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Archivo, agosto de 2025.

Foto: Gianni Schiaffarino

Brechas que se ensanchan: la economía global y sus transformaciones

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Los cambios recientes acentúan la distribución desigual del ingreso entre los factores productivos, una tendencia que se agudizará al influjo de las disrupciones tecnológicas y su impacto en los modelos de negocio.

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Entre las tendencias que se han agudizado al influjo de las transformaciones recientes, destaca la asimetría que caracteriza a la distribución de los beneficios que genera la dinámica económica global, en particular entre el factor trabajo y el factor capital. Como sugiere el principal comentarista económico de The Wall Street Journal, Greg Ip, estos beneficios “se destinan desproporcionadamente al capital en lugar del trabajo”, una tendencia que se agudizará como resultado de los avances en el campo de la inteligencia artificial.1

Su análisis parte de una comparación simple, pero muy ilustrativa, que contrasta la importancia que tenía IBM en los años 80 con la que hoy tiene Nvidia. En 1985, señala Ip, IBM era la empresa más valiosa de Estados Unidos, una de las más rentables y también una de las grandes empleadoras que tenía el país por aquel entonces, con una plantilla de aproximadamente 400.000 personas. Hoy en día, Nvidia es casi 20 veces más valiosa y cinco veces más rentable, pero emplea apenas el 10% de esa cifra.

De este contraste infiere “algo profundo sobre la economía actual”, que refiere a la creciente desproporción entre la parte que captura el capital y la que les corresponde a los trabajadores. Desde 2020, “el capital –que incluye empresas, accionistas y empleados estrella– triunfa, mientras que el trabajador promedio obtiene ganancias marginales”. Este fenómeno no es nuevo, pero sus consecuencias comienzan a mutar al influjo de otras transformaciones que están confluyendo.

Con relación al primer punto, recuerda Ip, la transición del trabajo al capital opera desde hace más de cuatro décadas: mientras que en 1980 el factor trabajo recibía aproximadamente el 58% de los ingresos totales que generaba el incremento de la producción económica, actualmente esa proporción se ubica en torno al 51% (gráfico 1). Al mismo tiempo, la participación de las ganancias durante ese lapso pasó del 7% al 12%.

“En las décadas de 1980 y 1990, la desaparición de los sindicatos y la expansión de la subcontratación minaron el poder de negociación de los trabajadores”. En paralelo, la naturaleza del capital comenzó a mutar (desde edificios, fábricas y maquinarias hacia equipos informáticos, software y propiedad intelectual) y los procesos de automatización se expandieron desde la manufactura hacia todos los sectores.

Naturalmente, el ritmo de estas transformaciones se aceleró durante los últimos años, en particular a raíz del auge de las grandes empresas tecnológicas y sus nuevos modelos de negocio, que difieren “fundamentalmente” de los anteriores. Entonces, la pérdida de participación que experimenta la mano de obra en el reparto de los ingresos no responde solamente a los salarios bajos, sino que es el resultado de “un cambio en el tipo de empresas que dominan la economía”.

A modo de ejemplo, los ingresos de Alphabet (empresa matriz de Google) crecieron más de un 40% durante los últimos tres años con una plantilla relativamente estable, lo que evidencia que las empresas “superestrella” de la actualidad no son grandes empleadoras (como en el pasado), más allá de que pagan bien (gráfico 2). En estas empresas, agrega Ip, “la línea entre capital y trabajo se difumina”, lo que supone un cambio en la composición que puede favorecer una distribución desigual entre ambos factores productivos. A medida que las empresas van integrando más tecnología, los recursos destinados a contratar mano de obra serán cada vez menores, afectando el empleo y los salarios.

Por otro lado, una de las implicancias que se derivan de estos cambios tiene que ver con los fundamentos del consumo (y, por lo tanto, del crecimiento), que comienzan a moverse más al influjo de la “riqueza accionaria” de los hogares que están en la cola superior de la distribución del ingreso que de los salarios que percibe la mayoría de la población.

Según estima el autor, “la riqueza accionaria de los hogares equivale ahora a casi el 300% de su renta disponible anual, en comparación con el 200% en 2019... A estos niveles, la riqueza empieza a rivalizar con los salarios como motor del consumo, al menos para los hogares adinerados que poseen la mayoría de las acciones”.

De acuerdo con las estimaciones, una rentabilidad bursátil del 10% aumenta la capacidad de gasto hasta en un 18%, lo que contribuye a entender por qué “el escaso crecimiento del empleo y los ingresos no está frenando la economía”. Además de las consecuencias distributivas inherentes a estas transformaciones, el problema para el crecimiento económico pasa a ser su vulnerabilidad ante las fluctuaciones del mercado, especialmente en un contexto caracterizado por niveles inusitadamente altos de incertidumbre y volatilidad.

Habrá ganadores, afirmó Restrepo: los trabajadores cuyos trabajos requieren habilidades sociales, proximidad o trabajo manual, y los consumidores, que obtienen productos y servicios más baratos. ¿Los mayores beneficiados? Los accionistas.


  1. “The Big Money in Today’s Economy Is Going to Capital, Not Labor”, The Wall Street Journal

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