María Flores. Foto: Sandro Pereyra (archivo, agosto de 2014)

Dos dirigentes sindicales cuentan cómo las mujeres afrontan el trabajo en dos rubros de predominancia masculina: el campo y la construcción

Con dos perfiles distintos, María Flores, presidenta del Sindicato Único de Trabajadores del Tambo y Afines (SUTTA) y dirigente de la UNATRA (Unión Nacional de Asalariados, Trabajadores Rurales y Afines), y Laura Alberti, integrante del Sindicato Único Nacional de la Construcción y Anexos (SUNCA), tienen en común su lucha por los derechos laborales de las mujeres en dos ámbitos con desafíos completamente diferentes. Para Flores, la mujer rural “merece un reconocimiento mucho mayor que el que se le está haciendo”, porque es el pilar que sostiene el sistema productivo; Alberti, feminista declarada, opinó que “la revolución es con todos –hombres incluidos– o no es”.

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Flores nació hace 50 años en un campo en Florida, departamento donde sigue viviendo al día de hoy, en Maciel, con su familia. Tiene tres hijos de 13, 16 y 30 años, todos trabajadores rurales. “Me gusta mi paisito y amo lo que hago, amo las vacas y trabajar en tambo”, resumió esta dirigente sindical, que sostiene que lo que le falta al país son “mujeres empoderadas”. “Quiero una mujer en el Mini...
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Flores nació hace 50 años en un campo en Florida, departamento donde sigue viviendo al día de hoy, en Maciel, con su familia. Tiene tres hijos de 13, 16 y 30 años, todos trabajadores rurales. “Me gusta mi paisito y amo lo que hago, amo las vacas y trabajar en tambo”, resumió esta dirigente sindical, que sostiene que lo que le falta al país son “mujeres empoderadas”. “Quiero una mujer en el Ministerio de Economía [y Finanzas] y quiero ver un Uruguay con una mujer presidenta”, sostuvo al respecto. Para Flores, “la lucha primero es con nosotras mismas: desmitificar los mandatos que tenemos de que no vamos a poder”.

Alberti, de 41 años, es oriunda de Buenos Aires, aunque se define “más uruguaya que el mate”, porque al año de nacer vino a vivir a Montevideo. A fines de 2006 comenzó a trabajar con la cerámica roja y unos meses después ingresó al SUNCA por el lado de los anexos. Integró la ronda de Consejos de Salarios en 2010 y hoy en día sigue militando regularmente.

La presidenta del SUTTA va por su segundo mandato en el gremio, aunque no le gusta definirse en ese cargo: “Soy una dirigente más”, sostuvo. La gremial se fundó en 1958, pero se reflotó hace una década, tras un momento sin militancia ni suficiente cantidad de afiliados. Con el aumento de la cantidad de tambos, Flores nota que también se incrementó la cantidad de afiliados, pero las mujeres siguen siendo la minoría. Entre los 700 integrantes actuales, sólo 150 son mujeres.

Flores opina que las mujeres deberían ocupar un rol mucho más importante en los sindicatos. Las trabas, observa, son dos: por un lado, la realidad de que el trabajo no remunerado cae en mayor medida sobre ellas y, por otro, las condicionantes sociales y culturales en las que viven. “En el caso de las mujeres rurales, tenés en el mejor de los casos ocho horas de trabajo y luego seguís en tu casa con la familia, la limpieza, los hijos, las gallinas y en muchos casos la cría de un ternero guacho, porque cuando el esposo llega se saca las botas y se sienta a descansar. Y ni te digo cuando vivís en el mismo predio del establecimiento: los patrones tienen la impresión de que siempre nos sobra algún tiempito para hacer algo más”, contó. Si bien desde 2008 existe una ley que regula la jornada laboral y los descansos en el medio rural, en algunos lugares sigue sin respetarse los derechos. Según Flores, “cuanto más te alejas de la información y menos accesibilidad hay, peor es. Hay gente que nos dice que canjea tareas por un pedazo de carne”.

Para Flores, “es un orgullo” contar con mujeres en la directiva de las gremiales que integra. En estas hay roles, como las finanzas y la organización, que sería “estratégico” que ocuparan mujeres. Aun así, reconoce que no fue fácil abrir ese camino: “Nada se nos regala. Siempre hay una lucha, primero interna y con nosotras mismas, para desmitificar el mandato de no poder por ser mujer; y después está la lucha externa con los compañeros que piensan que deberías estar en tu casa atendiendo a sus hijos, lavando la ropa, y no militando. Esa es más dolorosa”. Lo que sucede “a veces”, cuenta la floridense, es que “el ego de ellos no nos deja hacer las cosas”. Según ella, a veces los hombres “se creen dueños de la verdad”.

En el SUNCA, en tanto, entre los 50.000 trabajadores afiliados, las mujeres son apenas 2%, y en la dirección nacional, de los 35 integrantes hay tres mujeres, lo que para Alberti también representa “un orgullo”.

El valor de lo femenino

La idiosincrasia del medio rural es distinta a la de la ciudad, y el trabajo también se percibe de manera distinta.

Flores trabaja en un tambo ubicado en el límite departamental entre Florida y Durazno, y sostiene que en ese ámbito la labor femenina es valorada por “la prolijidad” y “la metodicidad”: “En la limpieza, en el trabajo manual y en un montón de cosas, porque las mujeres somos multifuncionales: hoy en día hay quienes manejan un camión, quienes se desempeñan como alambradoras, y en todo eso se nota la mano femenina”,afirmó. Por estas características, considera que “resulta atractivo” contratar mujeres.

En la construcción, en tanto, Alberti resalta el desprestigio que se percibe, no por el lado de los trabajadores, sino por el del “grupo empresarial”. La “mayoría” de las mujeres que ingresan al sector lo hace gracias al decreto de reglamentación de la ley de mano de obra local, que establece, desde 2010, que aquellas obras del ámbito estatal deberán contar necesariamente con una porción de mano de obra “no permanente, peones prácticos y/o obreros no especializados”; en la práctica, “mujeres mayores de 18 años y menores de 50”, explicó. “Si no fuera por eso, estaríamos en el horno”, sostuvo.

Alberti explicó que cuando se arma una obra, se establece un comité de obra y se eligen los delegados; y ahí lo primero que se plantea es que “entren compañeras y personas con discapacidad”. Según ella, no hay diferencias salariales entre hombres y mujeres porque corresponden en ambos casos a laudos, pero sí hay discriminación de los capataces, en las categorías más altas y del sector empresarial: “A las mujeres las mandan a cocinar, a limpiar baños o barrer, y lo que intentamos hacerles entender es que no entraron para hacer ‘cosas de mujer’, sino el mismo trabajo que un hombre, para poder aprender y ascender de categoría, y en una próxima obra ubicarnos en un puesto mejor”.

En el campo, en cambio, “es común ver en los anuncios que dicen, por ejemplo, ‘se busca capataz de estancia: él 20 [mil] y ella 15 [mil de salario]’”, contó Flores. Por eso se preguntó: “¿Por qué esa diferencia cuando trabajamos a la par?”. “La mujer es la primera que se levanta y la última que se acuesta. Somos las que cocinamos y limpiamos, y yo dignifico mi trabajo porque en un día hago montones de cosas. La mujer rural es el horcón que sostiene el rancho: un palo muy grande y pesado que se pone en el medio del rancho y que quizá no se visibiliza, pero es lo que sostiene toda la infraestructura”, afirmó. Aseguró que “sin las mujeres rurales no habría leche ni carne, porque detrás de cada cosa está el trabajo de las mujeres rurales, que están en todos los ámbitos de la producción”.

Sacarse el sombrero

Ambas entienden que compatibilizar la militancia y la ocupación en el trabajo de cuidados en el hogar fue y es difícil, pero también consideran que la clave está en ser fieles a sí mismas.

Flores consideró que la conciliación se da cuando “estás dentro del área que te gusta y lográs cosas, como un convenio colectivo y derechos para los trabajadores”. Recordó: “Cuando logramos el convenio colectivo, llegué a mi casa, me senté y me saqué el sombrero: pude decir ‘lo logré’ y congratularme por eso”.

Para Alberti, todo se conjuga “cuando estás haciendo lo que te gusta”. “La militancia te tiene que gustar y ahí la cosa va por explicar en tu casa, conversar acerca de lo que te hace bien”, dijo.

Alberti también habló sobre el acoso callejero, un tema que históricamente ha interpelado a las obras. Para ella el problema no es del trabajador de la construcción, sino de toda la sociedad”. “Hay que tener ese cuidado al abordarlo para que entiendan que no es un ataque. Nosotros no lo entendemos como una guerra de género, sino una lucha de clases. Vivimos en un mundo capitalista, en el que el patriarcado se ha gestado dentro del capital. A la mujer que pasa por la vereda hay que respetarla. A veces nos llaman padres de chiquilinas que las trataron mal al pasar por una obra, y en esos casos vamos hasta la ubicación y nos percatamos de que son obras que no están organizadas. Entonces las organizamos y reflexionamos sobre la situación”.

Preparando la ronda

Para Flores, las mujeres rurales necesitan ser valoradas de otra forma. “Lo que nos falta es perder nuestros propios miedos y reclamar lo que nos pertenece y el lugar que merecemos”, sostuvo.

Tanto el SUNCA como los trabajadores rurales negocian en la próxima ronda de Consejos de Salarios a mediados de este año. Las mujeres del sindicato de la construcción buscarán “incluir las cláusulas de género que la vez pasada quedaron colgadas” e “instalar el protocolo de acoso laboral”, mientras que Flores dijo que en la UNATRA aún están en etapa de preparación de la plataforma, que estiman que definirán a fines de marzo.

Para Alberti hay necesidades puntuales, como “el cuidado de los niños y las guarderías, entre otros”. Explicó que, al ser un sindicato con presencia mayoritaria de hombres, las cláusulas de género pasan a un segundo plano, porque “nos cuesta entender que en realidad se trata de algo para todos, los dos géneros”.

“A veces me dicen que trabajo en un gremio machista, y no voy a decir que no es complicado trabajar con muchos hombres, pero también entiendo que muchos pelean por nuestros derechos”, reflexionó. “Como feminista, yo entiendo que [la revolución] es con todos, o no es”, concluyó.

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