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Ilustración: Horacio Guerriero

Laterales | Maduro y la pena

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Habría que preguntarse cómo es posible que lo hayan capturado con vida. Y no hay otra explicación que su propia cobardía o la traición ajena, aunque muchos se inclinan por una sagaz combinación de ambas, formuladas con el conocimiento y aceptación del secuestrado. El dilema no es político sino moral, y lo escribió William Faulkner hace un siglo: “Entre la nada y la pena, elijo la pena”.

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¿A Maduro no le da vergüenza aparecer en las fotos esposado, custodiado por soldados estadounidenses y, para colmo, alzando los dos pulgares como hace el presidente argentino Javier Milei, quien, por cierto, aplaudió a rabiar ese instante? ¿No le da vergüenza seguir con vida sin haber disparado un solo tiro?

Se dice que la tecnología empleada por Estados Unidos en la noche del secuestro es avanzadísima, imposible de contrarrestar. Se agrega que había infiltrados de la Agencia Central de Inteligencia (CIA) operando en Caracas, y hasta uno o varios espías pertenecientes al “círculo de hierro” madurista (el ministro de Defensa, Vladimir Padrino López, la vicepresidenta, Delcy Rodríguez, y el hermano de Delcy, Jorge Jesús, presidente de la Asamblea Nacional) que facilitaron planos actualizados del Fuerte Tiuna y brindaron información detallada acerca de las rutinas.

También se dice que los cientos de soldados que se hallaban dentro de la fortaleza (Fuerte Tiuna se asemeja más a un gran barrio privado que a un cuartel)1 fueron sorprendidos por la rapidez de los comandos invasores, lo que impidió una respuesta adecuada. No me lo creo. Es la narrativa que le conviene al vencedor.

Esos argumentos pueden ser de recibo, pero son insuficientes para responder a mi pregunta. Si Nicolás Maduro era quien decía y dice ser: “Soy el presidente de Venezuela”,2 debería haberse comportado como tal en el momento del ataque, sobre todo si se tiene en cuenta su retórica previa, en la que detallaba de manera pública (parecía actuar como un informante de las tropas enemigas) los misiles antiaéreos, aviones, cañones y fortificaciones que había dispuesto para defender Venezuela “de la agresión imperialista”.3

Por supuesto que la incursión estadounidense fue una rapacería que merece repudio y la condena internacional más enérgica (cosa que ha ocurrido sólo a medias), pero lo cortés no quita lo valiente. ¿No tenía Maduro un arma a su alcance? ¿Un fusil o una pistola? ¿No pensó en Salvador Allende?4 ¿No se le ocurrió que podía resistir hasta la penúltima bala la anunciada invasión que se estaba produciendo? ¿O ya sabía que no era una invasión, sino que apenas iban por él para llevarlo ante un tribunal, declararlo culpable y negociar después algún tipo de amnistía?

Los puntos oscuros son muchos. ¿Por qué no respondieron como debían los soldados de Fuerte Tiuna? ¿Dónde estaba Vladimir Padrino, el general en jefe, cuyo comando se encuentra en el propio fuerte? ¿Qué pasó con los millones de venezolanos dispuestos, según Maduro, a inmolarse para defender la patria?

Todo parece una comedia de enredos en la que hay uno o varios arlequines, “servidores de dos patrones” mucho más astutos que el ideado por Carlo Goldoni para su obra teatral. En efecto, Delcy Rodríguez, la volcánica militante antiimperialista de hace unos días, pasó a ser la encargada de un gobierno títere del presidente estadounidense, Donald Trump, y lo ha hecho sin ocultamiento, al igual que su hermano Jorge, íntimo amigo de quien fuera embajador yanqui en Caracas. El general Padrino continúa en su cargo tan campante, pese a la derrota. Y así, podríamos mencionar a otros personeros del régimen.

Trump, que abandonó de forma paulatina el naranja de su cabello por un canoso discreto, se anotó un punto mayúsculo al dejar de lado la técnica de los viejos golpes de Estado perpetrados por militares y sustituirlos por cambios espectaculares pero menos cruentos. Andrés Izarra lo describe con amargo humor: “El triunfo de Trump fue sacar a Maduro del volante con el auto andando y sentarse él”.5

Venezuela representa el comienzo de una nueva era de neocolonialismo en el mundo. Más allá de lo que suceda en los próximos días (escribo esta nota a mediados de enero), es notorio que el capitalismo agónico trata de reinventarse, y para ello no necesita la complicidad de sus víctimas convertidas en traidoras. El chantaje también vale: “Te compro o te invado”.

Que Nicolás Maduro esté preso en Estados Unidos es una señal inequívoca de la villanía del propio Maduro y de la traición de su círculo más cercano. Como muchos ya han expresado desde hace años, la revolución bolivariana se volvió una farsa de cipayos y ladrones, apoyada por muchos ingenuos de todo el mundo. Pero Venezuela no es ninguna farsa, y se merece un destino mejor.

Fernando Butazzoni, periodista y escritor.


  1. Catálogo del patrimonio cultural venezolano, Instituto del Patrimonio Cultural, Caracas, 2007. 

  2. Atahualpa Amerise, BBC, 5-1-2026. 

  3. Agencia Efe, 20-11-25, despacho emitido a las 3.27. 

  4. NdR: presidente de Chile que murió en La Moneda durante el asalto del edificio presidencial por los golpistas de Augusto Pinochet el 11-9-1973. 

  5. “El cambio de régimen perfecto”, Nueva Sociedad, enero de 2026. 

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