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Protesta frente al Congreso, donde se debatía la reforma laboral, en Buenos Aires, el 19 de febrero.

Foto: Luis Robayo, AFP

Una ilusión en decadencia

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La clase media y el declive de Occidente.

La “clase media” cumplió un rol fundamental en la construcción de la idea de un Occidente de progreso y civilización, tanto en Europa y Estados Unidos como en países de desarrollo medio como Argentina. Esta realidad, que comenzó a agrietarse con la crisis del capitalismo de los años 1970, terminó de romperse con la irrupción de la extrema derecha y la erosión del mundo del trabajo.

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La clase media está intrínsecamente ligada a la modernidad europea. El de “clase media”, de hecho, es uno de los conceptos fundamentales que dieron cuerpo a la identidad europea. Apareció cuando la burguesía ganaba confianza en sí misma y el capitalismo comenzaba a asentarse sobre bases firmes. Todavía hacia fines del siglo XVIII era un vocablo desconocido. Lo pusieron en circulación por primera vez los líderes moderados en tiempos de la Revolución francesa, pero fueron los liberales de la primera mitad del siglo XIX quienes le dieron el prestigio que tendría en adelante. François Guizot, jefe de los liberales doctrinarios, quien alternaba sus funciones públicas –llegó a primer ministro de Francia en 1847– con el oficio de historiador, fue quien delineó el gran relato de la identidad europea, ese que decía que la libertad y el progreso habían nacido en Europa por una milagrosa combinación de ingredientes que no se había dado en ninguna otra región del planeta. El principal era una poderosa “clase media” que había logrado formarse lentamente gracias a la actividad comercial, bancaria y profesional. Según Guizot, esa “clase media” de empresarios y letrados había protagonizado la Revolución francesa, desplazando a la nobleza y el Antiguo Régimen para construir una sociedad a su imagen y semejanza, como nunca antes se había visto: meritocrática, abierta, libre, en la que el poder estaba sujeto a leyes, con derechos individuales. En fin, había que agradecerle a ella el milagro de “la civilización”. Por debajo de esa “clase media” y fuera del viejo continente (y de Estados Unidos, donde la semilla de la civilización había también arraigado), todo era barbarie y despotismo.

Claro que todo esto era poco más que una ideología para justificar un programa de gobierno y hacer creíble la pretensión de superioridad de la Europa blanca. Pero si desde entonces caló tan hondo fue porque parecía asentarse en la realidad. En efecto, en el siglo XIX el capitalismo, la burguesía y los políticos que los representaron desempeñaron un cierto papel civilizatorio, al menos en Europa y algunos otros sitios (no así en las colonias, sometidas a una interminable violencia). Construyeron Estados, promulgaron constituciones, aseguraron la división de poderes y los derechos civiles, redactaron códigos legales, establecieron juzgados y erigieron caminos y puentes para que el mercado pudiese funcionar. Más tarde promovieron la expansión de la educación y mejoras en la salud. Y cuando el movimiento obrero y el socialismo comenzaron a ser una preocupación, combinaron feroces represiones con la concesión de derechos laborales, se resignaron a permitir el sufragio universal y aceptaron que los más ricos paguen más impuestos y el Estado se ocupe de generar condiciones mínimas de bienestar. Todavía hicieron gala de su capacidad civilizatoria cuando, luego de la barbarie de las dos guerras mundiales (que también ellas generaron), erigieron un sistema legal internacional para mantener la paz y reglas claras para el comercio internacional.

Clase media fue una expresión clave durante toda esa historia: permitía conciliar la continuidad de la desigualdad de clases –indispensable para el capitalismo– con las expectativas igualitaristas que muchos abrigaban. Alimentaba la fantasía de que ese colchón intermedio aseguraría oportunidades para todos y moderaría cualquier extremismo que pusiera en juego el orden social. Sobre todo, la “clase media” fue el santo y seña de Occidente, la prueba de su talante civilizado y progresista.

El costo de sostener esa fantasía fue que, efectivamente, el desarrollo capitalista en los países más avanzados (y en los de desarrollo medio, como Argentina) multiplicó las oportunidades para sectores que, sin ser poderosos, pudieron obtener posiciones de cierto prestigio, ingresos más o menos respetables y algún resorte de poder. El aparato de Estado, las escuelas y universidades y la creciente burocracia de las grandes empresas requirieron legiones de empleados, funcionarios y profesionales. Su existencia, a su vez, nutría los bolsillos de comerciantes y pequeños productores. Tras la crisis del capitalismo en 1929, cuando el comunismo golpeaba a las puertas, los empresarios urgieron al Estado a intervenir y resignaron más cuotas de poder frente a empleados públicos y sectores medios, e incluso sindicatos, que adquirieron una influencia inédita. Las políticas de bienestar y el inusual crecimiento de la economía que el mundo occidental experimentó en los 30 años posteriores a la Segunda Guerra Mundial fueron el momento dorado de la “clase media”. Fue también la era en la que los científicos y académicos estuvieron llamados a desempeñar un papel de primer orden. Por un breve período, pareció que el capitalismo podía ir de la mano con un mayor bienestar para todos, con la expansión de derechos sociales e individuales, con el florecimiento de la ciencia y, al menos en Estados Unidos y en Europa Occidental, con democracias sólidas. Como sostuvo el sociólogo Michael Mann, parecía que el mundo moderno había sido forjado por esa clase media progresista.1

El fin de la ilusión

Desde la década de 1970, la aparente armonía comenzó a resquebrajarse. Los grandes empresarios presionaron para desandar el camino que había conducido a esos 30 años dorados, para recapturar parte de ese excedente que se les iba de las manos. Primero, buscaron ajustar cuentas con los trabajadores y sus sindicatos. La “revolución conservadora” y el triunfo del neoliberalismo, encarnado en líderes como Ronald Reagan en Washington y Margaret Thatcher en Londres (y en el Sur por dictadores como Augusto Pinochet y Jorge Rafael Videla, en Chile y Argentina, respectivamente), avanzaron en la tarea de desarmar las capacidades de regulación del Estado y dieron nuevos bríos a la globalización. Si el liberalismo y la burguesía habían sido hasta entonces constructores de Estados, ahora proclamaban que la tarea estaba terminada y que había que limitar sus atribuciones. Los datos de la evolución económica de Estados Unidos son muy elocuentes: en la economía más exitosa del planeta, desde fines de la década de 1970 la participación de los asalariados en el producto interno bruto (PIB) no dejó de disminuir, al tiempo que los superricos se apropiaban de una porción cada vez mayor de la riqueza. A diferencia de las décadas previas, en las que los excedentes generados por el aumento de la productividad se repartían entre empresarios y trabajadores, ahora las curvas se desacoplaron y las ganancias extra fueron casi enteramente a manos de los empleadores. Por ese camino se fue consolidando la pequeñísima minoría de riqueza obscena que hoy controla cada vez más la comunicación y la vida política.

El golpe sobre los trabajadores manuales se notó enseguida. En el hemisferio norte, los sectores medios no percibieron el efecto de esta nueva etapa del capitalismo tan rápidamente, pero sí en Argentina: desde el Rodrigazo de 1975 –el primer programa de ajuste neoliberal–, los quiebres de pymes, comerciantes y chacareros hicieron que la prensa comenzara a registrar en sus titulares el “declive” o incluso “la desaparición de la clase media”. La hiperinflación y el empobrecimiento a los que condujeron (terror mediante) las políticas de la dictadura militar (1976-1983) y la continuidad del programa neoliberal bajo los gobiernos de Carlos Menem (1989-1999) y Fernando de la Rúa (1999-2001) destruyeron la cohesión de los sectores medios. Algunos ganaron, pero el inédito fenómeno de la “nueva pobreza” –gente de clase media que se veía de pronto en el temido mundo de la clase baja–, registrado en los años 1990, era el signo de los nuevos tiempos. El sueño había terminado. La ilusión del país “de clase media”, en el que los hijos vivirían siempre mejor que sus padres, estaba herida de muerte.

En los países ricos, el declive de los sectores medios comenzó a notarse más tarde, a mediados de la década de 1990 –y mucho más claramente tras la crisis de 2008–. Los titulares tremendistas sobre “la muerte de la clase media” llegaron entonces también a la prensa del mundo desarrollado. En los últimos años el capitalismo entró decididamente en una dinámica implosiva. Su sostenimiento depende de la intensificación de la presión hacia adentro, de su capacidad de exprimir al máximo a la población. Se transforma entonces en un merodeo permanente sobre lo estatal, privatizando todo aquello que aún queda bajo su órbita (la educación pública, la salud, la infraestructura vial, etcétera) y diseñando nuevos modos de apropiarse de sus recursos financieros y de evadir la tributación. También sobre el vínculo laboral, tratando de sacar más jugo a la fuerza de trabajo a través de cambios que permiten mayores niveles de explotación y habilitan el trabajo precario y formas de trabajo “autónomo” que transforman el deseo de independencia en autoexplotación.

Ante la redoblada presión del capitalismo actual, los espacios de reproducción económica de los sectores medios se achican. Mientras se lee este artículo, el desarrollo de la inteligencia artificial (IA) está haciendo desaparecer millones de puestos de trabajo intelectual que se vuelven prescindibles, como los de cualquier jornalero. El aumento de las personas que se reciben desvaloriza los títulos universitarios. La economía de plataformas acorrala y explota a comerciantes, productores y proveedores de servicios. La especulación inmobiliaria hace del acceso a la vivienda algo imposible. Lo sienten hoy los jóvenes europeos y estadounidenses.

Además, los espacios de libertad para los sectores medios críticos en las universidades y el campo cultural se deterioran. Inicialmente, la llegada del neoliberalismo propuso un cierto “reparto” de las tareas estatales. Los liberales ortodoxos se reservaban el manejo de la economía, pero dejaban áreas como la cultura y la educación a cargo de sectores más progresistas. Todo eso terminó con la llegada de Donald Trump a la presidencia de Estados Unidos en 2017 y con el ascenso de las extremas derechas en el mundo occidental y sus áreas de influencia.

Un nuevo giro

La irrupción de la derecha extrema está relacionada de manera directa con el declive del bloque occidental por el sorprendente desarrollo de China, que en poco tiempo arrebató mercados que tradicionalmente les pertenecían a Estados Unidos y Europa. De pronto, el vórtice del capitalismo pareció trasladarse fuera de su cuna occidental, a un país asiático con un régimen de partido único, sin división de poderes ni mucho menos democracia, sin una burguesía ni una clase media libres e independientes. Parece, pues, que el capitalismo no necesitaba nada de eso. La mera sospecha desató la reacción paranoica (y con frecuencia racista) que nutre a las extremas derechas.

Peor aún: los analistas coinciden en que el éxito del capitalismo en China se relaciona con la imbricación entre la iniciativa privada y el sector público. Los empresarios chinos operan en estrecha simbiosis con el gobierno, cuyos rasgos autoritarios los ayudan en su desarrollo. Por supuesto, una ventaja evidente radica en el control de la mano de obra, mucho más sencillo cuando el aparato político y la patronal están virtualmente unificados. Pero el autoritarismo también ofrece otros beneficios. Sin someterlos a consultas a la población ni controles políticos, los faraónicos programas de inversión en infraestructura básica avanzaron a pasos acelerados. La falta total de derecho a la privacidad y al control de la información personal dieron a la IA china una ventaja decisiva. La investigación científica se desentiende de molestas cuestiones éticas.

Ante el ascenso de China, Donald Trump intentó un golpe de timón, promoviendo una imbricación total con sus propios magnates (que respondieron encantados), emulando el autoritarismo del país asiático. Azorados, los estadounidenses discuten si ya están en un régimen plenamente fascista o a sus puertas. Los niveles de represión y espionaje que pesan sobre ellos se incrementan día a día. En lo cultural, Trump fuerza un conservadurismo extremo que contrasta con el relativo progresismo que todavía se permitían las élites antes de su llegada. Las universidades sufren intromisiones impensables y los científicos trabajan en un clima de temor. El vicepresidente JD Vance lo dijo con todas las letras: “Los profesores universitarios son el enemigo”. Internamente, el libremercado sigue reinando, pero hacia afuera ya no. Con los aranceles caprichosos de Trump, el mundo entró en una fase de desglobalización y competencia hostil entre bloques. El presidente estadounidense intenta, de manera desesperada, conservar los privilegios de su país y evitar que sus rivales sigan avanzando: la agresión militar a Venezuela, el asedio a Cuba, la imposición de acuerdos comerciales en varios países de América Latina y la prepotencia con sus aliados europeos –hoy tratados como súbditos– son parte de esa lógica. Como reconoció de forma abierta, ya no existe ninguna legalidad internacional a la que vaya a someterse.

En este escenario, el imaginario del “mundo libre” y su “clase media” virtuosa se desdibuja. Los tiempos en los que el liberalismo y la burguesía occidental fueron constructores de Estado y legalidad parecen cosa del pasado. Visto desde el Río de la Plata, en el segundo año de la presidencia de Javier Milei, parecen más bien decididos a destruir el Estado, la ley, las garantías civiles más elementales y todo el legado cultural de la modernidad europea. Si en algunas regiones del globo el capitalismo tuvo un papel civilizatorio, hoy patrocina el regreso a la barbarie y el colapso ambiental.

¿Qué quedará de ese imaginario de clase media en los tiempos que vienen? En 2009 publiqué Historia de la clase media argentina, cuyo subtítulo era “Apogeo y decadencia de una ilusión”.2 En Argentina estaba claro ya en ese momento que aquel imaginario se hundía. Un amigo suele decir que el mundo se está argentinizando. Un país que antes parecía un ejemplo de anormalidad y hoy se ha reintegrado al concierto de las naciones. Pero no porque se haya “normalizado”, sino porque el mundo entero se hunde en el desquicio.

Acaso ya sea momento de hacer el duelo por esa ilusión perdida, por ese mundo de clase media que se fue y por ese sentido de superioridad occidental quizá inmerecido, para hacer lugar a alguna otra visión política y civilizatoria más productiva.

Ezequiel Adamovsky, historiador.

Argentina

La teoría del palo y medio

Un video se viraliza a través de la red social Instagram. En él una joven –Micaela Barbero– propone la “teoría del palo y medio” (Infobae, 5 de febrero). Básicamente, se trata de que, en la ciudad de Buenos Aires, no importa ni lo que se haya estudiado ni de qué se trabaje, “todos ganan un palo y medio” (unos 1.000 dólares estadounidenses). En sus palabras: “¿Sos administrativo? Un palo y medio. ¿Trabajás en una pyme? Un palo y medio. ¿Sos profesional? Un palo y medio”. Hacia el final, sugiere que, en tal caso, si hubiese alguna diferencia sería porque se gana por encima de los “dos palos”. En una época en la que, cada vez más, todos los números se desvanecen en el aire, la viralización del video congrega preguntas, de mínima, impostergables: ¿cuál es la expectativa de salario de la clase media argentina?; ¿cuánto es necesario para vivir?; ¿cuántas de esas necesidades son o no cubiertas por el Estado? Como la misma Barbero señala en su teoría, el “palo y medio” funciona, sobre todo, como un promedio, porque puede advertirse cierta oscilación entre unos 200.000 o 300.000 pesos argentinos. Y la teoría, tal como ella misma insiste, está anclada en la realidad de la ciudad de Buenos Aires, ni siquiera es directamente trasladable a la provincia bonaerense. Se profundiza una tendencia: los costos de vida y los rangos salariales difieren ostensiblemente según la localización, con encarecimientos notorios en los centros urbanos; en particular, el porteño.

Algunas coordenadas para la contextualización. En febrero, la jubilación mínima acaba de ascender a 359.219,42 pesos argentinos. Según los últimos datos del Instituto Nacional de Estadística y Censos, el Indec, la canasta básica familiar –para dos adultos y dos niños– está en torno a los 1.360.299 pesos argentinos. De acuerdo con un informe del Instituto Gino Germani de la Universidad de Buenos Aires (UBA), difundido en diciembre de 2025, el 72 por ciento de los trabajadores tiene ingresos menores al millón de pesos y no puede cubrir ni siquiera estos gastos básicos.

Así, mientras el oficialismo logra la media sanción del proyecto de ley de reforma laboral en el Senado, se profundiza la figura del “trabajador pobre”: la dinámica de trabajar y ganar por debajo de la línea de pobreza, trabajar y estar endeudado. Ese escenario reconfigura los horizontes laborales del siglo pasado, cuando la pobreza y las deudas se vinculaban con el desempleo.

Florencia Angilletta, doctora en Literatura, escritora y consultora. Autora de Zona de promesas, Capital Intelectual, Buenos Aires, 2021. La versión completa de este artículo fue publicada en Le Monde diplomatique, edición Cono Sur, marzo de 2026.


  1. Michael Mann (1993), Las fuentes del poder social II, Alianza Universidad. 

  2. Planeta. Luego editada en formato de bolsillo en 2015 y con una edición revisada en 2019. 

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