma, comienza el picnic; hay promesas de salpicón.

La murga La Gran Muñeca sube al techo del ómnibus al ritmo de marcha camión y pies cuidadosos en cada escalón. Una vez arriba se paran dispuestos a no guardarse nada, bien apretados por razones lógicas de espacio y contenidos por dos barandas para no caerse. La voz al cuello entona una presentación, gesticulan, bailan y corean, el escenario se mueve a su ritmo flotando en las cuatro ruedas. Se mueve mucho. Impresiona.

La Muñeca le canta a los pibes allá en la esquina, que en la noche se juntaron y de a poco van arrimando sus historias de ficción. Todos callan menos los niños que juegan a la mancha y los adolescentes que se enredan en galanterías de carne y beso con ganas de que la noche no se cierre nunca jamás, anticipándose a lo que la murga gritará a los cuatro vientos en uno de sus cuplés, que decía algo así como “un celular para hablar de amor; mensaje que no llenará el corazón”. Además, los murguistas les dedicaron estrofas a las enfermedades (como el WhatsApp, dicen), a lo bipolar negativo (porque mucho peor es tenerlo por la positiva, aseguran), y al sentimiento 2015 de ser hincha del Barcelona catalán, hermoso cuplé que da pie para hablar de la extranjerización de las cosas. Al rato entonan una retirada llena de musicalidad, bajan y cantan en el desorden de sillas mientras dos niños congelados miran la batería murguera.

Más o menos transcurrieron dos horas. Una señora encoge sus hombros, el señor que la abraza le pregunta si tiene frío y ella se acurruca en su hombro. La calle está repleta de gente atenta que espera la llegada de la murga del barrio. La Trasnochada venía de un tablado, subiría al Rondamomo y seguiría para rematar la noche en el escenario de Malvín. La espera se consume entre bebidas y comidas. El vendedor ambulante ya se fue, la pareja no detiene su romance, las señoras hablan. Alguien invita un trago con intenciones de dos. El cuplé de Ricardo Arjona arrancó las risas de todos, y en la despedida el barrio relució sus berretines de cantores mirando cada movimiento aleatorio de los hombres disfrazados.

Entrada la madrugada, justo antes de que se hiciera ancha e interminable, tocaron los tambores de Kanela. Fue un estruendo. Un baile gozado entre las que quebraban caderas y los que se movían como podían. Una señal de que la luz del barrio se apagaría tarde.

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