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Archivo, abril de 2021.

Foto: Natalia Rovira

El futuro de Uruguay será “muy oscuro” y “desigual” si sigue imperando una mirada cortoplacista sobre los cuidados, advierten expertas

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El avance tecnológico no es neutral y, si el país mantiene una mirada “miope” sobre los cuidados, las desigualdades tenderán a profundizarse, advirtieron Alma Espino y Karina Batthyány.

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Leído por Mathías Buela
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En los debates sobre el futuro suele predominar una visión centrada en la innovación tecnológica, la digitalización y los cambios en el mundo del trabajo. Pero para las expertas Alma Espino y Karina Batthyány las próximas décadas serán “muy oscuras” y “desiguales” si solo impera una mirada tecnológica que no incorpora un elemento estructural: la organización social de los cuidados.

En momentos en que los análisis suelen concentrarse en la inteligencia artificial y la automatización del trabajo, las especialistas cuestionaron, en diálogo con la diaria, la idea de que la innovación tecnológica, por sí sola, conduzca a sociedades más igualitarias. Además, advirtieron que las tecnologías no son neutrales: se insertan en contextos sociales marcados por desigualdades históricas y, sin políticas que redistribuyan el cuidado y el tiempo de trabajo, pueden terminar reproduciendo o sofisticando esas mismas brechas.

Ambas coincidieron en que sin políticas que redistribuyan el trabajo de cuidados, las desigualdades de género y la pobreza infantil podrían profundizarse en las próximas décadas. Señalan que el envejecimiento poblacional y la falta de universalidad del Sistema Nacional de Cuidados en Uruguay exigen una mirada de largo plazo para el desarrollo.

“Si no se impulsan acciones en materia de cuidados, el futuro parece bastante oscuro. [...] Actualmente el 14% de las mujeres en Uruguay no percibe ingresos propios, y esto representa casi el doble de los varones, hay toda una población que en una sociedad mercantil no puede decidir absolutamente nada, porque sin ingresos no se puede decidir ni dónde vivir ni a dónde irse cuando se está en un hogar donde hay violencia”, remarcó Espino, economista, investigadora universitaria y presidenta del Centro Interdisciplinario de Estudios sobre el Desarrollo (Ciedur).

En la misma línea, Batthyány afirmó que si no se adoptan políticas que transformen estas estructuras, las desigualdades tenderán a profundizarse en el tiempo. “Si no abordamos estos temas que estamos planteando, claramente el futuro va a ser muy desigual, aún más que el presente”, indicó la socióloga, profesora grado cinco de la Universidad de la República y coordinadora del Grupo de Investigación de Sociología de Género (GISG).

Cifras

Según la Encuesta de Uso del Tiempo 2022, publicada en 2024 y elaborada por el Ministerio de Desarrollo Social y ONU Mujeres, las mujeres en Uruguay asumen una mayor carga global de trabajo que los varones. El informe señala, además, que esta distribución desigual prácticamente no presenta cambios respecto de la medición anterior (2013).

De acuerdo con el reporte, el 50,1% de la carga global de trabajo corresponde a tareas no remuneradas y el 49,9% a trabajo remunerado. Sin embargo, esa distribución varía según el género. Las mujeres concentraron el 54,8% de la carga global de trabajo, frente al 45,2% de los varones.

Al analizar la composición de esa carga, el estudio muestra que el 61,4% del trabajo realizado por las mujeres es no remunerado, mientras que el 38,6% corresponde a trabajo remunerado. En el caso de los varones ocurre lo contrario: el 35,9% de su trabajo es no remunerado y el 64,1% es remunerado.

En términos de tiempo, las mujeres dedican en promedio 14 horas semanales más que los varones al trabajo no remunerado. En contraste, los varones destinan casi ocho horas más que las mujeres al trabajo remunerado.

“El resultado de la estimación para 2022 muestra que el aporte del trabajo no remunerado a la generación del PIB [producto interno bruto] es muy importante y representa el 23,8%, siendo el aporte de las mujeres del 16,0%. En relación con los demás sectores de la economía, este porcentaje equivale a lo que produce todo el sector de comercio, alojamiento y suministro de comidas y bebidas, o todo lo que provee salud, educación, esparcimiento y otros servicios, y es más que toda la industria manufacturera”, se señala en la investigación.

A su vez, las desigualdades de género también se reflejan en la pobreza. Según el informe “Diagnóstico y recomendaciones para políticas económicas con enfoque de género y raza en América Latina”, elaborado por Ciedur y publicado en diciembre de 2025, la pobreza en Uruguay continúa afectando en mayor medida a los hogares con referente mujer (8,8%) que al resto de los hogares (4,8%). El documento señala que la pobreza es, en gran medida, una expresión de las desigualdades estructurales presentes en la sociedad.

¿Quiénes habitarán el futuro?

Para Batthyány, pensar el futuro implica hacerse una pregunta fundamental: quiénes podrán habitar ese futuro y en qué condiciones. “Una mirada feminista del futuro no es imaginar cómo serán las cosas, sino preguntarse quiénes van a poder habitar ese futuro, en qué condiciones, con qué derechos y con qué cuidados”, afirmó.

Según explicó, muchos debates actuales sobre innovación tecnológica dejan de lado la dimensión cotidiana de la vida social. “Pensar el futuro desde la vida cotidiana implica mirar nuestros tiempos, nuestros trabajos y las desigualdades que atraviesan esas experiencias”, señaló.

Alma Espino.

Foto: Alessandro Maradei

Desde esta perspectiva, imaginar el futuro únicamente desde el avance tecnológico puede invisibilizar las estructuras sociales que organizan la vida y reproducen desigualdades. “Cuando hablamos de una mirada feminista, estamos hablando de una mirada con justicia social que coloca el cuidado en el centro, no como un asunto privado o femenino, sino como una responsabilidad colectiva. [...] El futuro tiende a reproducir y sofisticar las claves de la desigualdad”, indicó.

“Si seguimos sosteniendo el modelo donde el cuidado se resuelve de manera privada, dentro de los hogares y fundamentalmente a través del trabajo no remunerado de las mujeres, el futuro inevitablemente va a ser más desigual, incluso con avances tecnológicos”. (Karina Batthyány)

Para Batthyány, uno de los ejes centrales de esas desigualdades es la división sexual del trabajo. “Esa estructura base de nuestras sociedades asigna a los varones el mundo de la producción, del empleo, del reconocimiento, del poder y nos asigna a nosotras, las mujeres, el mundo de lo doméstico, del cuidado, de las esferas más invisibles, pero que sostienen, en definitiva, esa organización social”.

Economía del cuidado

Para Espino, la economía feminista propone repensar el desarrollo desde otra perspectiva. “El objetivo más importante del desarrollo económico debería ser garantizar la sostenibilidad de la vida, no la acumulación de capital”, afirmó.

En ese marco, subrayó que el trabajo no remunerado que se realiza en los hogares, principalmente por parte de las mujeres, es una condición indispensable para el funcionamiento del sistema económico. “Cuando existen políticas de corresponsabilidad y se libera parte de la carga de cuidados que recae sobre las mujeres, estas pueden ampliar su participación en el trabajo remunerado y en distintos sectores del mercado”, explicó.

Remarcó que la sostenibilidad de la vida debe buscarse en mejores condiciones de salud, educación y bienestar para la población y resaltó que la inversión en cuidados “tiene más de un dividendo”, porque impulsa el empleo, la formalización y crea mayor demanda. De hecho, recordó, existen estudios que estiman que el trabajo no remunerado es cercano a un 25% del PIB.

Enfoque anticipatorio

Para Batthyány, las decisiones que se tomen hoy en áreas como cuidados, empleo o protección social tendrán efectos directos en la sociedad de las próximas décadas.

Si el cuidado continúa resolviéndose principalmente dentro de los hogares y mediante el trabajo no remunerado de las mujeres, las desigualdades tenderán a profundizarse. “Si seguimos sosteniendo el modelo donde el cuidado se resuelve de manera privada, dentro de los hogares y fundamentalmente a través del trabajo no remunerado de las mujeres, el futuro inevitablemente va a ser más desigual, incluso con avances tecnológicos”, señaló.

En cambio, avanzar hacia una organización social del cuidado podría abrir un escenario distinto. “Podríamos tener más autonomía, mayor igualdad y una sociedad más justa”, afirmó.

Mientras tanto, Espino coincidió en la necesidad de actuar con anticipación. “Si Uruguay no piensa hoy en el futuro que se avecina, estamos hipotecando la calidad de vida, el desarrollo y la democracia”, advirtió.

“Si no se impulsan acciones, habría un futuro donde las mujeres tendrían menor participación laboral a más cantidad de hijos. Eso produciría una especie de círculo vicioso de pobreza, de pobreza infantil, que en algún lado hay que romperlo. El Estado tiene la responsabilidad de romper con esos círculos”, sentenció.

Habrá demandas de cuidado de “creciente complejidad sin que se hayan resuelto todavía las necesidades básicas de cuidado infantil”, alertó, al mismo tiempo que dijo que la situación requiere un “enfoque anticipatorio”.

Los cuidados como motor económico

Además de su dimensión social, las especialistas destacan que los cuidados también pueden ser un motor económico. Según Espino, la inversión en sistemas de cuidado no solo mejora la calidad de vida de la población, sino que también puede dinamizar la economía al generar empleo directo e indirecto en sectores intensivos en mano de obra. “Formalizar parte del trabajo de cuidados que hoy es no remunerado mejora la calidad del empleo, amplía la base fiscal y fortalece el desarrollo económico”, señaló.

También recordó que los cuidados forman parte de un continuo a lo largo de la vida. “Los seres humanos somos interdependientes y atravesamos distintas etapas de vulnerabilidad, por lo que la demanda de cuidados es permanente”.

En ese contexto, el envejecimiento poblacional que enfrentará Uruguay implicará una creciente necesidad de servicios de cuidado. Advirtió que la innovación tecnológica puede colaborar en tareas rutinarias, pero difícilmente sustituya la dimensión relacional del cuidado.

Karina Batthyány (archivo, julio de 2022).

Foto: Alessandro Maradei

Pisos pegajosos, escaleras rotas y techos de cristal

Batthyány subrayó que la distribución desigual del cuidado tiene efectos acumulativos en la vida de las mujeres. “La desigualdad en el reparto del cuidado genera brechas en los ingresos, en las trayectorias laborales, en los aportes jubilatorios y en el acceso a espacios de decisión”, explicó.

La brecha también se observa en la participación laboral. Las mujeres tienen menor presencia en la población económicamente activa que los varones, y esa diferencia se amplía significativamente en los hogares con niños y adolescentes.

Un reporte de ONU Mujeres titulado “En Uruguay se están reestructurando los programas de empleo con perspectiva de género”, publicado el 2 de diciembre, identifica diferentes formas de desigualdad que enfrentan las mujeres en el mercado laboral.

“A más cantidad de hijos en los hogares, las mujeres tienden a tener menor participación laboral, lo que genera una especie de círculo vicioso de pobreza, de pobreza infantil, que en algún lado hay que romper”. (Alma Espino)

El estudio señala que muchas mujeres se encuentran en el denominado “piso pegajoso”, caracterizado por una fuerte concentración en tareas domésticas y de cuidado no remuneradas: 30% se dedica exclusivamente al cuidado del hogar, mientras que 25% se encuentra desempleada, 60% trabaja en la informalidad y 30% está subempleada.

En un segundo nivel, el reporte identifica el fenómeno de las “escaleras rotas”, donde las mujeres –aun con niveles educativos más altos que los varones– reciben salarios en promedio 19% menores y continúan asumiendo la mayor parte del trabajo doméstico y de cuidados.

Incluso entre las mujeres con mayor nivel educativo e ingresos persisten barreras estructurales. En esos casos opera el llamado “techo de cristal”, que limita su progresión profesional. Según el informe, alrededor de 30% de estas mujeres trabaja en el sector público y enfrenta una brecha salarial cercana al 16%.

Envejecimiento y pobreza infantil: desafíos estructurales

Espino señaló que Uruguay enfrenta desafíos demográficos importantes. Las proyecciones indican que hacia 2070 el 32% de la población tendrá más de 65 años, mientras que la población menor de 15 años se reducirá de 18% a 11%. Esto implicará una mayor demanda de cuidados en un contexto en el que aún existen déficits en la cobertura de servicios de cuidado infantil.

Además, la economista vinculó estas transformaciones con la pobreza infantil y las desigualdades de género. “Las desigualdades no empiezan cuando entramos al mercado laboral”, afirmó, y advirtió que las condiciones de acceso a educación, salud y cuidados desde la infancia marcan las trayectorias futuras.

También advirtió sobre los hogares monoparentales encabezados por mujeres, que enfrentan desocupación, segregación, subempleo o precariedad. “La pobreza infantil es un problema en el que Uruguay tiene que mirar hacia adelante, que es uno de los desafíos más importantes, no lo podemos ver aislado. [...] esos niños y niñas no crecen de los árboles, están insertos en hogares donde las madres y los padres tienen un conjunto de problemáticas [...]. A más cantidad de hijos en los hogares, las mujeres tienden a tener menor participación laboral”, explicó, lo que genera “una especie de círculo vicioso de pobreza, de pobreza infantil, que en algún lado hay que romper”.

  • 14% de las mujeres en Uruguay no percibe ingresos propios.
  • 61,4% del trabajo realizado por las mujeres es no remunerado, mientras que el 38,6% corresponde a trabajo remunerado. En el caso de los varones ocurre lo contrario: el 35,9% de su trabajo es no remunerado y el 64,1% es remunerado.
  • Las mujeres dedican en promedio 14 horas semanales más que los varones al trabajo no remunerado. En contraste, los varones destinan casi ocho horas más que las mujeres al trabajo remunerado.
  • La pobreza en Uruguay continúa afectando en mayor medida a los hogares con referente mujer (8,8%) que al resto de los hogares (4,8%).

El desafío del sistema de cuidados

Batthyány recordó que Uruguay fue pionero en la región con la creación del Sistema Nacional Integrado de Cuidados, pero advirtió que aún existen desafíos importantes para consolidarlo un derecho universal.

“El cuidado implica cuestionar la naturalización de que las mujeres son quienes deben cuidar. También supone redistribuir esas responsabilidades entre Estado, mercado, comunidades y familias. [...] Para que el cuidado sea realmente un derecho y no solo un reconocimiento formal, es necesario avanzar hacia la universalidad del sistema”, sostuvo, y para eso, remarcó, es necesario mayor presupuesto. “Hoy estamos muy lejos todavía de que el cuidado sea efectivamente un derecho real para todos y todas”.

Mientras tanto, Espino sostuvo que en Uruguay y en el resto del mundo hay una “falta de mirada a largo plazo”. “El capitalismo tiende a ser muy miope en su funcionamiento, los intereses particulares y de corto plazo tienden a predominar en muchas decisiones”.

“Aun cuando gobiernos de signo progresista llegan al poder, como el que tenemos en Uruguay, podríamos esperar visiones de más largo plazo y más atentas a la centralidad de la vida, vemos que se entra en una contradicción permanentemente con temas ambientales, de cuidados y a qué se destina el presupuesto. Seguimos teniendo una serie de carencias, pese a la cantidad de años que hace que está vigente el Sistema de Cuidados”, remarcó.

Para Espino, el desafío no es menor: el futuro no se define únicamente por la innovación tecnológica, sino por la capacidad de colocar la vida y los cuidados en el centro del proyecto de desarrollo. “El desafío más grande es comprender que un sistema integral de cuidados, como el que se propuso originalmente, no es un programa para las mujeres, tampoco para las personas con discapacidad. Representa un conjunto de políticas integradas para fomentar la capacidad intelectual y física de trabajo de las personas para participar en la sociedad, en la política y ejercer su ciudadanía”, concluyó.

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