Cuatro tesis sobre la “corrección política”

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**1. No existe una hegemonía de izquierda** Todo el edificio argumental de los “políticamente incorrectos” se basa en la idea de que la izquierda, y especialmente una izquierda centrada en los derechos de las mujeres y las minorías, goza de un dominio sobre la cultura y la sociedad, que relega a las voces no convencidas de la “agenda de derechos” a posiciones minoritarias y perseguidas. P...
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1. No existe una hegemonía de izquierda

Todo el edificio argumental de los “políticamente incorrectos” se basa en la idea de que la izquierda, y especialmente una izquierda centrada en los derechos de las mujeres y las minorías, goza de un dominio sobre la cultura y la sociedad, que relega a las voces no convencidas de la “agenda de derechos” a posiciones minoritarias y perseguidas.

Por más que para quienes se mueven en pequeños círculos organizados en torno a algunas organizaciones sociales y sectores del Frente Amplio, un par de grupos artísticos, el Ministerio de Desarrollo Social, el Ministerio de Educación y Cultura, la Facultad de Ciencias Sociales y la diaria pueda parecer que esa cultura se impone, basta sacar un poco la cabeza para ver que esa imagen está muy lejos de ser realidad.

Que algunas de las principales figuras de la comunicación de masas sean Ignacio Álvarez, Orlando Petinatti, Gerardo Sotelo y Victoria Rodríguez debería ser suficiente para refutar semejante idea. Si eso no bastara, podríamos señalar que la música más escuchada en radios y bailes son reguetones, cumbias y pop obsesionados con formas estereotipadas de la sexualidad, que internet está repleta de pornografía pensada para el disfrute del hombre (y la humillación de la mujer) y que incluso en el carnaval (histórico bastión izquierdista) abundan los chistes de negros, trolos, mujeres y todos los grupos imaginables. Las críticas virulentas a la corrección política abundan en todos los medios de comunicación, incluso en los supuestos bastiones de lo correcto.

La academia es, dicen los incorrectos, el centro de operaciones de la correcta dictadura. Pero, examinando con un mínimo de precisión el terreno académico, también este diagnóstico cae. ¿En qué disciplina domina la izquierda? ¿Dónde está esa supuesta imposición de esas raras teorías nuevas? ¿Mandan los poscoloniales en letras? ¿Lxs queer en sociología? ¿Los posmodernos en psicología? ¿Los derechos humanos en derecho? ¿Los marxistas en economía?

Por lo menos desde finales de los 80, la izquierda no domina en la cultura. El “sesentismo” está desprestigiado en todas las disciplinas, del periodismo a la economía y de la ciencia política al arte visual, e incluso lo que queda de él no es especialmente amigo de la “agenda de derechos”. Acciones de la Justicia y el gobierno muestran continuamente que el consenso sobre esa agenda no es tal ni en la cultura, ni en el Estado, ni en el gobierno, ni en el partido, y que su capacidad de acallar voces, si existe, está limitada a unos pocos ambientes.

2. Existe un problema de colonialidad en la izquierda

Una de las grandes acusaciones de los incorrectos hacia los correctos es la de “globalismo”. El lenguaje de los derechos y la protección de las minorías, junto con las diferentes vertientes del posmodernismo, supuestamente, vienen del sistema de Naciones Unidas, las universidades norteamericanas y las redes internacionales de financiamiento de ONG.

La izquierda tiene, sin duda, un problema de colonialidad. Sus teorías vienen del norte, sus técnicos son formados por “buenas prácticas” onuistas, sus organizaciones dependen muchas veces de dineros extranjeros y los diálogos entre militantes e intelectuales del sur y del norte está lejos de ser horizontal.

Pero esto no le pasa sólo a la izquierda. Las tecnocracias forman comunidades globales. El iluminismo de las humanidades tradicionales es notoriamente eurocéntrico, al punto de que cumplen el triste papel de defender nostálgicamente a la vieja potencia frente a la nueva. Y, por supuesto, el neoliberalismo es una doctrina imperial. La propia “incorrección política” surge de diferentes luchas contra el mainstream (desde fuentes tan diversas como el punk, la ultraderecha, el pop, el humor y el propio posmodernismo), que también irradian desde el norte.

Es importante cuestionar las relaciones norte-sur en cada uno de estos discursos, pero sin caer en la trampa de oponer, sin más, el “globalismo” a un nacionalismo supuestamente puro, como hacen autoritarios corruptos proempresariales, como Vladimir Putin, Recep Tayyip Erdogan, Donald Trump y Narendra Modi. Cometen un grave error quienes ven, con ojos de Guerra Fría, a estos regímenes como oposiciones “por izquierda” al neoliberalismo, cuando en verdad están a su derecha.

3. La izquierda no sabe cómo dar la batalla cultural

Continuamente la izquierda universitaria confunde los planos de la crítica cultural y la acción política, ante la ausencia de una teoría sobre cómo deberían vincularse. Sabemos que en el lenguaje y la cultura hay poder, y que sobre ese poder hay que operar, pero ninguna de las maneras dadas de hacerlo parecen funcionar. Vanguardias leninistas, trabajos gramscianos sobre el sentido común y desestabilizaciones posmodernas encuentran más problemas que soluciones.

Militantes y académicos de elite se enamoran del lenguaje técnico e intentan corregir a quienes no lo usan, cayendo en trampas idealistas que los vuelven esnobs y autoritarios. El disciplinamiento interno de las organizaciones y los ambientes de izquierda (hasta cierto punto necesario) se torna muchas veces un terreno opresivo de “corridas por izquierda” que imposibilita debatir. Mientras, el oficialismo rabioso de quienes no aceptan críticas al gobierno toma la forma de un optimismo delirante incapaz de lidiar con la realidad o el disenso.

Pero que estos fenómenos existan no quiere decir que sean lo mismo. Asumir que todos los esfuerzos de disputar políticamente la cultura son disciplinamientos o bajadas de línea solamente puede ser funcional a un conservadurismo que toma el campo cultural como dado. La operación de los incorrectos es interpretar como autoritarismo cualquier cuestionamiento a lo dado, al tiempo que reclamar la pureza de quien no es cómplice del poder y la excelencia como sinónimo de neutralidad. Trafican así como disidencia a un supuesto pensamiento único posiciones favorables al statu quo.

Un lugar común de los incorrectos es echar la culpa del triunfo de Trump y otros fascistas a la izquierda esnob, neoliberal y ensimismada. Sin duda la deriva hacia los pactos con el capital y la negligencia en la batalla cultural ha hecho un daño mortal a las izquierdas occidentales, pero no habría que obviar que los directamente responsables de la victoria de Trump fueron quienes lo apoyaron, entre quienes se encuentran miles de trolls políticamente incorrectos que disfrazan su racismo, sexismo y homofobia de defensa de la libertad de expresión. La libertad liberal, sabemos, muchas veces esconde la opresión.

4. No todas las transgresiones son iguales

En la política posmoderna, presentarse como una minoría avasallada es una estrategia política rendidora. Los incorrectos (y junto con ellos la derecha cultural) entendieron eso y buscan continuamente ocupar el lugar de la rebeldía, a pesar de que dicen odiar la victimización y de que de su lado se encuentren poderosos intereses. Lograron, en pocos años, que estar a favor, digamos, de las adopciones por parte de parejas homosexuales pasara de ser un escándalo contracultural a ser una expresión del establishment globalista.

Cualquier publicista sabe que la trasgresión vende. Los neoliberales se ven como trasgresores del conservadurismo corporativista de los sindicatos. Los liberales como trasgresores de la pacatería y la mediocridad uruguayas. Los católicos como trasgresores de un secularismo autoritario. El pop y la poscontracultura como trasgresores de una cultura nacional gris. La izquierda sesentista como trasgresora de un consenso neoliberal. Los humanistas iluministas como trasgresores de la cultura de la imagen. Lxs llamadxs “políticamente correctos”, de hecho, también sienten que dan una batalla cuesta arriba contra un sentido común machista, homofóbico y racista.

Cada uno piensa que se enfrenta a un pensamiento único y que su posición es la única capaz de realmente pensar, frente a un rebaño que repite como loro lo que mandan las mayorías. Muchos repiten como loros que su pensamiento es original. Estar en contra del sentido común no es garantía de inteligencia, y menos aun de justicia. Salvo que seamos unos esnobs incurables, deberíamos querer que la mayoría esté de nuestro lado.

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