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Foto: Guillermo Legaria

Calma y guerrera

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Con 40 años de carrera y una trayectoria todoterreno que alternó televisión, teatro, publicidad e innumerables noches carnavaleras, la maquilladora Rosario Viñoly ha sido protagonista y testigo de una parte fundamental del mundo del espectáculo uruguayo. En este perfil, la artista recorre su vida y reflexiona sobre su oficio, el mundo de la imagen y su obsesión por los contrastes.

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Después de cuatro décadas —con sus días, sus noches y sus madrugadas— entregada a la intimidad y a los caprichos de las figuras más célebres del teatro, la televisión, el carnaval, la moda y la política de Uruguay, Rosario Viñoly mira por la ventana de un bar y se pregunta: «¿Y qué pasa con aquellas mujeres que no se animaron? Las que no pudieron, las que no tuvieron la valentía».

Está hablando sobre un proyecto que homenajea a mujeres de oficios diversos cuyas historias aún no han sido reconocidas en la sociedad. Es lo que la tiene ocupada actualmente.

Antes del encuentro en persona hubo varios intercambios por chat. Un fuerte dolor de cabeza pospone la primera reunión de esta entrevista.

«No quiero complicarte la vida, por eso te aviso con tiempo. Ya vino el médico y la verdad que no sé cuándo podré mejorar», escribe apenada en un mensaje de WhatsApp. Al cuidado de su hermana, su malestar hace peligrar la nota, que podría avanzar, según cree, con nuevos mensajes de audio o texto. «Yo respeto el trabajo de cada profesional, pero no puedo con mi condición, me gusta producir», aclara sobre sus sugerencias.

A la mañana siguiente dice que está mucho mejor y propone una caminata por la Ciudad Vieja hasta encontrar un lugar tranquilo para extender la charla. «Nos podríamos encontrar por la plaza Zabala. Hoy me levanté con mucha energía, con ganas de hacer cosas. Y me puse a escribir algunas ideas que tengo sobre la imagen. Luego te las mando».

«¡Ay, perdón!», exclama al volante de su auto cuando se detiene en la esquina de Durazno y Convención. «Qué belleza», dice, antes de que suene una bocina. Observa la caída del sol sobre la playa Chica, piensa en volver por ahí ni bien tenga tiempo.

«De los paisajes ciudadanos me quedo asombrada con algunos edificios que se levantan como grandes personajes en un espacio, el mar, o a lo lejos asomando entre calles. Especialmente cuando hay barcos, muelles o partes extrañas que sobresalen de él», escribirá otra noche en un mensaje de WhatsApp.

Primeros trazos

Ojos grandes, pestañas postizas y peinados altos atrapaban su atención al punto de la fascinación cuando tenía 10 años y acompañaba a su madre a la peluquería. Por esa época, en el patio de su casa, sobre una mesa plegable dibujaba flores, plantas y aviones en el cielo que salían del Aeropuerto de Carrasco.

—Cuando mi padre se jubiló de radiotelegrafista, se fue a trabajar al aeropuerto y nos llevaba de visita a la torre de control. De ahí viene lo de los contrastes. Por un lado, en un hangar veías la grasa de los aviones, los mamelucos y los motores en marcha, que te ensordecían. Todo eso tan fuerte y varonil se mezclaba cuando veía a las azafatas. Sus medias brillantes, sus vestidos celestes y azules y sus pañuelos en el cuello. ¡Dios mío! Ese mundo me parecía una maravilla.

Comenzó a maquillarse medio a escondidas a los 13 años.

—En aquel momento recién podías a los 15. Con el tiempo empecé a sentir que mi personalidad se afirmaba cuando me pintaba, a la hora de ir a pelear por un trabajo, por ejemplo. Yo era la gordita, cargaba con eso. Y los gordos siempre tenemos cara de niño.

Cuando todavía cursaba sus estudios secundarios, una profesora de Literatura le dijo: «Te parecés a Palas Atenea, la diosa griega».

—Eso nunca se me borró, entonces traté de ser como Palas Atenea. Siempre me vi como una diosa muy calma, pero también guerrera.

Antes de convertirse en maquilladora profesional, Viñoly se escapó tres días a Buenos Aires.

—Mentí, era plena dictadura. Dije que venía del canal 5 para hacer un especial y que había perdido los documentos y entré en ATC. Una inconsciente. En ese momento vi a las estrellas más grandes del momento, como Betiana Blum y Mario Pasik. Era pura curiosidad y pasión por lo que hacía. Quería aprender cómo se trabajaba allá, que era nuestra principal diferencia. Ahí en el canal me quedé todo el tiempo al lado de una planta para que nadie sospechara nada.

Su carrera comenzó con una pizca de casualidad. De paseo con su madre por la avenida 18 de Julio, se encontró con su maestro de maquillaje, Julio Perrioti, quien le dijo: «Presentante esta noche en el teatro Astral, hoy tengo novias y madrinas y necesito a alguien que se encargue de maquillar al elenco». Era 1982 cuando Viñoly aceptó el desafío y continuó por varios meses integrada al equipo de la exitosa versión de La cacatúa verde, de Arthur Schnitzler, dirigida por Júver Salcedo.

Bocetos, Museo del Carnaval.

Los rostros pintados de blanco, las máscaras, la realeza y los dioses griegos la atrajeron desde siempre y ahora se preparaba para la noche previa de la Revolución francesa contada a través de una comedia que mezclaba realidad con ficción.

—En La cacatúa verde empecé a aprender sobre el trabajo en equipo y que siempre tenés que hacer más de una cosa. Ese teatro no tenía telón, así que yo me encargaba del apagón final.

Poco después, Perrioti la llevaría al canal 12 para diseñar e implementar los maquillajes de las míticas Telecachadas de El show del mediodía. «Cacho fue otro gran maestro. Siempre estaba atento y me decía: “Fijate acá, de este lado tenés mejor luz”».

Casi 20 años después, el director italiano Stefano Poda confiaría en su talento para maquillar a 265 artistas en la ambiciosa escena de la ópera Aída, en la reinauguración de la sala mayor del Sodre.

Para su compañero en el canal 10 Petru Valensky, actor y comediante, Rosario Viñoly es una mujer de un gusto exquisito: «La conocí cuando tenía su atelier frente al canal 10. Iba siempre en la época en que arranqué Decalegrón y después con mis obras de teatro. Me enseñó a comprarme un lápiz de labio que usé durante años y que ya no existe más: el 42 de Nefer, que era un rojo pasión. Y además me enseñó a maquillarme. Siempre es un placer encontrarme con ella en el canal».

Mujer de contrastes

La exinformativista de Subrayado y actual senadora del Frente Amplio Blanca Rodríguez; la bailarina María Noel Riccetto; las actrices uruguayas Estela Medina, Myriam Gleijer y Dahd Sfeir y la estadounidense Glenn Close; el comediante y conductor Arturo Cacho de la Cruz y los cantautores Jaime Roos y Ruben Rada son sólo algunas de las personas que confiaron en su talento, sin mencionar su labor en carnaval y en publicidad.

En el verano de 2014, la actriz estadounidense Glenn Close visitó Montevideo como representante de la fundación Bring Change 2 Mind en el encuentro «Arte, salud mental y ciudadanía» que se llevaría a cabo en el teatro Solís.

—No sabés los nervios que me causó maquillar a esa mujer. Yo venía de maquillar a todos los invitados de Chichita [personaje de Cacho de la Cruz], como el Puma Rodríguez y todos los artistas argentinos que venían para acá, pero esto era otra cosa. Ese día hubo una tormenta espantosa, el viento tiraba todo. Ni bien terminé con Glenn Close, agarré mis cosas y me fui para el tablado del Jardín de la Mutual. El club estaba lleno de agua, hojas de los árboles y basura, y todo eso junto había pasado en menos de una hora.

Su trabajo y su carrera la llevaron a navegar por distintos sectores sociales, el mundo del espectáculo puede ser variado.

—Creo que me gusta conocer todo el abanico de posibilidades que tenés a la hora de crear. Esta carrera me dio la oportunidad de conocer tanta cosa, tanta gente y tantas formas de pensar, que yo soy respetuosa de todas.

Su obsesión por los contrastes también puede leerse como una atracción por los extremos: los de días corridos de trabajo, los de personajes exagerados y temerarios, los del desastre y la perfección, de la exigencia y el abandono.

—Creo que tiene que ver con la muerte. Yo tuve cáncer y me tocó acompañar a mucha gente enferma. Cuidé a mis padres, ya grandes los dos, hasta sus últimos días y a muchas amigas y amigos.

Viñoly recuerda las tardes de té en casa de amigas con vajilla Willow Pattern, los relatos de sus tías sobre sus jornadas como empleadas domésticas, el puesto de medias de un amigo en el Barrio de los Judíos en el que puede pasar todo el día y una escena que le transmitió su padre: a los 7 años se colgaba de un magnolio para ver a la gente que llegaba al Palacio Taranco y sus vestidos de fiesta.

—Me molesta la gente clasista. En este oficio te encontrás con mucha gente que no saluda al portero de un lugar, que se cree diferente o más que los demás. Por eso cuando una figura se encarga de saludar a todo el mundo, hasta al más humilde trabajador, se la aprecia mucho más.

«¡Qué me importa quién sea! Que se vaya de acá», respondió cuando alguien interrumpió su trazo sobre el rostro de un murguista. Entre la muchedumbre metida en un club de techo de chapa, un representante parlamentario acompañaba las últimas horas del conjunto antes de su actuación en el Teatro de Verano.

—Rosario hizo que yo saliera de mi zona de confort y me arriesgara a cambiar mucho mi maquillaje para televisión [en el reality show Got Talent] y confiara en su mirada. Está siempre queriendo llegar a más. Admiro su capacidad incansable de seguir creando. Es aplicada, estudiosa, tesonera y cabeza dura. Con su carácter fuerte y su profesionalismo se hizo respetar en un ambiente mayoritariamente dominado por hombres. Además, siempre está dispuesta a decirte la verdad y a aconsejarte desde el mejor lugar —dice la prestigiosa figura de la danza mundial y actual directora del Ballet Nacional del Sodre, María Noel Riccetto.

En su último recital Jaime Roos le dedicó «Colombina».

—Volví a casa y lloré.

Sala del Museo del Carnaval en la que se exponen trajes diseñados por Rosario.

Imagen y vacío

—El maquillaje siempre trató de destacar no sólo la belleza. A veces, destacaba a un hombre para ser el jefe de la tribu, por ejemplo, y asustar a los demás en un combate.

Viñoly sostiene que la función del maquillaje es decir algo. «Tiene que hablarte, mostrarte», dice. Ha reflexionado sobre el tema de la imagen y el vacío contemporáneo. Escribe en un mensaje: «La traslación de la imagen: hace que, en lugar de parecernos, queramos ser la otra persona y por ende rechazar nuestra propia imagen, creando el vacío. La imagen del espejo: aunque no exista en sí misma nos refleja con la más absoluta realidad. Odiarse o gustarse es lo que le devolvemos».

Luego amplía en vivo.

—El vacío de no ser alguien o algo. Lo veo en las redes sociales. Hay como una necesidad constante de estar presente. Supongo que cuando uno está conforme con uno mismo y con lo que hace no siente la necesidad de sacarles una foto a los ñoquis del almuerzo y subirla a Instagram.

Y agrega:

—Antes admirabas a un artista. Ahora los jóvenes quieren ser ese artista. Buscan el mismo maquillaje, la misma ropa y hasta tener la misma cara. Creo que el acceso y el avance de las cirugías plásticas han provocado que la gente crea que se puede convertir en esa persona que admira. En mis años como docente de maquillaje siempre les decía a mis estudiantes que no se olviden de quererse. Porque nos obligan tanto a gustarnos, te ponen tantos modelos para adorar, que al final no te ves en ninguno. Hay que aprender a quererse. Te extrañaría enormemente la cantidad de figuras consagradas en todos los ámbitos que no están conformes con su imagen y lo llevan mal.

Revoluciones carnavaleras

El carnaval es un tema recurrente en sus entrevistas y una tentación periodística que Viñoly preferiría evitar. «Siempre me preguntan las mismas cosas y queda un poco de lado todo lo que trabajé en teatro, en televisión, en moda y en publicidad».

Madrugadas en un bar de la calle San José o frente al Jardín de la Mutual junto al director murguero Tito Pastrana o el cronista Nelson Laco Domínguez definen a la vez el carácter y la alcurnia de una de las profesionales más premiadas del concurso oficial.

Viñoly revolucionó el carnaval al menos dos veces: en su ingreso, en 1983, junto con los parodistas Los Walkers primero y luego en Los Gaby's, jerarquizó el rubro de tal manera que el resto de la competencia comenzó a prestarle a atención.

—Es que ni siquiera había productos de maquillaje en carnaval. Una amiga me había traído de España un pancake [base de maquillaje] y le pedí a [Luis] Infantozzi y [Mario] Rabinovich [fabricantes de pinturas] que lo imitaran. Lo hicieron y hoy tiene una industria maravillosa. Son muchos detalles: el trazo, el color, los pinceles, la armonía y sobre todo el ritmo. Para el elenco de una obra de teatro o de una murga necesitás calcular el tiempo que te lleva cada integrante. Obviamente, después con el oficio la mano sigue la línea con naturalidad, es como que va sola detrás del dibujo.

La segunda revolución se produjo en 2007, cuando decidió preparar a la murga Asaltantes con Patente en su atelier con aire acondicionado.

Ese día el conjunto volvía después de muchos años al Teatro de Verano y con las más grandes de las expectativas del público y la crítica.

—Yo lo vi venir de lejos —dice Viñoly sobre uno de los directores responsables de la murga, el deportista Rafael Perrone—. Me venía a decir que prefería que el conjunto saliera del club, entonces le respondí: «Ningún problema, quede tranquilo». Y le expliqué: «Los hago salir del atelier para favorecer al conjunto. Tenga en cuenta que en un día como hoy, en un club de chapa de lata hace 40 grados y se les va a correr el maquillaje. Súmele a eso los 40 minutos que tiene de viaje desde Las Acacias; acá están en el teatro en cinco minutos. Y además no creo que nadie le desee el mal a esta murga, pero yo por las dudas no dejo entrar a nadie».

Ese carnaval el conjunto le ganó el primer premio de la categoría a la popular Agarrate Catalina.

El músico, compositor, director y arreglador musical Eduardo Pitufo Lombardo destaca a Viñoly como «una hermosísima persona» de escucha atenta, también fuera del carnaval. «Compartimos años en Contrafarsa, en Asaltantes con Patente y en Don Timoteo. Siempre fue muy profesional y solidaria y se ha brindado al máximo en todos los espectáculos que hicimos».

Con relojes atravesados por pájaros se le ocurrió maquillar a los murguistas en otro espectáculo de Asaltantes (2013) en el que debía interpretar el paso del tiempo. No fue la primera ni la segunda opción. «Tenés que saber esperar. Podés pasarte todo un día sin que se te ocurra nada y de pronto aparece la idea perfecta», remarca ella.

Sala del Museo del Carnaval en la que se exponen trajes diseñados por Rosario.

Para adelante y para atrás

La artista uruguaya añora las enormes fiestas en Punta del Este organizadas por la princesa Laetitia D'arenberg y el empresario multimillonario Gilberto Scarpa durante los noventa, a las que asistían, según recuerda, los personajes más destacados de la política, el espectáculo y el deporte del Río de la Plata y celebridades europeas como Catherine Deneuve y Gina Lollobrigida. También reivindica su labor en los desfiles de modas de los diseñadores de alta costura Óscar Álvarez y Pablo Ramírez, los rodajes de 45 publicidades en un mes y las frenéticas horas de televisión en vivo que parece haber dejado atrás, aunque aclara: «Ahora miro para adelante. Tengo varios proyectos. Uno de los que más me interesan es un homenaje a las mujeres jefas de familia, que han trabajado en sus casas como modistas y peluqueras mientras cuidaban de los niños o de otros adultos en su hogar, como mi madre María Elsa. La idea es comenzar con una muestra fotográfica que pueda recorrer diferentes partes del país y que vaya creciendo con su rodaje. En una segunda etapa pienso que esto se podría convertir en un Museo de la Mujer». En este proyecto tiene el apoyo de su amiga Natalia Oreiro.

—A pesar de tener muchas imágenes queridas de mi madre, últimamente recuerdo mucho estar con ella en una plaza y ver sus zapatos. En mi recuerdo más nítido yo tengo 5 años y la acompaño a sus clases de corte y confección. Cuando veo a Ana González, la modista que me acompaña en la mágica acción de hacer vestuarios, también veo a mi madre en mi casa con su máquina Singer. Cosía hasta altas horas de la noche. A ella le debo la prolijidad en la costura y la dedicación en los diseños —cuenta.

Al tiempo que valora los homenajes a las políticas, las maestras y otras profesionales uruguayas independientes como ella, se pregunta: «¿Y qué hacemos con las mujeres que no pudieron, que no se animaron, las que no las dejaron, las que no tuvieron la valentía, las que no pudieron salir de donde estaban? ¿Quién soy yo para juzgarlas? A veces las mujeres más desconocidas son las más valiosas».

***

«Desde hace muchos años vivo sola, pero no me siento una persona sola», dice. Vuelve del cumpleaños de una amiga, la cantante Valeria Lynch, y al otro día temprano arranca en su auto hacia el centro de Montevideo.

—Viste que uno se siente más joven de lo que es, ¿no? Yo tengo 69 años, pero me sigo sintiendo joven. Siento que la madurez no importa si estamos atentos a la modernidad. Tengo mis amistades pero no estoy buscando todo el tiempo cosas que hacer. Por momentos puedo ser una persona solitaria, pero no me parece tan terrible. A veces las personas están solas porque se abandonan a sí mismas. Y yo me quiero, no me abandono. Tampoco me gustaría que me abandonaran. Pero no preciso a nadie a mi lado. Algunos creen que esta gordita siempre tuvo una vida fácil y entretenida —dice.

Le pregunto si le gustaría volver a estar en pareja.

—No lo deseo, pero quizás porque tengo la convicción de que el amor no se busca, se encuentra. Y que el amor no es a cada rato. Por eso veo que la gente siente ese fracaso y el desamor. Si buscás compañía, eso es otra cosa. El amor se siente. Te das cuenta cuando llegó y decís: «¡¿Por qué?!». Yo creo en el flechazo del angelito.

Sus ojos grandes con pestañas maquilladas y su voz clara y firme sorprenden al mozo del bar, en un gesto de amabilidad extrema cargado de histrionismo, con una mezcla de gracia, burla y enfado caricaturesco con la que confunde a sus interlocutores de turno todo el tiempo. «Ha sido usted muy amable, señor», dirá antes de irse para el buzón de las quejas por las demoras inaceptables.

Afuera, en una mesa de la peatonal Sarandí, tres jóvenes de pelo prolijamente rapado, anteojos negros, remeras blancas inmaculadas y shorts de verano detendrán su marcha antes de que suba a su auto.

«Diosa, sos lo más», le grita uno de ellos, mientras el resto imita su gesto de manos juntas sobre el pecho en señal de devota admiración.

Federico Medina es cronista y periodista cultural en la diaria y el portal de la librería Escaramuza.

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