En su libro "La historia impertinente", Leonardo Borges usa la historia para explicar la actualidad

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“Está recontra probado que [José] Artigas no es el héroe de Uruguay” fue una de las primeras frases que Leonardo Borges, historiador, periodista y escritor, dijo a _la diaria_. En su libro _La historia impertinente. Apuntes para un debate de actualidad_, afirma: “Artigas fue un hombre extremadamente pragmático, que supo fusionar tradición e ideas nuevas [...], pero lejos del Uruguay tal y como ...
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“Está recontra probado que [José] Artigas no es el héroe de Uruguay” fue una de las primeras frases que Leonardo Borges, historiador, periodista y escritor, dijo a la diaria. En su libro La historia impertinente. Apuntes para un debate de actualidad, afirma: “Artigas fue un hombre extremadamente pragmático, que supo fusionar tradición e ideas nuevas [...], pero lejos del Uruguay tal y como hoy lo conocemos”. Si bien no es una revelación, Borges insiste en que Artigas fue en verdad una figura regional. También habló del mito “infranqueable” de la Suiza de América, de la idea “marketinera” de cambiar el ADN de la educación y afirmó que la historia oficial sigue siendo “colorada y unitaria”, a pesar de tres gobiernos del Frente Amplio a nivel nacional y cinco en Montevideo.

–¿Artigas no fue masón?

-[El presidente Tabaré] Vázquez es masón y se basa en una bibliografía que dice que Artigas también lo era. En realidad, era muy lejano a la masonería. Hay historiadores masones que buscan tirar agua para su molino. Si nos agarramos de ese Artigas masón, nos perdemos la totalidad del personaje. Lo que el libro se pregunta es si hay una relación entre la derrota de Artigas y su condición de profano, porque el resto de los revolucionarios sí eran masones.

–En su libro usted menciona que incluso los militares toman la figura de Artigas, tal como lo hacen los políticos.

-Artigas es un as en la manga. Todos los políticos de todos los partidos y tendencias, tanto de derecha como de izquierda, se justifican por medio de Artigas. Los militares usaron al militar; la izquierda, y en algún caso los tupamaros, buscaron al Artigas revolucionario, como también lo hicieron los blancos. La frase de [la ex presidenta argentina] Cristina [Fernández ] de que “Artigas quiso ser argentino y no lo dejamos” es cierta.

–¿Por qué está de acuerdo con esa afirmación?

-Si no se contextualiza, parece un atentado contra la uruguayez. La bandera de la provincia de Entre Ríos es la de Artigas. El gobernador [de allí] era el Pato Sergio Daniel Urribarri, un hombre artiguista. Esa frase fue un guiño al hombre que en ese momento era un posible candidato.

–¿Entonces se trataba de política interna?

-Sí, pero de todas formas lo que dijo es verdad: efectivamente, Artigas quería las Provincias Unidas del Río de la Plata, y cuando uno menciona “Argentina” a principios del siglo XIX no menciona al país. Para ello tenemos que esperar hasta los años 60 del siglo XIX, con la creación del Estado. Argentina era un gentilicio que se usaba en forma normal. Juan Manuel de Rosas bautizó Confederación Argentina a su proyecto. Lo que se estaba tomando era una referencia del lugar.

–¿A quiénes se refería Fernández al afirmar “no lo dejamos”?

-A los porteños. Esa fue la mayor crítica de un presidente argentino con respecto a la historia. Para la historia oficial, la de Bartolomé Mitre, Artigas era un montaraz y un asesino. La presidenta revisó toda la historia en una frase.

Renga y bizca

–En el libro menciona que las políticas llevadas adelante durante el gobierno de José Mujica estaban cargadas de historia. ¿A qué se refiere?

-Detrás de lo que hacía Mujica había una referencia consciente a José Batlle y Ordóñez. Lo dicen los politólogos. El Frente Amplio [FA] tomó fuerza cuando los votos batllistas se fueron del Partido Colorado [PC]. De alguna manera, el nuevo batllismo es el FA. Mujica es un personaje muy bastardeado desde el punto de vista intelectual, pero detrás de él hay un montón de gente pensando; uno de ellos era Eleuterio Fernández Huidobro. Cuando murió, perdió un gran peso intelectual.

–En la llamada “época de la Suiza de América” también hubo conflictos sociales. Tuvo una parte oscura como la protesta de los canillitas en 1920, que reclamaron un descanso semanal que no obtuvieron.

-Uno de los mitos infranqueables de la historia uruguaya es el que sostiene que los primeros 50 años del siglo XX fueron maravillosos: salimos campeones del mundo, nos iba bien económicamente, teníamos una democracia maravillosa... Pero si se empieza a rascar, no era tan así. Hay mucho de creación posterior. Fue como la primera novia: era hermosa, pero nadie se acuerda de que era renga y bizca.

–Usted también sostiene que el cambio de ADN de la educación es una frase marketinera.

-Ese concepto me generó un poco de risa. La segunda presidencia de Vázquez está plagada de promesas agarradas de los pelos; es algo que me extraña de Vázquez, porque es un tipo muy serio en ese tipo de cosas. Yo conozco a gente en el Codicen que está trabajando mucho, pero no están cambiando el ADN. Eso es un disparate, y me extraña que Tabaré Vázquez tenga el tupé de decirlo. Lo que están haciendo es poner parches, no una reforma educativa que te pone a todo el mundo en contra. El último que lo hizo fue Germán Rama, con sus aciertos y sus errores. El mismo Germán Rama al que Eduardo Galeano le dedicó Las venas abiertas de América Latina hoy es un cadáver político. Los resultados de una reforma educativa se ven en 30 años, y lo que buscan los políticos son votos.

–Se dice que en Uruguay hay una democracia de punta en el mundo. Si bien es cierto desde el punto de vista de la realización de elecciones y del acatamiento, usted señala que no existió rotación de partidos.

-Ese es otro mito que tenemos que romper. El sistema de partidos es fuerte, pero en el siglo XX, y más aun en el XIX [en los hechos], un solo partido gobernó: el colorado. No había una de las grandes características de la democracia, que es la rotación.

–En entrevistas anteriores mencionó la nomenclatura de la ciudad como una manera de ver la historia. ¿Qué importancia tiene?

-El FA lleva tres gobiernos a nivel nacional, y en Montevideo gobierna desde 1990. En todo ese tiempo, no ha podido cambiar la historia, como tampoco lo lograron los tres gobiernos blancos. La historia oficial sigue siendo colorada y unitaria. Esa historia se vuelca en el nomenclátor. A pesar de que parezca una tontería, no lo es.

Niño llorón

–A la luz de la historia, ¿cómo ve la situación actual del PC, en momentos en que el senador de Vamos Uruguay Pedro Bordaberry renunció a eventuales próximas candidaturas?

-Yo no sé si renunció o no. Puede hacer como Vázquez, que volvió. Le hace muy bien al PC que no sea candidato. Desde el punto de vista electoral, llegó a su zenit. Históricamente al PC le fue bien cuando quien determinó las candidaturas fue su costado de centroizquierda, que era el batllismo. Cuando tomó el camino hacia la derecha perdió votos. Julio María Sanguinetti levantaba la bandera del batllismo y Jorge Batlle, por su apellido, también lo hacía.

–¿Hay alguna figura de centroizquierda en el PC?

-El que quiere calzar ese número de zapatos es Fernando Amado. Lo que le falta es que le crean. No deja de ser un niño llorón que grita alrededor de la maestra, pero nadie le da pelota. De todas formas, creo que le puede dar al PC un perfil de centroizquierda; viendo a los otros posibles candidatos, es una figura interesante.

–¿En otro momento de la historia la falta de renovación de líderes fue tan clara como ahora?

-Cuando desaparecen determinados referentes, siempre hay un momento en el que todos se miran para ver quién toma la posta. En la historia de Uruguay, los referentes prepararon una generación para que los supliera. Lo que pasa ahora, salvo en el Partido Nacional, es que ni Mujica ni Vázquez han preparado una generación con fuerza. A lo mejor me equivoco y en diez años Alejandro Sánchez es presidente. Hoy veo buenos legisladores, pero no una generación de líderes.

La historia impertinente. Apuntes para un debate de actualidad

De Leonardo Borges. Ediciones de la Plaza, 2017. 164 páginas.
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