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Ilustración: Federico Murro

De sirenas y leviatanes

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El mar en su mitologema, como símbolo de todo lo peligroso, mágico y desconocido, ha alimentado las fantasías y creaciones artísticas desde que el humano representa y se representa. En este ensayo, la profesora y crítica literaria Ángeles Blanco hace una exploración por distintos mitos y sus interpretaciones, dando cuenta de la riqueza simbólica de esa inmensidad acuática que incluso hoy en día, con todos los avances científicos y tecnológicos, sigue siendo un misterio.

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Una de las piezas más conocidas del repertorio de Vangelis seguramente sea «La petite fille de la mer», una composición de extraño encanto concebida para la serie televisiva El apocalipsis de los animales, de 1973. Escucharla, aun ignorando el tema del documental, induce estados anímicos singulares: un sosiego inquietante se apodera de los sentidos, una incomodidad de la que, dada la exquisita melodía, resulta difícil huir. Casi como esa trampa que las sirenas del mundo griego tendían a los navegantes con su canto, así también parece proceder esta maravilla sonora que, sin precaución, es capaz de sumergir el ánimo en las aguas de la tristeza.

La ambigüedad de esa composición recuerda un poco la propia ambigüedad marina en el imaginario universal: lugar de génesis pero también de destrucción; puente entre lo físico terrestre y lo etéreo atmosférico; bendición o castigo. Según el Diccionario de símbolos, de Juan Eduardo Cirlot, el mar es «agente transitivo y mediador entre lo no formal (aire, gases) y lo formal (tierra, sólido) y, analógicamente, entre la vida y la muerte». El agua parece estar, así, siempre unida a la matriz de todas las cosas, y por eso romper aguas, justamente, es parir, nacer, despertar a la vida, tal como lo hace la Venus o Afrodita de Botticelli, no ya de un útero femenino, sino de ese otro insondable, marino, representado en esa enorme valva de la que emerge la diosa.

Pero ser matriz es también ser sustento. Fuente de alimento para tantos pueblos que encontraron en los peces de sus redes su supervivencia, el mar puede ser también, en efecto, pesadilla y fatalidad, algo que cualquier pescador de esos mismos pueblos bien podría saber al embarcarse cada día antes del alba. Pueblos como el japonés, por ejemplo, sacudido por la impredecible ira de los tsunamis que tanto han asolado la isla y que tanto, seguramente, conociera Katsushika Hokusai al pintar su famosísima ola. En ella, La gran ola de Kanagawa, el mar domina la escena con un impávido monte Fuji al fondo y unas lánguidas embarcaciones que resisten la furia desatada de las aguas. Las formas de la espuma marina, como garras a punto de atrapar a su presa, resultan elocuentes con la fiereza de ese mar a punto de engullir a los navegantes. Y es que el mar, claro está, bien podrá ser fuente de alimento, pero también criatura devoradora: de ahí aquello de «se lo tragó el mar» como metáfora de ahogamiento, imagen que un romántico como Turner inmortalizó en El barco de esclavos (1840), dándole dimensión moral al paisaje. Espejo del alma, las aguas agitadas por una tempestad engullen a un grupo de esclavos lanzado impiadosamente desde la borda de un barco, amarradas todavía sus manos con cadenas. La imagen, inspirada en un hecho real cuyo rechazo sentó las bases del movimiento abolicionista en Inglaterra, sugiere un paralelismo evidente entre el lado oscuro del mar y ese otro persistente en la condición humana, capaz de cazar o matar a cambio de rédito económico. Si un solo cuadro pudiera sintetizar el crimen contra todo un continente y removiera las conciencias del mundo, el de Turner bien podría ser su ejemplo definitivo.

Todas estas obras, y tantas otras del acervo universal, dan cuenta de la presencia poderosa del mar como mitologema, esa unidad narrativa mínima y esencial que conforma los mitos y cuya coincidencia, aun en culturas sin contacto directo, resulta sorprendente. Símbolo fecundo, capaz de representar esa frontera o umbral entre mundos, el temor a lo desconocido, o el viaje y la transformación, el mar ha sido parte de las mitologías para expresar emociones profundas y dar sentido a los fenómenos, porque ¿de qué otra forma, si no, explicar ese espacio líquido inconmensurable, a veces generoso, a veces amenazante, pero siempre fascinante? Un recorrido por algunas de esas manifestaciones simbólicas es lo que proponemos bucear en las líneas que siguen.

Lo sagrado y el arquetipo

Para el historiador rumano Mircea Eliade, el mito es, en esencia, historia sagrada a través de la que los pueblos han sabido explicar sus orígenes. Lo trascendente, entonces, está en el centro de esa definición, muy alejada de la concepción hoy tan extendida del mito como relato carente de veracidad. No es extraño, entonces, que el mar esté presente en tantas cosmogonías como una presencia primordial, anterior a la creación. En el libro sagrado de la cultura maya Popol Vuh, por ejemplo, y de forma muy similar a la Biblia, el mar aparece como una matriz silenciosa que se extiende apacible junto a la inmensidad del cielo, y desde la que los dioses conciben el mundo. Pero en la cosmogonía griega, en cambio, ese mar primordial, que recibe el nombre de Ponto y es hijo de Gaia (o Gea), es una divinidad que ya tiene elementos de personificación masculina, aunque no sea el dios antropomorfizado que luego será Poseidón o la versión latina de este, Neptuno. Es justamente ese «vinoso Ponto» regido por Poseidón el que Odiseo (o Ulises, en la versión latina) atraviesa, no sin esfuerzo, concluida ya la guerra de Troya, rumbo a su Ítaca natal. Madre de todas las aventuras, el mito que constituye La odisea no es solo un viaje físico, sino una experiencia transformadora devenida, desde entonces y para siempre, mitologema, o bien, desde la perspectiva de Joseph Campbell, símbolo arquetípico, del viaje iniciático, ese que tanto el héroe como los simples mortales atraviesan para alcanzar el conocimiento y la madurez personal.

Pero en su viaje paradigmático, Odiseo toma contacto con distintas criaturas fantásticas y, bien sabido es, se gana el odio de Poseidón al dejar ciego a su hijo, el cíclope Polifemo. Hijo de Cronos y Rea, y hermano de Zeus y Hades, Poseidón es el dios de los mares, emblema del padre severo que ejerce autoridad con su poderoso tridente, desatando tempestades (he ahí la función del mito para explicar fenómenos naturales) y enfrentándose a Zeus, con quien mantiene una rivalidad muy habitual entre los dioses griegos. Su culto como dios creador de los caballos fue introducido por los aqueos que conquistaron Creta, y durante el gobierno de Pericles en el siglo V aC se construyó el templo sobre el cabo Sunio, a orillas del mar Egeo, que todavía evoca su nombre. Sus amores fueron numerosos, dieron lugar a una prole un tanto monstruosa, desde el ya citado Polifemo hasta las temibles Escila y Caribdis, esta última fruto de su unión con Gea. No obstante, la esposa oficial de Poseidón es Anfítrite, una bella nereida, quien, harta de las infidelidades de su esposo, convierte a la pobre Escila en una infernal criatura marina de 12 pies y seis cabezas. Asociada siempre a Caribdis como guardiana de ese pasaje o umbral terrible por el que Odiseo no tiene más remedio que pasar, su presencia es la condensación simbólica de la violencia manifestada en mareas submarinas, remolinos y otros peligros que el navegante debía evitar. Peligros que en la mitología nórdica, por ejemplo, encarna otro célebre monstruo marino, el Kraken, esta vez con forma de megacalamar o pulpo descomunal. Todas estas bestias marinas son, así, representaciones culturales, simbólicas, de ese arquetipo que supone siempre el temor a lo desconocido y, en este caso, a lo abismal marino.

En la hermosa iconografía que perdura, Poseidón es representado como un hombre de notable fortaleza física, bronceado y montado en un carruaje tirado por seres ambiguos, mitad serpiente, mitad caballo, y con un séquito de nereidas, peces o delfines. Y algo muy importante: es el señor de una isla prodigiosa llamada Atlántida, lugar mítico y símbolo eterno de la civilización perdida, del que da cuenta el mismísimo Platón en sus diálogos crepusculares Timeo y Critias. Allí, según el relato de un sacerdote egipcio que habría llegado, por una intrincada sucesión de nombres, hasta el filósofo Timeo, atenienses y atlantes habrían mantenido un conflicto muy pretérito motivado por las ansias expansionistas de los segundos sobre los pueblos vecinos. Según el relato, este pueblo vivía en una isla ubicada frente a las Columnas de Hércules, bisagra entre el Mediterráneo y el Atlántico, rica en flora fragante y fauna espectacular, oro y un material refulgente que llamaban oricalco («cobre de la montaña»), en la que el mismísimo Poseidón habría construido palacios, puentes, canales, fuentes de agua fría y caliente, y habría rodeado por una serie de anillos alternos y concéntricos de agua y tierra que la volvían inaccesible desde el exterior. Según el mito que reconstruye Pierre Grimal en su Diccionario..., una vez concluido el reparto de la Tierra entre los dioses, Atenas sería regida por Atenea y Hefesto, y la Atlántida, por Poseidón, quien pronto se enamoraría de la huérfana Clito, con quien tuvo cinco pares de gemelos. El mayor de los hermanos habría sido Atlante o Atlas, quien se convertiría en la deidad de mayor poder de la isla. Más allá del mito, la posibilidad de esta ciudad de avanzada que en algún momento se habría hundido en las profundidades como consecuencia de un descomunal cataclismo es uno de los grandes misterios que ha fascinado a generaciones por su eterna e intrigante posibilidad.

En la aventura marina de Odiseo, uno de los grandes peligros que supera es el de las sirenas, que aparecen allí por primera vez en la literatura occidental, aunque no en la historia de las civilizaciones, que ya contaba con Atargatis, la gran diosa sirena siria del mar y la fertilidad, prototipo de las posteriores Afrodita y Venus. En La odisea entonces, muy a contrapelo de esta diosa benefactora, las sirenas son una presencia negativa que no solo condensa simbólicamente la indefensión humana ante los peligros del mar, sino que, más fuertemente a partir del cristianismo, representan una suerte de metáfora del riesgo inherente a la tentación carnal. Según el mito, las sirenas son criaturas híbridas: mitad mujer, mitad ave para los griegos antiguos, y ya con cola de pez en la Edad Media, integrando ese bestiario de criaturas fascinantes que es el Liber Monstrorum (ca. s. VII u VIII). Hijas de río Aqueloo y de la ninfa Calíope, fue Ceres quien las habría transformado en aves, residiendo en zonas escarpadas y dotadas por un gran sentido musical, que no solo se traduce en su canto legendario y fatal, sino en su capacidad para tocar la flauta y la lira. En algunas versiones, las sirenas que aparecen en la Odisea son Teles, Redne, Moipe y Telxiope; en otras versiones, son tres: Pisinoe, Agláope y Telxiepia (también llamadas Parténope, Leucosia y Ligia). Sea como fuere, las sirenas materializan uno de los mitos más extendidos en los distintos folclores de los pueblos con fuerte cultura marina, y son, de acuerdo con Cirlot, «expresiones complejas» muy asociadas con el deseo y su insatisfacción, o bien, con la seducción que impide el viaje y conlleva la muerte. Un dato curioso en torno a estas criaturas es su presencia en el Diario del primer viaje, de Cristóbal Colón, quien al parecer habría divisado tres sirenas frente a las costas de la actual República Dominicana y que, según consta, no le resultaron tan hermosas como se solía decir: vaya decepción. Sea lo que fuere que Colón haya visto, lo cierto es que las sirenas formaban parte de un imaginario medieval que incluso las representaba en sus cartas de navegación. Si la aventura de cruzar los mares ya era monumental con la limitada tecnología de la época, tomar nota del pensamiento mágico de sus navegantes la vuelve realmente increíble.

Olas y ballenas

La idea de un monarca que rige el comportamiento de los mares no es exclusiva del mundo mítico griego. En la mitología nórdica, por ejemplo, encontramos deidades como Njörd, el gigante Aegir y la esposa de este, Ran. De acuerdo con Mitología vikinga: el camino a Valhalla, de Javier Tapia, Njörd es el dios de los mares «y las tormentas, aplacador de los monstruos marinos y favorecedor de la pesca», mientras que en el Diccionario de mitología universal de Akal se alude a Aegir como «el nombre del gigantesco dios del Océano que vigila los tesoros de las naves por él hundidas, mientras que su mujer Ran recoge a los náufragos para ahogarlos», lo que estaría delatando, claramente, el talante de estas deidades en un panteón nórdico tan afecto siempre a las pasiones coléricas. Como sea, de la unión de Aegir y Ran nacerían nueve muchachas conocidas en la literatura nórdica como ondinas, es decir, criaturas de las olas, todas ellas de gran belleza, una suerte de equivalente de las nereidas griegas. En efecto, las nereidas, hijas de Nereo y Dóride, eran criaturas bellísimas dotadas para el canto, el hilado y el tejido, que pasaban sus días sentadas en los tronos de oro de su palacio submarino. No tienen un rol protagónico en las historias, pero se las imaginaba jugando en las olas, «con los cabellos al viento, nadando entre tritones y delfines». Se conocen unas 50 en total, y entre ellas aparecen nombres con posteriores resonancias culturales, como Calipso, Eudora, Galatea, Tetis (madre de Aquiles), Eunice, Talía o Cálice.

Las distintas resignificaciones de estas criaturas, al igual que las sirenas, dan lugar a leyendas sobre su comportamiento ambiguo, a veces protectoras y a veces peligrosas para los navegantes. Esta dualidad fue ilustrada, sonoramente, por la inquietante Ondine de Debussy, una pieza propia del estilo hipnótico impresionista, que estaría influida por la novela Ondina (1811), de Friedrich de la Motte, barón de Fouqué, y particularmente por las ilustraciones que para una de sus ediciones hizo Arthur Rackham, uno de los grandes nombres de la golden age de la ilustración inglesa, quien también ilustraría La sirenita, de Hans Christian Andersen. De hecho, la iconografía en torno a las sirenas es abundante y exquisita, e incluye, por ejemplo, tallas en madera de algunas iglesias medievales, la versión de Klimt de 1899, seguramente inspirada en la fisonomía de su musa Adele Bloch-Bauer, la de Waterhouse en 1900 con una sirena absorta en la tarea de peinar su cabellera, o las varias que pintara Munch, un tanto más intimidantes, en sus obras. En escultura, la Ondina emergiendo de las aguas, del estadounidense Chauncey Bradley Ives (1880), deleita los sentidos con un finísimo velo tallado en mármol que envuelve el cuerpo de una ondina que asciende a la superficie para cobrarse la vida de su esposo infiel.

Así como Caribdis y Escila atormentaron los mares imaginarios de la Antigua Grecia, otro monstruo marino hizo lo propio desde tierras bíblicas: el leviatán. Su solo nombre evoca lo ominoso y oscuro, mitologema o símbolo arquetípico del caos que representa lo inconmensurable marino. Representado, como lo haría Doré en 1865, como un enorme dragón o serpiente marina (punto de contacto este, con variantes y matices, con los dragones marinos de las mitologías china y japonesa), según Cirlot, se trataría de un «pez enorme, fabuloso, que lleva sobre sí la mole de las aguas y que los rabinos dicen estar destinado a la comida del Mesías», luego de ser vencido por la divinidad. La reverberación más elocuente de esa criatura monstruosa quizás sea, desde la óptica de sus personajes, la ballena blanca de Moby Dick, ese «leviatán» así llamado por Ismael cuya presencia revela, simbólicamente, la fragilidad del hombre ante lo inefable, una realidad solo explicable a través de la siempre misteriosa obra divina.

Pero si hubiera que elegir una novela, solo una donde el agua fuera mucho más que un escenario y oficiara como correlato de las emociones y pensamientos de sus protagonistas, podría ser Las olas, de Virginia Woolf, uno de los puntos culminantes de su obra. Habitante de una isla al fin y al cabo, el mar es una constante en la vida y el trabajo de Woolf, incluso en esa decisión de descanso final, como la Ofelia del cuadro prerrafaelita, sumergida en las aguas del río Ouse. La playa y su orilla concretamente, ese no-lugar donde el agua besa la tierra y lo líquido se encuentra con lo sólido, opera así como una metáfora de esa preferencia por lo ambiguo que transita forma y fondo de su obra, desde la dualidad presente en Orlando, al fluir de conciencia con el que los personajes se revelan al lector, o el estilo poético de una prosa que discurre como agua entre los dedos. Indicio, todos ellos, de esa poderosa atracción que ha surtido siempre el mar y su misterio, transmutando el inconsciente en símbolo y alimentando la imaginación de los pueblos, desde antes de que el primer verso le cantara, y hasta que la última huella, en su arena, sea borrada.

Ángeles Blanco es periodista cultural, crítica literaria y docente. Es licenciada en Ciencias de la Comunicación (Universidad de la República, Udelar) y profesora de Literatura (IPA), y ha cursado la maestría en Ciencias Humanas opción Literatura Latinoamericana (Udelar).

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