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Foto: Juan Andrés Pardo.

Un artista canario con influencias torresgarcianas es responsable de un circuito cultural y turístico poco divulgado de Paysandú

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El paseo con una treintena de obras a cielo abierto realizadas por Juan Carlos Ualde.

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Aunque apenas rebasa los 5.000 habitantes Guichón es considerada la segunda ciudad más poblada de Paysandú. Quizás no sean muchos los compatriotas enterados de que en este rincón del país se encuentra el circuito de esculturas y murales más importante de Uruguay.

Juan Carlos Ualde, médico de profesión, llegó desde la capital a esta ciudad en 1979 para trabajar en el hospital público e iniciar en paralelo una imponente obra artística. Entre esculturas, murales pintados en paredes y sobre hierro, el circuito escultórico de Guichón cuenta con una treintena de obras a cielo abierto. Hay varias más en espacios interiores como escuelas y recintos hospitalarios, la Asociación de Jubilados y Pensionistas de Guichón (Ajupegui), la Cruz Roja y la Liga de Trabajo, aparte de domicilios particulares.

“Nací y fui criado en Santa Lucía, pero en realidad vine desde Montevideo. Las cosas no se estaban dando de la mejor manera como para progresar económicamente, entonces nos vinimos a Guichón junto a mi señora, que había ganado un concurso para trabajar en Casa Cuna de esta ciudad”. No sólo la profesión lo conducía al norte, como explica: “Mi hermana era casada con un muchacho de Guichón, por eso conocí esta ciudad. Por aquellos tiempos coincidió también que un médico del hospital se retiraba y quedaba un puesto libre; ahí vi la posibilidad de trasladar mi cargo de Salud Pública al hospital de aquí”.

Ualde siente que desde siempre tuvo una inclinación hacia el arte. “Fui alumno de la escuela rural N° 26 de Barra del Tala (Canelones). Mi tía era la maestra y directora de esa escuela, ella me llevó a hacer quinto y sexto allá, ya que mis padres eran muy pobres. Esa tía me recortaba de los diarios unas viñetas con dibujos que venían en la parte de abajo. Por ejemplo, la primera viñeta traía un círculo y a medida que avanzaban las hojas, se iba formando una cabeza. Ahí empecé a dibujar y también empecé a utilizar técnicas de trabajo en guampa, en madera, ya que en esa época no había otro entretenimiento en aquel lugar. Después fui a hacer secundaria a Santa Lucía, el preparatorio en Canelones y luego me fui a Montevideo”.

El tiempo en la capital también transcurrió entre el descubrimiento de materiales y posibilidades expresivas. Se dedicó a hacer tallas en madera, que vendía para salir adelante mientras estudiaba Medicina. “Cuando me mudé a Guichón decidí hacer algunos cuadros para adornar la casa. Un día, allá por 1983, a través de Pablo Valdez, que era un artista plástico, decidimos hacer algunas exposiciones junto a otros pintores”, relata el escultor. En aquellos encuentros fue que conoció a quien entonces se convirtió en uno de sus grandes mentores, Octavio Podestá. “Pablo era muy amigo de Octavio y se le ocurrió invitarlo para que venga a ver mis trabajos en pintura. Yo a Podestá ya lo conocía como un gran artista. Estando en mi casa le pregunté si quería que lo llevara a recorrer algo de Guichón y él lo único que me dijo fue que quería ir a ver chatarrerías. Bueno, allá fuimos a recorrer chatarrerías y también cementerios. Yo lo veía agarrar lo que para mí eran solamente fierros y le oía decir ‘mirá qué forma más preciosa’ y yo le respondía ‘dale, dale, los llevamos, si querés’”.

Un mural tapado

“De la escuela N° 39 de Guichón, un día vino a hablar conmigo la doctora Paula Gauthier, para contarme que junto a una psicóloga estaban trabajando en talleres de educación sexual para los niños, y que como resultado de todo ese proceso, querían realizar alguna obra. Les propuse pintar un mural y les sugerí que de cada taller con los niños, les pidieran dibujos que luego fueran tenidos en cuenta”, recuerda Ualde. “Yo hice la estructura del mural incluyendo los dibujos de cada niño con sus iniciales, para que ellos pudieran reencontrarse con sus dibujos. También ayudaron entusiasmados a pintar el mural que estaba escrito en alfabeto torregarciano, un alfabeto críptico, donde no aparecían malas palabras sino términos como amor, sexo, genitalidad. La cuestión es que a los dos años de aquel trabajo, un día caminando por la calle, miro para adentro de la escuela y la pared donde había estado el mural, estaba pintada de blanco. Entré para preguntarle a la directora qué había pasado. Se puso media nerviosa y comentó que algunos padres habían reclamado por los dibujos, que consideraban insultantes. Mucha gente se enteró y se armó toda una discusión en el pueblo y las redes sociales. La decisión fue de la dirección y de algunos docentes, que consideraron ofensiva la obra. Fue una censura de un trabajo que no comprendieron. Ahí se hablaba de sexo, no de pornografía. Y era un trabajo realizado a partir de los propios gurises”.

Lo presumible es que Podestá, desde entonces, estuviera pensando en dejar alguna obra en Guichón. De hecho, a través de su amistad con Valdez, según cuenta Ualde, organizó tiempo después una muestra itinerante. “Se vino con un camión y trajo una cantidad de esculturas que expuso en el Auditorio Municipal. En ese momento a mí se me empezó a abrir la cabeza, a observar cómo trabajaba, y un día me propuso hacer algo para Guichón. Se fue y a los quince días me mandó una maqueta de una escultura que ideó para instalar en la ciudad. Comenzamos a dialogar sobre los materiales necesarios para realizar esa obra. Así empezó un trabajo de hormiga que llevó catorce años, pero que finalmente se concretó y se instaló en la entrada a Guichón. Fue denominada La palma sola”.

A partir de ahí Ualde empezó a desarrollar esculturas abstractas: “Venía haciendo algunas cosas, pero no sabía soldar. Planificaba las obras, las cortaba y las tenía que llevar a un taller. Mirando cómo soldaban, aprendí. Y ahí sí empecé con todo a trabajar”, explica. “En paralelo a ese proceso, un día apareció un señor en mi casa. Era nada más ni nada menos que el pintor y muralista Daymán Antúnez. Se presentó como alumno directo de Torres García y se ofreció a hacerme un retrato. Mientras él pintaba, yo lo ametrallaba a preguntas. Tenía una calidad técnica muy buena y, en definitiva, con él agarré la técnica del constructivismo abstracto, que me gustó para pasarla a lo tridimensional, con estructuras torregarcianas. Lo que empezó a suceder luego es que llegaba gente de diferentes lados a mi taller y algunos pensaban que las obras eran de Podestá. Ahí fue cuando me di cuenta que, sin querer, lo estaba copiando. Entonces empecé a buscar mi camino y llegué a hacer obras torregarcianas con contenido, o sea, obras que tengan algo más que lo abstracto”. Reconoce que lo abstracto siempre resulta complejo para algunos. “Es muy difícil que las personas liberen su mente, a veces. En la escuela, el niño entra con el abstracto fresquito, dibuja tres rayas y dice ‘estos son mamá, papá y yo’. Entonces la maestra le dice que está mal, que tiene que dibujar el rancho, el arbolito y el camino que va para allá; llevan al niño al realismo y le limitan la creatividad de lo abstracto”, reclama Ualde.

Foto: Intendencia de Paysandú.

Desde hace varios años algunos pobladores de la ciudad vienen trabajando en el desarrollo de circuitos turísticos de historia, aventura y naturaleza, atractivos para quienes llegan a esta zona. Desde las Termas de Almirón a los Montes del Queguay, pasando por bellos palmares, Guichón ofrece un abanico de experiencias para todo tipo público. En cuanto a Ualde, sus trabajos han trascendido los límites departamentales. En Rivera, Canelones, Montevideo y Río Negro, e incluso en Villaguay (Argentina), se pueden encontrar esculturas del artista canario residente en Guichón. Para conocer más acerca de su trayectoria: juancarlosualde.com

Tres visitas sugeridas

La palma sola (inaugurada en 2008)

Está en el acceso a la ciudad de Guichón, donde la piedra fundamental se instaló en 2002. Se trata de una estructura abstracta de hierro reciclado de siete metros por 3.60. Verticales y paralelas juegan con planes centrales lisos y perforados en distintas direcciones, logrando la armonía de lo irregular; sombras y espacios completan la obra. El nombre se debe al sitio donde se ubicaba la primera estancia en la zona, actual emplazamiento de la ciudad, perteneciente a la familia Guichón. En el lugar existía una única palmera nativa, la Yatay.

Betum Artasam-Baquiú (2003) / Memorial de Salsipuedes

Instalada donde ocurrió el genocidio del pueblo charrúa en 1831, para Ualde se trata de la obra más trascendente y controvertida “desde lo político” ya que “no ha progresado más porque los colorados la niegan y los blancos no”. Consiste en una estructura abstracta de hierro reciclado que simboliza la unión de dos culturas, española e indígena, fundidas en dos figuras de las cartas de juego de lonja quemada, atribuidas al charrúa Tacuabé, inspiradas en las cartas españolas de la época. Las figuras entrecruzadas de las cartas semejan un reloj de arena como testimonio de que el tiempo revaloriza lo injustamente desvalorizado. El título de la obra representa en las voces charrúas el número ocho y nueve, correspondientes a la sota (mujer) y caballero (hombre) de la antigua baraja española.

Batalla de Palmar (2014)

Ubicada en el límite entre Guichón y Piñera, epicentro de la batalla suscitada entre blancos y colorados en junio de 1838, consiste en una estructura de hierro electrosoldado de siete por tres metros. Dos lanzas en medida áurea atraviesan un par de círculos entrecruzados como el partido Nacional y Colorado enfrentados. Los colores de las puntas de lanza comparten las dos divisas simbolizando la lucha entre hermanos. El círculo rojo encima del blanco representa el ganador de la batalla en esa oportunidad.

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