Querida amiga:
Te escribo para compartirte algunos pensamientos y sensaciones que he estado cavilando durante cierto tiempo acerca de las cartas y la amistad.
Nunca soy tan sincera como cuando hablo contigo —o debería decir te hablo—. Debo confesar que a veces juego a que te estoy escribiendo, sabiendo de antemano que no te voy a enviar el resultado, para entrar en las zonas más íntimas de mí; incluso para atrapar alguna frase bella y valiosa. No sé qué le sucede a mi estilo cuando te escribo. ¿Será que saberte del otro lado es suficiente para ingresar al esquivo territorio de mi fuente creativa? Ni siquiera en mi diario, que bien sabés la importancia que tiene en mi vida, me reflejo de esa manera. Me resulta de lo más intrigante.
Empecé a leer sobre el tema y me encontré con esta explicación de Lucía Bracamonte (2025)1 sobre por qué sucede eso: «“Es cobrar conciencia de nosotros y hasta el que escriba una carta a la ligera se pondrá delante del testimonio” (Salinas, P. 2002, 35). En la carta, como en otras escrituras del yo [...] aparece esa primera persona, “expresión única de quien la escribe” (Riera, C., 288)».
Estuve investigando amistades epistolares y el rol de ese tipo de escritura en la vida de las mujeres; resultó ser un tema fascinante y extenso, más estudiado de lo que creía, definitivamente menos conocido de lo que merece. En el auge que están teniendo las literaturas del yo —diarios, memorias, autobiografías— los epistolarios van cobrando relevancia, no solo por el interés voyerista de conocer las intimidades de figuras conocidas, sino como registro histórico y literario.
Las cartas fueron espacios de apropiación de la palabra para las mujeres en épocas en las que su participación en el mundo público era limitadísima, incluso prohibida. Les era permitido escribirlas porque se entendía que pertenecían al universo privado, sensible y emocional, perpetuamente asociado a lo femenino. Las ignoraban, lisa y llanamente, y esa intimidad les permitió a las mujeres expresarse con libertad sobre asuntos cotidianos, emocionales, familiares, económicos, sociales, políticos.
Este fragmento de la autora que te cité antes lo explica en detalle: «En el camino de acceso a la palabra escrita las mujeres de los estratos acomodados primero y luego las restantes, especialmente en el marco de la modernidad occidental, fueron familiarizándose de manera más o menos rudimentaria con los protocolos propios de los actos de escribir, enviar, recibir y contestar mensajes, pero también con los convencionalismos de tipo social que debían guiarlas (Lobato, 2011). Se advirtió que el hecho de que las integrantes de los sectores subalternos no pudieran elaborar o leer misivas de manera autónoma no implicaba su completa exclusión, ya que podían recurrir a terceros para ello. Para la primera mitad del siglo XX las féminas ya realizaban un uso profuso de lo epistolar, en gran medida, por su encuadre dentro de las escrituras domésticas, su parentesco con la conversación y su asociación con una moral basada en atenciones recíprocas y trato revestido de suavidad (Lahire, 2008; Lyons, 2016)».
En los contextos en los que el secreto de la carta no era la única posibilidad, igual esa comunicación permitía honestidad, intimidad y el sostén de relaciones personales, especialmente cuando la distancia física impedía el encuentro. Te comparto una cita de Mónica Bolufer Peruga (2016):2 «[Las cartas son] una fuente privilegiada para pulsar la historia de las emociones. Las cartas, además, actúan: contribuyen a construir subjetividades, a tejer y alimentar relaciones interpersonales y a configurar comunidades emocionales a través de la distancia».
También funcionaban como soporte para hacer llegar un mensaje de una emisora a una receptora, sin más intencionalidad que informar, sin florituras, con escritura escueta. Aunque a veces la demora física del viaje de ese pedazo de papel forzaba a la gente a utilizar los telegramas en caso de urgencia.
Y ahora, que las cartas no son necesarias, que tenemos plataformas para comunicarnos de manera inmediata, que media hora se considera mucho tiempo para contestar un mensaje, las romantizamos, las escribimos porque queremos, porque nos permiten entrar en otro ritmo, ir a lo profundo, leer y releer lo que nos fue dicho, pausar y retomar la escritura.
Este soporte fragmentario, que fuerza a abandonar la inmediatez, que permite la tangibilidad del papel y un envío a sabiendas de que las palabras podrían perderse para siempre en el fondo de un camión de correos, fue sostén de incontables amistades. Algunas cartas enviadas entre escritoras sobrevivieron a sus autoras y fueron publicadas como epistolarios; hay casos en los que solo se recuperó una parte de la correspondencia de una de ellas o se perdieron cartas enteras y fragmentos, pero en ese legado podemos sentir cómo laten el cariño, el respeto y la admiración.
Dicen en Casa Índigo:3 «Las amistades epistolares entre escritoras fueron, durante mucho tiempo, espacios de resistencia y de pensamiento compartido. En las cartas no solo se hablaba de afectos, sino también de escritura, de dudas, de bloqueos y de todo aquello que no siempre encontraba lugar en los libros publicados. La carta fue un territorio de ensayo: un espacio donde equivocarse era posible y donde la escritura podía crecer acompañada [...]. Escribirle a la otra no era un gesto menor, era una forma de pensar en voz alta, de sostenerse, de existir en un campo literario que muchas veces las dejaba al margen. Las cartas guardan no solo intimidad, sino también historia literaria, política y afectiva».
Pienso en el vínculo entre sor Juana Inés de la Cruz y su mecenas, la virreina María Luisa Manrique de Lara; en Victoria Ocampo y Virginia Woolf, en Margo Glantz y Tamara Kamenszain.
Te cuento dos historias de vínculos que florecieron a través de palabras y me despido, dejándote la invitación a que escribas y mandes una carta de puño y letra.
Gabriela Mistral y Victoria Kent
La escritora chilena Gabriela Mistral mantuvo con la política española Victoria Kent una intensa relación de amistad que se desarrolló principalmente por carta. En el libro Preciadas cartas,4 las autoras estudian el vínculo entre ellas y con la escritora argentina Victoria Ocampo y aseguran que «representa un periplo constante y supera las barreras del tiempo y del espacio que experimentaron debido a la distancia física resultante de guerras, enfermedades, exilio y encarcelamiento. Lo personal y lo político son inseparables en la amistad que esta correspondencia construye».
Mistral «dedicaba varias horas al día a la correspondencia, hecho que es necesario subrayar para entender el vasto y variado universo discursivo mistraliano», explican en el libro, ya que las cartas «“fueron su principal y muchas veces su único mecanismo para crear y mantener sus redes de amistades (Garrido Donoso, 17)”». Kent y ella se encontraron en persona ocho veces en las varias décadas que duró su amistad.
Tan fuerte fue su vínculo que «más de la mitad de las cartas que se conservan de Kent iban dirigidas a Mistral —una correspondencia sostenida que demuestra el deseo mutuo de continuar y profundizar su amistad—», dicen las autoras.
La manera en la que se dirigían la una a la otra, especialmente en los apelativos y los cierres de las cartas, refleja el cariño y la admiración que sentían estas dos mujeres que se trataban de «usted». Se preguntaban asiduamente por el estado de salud y emocional de la otra y de sus familias, por sus carreras y creaciones, e incluso fomentaban el debate sobre temas en los que disentían.
Intercambiaban sobre sus sentimientos, se elogiaban sin filtro y abordaban temáticas políticas, literarias y vinculadas a la educación. En varias misivas se explicita —a modo de reproche o justificación— el silencio por cierto tiempo, la ausencia de comunicación, la imposibilidad de sostener el diálogo con asiduidad.
Esta es una selección de fragmentos de varias cartas que busca resaltar el vínculo de amistad entre Mistral y Kent. Aparecen con la fecha, el saludo y la despedida de la carta a la que corresponden:
29 de octubre de 1935, Madrid
Mi querida y admirada Gabriela:
No sabré expresarle nunca, Gabriela, lo que para mí significa su ausencia. Había encontrado algo verdadero que admirar y su proximidad me lo había hecho más admirable. Tengo siempre miedo de conocer a quien admiro de lejos, figúrese lo que significa usted en mi vida, usted a quien he ido admirando y queriendo más mientras más me he acercado a su intimidad.
Tengo pena de su soledad, creo que a usted casi le harta el agua, la tierra grata, suave, amable, pero pienso con tristeza que está usted sola; si al menos la hubiese acompañado Francesca [Prat i Barri] estaría más tranquila. ¡Qué absurdo! No sé explicarme el por qué creo que necesita usted cuidados como un niño, que sola está usted un poco indefensa, ¡qué absurdo! ¿verdad?
Con mi afecto
Victoria
[Lisboa,] 3 de noviembre [de 1935]
Mi respetada y bien querida Victoria:
Su carta me conmovió fuertemente. Ella vale para mí lo que usted sabe y más de lo que usted sabe.
Me hará Ud. una falta loca, que allá decimos. Ya le diré con calma lo que es esta falta.
Un abrazo grande y fiel.
Gabriela
Lisboa, 18 de diciembre de 1935
Muy pensada Victoria Kent:
Su carta me llegó el mismo día que despaché la mía. Yo estaba en una larga deuda epistolar con usted que me dolía bastante.
Si usted recuerda Victoria, nuestra primera entrevista tuvo como razón un reportaje sobre la cuestión de cárceles y el voto femenino. Usted me prometió volver y no volvió y aquello quedó en suspenso. Vino más tarde nuestra amistad, y nos ocupamos solamente de conocernos; tuvimos como cierto asombro mutuo de haber estado separadas tanto tiempo y de no habernos comunicado antes.
Su Gabriela
24 de diciembre de 1935
Mi muy querida y admirada Gabriela:
No tenga usted prisa, ya tendremos ocasión, ocasiones, de conocernos como seamos y de reconocernos después. A mí sus conceptos sobre mí y mi vida me obligarían siempre a una conducta, si yo voluntariamente no la siguiera.
Con mi gran afecto, Victoria
6 de enero de 1936
Mi querida y admirada Gabriela:
Aunque le escriba poco y tarde en hacerlo sepa que pienso mucho en usted, me preocupa su abatimiento y espero como se esperan las fiestas cuando somos niños, unos días de reposo para pasarlos a su lado.
27 de febrero de 1936
Mi querida Gabriela:
Pensando en usted todos los días y sin poder escribirle.
Otro día le escribiré más largo, Gabriela, por hoy un abrazo muy fuerte con todo mi cariño y agradecimiento.
5 de abril de 1936
Muy querida Gabriela,
Tengo dos cartas de usted sin contestar, sin esfuerzo creerá que no he tenido momento libre desde que las recibí hasta hoy.
Su carta primera me alentó, creo que ha visto usted los resortes de mi fortaleza y a ellos llega con su carta, bella y profunda como suya.
Victoria
1º de junio de 1936
Cara Victoria,
A veces pienso que usted, que me tiene así, en escritura, sin verme la risa de cabrera, y los ojos que la miran con cariño, ahora no me entenderá tan bien como en Ciudad Lineal [distrito madrileño]. No me lo tome a lo trágico, pero un poquito en serio sí. Es feo regresar a ciertas partes y feo no volver a otras.
Yo le agradezco, ¡y tanto!, esa oferta de verla entre sus flores y su silencio de campo.
La dejo, Victoria querida, no se preocupa de escribirme, que está ocupada en cosas grandes. Usted sabe que la tengo también cuando se me calla.
Un abrazo de Gabriela.
22 de junio de 1936
Mi querida Gabriela:
Tengo muchas ganas de verla, Gabriela, de verla y de hablar con usted largo, como lo hacíamos en Ciudad Lineal, hace casi un año, tardamos en conocernos (yo tengo miedo de conocer a las personas que admiro) y cuando pude apreciar que la estimación por usted crecía en el trato íntimo usted se marchó ¿casualidad, destino? No sé. Su amistad es una preciada cosa y tenerla cerca es una fortuna y más para un espíritu como el mío que tiene más de «lapa que de alga».
Con mi gran afecto.
Victoria
8 de julio de 1937
Cara Victoria (su nombre le ayude y nos ayude):
La quiero más que antes, aunque suela disputar: es mi costumbre... Y de más en más usted es un ejemplo vivo para nosotros los inútiles.
Un abrazo fiel de Gabriela
3 de mayo de 1946
Esta carta no desea ser más que el lazo que una nuestra comunicación interrumpida por tanta tragedia, tanta brutalidad y tanta locura. Pero quiero decirle que, en medio de todo esto, yo he visto siempre delante de mí esa soberana serenidad de usted y la sigo viendo a través de esas fotos despiadadas de los periódicos; yo sé que los movimientos hondos de su alma no crecen hacia afuera.
Escríbame, Gabriela, si ello le descansa o le place y siempre, siempre, en cualquier momento cuente con que estoy a su lado, piense que una de mis grandes ilusiones es volverme a sentar a su lado y dejar que las horas hagan lo que quieran con los días y las semanas.
Espero ver pronto unas letras de usted yo le mando un entrañable abrazo mi cariño de siempre Victoria
12 de junio de 1946
Usted está, y estuvo siempre, en la misma zona de mi vida, en aquella que está por encima de toda vicisitud.
Un abrazo con toda la profundidad de mi afecto.
Victoria
Febrero de 1947, Nueva York
Cara amiga mía V. K.:
Le repito, V. K., que la casa mía en cualquier parte del mundo será siempre suya. Aunque ahora el ofrecimiento le sobre, nada sabemos del mañana. No lo olvide. Callada o escribiéndole yo le guardo una admiración definitiva y un afecto profundo
Gabriela
Alejandra Pizarnik y Silvina Ocampo
La naturaleza de la relación entre las escritoras argentinas Alejandra Pizarnik y Silvina Ocampo ha sido objeto de escrutinio y especulaciones por décadas. La documentación más fiable que existe sobre el vínculo la realizó Mariana Enríquez para su libro La hermana menor, un retrato de Silvina Ocampo, para el que entrevistó a diversas personas que conocían a Ocampo, y el relato que más se repite es que la pasión amorosa, si existió, fue unilateral desde el lado de Pizarnik.
Más allá de qué intenciones y sentimientos albergaban las escritoras, hubo un vínculo amistoso de cuidado y cariño entre ellas que sostuvieron a través de charlas, encuentros y epístolas.
Las cartas de Ocampo no se conservaron, solo tenemos acceso a las que le envió Pizarnik, que aparecen recogidas en Nueva correspondencia Pizarnik 1955-1972 (Lumen, 2014).
En una tarjeta con dos tréboles, uno violeta y otro celeste, sobre un fondo rectangular verde enmarcado en celeste, escrito transversalmente en el borde izquierdo: «Silvina Silvina Silvina Silvina»:
Silvina:
hoy me pregunté:
¿cómo sería el mundo si Silvina no hubiese nacido?
Gracias
Tuya
Alejandra
Sin fecha
¿Te dejé muy triste el otro día? Espero que no. Confío en que no. Aun así, y aunque maldita la gracia que me hace tender mi tristeza sobre la mesa como un mapa, aún así es una Gran Prueba de Amistad de mi parte esto de no sonreír todo el tiempo y de no decir chistes todo el tiempo, que es lo que hago con 99 de cada 100 personas que conozco. Quiero decir que revelar la tristeza es algo así como la máxima confesión (al menos, en mi caso). Pero me horroriza pensar que pude comunicártela. Ojalá que el peregrino la haya disipado si es que no la dejé al irme.
Sofía Pinto Román es escritora, tallerista y periodista. Publicó Me entrego al silencio (Planeta, 2024) y edita la sección Carnaval de la diaria.
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Bracamonte, L. (2025). «Mujeres y estructura epistolar en la historia: trazos entre lo íntimo, lo doméstico y lo público». En Descentrada, Revista Interdisciplinaria de Feminismos y Género 9 (1), artículo e248. ↩
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Bolufer, M. (2016). «En torno a la sensibilidad dieciochesca: discursos, prácticas, paradojas». En Las mujeres y las emociones en España y América (ss. XVII-XIX), Universidad de Cantabria. ↩
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Escuela virtual de escritoras que se especializa en literatura intimista de mujeres. ↩
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Horan, E., De Urioste Azcorra, C. y Tompkins, C. (2019). Preciadas cartas (1932-1979). Gabriela Mistral, Victoria Ocampo y Victoria Kent. Renacimiento. ↩