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Ilustración: Noel de León

Mientras la diosa aguarda

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El periodista Salvador Neves despide a su hijo de 32 años en este bello y doloroso «Obituario de un nadador», como le llamó a este texto.

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Fue bueno que lo explicara un trabajador joven de overol azul. El tipo tendría tu edad y fue tan delicado y preciso como habrías sido vos de estar en sus zapatos.

Le dio tus coordenadas para los próximos dos años. Logró convencer a tu padre de que entonces te encontrará en ese mismo punto. Tu viejo estaba inquieto. Siempre estuvo acostumbrado a suponerte en peligro (y dormía igual). Pero nunca te aguantaste el disparate de 730 días seco, fuera del mar.

Lo tranquilizó saber que ese asunto tendría fin, oír la fecha y tener el mapa.

***

El este de la ciudad la desconoce. Se llama playa Zabala. No debe haber mejor sitio para aprender a nadar. Es una rada escueta, llanita. Hay una sola ola, que se levanta a media mañana y otra vez a media tarde, la de Buquebus. Así le dicen, por lo menos, porque sucede cuando —cerca del horizonte— aparece el navío de López Mena y vira hacia Buenos Aires.

Tu viejo me contó que ahí, una mañana de 1997, inventaste la natación. Tenías cuatro años y él creía que todavía no tenías edad para aprender a nadar. Te alejaste lentamente de sus piernas, impulsado por las tuyas. Un movimiento circular de las manos te permitía sostener la cabeza fuera del agua.

La playa ya era la felicidad. Dos veranos antes, en la del Fortín de Santa Rosa, habías hilvanado tu primera oración. Te pusiste un palito en la boca y le preguntaste a tu padre: «¿Me das fuego?».

Tu abuela materna parió un lote de hijos. Seis mujeres y un varón. De allí el caudal de primos. Y, en la playa, vos eras su capitán. Cuando se cansaban del agua, era la hilera de enanos caminando detrás tuyo por los extremos rocosos. Las tías protestaban, les daba miedo. La buenaza de tía Mary ni miraba por no angustiarse.

Iban cazando cangrejos, espantando garzas y buscando alcanzar la punta de la punta. Vos sabías evitar el resbalón del musgo y enseñabas cómo pisar. Aunque siempre fuiste mandón, la aventura ameritaba acompañarlos.

El jueves pasado, por las circunstancias del caso, vi a tus primos, los mellizos, que entonces eran los más chicos y también los más valientes. Su sonrisa me trajo el sol de aquellos días.

***

De tu familia paterna mencionabas a un tío abuelo tupa y a un abuelo chef. Hablando de cocina, me pareció dulce que tu padre atribuyera tu destino marinero a un episodio de la luna de miel: una pasta alle vongole («a la bongoli» decía realmente el pizarrón) que cenaron en Valizas con el operador judicial, su entonces novia y tu vieja, embarazada de vos.

Nos habíamos reencontrado en el Liceo 31. Te acompañé a tu casa y me mostraste las fotos del año y pico que habías pasado en Miami Beach, casi todas en la playa.

Me detuve en una del día de tu llegada a Estados Unidos. Tenías diez años; todavía eras un gordito. Llevabas casi un año sin ver a tu padre. Intentaban jugar, pero vos tenías cara de susto y él de perplejidad. Supuse que les llevó algún tiempo volver a ser compinches.

En otra imagen de esa tarde tu cara es de éxtasis. Estás en medio de un torbellino de gaviotas, una espiral de aves que parece darte la bienvenida, casi tocándote con la punta de las alas esas gringas confianzudas.

Estaba bueno fumar un porro y descubrir música contigo. Los primeros recitales no se olvidan. Ya ves que tengo buenos recuerdos tuyos; pero todavía no me explico por qué quisiste ser el mejor amigo del psicópata de Camilo. A Camilo lo terminaron expulsando del liceo porque además de prepotente era un imbécil. Vos te normalizaste después de la suspensión, aunque te cambiaste al 20. Tampoco entiendo por qué hiciste pelota la oportunidad que te consiguió Santi, la beca para entrenar en el mejor equipo de natación de la ciudad, federado naturalmente. Qué loco, ¿no? Parecía ser lo mejor que te podía pasar.

Todavía me acuerdo del bajón que tenías tres años atrás, cuando tus viejos no conseguían la guita para inscribirte en el campeonato del Área Metropolitana de Natación (Amena). La terminaron consiguiendo la mañana misma de la primera competencia y el taxi hasta el Náutico los arruinó. Llegaron tarde. Corriste hasta el vestuario bufando. Al cubo llegaste puntual. El estilo era pecho, fueron dos vueltas de piscina, 50 metros. Ibas bien en la ida. Trabajaste duro a la vuelta. Ganaste sin discusión.

Tu colección de medallas era impresionante. En las competencias de Amena daban una por participar, pero vos tenías bastantes de las otras. Creo que habías llegado a ganar una en yanquilandia, antes de la deportación.

Te las merecías. Entrenabas un montón. Y la profesora del Huracán era una crá. El equipo de natación le dio tantas glorias al club como pena daba el de fútbol. Y lo que hizo al final la directiva fue reforzar el fútbol a costa de la natación.

***

Santi es mi cuñado, pero nunca te lo dijo. No te calientes. A mí tampoco me había dicho de su amistad contigo. Por mi parte, lo disculpo. Ustedes vivían la fraternidad del cardumen. Yo soy de los que se ponen nerviosos cuando no hacen pie y me aburro cuando me explican lo de la corriente de retorno.

Ahora que me la cuenta me parece que fue linda la amistad que tuvieron. Santi era papá primerizo cuando estaba de guardavidas en la Buceo. Vos eras un poco el adolescente que estaba dejando de ser y —otro poco— la adolescencia que le esperaba en sus hijos (que ya tienen el lomo de su padre).

El surf era un gran asunto para los dos. Otro deporte que aprendiste solo, en cuanto tuviste tabla. Los dos, como buenos montevideanos, eran capaces de erguirse sobre la onda más desanimada. Claro que vos pasabas horas y horas dentro del agua, encabalgado en la tabla, escudriñando la fuerza y el ritmo del próximo tren de olas. Santi veía venir los buenos desde la casilla. Si valían la pena y no había nadie en la playa, bajaba corriendo con la tabla bajo el brazo, para que dieran entre los dos el espectáculo ante un casi siempre unánime público: tu viejo.

Las mañanas demasiado serenas nadaban un rato con Santi. Algunas veces fueron hasta la Isla de las Gaviotas braceando sobre los tablones. Probablemente te enseñó lo necesario para volver con vida tu primera vez de surfista en Rocha, cuando fuiste con un par de la clase. A mí no me dejaron y pueden haber tenido razón. En las fotos que trajeron daba miedo el filo de las rocas y el tamaño de las olas.

Sos bastante ateo y la única diosa de cuyo ritual te gusta participar es una chica difícil. Lo sabés mucho mejor que yo. Santi me contó que la ruptura final entre tus viejos se precipitó porque él se vino a nadar y dejó el celular al alcance de tu madre.

***

Mientras despanzurra el motor de mi scooter, tu amigo Martini no para de chusmear, como hacen todos los mecánicos. Fue él quien me contó que andabas de novio y que tu chica hacía malabares en los semáforos de Los Pinos y la Interbalnearia. La vi de pasada y me pareció una niña. Pero Martini me había dicho que le llevabas dos o tres años y que ella ya tenía una hija, que criaba una tía.

Debían de ser una imagen hollywoodense. Vos alto, atlético, moreno, de sunga negra. Viquita mucho más baja, delicadita y rubia, con un bikini bien sesentas. Cuando te la trajiste a la casa de Neptunia, donde se habían mudado con tu vieja, tu madre le pidió que trabajara y la piba encaró en un súper de la vuelta.

Vos eras empeñoso, pero no te duraban los laburos. Tu primer patrón en Neptunia, el de la barraca, era un explotador infame. Cuando te salió lo de embalar valijas en el aeropuerto, te costaba estar sin fumar. Te escapabas al balcón y te terminaron echando. La pintura se te daba bien, pero salía poco trabajo en el balneario. Te quedaste con el mar, tus plantitas de marihuana y tus perros.

De Miami se habían traído un poodle gris malhumorado, el Coquito. Pero como tu vieja reclamaba propiedad absoluta sobre él y tampoco resultaba un buen compañero de andanzas, Viquita y vos adoptaron uno marca perro, con trazos de perdiguero: el Riqui, un genio. «Ricardo Nobel de la Paz», le decía tu viejo, por su capacidad para eludir conflictos con las mafias perrunas de la Costa de Oro.

Sabía pelear, pero no tenía ganas; también sabía nadar, pero se ponía nervioso cuando, a su entender, te alejabas demasiado de la costa. Hay una foto donde se lo ve con agua al cuello, mirándote ansioso, al borde del pánico, y vos haciendo tranquilamente la plancha, un metro más adentro de donde él se atrevía a avanzar.

Ya se habían mudado a Pinamar cuando añadieron a La Negrita. Ese año decidiste que había pasado demasiado tiempo desde el último verano en Rocha. Hacía un par, con una barra, habían logrado pasar casi tres meses en La Pedrera sin que faltaran picaña y cerveza. La base había sido vender Ray Ban truchos y drogas verdaderas.

Con Viquita resolvieron que ella renunciaría al principio del verano. Vos sabías dónde procurar ácido a buen precio para revenderlo en la costa. De las plantas se ocuparía tu vieja. Volverían a tiempo para que les hicieras los últimos mimos, antes de la cosecha.

Deben de haber consumido algo antes de llegar a la terminal de Rocha. Armaron un escándalo en la agencia donde entraron a comprar los pasajes para ir hasta el balneario. Algún empleado llamó a la policía. Te cachearon y aparecieron los ácidos. Nadie te había visto vendiendo nada. Pero eso no era mayor problema, existe el crimen de «tenencia no para consumo».

«Lamento, amigo, pero van a ser dos años de pena y con suerte seis meses adentro. Eso aconseja la Fiscalía y no hay con qué darle. Te pueden contar de alguno que zafó y puede ser, pero porque tienen los abogados o la influencia que ni vos ni yo jamás tendremos», le dijo el operador judicial a tu padre.

Primero te llevaron a la cárcel de Rocha y ahí te veías lúcido y vivaz. La visita era al aire libre. Había pasto, arbolitos. Todavía era verano. Vos y tus compañeros andaban sin remera. Después vino el otoño-invierno en la cárcel de Lavalleja. No era el infierno del Comcar, pero se sentía la reja. El cuadrado de cielo de un patio donde siempre había más frío que luz, por más que la visita fuera a media tarde.

Ahí rompía los ojos que se te habían volado las chapas. Apenas lograbas hablar. Más bien era tu rostro que ayudaba a entender que intentabas enunciar una amenaza. Y tus ojos se llenaban de lágrimas.

Con Martini acertaste. Mi moto camina bárbaro y el tipo tiene buen corazón. Por él —que cada tanto se daba una vuelta por tu casa— supe de tu cana. Me comentó que lo sorprendieron los «códigos» de tu chica. Llevabas varios meses adentro y seguía visitándote, contando moneditas con tu vieja para pagar el pasaje y llevarte lo que necesitabas.

***

Te abandonó al otro día de tu liberación. Un domingo frío de primavera. Esa tarde tu viejo iba a verte. Se sentaron con tu madre ante una mesa de hormigón bajo el pinar que separaba tu casa de la playa. En las visitas a la cárcel los dos habían visto lo mal que estabas. Estaban solos bajo los pinos y pudiste explicar, sereno y triste, lo que te estaba pasando, lo de las voces que oías.

«Esquizofrenia paranoide», puso la psiquiatra. El sistema de salud hacía que la medicación fuera un poco más barata y la humanidad de la doctora que pudieras verla una vez por mes, 20 minutos. Había algún otro apoyo disponible pero solo si tenías plata y voluntad para llegar a Montevideo.

Por eso fue un golazo cuando te admitieron en un programa público de formación profesional que te pagaba los boletos. Se trataba de instalar alarmas y requería que pudieras resolver algunas ecuaciones de cierta complejidad para programar los sistemas. Una vez estuvieron medio domingo con tu viejo luchando para resolver un ejercicio. Volvió a su casa feliz porque finalmente le encontraron la vuelta. Ese era su discurso oficial.

Desde la escuela hacías los deberes con él. Te acordarás de que alguna tarea para el liceo hicimos entre los tres. Se divertían polemizando y yo también metía alguna. Vos en el papel de Max Stirner; él, en el de Enrico Malatesta. Una esgrima occamiana, a navajazo limpio, que a veces salía muy bien. Ahora, en el curso sobre alarmas te embrollabas en los silogismos más elementales.

Tu viejo me contó que, cuando lograbas pescar el hilo, aparecía la acechanza. Algunas mañanas llegabas a salir de ese lugar y proyectarte. La cosa empezaba bien. Postulabas propósitos con argumentos bien construidos e informados. Pero en un punto el orden del discurso se quebraba. Rizaba el bucle y recaía en el loop. En la solución mágica que terminabas formulando siempre había drogas, dinero y —por supuesto— mar.

*** Por eso fueron duros para tu padre los domingos de caminar de noche por la playa. Iban de Pinamar al Fortín y del Fortín a Pinamar. Estuvieron más de un año haciéndolo de noche porque paranoiqueabas con la gente en la playa. Se daban algún chapuzón, pero no era lo mismo.

Cuando te mudaste a Jaure, eso aflojó bastante, por suerte. Gracias a eso, conociste a Delfina, que vendía bolas de fraile en la playa, cocinadas por ella misma. Estudiaba profesorado de filosofía. Se enamoró perdidamente de vos y fue correspondida. Tenía una vida bien ocupadita así que solo se veían los fines de semana. Y vos lograbas portarte bien por un par de días.

Pero Delfina no mascaba vidrio. Sabía que te portabas mal. Estaba ahí la vez en que, re loco, en tu última casa, la de San Luis, amenazaste a tu padre con un cuchillo. Quizá tuvo razón al pensar que vos eras un diamante en bruto. Vos respetabas los límites que te ponía. Se recibió el año pasado y consiguió horas cerca del mar.

Delfina fue decisiva en la batalla por lograr que te aguantaras un par de semanas en una clínica terapéutica, una vez que —de milagro— a tu viejo le había pintado una plata con qué costearla y vos salías de tu primera desintoxicación.

Para tu bien seguían juntos cuando supiste del suicidio de Viquita. ¿Qué perseguía cuando te abandonó sin tener techo, trabajo ni dinero? Cuatro años después sumaba cinco delitos de rapiña especialmente agravada en reiteración real. Le dieron seis años y seis meses.

Intentó aprovecharlos. En la Unidad 5 terminó el liceo y estudiaba Administración de Empresas. La noticia de su muerte llegó a través de un comunicado de la gente de extensión de la Facultad de Ciencias Económicas. Se suicidó el 19 de diciembre del año pasado. «Vicky ha sido una gran compañera, tenaz estudiante, incansable luchadora, y persistente constructora de la Educación Superior en la cárcel, y una gran amiga», decía el texto.

***

Este verano tu viejo pasó unos días en Atlántida. Te fuiste a pasar un par de días con él y su pareja, que siempre te cayó bien. La mina te había regalado tu libro de cabecera, He'enalu, de Ariel González, casi que fundador del surf en la Banda Oriental.

Delfina tenía que activar el horno y no pudo venir. El viaje en ómnibus era un mal momento para vos. No era raro que te bajaras por el camino. Entonces la piba le avisó a tu viejo la hora y unidad a la que subías, y tu progenitor, a la vuelta, replicó el procedimiento.

Llegaste con tu mejor onda y bajaron a la Brava. El mar estaba picado y lo disfrutaron nadando con ganas. Se hizo de tardecita y ya medio que se volvían lamiéndose el cansancio y planeando el asado. Se levantó un poco de viento, las olas se pusieron aún más peleadoras y se te antojó nadar hasta la Piedra Lisa. Tu padre te seguía caminando rápido desde la orilla. La mayor parte del trayecto nadaste mariposa, tu estilo.

La compañera de tu viejo vio en su rostro cómo se intercalaban el éxtasis con la preocupación cada vez que el oleaje te escondía. Lo admiró por ser capaz de mantener la serenidad. Pero no era autocontrol, me dijo él. Dijo que llevaba como 30 años aprendiendo que volvería a ver aparecer tu doble brazada poderosa, tu cabecita negra, tu hermosa espalda haciendo surco en el mar.

Últimamente se le ha puesto que es literal lo de Antonio Machado sobre las huellas en el mar. Puede ser un discurso para zafar del bajón. Se enfrasca en explicarme por qué no falta mucho para que los teóricos del caos nos enseñen cómo ver caminos dejados por nadadores como vos.

Creo que va a estar bien. También tiene la esperanza de poder, de acá a dos años, sacarte de tu actual estancia en un tubo de cemento en el Cementerio Central y devolver lo que reste de ti a los brazos de la diosa.

Salvador Neves (Montevideo, 1966) es periodista y editor en el semanario Brecha. Coautor, con Gerardo Caetano, de Seregni. Un artiguista del siglo XX (Ediciones de la Banda Oriental, 2024), y con María Esther Giglio, de Pepe Mujica: de tupamaro a presidente (Le Monde, 2010). Responsable de la investigación histórica en el documental de Aldo Garay En busca de Artigas (TNU, 2011).

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