“Despierto de noche con las botas puestas y las cervicales enlazadas, helada, giro sobre el cuero del sillón. El océano Atlántico es un enorme agujero negro tras el ventanal. El departamento es una caja china de fantasmas. Tuve un sueño tan espeso que la habitación fue una coctelera en la que se mezclaron las dimensiones. Todo está lleno de pasado. Busco la campera y el llavero”, escribe Vera Land en un relato de mayo de 1998 publicado en la revista La Maga e incluido en Mis notas. Cerdos & Peces y otras revistas contraculturales (2025).
El libro más reciente de la escritora argentina reúne artículos que van de 1987 a 2003, aunque la mayoría pertenecen a la década de 1990, aclara. Su lectura, ordenada o desordenada, avanza como un diario de viaje –que incluye a Divididos, Los Redondos, Alejandro Urdapilleta y Hebe de Bonafini, entre otros personajes– hilado a través de notas actualizadas de contexto y fotos inéditas sobre sus escapadas a Mar del Plata, las fiestas de Cerdos & Peces, las historias detrás de las portadas y las noches de redacción de la revista de espíritu antisistema.
“Nadie va por la avenida costera, ni mi sombra”, continúa en páginas esenciales de su estilo. “No veo el mar, pero ruge y huele. Mi pelo flota furioso y en silencio. Son tres largas cuadras hasta llegar a mi nave. La luz violeta tintineando en la vidriera. El local está abierto y las maquinitas encendidas. Ocupo el sitio de todos los días. Salgo disparando sin pausa”.
Un mensaje en el teléfono me avisa que Vera Land visitará Montevideo durante unas pocas horas de un sábado. En la previa de la posible entrevista casi que no da el tiempo de anticipar en su plenitud la imagen de una leyenda del periodismo gráfico, creadora de mitos de la noche porteña de fines de los 80 y comienzos de los 90, cronista de las historias que nadie quiere cubrir, socia de Enrique Symns e imagen atractivamente dark de la contracultura rock y el reviente porteño. Vera había llegado hasta la Feria Internacional del Libro de Montevideo, invitada a presentar el libro de su colega uruguayo Hugo Gutiérrez Nacidos para molestar, además del propio.
Ahora camina bajo la lluvia de la avenida 18 de Julio y confiesa que “no puede pasar un día sin leer ni escribir”. Se presta a intercambiar figuritas de los Stooges y sus shows en Buenos Aires, y adelanta pinceladas de su próximo proyecto: un libro sobre Iggy Pop que verá la luz en 2026.
A la bondadosa noche entre libros y jubilados en el edificio municipal apenas si la distrae una fila de punks con anteojos de aumento que, enterados de la visita, esperan pacientes el fin de su exposición en el salón Rojo.
Entregada a sus pares, a cada uno, aunque la abordan religiosamente en parejas, dedica momentos de candidez y genuina atención, los que alimentan una visión maternal que no había anticipado y que más tarde adquirirá perfecto sentido.
Desde las páginas de Cerdos & Peces, la más provocadora de sus columnistas y su redactora estrella fue la madre del reviente y quizás lo inventó todo como una serie de Netflix del papel. “Pero no era mi plan seguir siendo igual”, dirá más tarde, en un pasillo de la Intendencia de Montevideo, una de las fundadoras del periódico chileno The Clinic.
“Vera Land se inició en las letras como poeta amateur”, informa la solapa de Mis notas... sobre la autora, que también tiene en su haber Tu maquillaje de fuga se evapora con la luz y es coautora, junto con Enrique Symns, de biografías de Fito Páez y del grupo Los Tres.
Además, como Andrea Álvarez Mujica, su nombre de no ficción, escribió otras novelas, como la imprescindible La vida es extraña, el libro de relatos Destructible y una biografía del grupo Estelares, entre otras obras lanzadas bajo Hormigas Negras, el sello editor que ella misma gestiona.
“Periodismo versus gacetillas. Arte versus imagen ilustrativa. Siempre que se pueda: periodismo y arte”, declara Vera Land al reverso del libro que servirá como excusa para esta nota con la diaria.
Por más de diez años no supimos nada de Vera Land. Ahora reaparece, pero casi paralelamente seguís firmando como Andrea Álvarez Mujica. ¿Cómo lidiás con esa dualidad?
Ahora ya estoy acostumbrada. O me volví a acostumbrar. Es una identidad que tuve durante mucho tiempo. Al principio me costó. Fue como muy de a poco, porque me daba un poco de susto. Ahora ya estoy súper tranquila, relajada y cómoda con haber retomado esa identidad. Es como un alivio también, porque era complejo eso que yo quería hacer de despegarme de mi pasado. Eso ya funcionó un tiempo, pero ahora me siento mejor. Estoy como súper libre.
Esta Vera Land reaparece en otro momento de tu vida. ¿Es la misma que conocimos?
Yo creo que es la misma. Me cuesta un poco más lidiar con la Vera Land de hasta mediados de los 90. Siento que lo que seguí escribiendo después es una continuidad, aunque no estaba el nombre. Entonces fue como un capricho raro, porque finalmente me di cuenta de que compliqué un poco las cosas.
Son procesos. Cada uno hace lo que puede y lo que relativamente quiere. Cuando veo, por ejemplo, mis tres novelas, la primera, Tu maquillaje de fuga se evapora con la luz, está firmada como Vera Land, la segunda, Los novios muertos, como Andrea Álvarez y la tercera, La vida es extraña, como Andrea Álvarez, y la verdad es que en las tres se ve una continuidad del desarrollo de una persona que escribe novelas, de una escritora que es la misma.
En ese sentido, justamente, no tiene mucho sentido. Me pasa lo mismo cuando veo Horas de rock, un libro que firmé como Andrea Álvarez y que es como una continuidad de Mis notas... y de mi trabajo de periodista. Me doy cuenta de que yo soy yo escribiendo, porque toda esa cosa tuvo un poco que ver con desprenderme de algo que no tenía que ver con la escritura, sino con una expectativa con el personaje, que era lo que yo sentía que no podía asumir, o algo así.
Buena parte de tu trabajo en Cerdos & Peces tuvo que ver con ir al encuentro de personajes a veces muy conocidos, a veces muy marginales y anónimos. ¿Qué buscabas en esas entrevistas?
Historias. Para mí eran muy importantes las historias y los lenguajes. En ese sentido, como yo venía de la literatura, me interesaba mucho la cuestión de los lenguajes como si fuesen distintos relieves de los textos. Y después las historias, porque me parecía que escribir necesitaba de historias. Siempre las estaba buscando, ya fuera la historia de alguien de la calle, de un músico, de un artista o de lo que fuere. O sea, me parecía que la verdad estaba en las historias de vida.
¿Quién fue la persona más fascinante que conociste?
Qué difícil. Y tengo un par que conocí... Tal vez no sean conocidos. Evidentemente, Enrique [Symns] era una persona cautivante, fascinante, sobre todo cuando lo conocí. En ese momento yo tenía 20 años y él tenía 40, y era totalmente diferente de todas las personas que yo había conocido en mi vida.
Era muy interesante, con sus contradicciones y con sus dualidades, digamos. Podía ser una persona muy bondadosa, muy generosa, un hombre muy ingenuo en ciertas cosas y, a la vez, también tenía su costado endemoniado, a veces dañino también. Y entonces, sí, era una personalidad muy compleja y muy fascinante, muy cautivante para alguien joven.
Vos lo conociste muchos años. ¿Siempre fue igual? Pienso, por ejemplo, en cómo lo pueden haber afectado sus problemas de salud.
No sé, por eso estoy pensando en él. Yo creo que en los últimos años cambió mucho, algo se rompió. Yo estuve muy alejada de él en las últimas décadas.
Y nosotros, ya que hablamos de él, quiero aclarar, porque siempre ponen que yo era la pareja de él o cosas así, y no es así. Nosotros fuimos pareja tres años, entre mis 20 y mis 23. Es decir, yo no fui la compañera de vida, ni la esposa, ni nada de todo eso que dicen. Sí fuimos pareja durante tres años. Después seguimos siendo amigos. Y yo creo que en un momento él cambió. Creo que los últimos 15 años fueron muy complejos. También cambié yo, ¿viste? Lo que antes sabía, lo que a los 21 por ahí le toleraba, a los 30, no sé. También es eso.
Vera Land durante la presentación del libro Nacidos para molestar, de Hugo Gutiérrez, en la 47ª Feria Internacional del Libro de Montevideo, el 27 de setiembre de 2025.
Foto: Hugo de León
¿Y vos por qué cambiaste?
Porque pienso que no somos estáticos. Todos estamos en transformación. Y el paso del tiempo, y la experiencia, y la vida, y también las relaciones se van transformando. Enrique era una persona que se aferraba a tratar de seguir siendo igual a través del tiempo, ¿no? Yo siempre bromeaba con eso.
¿Se aferraba a su personaje?
Es que no sé si había algo de personaje o no había nada. Yo nunca me creí mucho al personaje, o si me lo creí fue durante seis meses, ¿viste? Él estaba aferrado a un permanecer, a una continuidad, y eso es insostenible. Pero bueno, el plan era seguir siendo igual, y no era el plan mío. O sea, ser igual nunca fue mi plan. Medio como que yo paso por las cosas y sigo.
Salvo en el caso de la escritura y la lectura.
Sí, eso está en mi vida desde los 12 años. O sea, la cosa más constante que hay en mi vida es la escritura y la lectura. Obviamente, vas cambiando también. Yo empecé escribiendo diarios como cualquier niña, cartas, poesía, y después el vínculo con la poesía se convirtió en algo muy fuerte y empecé a escribir poesía. Después quería escribir una novela. Mi primera novela inconclusa la empecé a los 19 años, y a los 20 empecé a hacer periodismo. Después, todos los géneros se fueron mezclando, pero en general siempre estoy trabajando en dos libros, uno de ficción y uno periodístico; desde hace muchos años es así.
Hay quienes dicen que el ejercicio del periodismo deforma la escritura de tal manera que la empeora a la hora de hacer otra cosa. ¿Cómo es tu experiencia?
Yo creo que no. El problema con el periodismo, me parece, tiene que ver con la cuestión del formato, y no del periodismo en sí. Porque si vos estás haciendo periodismo para libros, con una investigación, por ejemplo, podés hacer todo un desarrollo, un despliegue. El ejercicio de la nota periodística es otra cosa. Es divino, es genial, porque querés una nota, sale, a los dos días estás con otra nota y se genera un vértigo que es muy interesante, pero ese ejercicio es bien distinto y desgasta un poco la escritura a través del tiempo.
Te da un entrenamiento que está buenísimo, porque los periodistas no tenemos página en blanco. La página en blanco es un problema para los escritores que nunca fueron periodistas. Usted tiene que sentarse y escribir. Pero al mismo tiempo a veces la dinámica de la comunicación desgasta un poco. Yo llegué a sentir ese desgaste.
Hasta que en algún momento encontraste la oportunidad de poder dedicarte a los libros con mejores condiciones y te armaste un sello.
Sí, lo decidí. Un poco lo decidí. Yo trabajé mucho también. Fui editora de Cerdos & Peces, de La Maga. Trabajé mucho en los textos de otros también. Cuando sos editora, trabajás mucho en los textos de los demás. Empeorándoselos, tal vez, pero no importa. No quiere decir que se los estés mejorando, por ahí se los estás achurando. De hecho, se los estás cortando. Esa cuestión de trabajar en los textos de otros y de vivir del periodismo casi toda la vida hacía que escribiese en función de esas responsabilidades.
Y sí, tuve un momento en el que decidí que solamente iba a escribir lo que tuviera ganas. Fue una cosa así. Yo en ese momento estaba casada con mi compañero de toda la vida. Tenía a mi hijo chico, que estaba empezando la primaria. Fue un momento en el que dije: “De ahora en adelante voy a escribir solamente lo que me interese”. Igual siempre hice bastante lo que quise, pero a partir de ese momento, más.
¿Alguna vez tuviste la discusión interna de encontrar un estilo?
Tengo que decir una pedantería: siempre tuve mi estilo. Es así, la verdad que es lo más cierto que puedo decir.
¿Cómo lo definirías?
Yo creo que está en la puntuación, en la manera de armar las oraciones, en la arquitectura de las oraciones. Y también hay una mirada desde la que narrás, ya sea imaginario o real, pero hay una mirada. Es algo que siempre tuve. No lo tuve que construir.
Me gustó mucho tu novela La vida es extraña. A propósito de cómo está escrita, quería preguntarte sobre los adjetivos. Viste que están quienes los evitan a como dé lugar.
Los adjetivos, los sustantivos, los verbos y los conectores son los que uno necesite. Me parece que hay que estar en el texto, que la verdad de la escritura tiene que ver con habitar el texto y volver sobre él. No me refiero a una corrección infinita, pero sí a volver sobre lo escrito, a no abandonarlo, y revisarlo las veces que sea necesario para pulirlo. Porque pulir está bueno. Y a veces, cuando uno pule, saca algunos adjetivos que eran innecesarios.
Quien te lee y te escucha puede tener la sensación de hablar con alguien que no tiene miedos o que nunca los tuvo. Por mucho tiempo, por ejemplo, saliste de noche en busca de tus crónicas y te metías en cualquier lugar. ¿Lo hacías sin miedos?
Siempre fui inquieta. Viste que cuando tenés 20, 21 o 22 hay cierta atracción por el riesgo. Y también soy medio escurridiza. Entonces, así como estoy en los lugares, también me voy medio rápido cuando detecto peligro o algo. Tengo esas antenas. Así que andaba con mis antenas por todos lados, qué sé yo. A veces pienso que hay tanta gente que no está de aquellos años y que, bueno, yo pasé por ahí y seguí adelante. Un poco lo que te decía al principio. No quedarme pegada.
Con tu sello Hormigas Negras continuás editando textos de otros. ¿Qué define la calidad de un texto?
Eso es algo de lo que yo hablo mucho en mi taller literario con los chicos, con las chicas. Tengo dos grupos, uno presencial los lunes y un grupo remoto los martes, con gente de distintas ciudades. No hay nadie de Uruguay, así que ya saben, me pueden contactar en enero, creo.
Para mí lo más importante es que la prosa esté viva. O sea, te das cuenta de que hay prosa que está muerta, que no te transmite nada, y hay prosa que tiene sonido, que tiene voz, que te susurra, que te habla, que resuena, que se queda con vos. Que la prosa se sienta viva no tiene que ver con lo mal escrito o lo bien escrito, porque si está mal escrito se corrige. El problema es que si lo que estás escribiendo no tiene vida, eso no hay manera de corregirlo. Si la prosa está muerta, hay que tirar el texto a la basura.
Mis notas. Cerdos & Peces y otras revistas contraculturales, de Vera Land (Cerdos & Peces, 2025).