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Darío Daro Kneubuhler.

Foto: Martin Hernández Müller

Daro Kneubuhler: “Este año los políticos van a tener que conectarse más con la realidad”

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El comunicador habla de sus comienzos en los medios y reflexiona sobre su estilo “cero confrontativo”

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En una porción escondida del territorio nacional, diseminada en lotes de pequeñas casas humildes, edificios cooperativos y mansiones de barrios privados, Darío Daro Kneubuhler sigue siendo el yerno ideal.

La imagen, la voz y la vestimenta simple que ilumina los hogares es la de alguien capaz de atrapar la atención de doña María y don José en sus últimas horas de vigilia, embriagar levemente las neuronas de la clase trabajadora con bloopers de piscinas vacías –y gatitos– o despertar interés en el caso Cardama con una pregunta de sentido común.

“Yo fui bien arreglado y peinadito. Sabía que cuando tuviera que hablar la iba a cagar”, cuenta el comunicador sobre una prueba de casting con la que ingresó a Canal 4, de la mano del magazine Vespertinas.

“Mi primer móvil fue con Gerardo Nieto en el Cerro”, recuerda. “Cuando vuelvo al canal, una productora me avisa que el gerente quiere hablar conmigo. Entro a su oficina y me pregunta: ‘¿Cómo pensaron esa nota?’. Le dije: ‘¿Te soy sincero? No tengo ni idea’. Me respondió: ‘Seguí sin tener idea’”.

Detrás de la frescura del conductor radial de Las cosas en su sitio y actual integrante de Polémica en el bar, de Canal 10, surgen dos escuelas de peso que explican buena parte de sus destrezas como comunicador y periodista.

Una es la de radio Sarandí. Daro estaba ahí, admite, cuando Juan Sader renunció al aire. El relato, libre de dramatismo, enumera su paso continuado por programas, cargos y tareas en la célebre emisora radial, la recepción de llamadas de oyentes fieles e indignados y su etapa como productor de Ignacio Álvarez.

La otra escuela, definida en espacios de bares y boliches bailables, se resume en la figura de “la noche”. Los mozos del Café la diaria confirman su pertenencia con abrazos y recuerdos cómplices. “Era mi primera experiencia laboral. Y me gustaba. Ahí aprendés del mostrador, de que te pasen por encima, que te boludeen, pero también aprendés con cada uno que conocés. Antes la noche tenía otros códigos, creo que era todo más romántico”, dice Daro mientras rememora los días en que se acostaba a las siete de la mañana y se levantaba a las siete de la tarde: “No sabía lo que era el día”.

En el mundo de la tevé existe una idea de que la cámara te quiere o te rechaza. En tu caso, además, generaste un vínculo especial con el televidente.

Eso se dio de forma muy natural, ni bien empecé con los móviles en Vespertinas. Jodía con que mangueaba comida y por ahí llegaba a una casa y me estaban esperando con una pastafrola. Yo sigo creyendo que cuanto menos te preocupes por una pose o una postura, tu trabajo va a salir mejor.

¿Siempre quisiste dedicarte a la comunicación?

Yo me puse a estudiar Relaciones Públicas en la ORT porque trabajaba de noche en boliches y quería seguir mejorando en ese terreno. Empecé la carrera y apareció Radio como materia optativa, y al poco tiempo me salió una pasantía para hacer radio con Nacho Álvarez [en Las cosas en su sitio] y me explotó la cabeza.

En el segundo año de la carrera, Joel Rosemberg era uno de mis profesores, así que tuve los dos polos de lo que hoy para mí es la radio.

¿Qué aprendiste con cada uno?

Con Nacho aprendí a darle mucha bola a la gente. El tipo en sus programas está igualmente atento a lo que pasa en el estudio que a los mensajes de los oyentes. O sea, a lo que pasa alrededor. Y Joel es un tipo que te obliga a seguir mejorando todo el tiempo. Yo podía llegar a clase con algo que creía que le iba a volar la cabeza y no lo lograba. Me parece que son dos personas que te impulsan a aprender o aprender, y hoy los tengo de competencia en la radio.

En tiempos de streaming, algunos le auguran lo peor a la radio. ¿Vos cómo percibís el medio en este momento?

Yo creo que la radio no se va a morir nunca, por algo muy puntual: sigue siendo gratis. Alcanza con que tengas pilas o un enfuche para prender una radio. En el streaming dependés de internet, del wifi. Vos prendés una radio en cualquier parte y algo va a sintonizar. La escuchan en Carrasco y en La Teja y la escuchan hasta en la cárcel. En ese sentido sigue siendo el medio más democrático.

Desde la mañana, en la radio, y hasta la noche, con Polémica en el bar, estás muy metido en la actualidad social y política. Con esa perspectiva, ¿qué es lo que más le atrae a la gente?

En el caso de Montevideo, todo lo que tiene que ver con la ciudad, como la basura y el tránsito. Eso siempre funciona. Por otro lado, las noticias como la del túnel que hicieron en Ciudad Vieja para robar un banco no fallan.

De todas formas, lo importante es que le agregues algo a la noticia. En el caso del túnel, de primera llamás a alguien del Ministerio del Interior, pero también podés complementar la información con algún especialista en seguridad que te puede hablar de otros robos, como el del Banco Río en Buenos Aires, y ahí lo que armaste va ganando en atractivos.

Existe una idea muy difundida de que en Uruguay nunca pasa nada.

Todo el tiempo pasan cosas. Juan Sader decía que no hay temas buenos o malos, hay encares buenos o malos. Los temas son más o menos siempre los mismos, y los problemas de la gente también. Lo que cambia es lo que vos podés percibir alrededor tuyo.

¿Es cierto que tu primera experiencia periodística fue con una columna en el diario El Popular del Partido Comunista?

Sí. Eso se dio a través de la abuela de un amigo que formó parte de la creación del diario. A mí de chico me gustaba escribir, sobre todo cosas de humor. Esas cosas se las mandaba a ella, que era una veterana muy instruida y muy leída.

Yo tenía 17, 18 años. O sea, nací en 1986, y eso era en plena crisis de Uruguay. Mi viejo, que era el que sostenía la familia, se murió cuando yo tenía 10 años, y mi vieja había quedado medio sola. Era: “¿Y ahora qué hacemos?”. Mi familia tenía una fábrica de plásticos que se venía cayendo a pedazos porque en aquella época empezaba a venir todo importado de China mucho más barato.

La familia se fundió y mi vieja tuvo que lidiar con toda la situación. Encima, yo era bravo de soportar. Ahora que tengo dos hijas, pienso: “Qué crack mi madre, cómo bancó ese momento”.

Foto: Martin Hernández Müller

Y en la escritura encontrabas algún tipo de salida.

Claro. Y un día esta señora me dice: “¿Querés que le presente tus notas a la gente del diario?”. La primera vez que vi una columna mía publicada en El Popular sentí una sensación increíble. Y te cuento otra más: viene Hugo Chávez de visita a Uruguay y le sacan una foto con El Popular en una mano, ¡y estaba mi columna! Me resultaba muy emocionante saber que alguien estaba leyendo lo que a mí se me ocurría. Era una ilusión de niño.

¿Qué aspectos de tu personalidad podrían derrumbar la buena imagen que tenés entre la gente?

Soy bastante desprolijo y muy colgado. La gente con la que laburo me puede reclamar porque demoré en contestar un mensaje o una llamada. De lejos por ahí no se nota, pero si convivís conmigo por un tiempo te querés matar. Hoy llegué en hora a esta entrevista y no lo puedo creer. Esas cosas te hacen perder el cariño de algunas personas.

¿Cuál pensás que es tu lugar en la mesa de Polémica en el bar?

Mi rol es cero confrontativo. Yo creo que oscilo entre la escotilla, para salir de algo medio jodido con alguna bobada, y la pregunta para el que está en su casa y no tiene mucha idea de un tema.

Cada tanto, y a tu manera, también desafiás al entrevistado.

Puede ser, alguna vez, pero yo nunca voy a ser el que salga a confrontar de primera. Además, si yo te invito a mi casa no tengo la intención de hacerte pasar mal. Sí de contraponer ideas, porque es sano discutir. Pero boludearte o tratarte mal, no.

Sin embargo, muchos aseguran que el conflicto entre posiciones extremas es lo que mejor funciona en los medios.

Creo que la versión actual de Polémica en el bar es la demostración de que se puede hacer otra cosa, y el programa sigue funcionando en el rating. No puede ser todo mala onda, y no podés tirarte al barro en todos los temas. Hay lugar para todo.

Pero además, en un mundo en donde todo es odio y bronca, hablar de amor parece que fuera paloma, y nada más contrario a eso. Hablar de amor es lo que termina sosteniendo las cosas duraderas, el odio rompe.

¿Cómo lidiás con esa forma de comunicar odiadora cuando viene de la clase política?

Es que no lo vivo desde adentro, porque no formo parte de ningún partido.

Pero convivís con eso como comunicador.

Sí, y ahí intento convivir con ese mundo desde la llanura. Yo no me creo más de lo que soy. A mí me tocó trabajar con periodistas que querían ubicarse por encima del entrevistado o pretendían que de alguna manera eso se notara al aire. Pero eso no termina garpando. Capaz que para ellos sí, pero no es mi manera y no creo que sea por ahí.

¿Cómo ves el año político-partidario que se viene?

Creo que arrancó lento, a pesar de que hay muchos temas importantes para encarar. A diferencia de la mayoría, los parlamentarios tienen la capacidad de irse de vacaciones a mitad de diciembre y volver en marzo.

Me parece que este año los políticos van a tener que conectarse más con la realidad. Una cosa es lo que se discute dentro del Parlamento, y después está lo que le pasa a la gente en serio. Me acuerdo siempre de algo que dice José Rilla, y es que somos un pueblo con baja capacidad de demanda a nuestros políticos. Tal vez sea porque no existen las mejores vías para llegar a ellos. Y creo que va a ser un año en donde la gente va a empezar a demandar más. Hay muchas cosas que están jodidas: la seguridad, la realidad de las cárceles, la periferia de Montevideo está muy jodida.

Creo que todos tenemos que demandar un poquito más y no ponernos el balde con las cosas que creemos que no son ciertas. Hay que ser más críticos, también de nuestras propias ideas.

En eso de que le caés bien a la gente, ¿nunca te tentaron del sistema político?

Por suerte, no. Saldrían publicadas fotos mías en cualquier lado y estaría arruinado. Puede ser que yo le caiga bien a la gente, pero no es algo que busque premeditadamente. Es como dice Eliseo [el personaje de Guillermo Francella] en la serie El encargado: “Nunca confíes en las personas que trabajan de ser buenas. Son las peores”.

¿Tenés o tuviste alguna simpatía político-partidaria?

La primera vez que voté, voté a Pablo Mieres, en el Partido Independiente. Mis amigos se cagaban de risa, me decían: “¿Qué estás haciendo, boludo?”. Siempre viví el tema muy en el medio. Hoy está muy bien valorado estar de un lado o del otro del mostrador, y me parece que eso es lo que nos dejó a todos re locos. Me parece mucho más inteligente encontrar cosas buenas de un lado y del otro, y aplicarlas a los problemas que tenemos.

¿Cómo te llevás con la exposición pública? ¿Te gusta que te paren en la calle?

Me encanta. Y me re divierte charlar con la gente. No te digo que pase tan seguido, pero no tengo problema con esa parte de la profesión. Está bueno que reconozcan tu trabajo. Por lo general viene con buena onda. Los dos laburos que tengo ahora implican mucha exposición, sobre todo ubicarse en un lado para que no te traten de tibio. A veces también escucho “mirá el zurdo este” o “facho, no paran de hablar de Lacalle Pou”. Si fuera de un lado solo me preocuparía.

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