Fin de semana Música

Música de la Tierra.

Foto: S/d de autor, difusión

El entrerriano Carlos Negro Aguirre vuelve al festival Música de la Tierra, que cumple 15 años

El evento copa el Parque de la Amistad durante el fin de semana del 31 de octubre y el 1° de noviembre.

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“Música de la Tierra existe gracias a la construcción de vínculos en espacios de realidad: a la confianza, al tiempo de conversación, al disfrute de la música y de la reflexión en torno a temas que nos encienden. Hoy más que nunca, en tiempos furiosos de virtualidad, nos hace especial sentido rendir tributo a la amistad de cuerpo presente”, dice Moriana Peyrou, directora del festival Música de la Tierra, desde el texto de presentación de la decimoquinta edición, la vuelta al ruedo luego del impasse del año pasado.

Lo cierto es que hace 15 años, en pleno auge de los grandes festivales folclóricos, más propensos al agite y al consumo que al intercambio y la escucha atenta, parecía una quimera la irrupción de un espacio de estas características: la canción de raíz en el centro de la marquesina a partir de una curaduría con mirada regional, alternativa y sensible, rodeada de un ambiente de camaradería, emprendedurismo y cultura sostenible.

Música de la Tierra se consolidó como un clásico de la primavera, primero en el Complejo Jacksonville y luego itinerando por diferentes sedes: el auditorio del Sodre, el MACA de Maldonado, el parque Roosevelt y el teatro Solís, además de dos ediciones especiales en Buenos Aires y de sortear la pandemia desde la virtualidad y encuentros íntimos en el Planetario.

El próximo fin de semana vuelve al renovado Parque de la Amistad de Villa Dolores, esta vez a toda candela y con la oferta que lo caracteriza: charlas, talleres, clínicas, contenidos para niñas y niños, plaza gastronómica y mercado de emprendedores “inspirados en la naturaleza, la creatividad y la sostenibilidad”.

Una nutrida agenda artística propone 16 conciertos durante los dos días. Entre otras, sonarán las voces de Malena Muyala y Ana Prada, Fernando Cabrera y Bolsa de Naylon en la Rama de un Árbol, Catherine Vergnes, Mariana Ingold, los brasileños Vitor, Kleiton y Kledir Ramil y su compatriota Roberta Sá, la colombiana Marta Gómez, el Dúo Karma de Cuba y el ensamble de Edú Pitufo Lombardo y Pablo Pinocho Routin.

También serán parte del menú musical el guitarrista Nicolás Ibarburu y el músico argentino Carlos Negro Aguirre, quienes proponen “celebrar años de encuentros, canciones y caminos compartidos”. El entrerriano nacido en 1965 es parte de la generación que trajo aires nuevos a los lenguajes folclóricos tradicionales de su país y es considerado uno de los creadores más originales de la actual música popular argentina, siempre parado en el cruce de caminos entre el jazz y la música de raíz, lo rural y lo urbano, lo nativo y lo cosmopolita. Entre numerosas distinciones, recibió en 2005 el Premio Konex Diploma al Mérito a las 100 personalidades más destacadas de la última década de la música popular argentina.

Originario de Segui, un pequeño pueblo a 50 kilómetros de Paraná, hoy reside en la capital entrerriana, ciudad donde se formó como músico y en la que desde hace más de 30 años dirige, junto con su colega y coterráneo Luis Barbiero, el sello independiente Shagrada Medra, una plataforma para artistas de la región litoraleña.

Foto: S/d de autor, difusión

Durante este tiempo ha participado en más de una veintena de discos y compartió proyectos con artistas como Luis Salinas, Lucho González, Hugo Fattoruso, Quique Sinesi, Francesca Ancarola, Juan Falú, Silvia Iriondo, Juan Quintero, Jorge Fandermole y Aníbal Sampayo, entre muchos, porque su música, como su casa, es de puertas abiertas.

“Paraná es una suerte de península, está rodeada por el río; para el lado que mires lo ves –como de repente, en Mendoza, la montaña–, acá el río te lo vas encontrando todo el tiempo”, dice para justificar la omnipresencia de ese cuerpo acuático que le da nombre a su ciudad, inunda su obra –para muestra basta el álbum La música del agua, de 2019– y vertebra, junto con el río Uruguay, la identidad cultural de su provincia.

Desde el barrio Bajada Grande, a metros del curso de agua, conversó con la diaria antes de cruzar a la banda oriental.

En algún momento te fuiste detrás de la música, pero finalmente volviste a Entre Ríos. ¿Qué te llevó a radicarte en tu provincia?

Por ahí fue cuando se consolidaron algunos proyectos, que son las excusas que uno busca para atarse a un lugar. Porque los lugares fundamentalmente los hacen las personas y los proyectos que uno pueda tejer con estas personas. Acá tengo todo un entorno afectivo de mucha gente muy querida y con la que abrazamos ciertas causas. Entre medio viví por ahí, en Lima, en Perú, y después también viví en Buenos Aires, pero por períodos muy breves, un año en cada lugar. Y después, sí, muy viajero, pero siempre con este anclaje acá.

¿A qué proyectos te referís?

Por un lado, el catálogo discográfico, que lleva 33 años, imagínate si no estoy atado. Y también siempre con el deseo de traer esas experiencias que me parecía que hacían mucho sentido, me daban muchas ganas de replicarlas en mi ciudad.

¿Por ejemplo?

El sello mismo. Viajando a tocar en un montón de lugares vi otras personas con emprendimientos similares en un momento en el que estaban un poco desapareciendo los sellos grandes, esos multinacionales que dejaban de ver un negocio en la música argentina. En ese momento proliferaron un montón de sellos artesanales y chiquitos como el nuestro y que yo pude ir conociendo a medida que viajaba.

Por una cuestión también de un cariño muy grande por la naturaleza, porque vengo de un pueblo chiquito, rural, con mucho contacto con la naturaleza, me fui involucrando en algunas organizaciones que trabajan o hacen acciones en torno al medioambiente. Y cuando me pensé viajando, porque eso es un poco una realidad cotidiana en mi vida, también pensé que sin ser yo un referente de lo ambiental, podía tejer puentes y hacer que se conozcan agrupaciones que están en otras ciudades más distantes y saberse en la misma lucha. Me gustó también pensarme en ese rol: viajar y generar encuentros, charlar en torno a las realidades que viven en distintos lugares y traer eso a las reuniones cotidianas con estos espacios donde pensamos un poco acciones en defensa de la naturaleza.

Con el tiempo me fui dando cuenta de que ese interés siempre estuvo en mi vida, como un propósito que fue clarificándose y que ahora lo siento realmente.

Foto: S/d de autor, difusión

¿Y la música, desde siempre fue un propósito o te fuiste dando cuenta también?

Es un poco como lo último que dijiste. En un momento en la secundaria ya no me imaginaba haciendo otra cosa. Empecé a estudiar a los 5 años piano, pero en una convivencia con la otra fuerza que era la cosa de la naturaleza. A los 14 años me vine a vivir a Paraná, a estudiar, con la idea de meterme en un bachillerato biológico, porque seguía con eso, pero me encontré con un entorno musical mucho más fuerte que el que tenía en mi pueblo. En mi pueblo los músicos eran señores grandes a los que veía tocando el acordeón o la guitarra, chamamé de forma tradicional, o algunos grupos como de música de baile, pero eran personas mucho más grandes que yo. No tenía en mi pueblo compañeros de mi edad con quienes compartir ese gusto por la música.

Cuando vine a Paraná me encontré con un entorno de músicos, muchos pibes que estaban estudiando en la escuela de música en la que me metí. Yo ya venía desde muy pequeño estudiando, pero a los 14 me pude inscribir paralelamente a la escuela secundaria, no pensándolo en ese momento como un oficio, sino como algo que nutría mi vida y que era, por cierto, importante. Al encontrarme con todo un grupo de pibes que estaban en la misma y con mi misma edad, que podíamos de repente armar unos grupos, aunque fueran experimentales, y tener esa experiencia de tocar juntos, eso sí cambió mucho la cosa, porque encontré un universo fascinante. El espectro de las cosas que escuchaba se amplió un montón también porque algunos tenían más orientación hacia el rock, otros más hacia la música clásica, a la ópera.

Esa especie de estuario entre lo clásico y lo popular un poco define tu música.

Te podría decir que es gracias a mis viejos, porque en mi casa había un panorama musical muy vasto. Ellos no hacían música, pero eran unos melómanos compulsivos. El remanente de guita que pudiera haber se usaba para comprar libros y discos. Se leía bastante y se escuchaba un montón de música. Mi papá era jazzero, de escuchar un gran abanico, desde Bill Evans, Oscar Peterson, o sea, muchos pianistas. Tal vez por eso también a mí me impactó mucho ese instrumento, yo era muy chiquitito y en casa sonaban esas cosas. También, a la par, la Negra Sosa, Aníbal Sampayo, Atahualpa. A mi viejo le gustaba escuchar mucho folclore, mucho jazz y música brasileña también. Elis Regina, Iván Lins, mucho Jobim, esa época de la bossa nova, pero a la vez con sus mixturas.

Mi mamá iba más por el lado de la música clásica. Le gustaban también muchos pianistas: Rubinstein, Claudio Arrau, Debussy, Bach. Le gustaba la ópera también. Tengo un hermano que me lleva siete años y tocaba la guitarra; no se dedicó a eso como profesión, pero cuando nací ya tenía un hermano que tocaba guitarra. Por su edad tenía una apertura también a otras músicas: Joni Mitchell, Crimson o Pink Floyd, que son otro universo. Muy loco, pero no tanto del rock nacional, que lo curtí un poco después. El primero que ingresó a mi casa paterna fue Spinetta, pero porque en la época de Jade tenía rasgos muy jazzeros y nos encantó ese abordaje.

Foto: S/d de autor, difusión

Y después gente como Dino Saluzzi, que tenía una impronta muy abierta en una época. Si bien venía de un folclore tradicional, en un momento empezó a grabar en el sello alemán ECM alineándose un poco a esas músicas, y eso lo volcaba en su propia estética. Para mí era un folclore, así que me cautivaba porque no lo podía entender. Había muchos elementos que no podía decodificar y eso me parecía atractivo.

Nombraste a Sampayo. Estamos atravesando su centenario y tal vez mucha gente no sabe que arreglaste y editaste su último disco, De antiguo vuelo. ¿Qué te acordás de esa experiencia?

Tuve esa dicha. Aníbal era un ser totalmente entrañable, un tipo bueno, profundo, como son sus canciones, y a la vez con mucho sentido del humor. Él se había hecho querer mucho acá en Paraná. Era muy amigo de [Miguel Ángel] Zurdo Martínez, que era una especie de hermano mayor nuestro, de muchos que hemos crecido aquí en Paraná en la música; era una referencia muy importante no solo en lo musical, sino en la coherencia o la conducta en términos políticos, de cuál era el sentido por el cual uno tocaba, más allá del de la misma música.

Esa cercanía con el Zurdo continuó hasta sus últimos días y en un momento él me dijo: “Mira, suele venir a visitarme Aníbal y la última vez que vino andaba buscando un sello donde grabar un nuevo material. Le sugerí que podía ser acá en Paraná, con Shagrada Medra”. Y le sugirió también que yo podía encargarme de escribir los arreglos. Y así fue. Tengo muchísimas anécdotas hermosas de ese momento. Nos quedábamos horas escuchándolo hablar porque tenía mucho para contar, cosas muy nutritivas, que te dejaban reflexionando.

Es habitual en tu carrera trabajar en colaboración con otros músicos. ¿De dónde viene esa impronta?

En una época, junto con una amiga entrañable y mánager, Gabriela Redero, se nos ocurrió hacer un ciclo de dúos en el que yo recibía en cada fecha a un músico que viniera de otro lado, y la idea era tocar su repertorio, no cosas mías, sino aprenderme los temas de esta persona que viniera. Eso lo sostuvimos nueve años; imagínate la cantidad de músicos que pasaron.

Una escuela.

Sí, para mí fue una escuela, porque cada vez que se iba un músico después de haber pasado unos días compartiendo y ensayando para ese concierto, yo quedaba un poco dando vueltas con esas otras lógicas que de repente a mí no se me hubieran ocurrido. Porque, obviamente, me atraía la estética de las y los músicos que fui convocando o algo me pasaba con eso, y muchas de esas estéticas resultaban de una arquitectura que para mí era novedosa, quedaba un poco impregnado de eso. No de forma consciente, pero probablemente después haya compuesto con algunas de esas lógicas, tal vez las que he sentido más afines, no te podría decir exactamente tal o cual tema.

Además, con casi todos hubo instancias de charla en las que preguntaba cómo había hecho tal canción que me llamó la atención, o esa otra persona me preguntaba también por alguna composición mía. El hecho es que para mí fue un montón de información.

Hace unos años conversé con Juan Quintero sobre lo mismo. ¿Tal vez tenga que ver con su generación o con la música popular argentina en general?

No lo tengo tan analizado eso. Tal vez es algo que me estás haciendo ver vos ahora. Incluso hubiera pensado en Brasil como ejemplo de eso. Siempre están con propensión a esos cruces, un disco entre Gil con Caetano, por ejemplo. Pero sí, puede ser también acá.

Ahora volvés a Música de la Tierra con una de esas parcerías. ¿Cómo es compartir escenario con Nicolás Ibarburu?

Nico fue uno de esos artistas que vinieron a ese ciclo de dúos, y con una intención muy fuerte por parte mía de que hiciéramos sus canciones, como te decía. Acá se lo conocía secundando bandas importantes, pero no como compositor. Conociéndolo un poquito y viendo las músicas que hacía, me dio muchas ganas de generar ese encuentro. No me acuerdo exactamente en qué año fue, pero hace bastante.

Foto: S/d de autor, difusión

Luego de eso, en 2011, yo había sacado un disco con una banda grande, pero una banda inexistente, y se me ocurrió plantearle a Nico si tenía ganas de integrarse. En ese caso eran canciones mías, pero pensándolo ahí como una especie de frutilla del postre. Porque la presencia de él levantaba las músicas. Tiene una cosa muy espontánea de ir tocando más allá de los arreglos que ya se han acordado, tiene mucha creatividad y aporta mucha belleza. Todo lo que él iba tocando embellecía las canciones.

A partir de esas dos experiencias quedó un vínculo, una amistad muy fuerte con él, y cada tanto nos da muchas ganas de compartir, incluso renovar el repertorio, ver en qué anda cada uno. Hace poquito hicimos una gira por distintas ciudades, la más lejana fue Mendoza. Fuimos en auto y fue una hermosísima oportunidad de conversar un montón de cosas, de ir a lugares más profundos en el vínculo también. Todo eso no se va, creo que todo eso suena después también.

Y en ese sentido, ¿por dónde van a ir ahora en este nuevo encuentro?

De todo un poco, porque incluso aparecieron, por ejemplo, algunos temas míos de los 80, temas que yo ni siquiera he tocado en vivo y que, al pensar en cómo sonarían con él, me dieron ganas de versionarlos. Por su lado, Nico me presentó cosas de las últimas. como “Lontananza naranja”, que está en el disco La ruta de la seda; es una maravilla esa canción, como muchas otras de él. Después, algunos instrumentales que él tenía ganas de tocar, como “Fin del fin” o “Milonga gris”, un tema mío que nunca habíamos tocado juntos y lo armamos. Y así, un poco de todo. Por supuesto, algunos candombes, porque me encantan y porque tocarlos con él es garantía de un swing tremendo. Nico tiene un swing demoledor.

Festival Música de la Tierra - 15 años. 31 de octubre y 1° de noviembre, de 12.00 a 22.00. Parque de la Amistad (Villa Dolores). Programación completa e información sobre talleres para infancias, familias, jóvenes y adultos en www.musicadelatierra.org. Entradas a $ 880 en Redtickets. Beneficios para la diaria.

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