Energía: Tiempos difíciles

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El 16 de noviembre la Agencia Internacional de la Energía (AIE) presentó su Prospectiva Energética Mundial 2016 con una proyección de lo que será el sistema energético desde ahora hasta 2040. Los informes de la AIE suelen ser atendidos por la mayoría de los gobiernos del mundo, pues se la considera una fuente confiable en la elaboración de los escenarios globales de energía. De manera que darle...
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El 16 de noviembre la Agencia Internacional de la Energía (AIE) presentó su Prospectiva Energética Mundial 2016 con una proyección de lo que será el sistema energético desde ahora hasta 2040. Los informes de la AIE suelen ser atendidos por la mayoría de los gobiernos del mundo, pues se la considera una fuente confiable en la elaboración de los escenarios globales de energía. De manera que darle una mirada a sus conclusiones es siempre una oportunidad interesante.

Según sus estimaciones, el mundo se enfrenta a una disyuntiva compleja y perentoria. Los yacimientos petroleros “convencionales” (de donde ha provenido nuestro petróleo históricamente) han entrado en declive y su producción es cada vez menor. La tasa de descenso de estos pozos ha sido de 6% anual en los últimos años, y si no se realizan inversiones importantes en este sector la tasa futura será de 9%. De los más de 60 millones de barriles diarios (mbd) que producían hace una década se ha caído a 47 mbd en la actualidad, y se estima que para 2020 estarán produciendo 36 mbd. Pero la demanda para ese entonces superará los 83 mbd, por lo tanto hay una brecha importante para cubrir: se requiere más del doble del crudo que los pozos petroleros convencionales pueden aportar.

Para abastecer esa demanda esperada es necesario recurrir a los petróleos no convencionales -mayormente, petróleo de esquisto o de formaciones compactas (shale oil y tight oil)-, que deben ser extraídos con una costosa y ambientalmente cuestionada técnica conocida como fractura hidráulica o fracking. El problema -además de los riesgos e impactos ambientales- es que con precios por debajo de los 100 dólares por barril no es viable la explotación de este tipo de hidrocarburos.

De hecho, la mayoría de los flujos de caja de las compañías petroleras se han visto bastante comprometidos en lo que va de esta década, y su situación se ha vuelto más crítica bajo este ciclo de precios devaluados. Todas han estado cubriendo sus déficits tomando deuda o vendiendo activos. Empresas que históricamente han presentado enormes ganancias, como Exxon o Shell, están en serios problemas financieros, y hasta la estatal empresa saudí Aramco ha comenzado a vender activos para equilibrar sus balances. Ni que hablar de las compañías en el segmento del upstream, aquellas que se dedican exclusivamente a la exploración y producción de crudo.

Por esta razón, la mayoría de los yacimientos de esquisto que habían comenzado su exploración o explotación hace unos años -cuando el petróleo superó el valor de 140 dólares por barril- fueron cerrados o detenidos. En Estados Unidos, el mayor productor de petróleo de esquistos del mundo, apenas quedan unos 6.500 pozos en actividad de los 21.500 que supo haber en 2014. Ahora la AIE advierte que si estos proyectos no se retoman y se comienza rápidamente con su explotación, habrá una crisis de abastecimiento de crudo antes de 2020.

Ahora bien, evitar la esperada crisis de suministro sólo puede hacerse subsidiando la exploración y la explotación petrolera o subiendo los precios del petróleo. La primera opción parece bastante difícil en tanto los estados cada vez tienen menos fondos públicos para destinar a este tipo de subsidios. Adicionalmente, en los últimos tiempos no es fácilmente justificable en términos políticos el subsidio a los combustibles fósiles, en virtud de la lucha ante el cambio climático. La segunda opción, el aumento de los precios del petróleo -además de depender de factores de mercado de compleja manipulación-, suele tener consecuencias negativas para la economía global: cada vez que el precio del barril de crudo ha superado los 100 dólares las economías han entrado en recesión.

Sin embargo, el dilema mayor viene de la mano de una segunda proyección que hace la AIE: el aumento de las emisiones de gases de efecto invernadero derivada de la quema de combustibles fósiles prevista hasta 2040 llevaría, ineludiblemente, al colapso climático en las próximas décadas. Para evitar el cambio climático la agencia recomienda que la inversión en combustibles fósiles se reduzca a un tercio, pues de continuarse con los niveles esperados de producción de hidrocarburos las emisiones de gases de efecto invernadero superarían largamente los límites aceptados.

Lamentablemente, las energías renovables tienen poco para ofrecer ante este escenario. Este tipo de fuentes son muy apropiadas para la generación de electricidad, pero esta es una porción muy pequeña de la matriz energética global. La enorme mayoría de los usos finales del petróleo (transporte, industria, maquinaria, agropecuaria, etcétera) no pueden ser sustituidos con fuentes renovables. Al menos, no dentro de los plazos y costos requeridos.

Los datos de la AIE parecen contradictorios, pero en verdad no lo son. La que es contradictoria es la marcha del mundo. La humanidad se enfrenta a un difícil dilema: si no aumenta la oferta petrolera se expone a una crisis de abastecimiento, pero si la aumenta se expone a una crisis climática. En cualquiera de los dos casos se expone a una crisis económica. Se avecinan tiempos difíciles.

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