Ingresá

Ilustración: Ca_teter

Un reflejo siempre distinto

8 minutos de lectura
Contenido exclusivo con tu suscripción de pago

Un vínculo que suele escaparse en el momento en que intentamos definirlo: o porque lo comparamos con otro, o porque se desvanece en el tiempo, o porque no sabemos muy bien qué hacer con él. Sobre amistades que mutan o desaparecen, sobre las relaciones y sus jerarquías, sobre la paridad y los espejos escribe la poeta Laura Petrecca.

Contenido no disponible con tu suscripción actual
Exclusivo para suscripción digital de pago
Actualizá tu suscripción para tener acceso ilimitado a todos los contenidos del sitio
Para acceder a todos los contenidos de manera ilimitada
Exclusivo para suscripción digital de pago
Para acceder a todos los contenidos del sitio
Si ya tenés una cuenta
Te queda 1 artículo gratuito
Este es tu último artículo gratuito
Nuestro periodismo depende de vos
Nuestro periodismo depende de vos
Si ya tenés una cuenta
Registrate para acceder a 6 artículos gratis por mes
Llegaste al límite de artículos gratuitos
Nuestro periodismo depende de vos
Para seguir leyendo ingresá o suscribite
Si ya tenés una cuenta
o registrate para acceder a 6 artículos gratis por mes

Editar

¿Los amigos son placer o dolor? Emily Dickinson

Es enero en Buenos Aires y después de la efervescencia de diciembre y fin de año, el tiempo parece haberse extendido. Espero a un amigo sentada en un café; hace mucho tiempo que no nos vemos pero no podría recordar exactamente cuánto, vivimos en países distintos desde hace un poco más de 15 años y en las ciudades donde nos fuimos encontrando compartimos cafés o paseos, salidas con otros amigos, momentos de mayor o menor duración o espontaneidad pero siempre encuentros, puntos aislados como postas en el transcurso del tiempo. Llega apurado, la semana anterior vio a sus amigos más exigentes —me sonrió por no ser una de ellos— y tiene una sensación de trabajo realizado. Me reconozco en él, reconozco las vueltas a Buenos Aires en las que yo también hacía un recorrido similar e iba tocando a mis amigos como si fueran figuras de sal que de pronto pudieran despertar, asegurándome de que estuvieran bien, poniéndome al día con sus novedades, conociendo sus casas nuevas, sus parejas nuevas, creando una ilusión de continuidad, tratando de dejar de lado el tiempo que pasa entre nosotros, que es la mayor parte del tiempo. Ese es seguramente un ritual que realizan muchos de los que viven afuera de su país; cuando vuelven algo queda suspendido en el lugar de donde se partió como una identidad que permanece guardada, de alguna manera intacta y que buscamos preservar, como si mientras vivimos en otra parte pudiéramos mantener esa ilusión de presencia, una vida que continuamos; asegurar, de alguna forma, que nunca nos fuimos.

Pero la distancia también puede convivir con la cercanía y la amistad; el fuego intenso de ella, al menos, parece tener un momento fundante, probablemente en la infancia y en la juventud, y es en la adultez cuando toma una forma más anquilosada o más ambigua. Incluso estando cerca, la amistad se desvanece; no es por ninguna pelea o nada malo, simplemente el tiempo fue pasando y se pierde el interés, vamos a distintos lados, algo se disuelve incluso sin que nos hayamos dado cuenta y tal vez tenga que ver con un movimiento que sucede adentro de nosotros. A veces queremos advertirles a esos amigos que nos conocen desde siempre que ya no somos aquellos que éramos, que en algunas cosas cambiamos, como si ellos nos devolvieran una imagen siempre igual que por momentos puede angustiarnos porque no logra actualizarse y que también puede traernos tranquilidad. We can´t make old friends (no se pueden hacer viejos amigos), dice el refrán inglés. Tal vez tengamos que admitir que somos estos y también somos aquellos.

***

Amistad es igualdad, un amigo es un otro yo se titula un grabado francés anónimo del siglo XVI que encuentro en el archivo en línea de la Wellcome Collection de Londres. La idea me hace fantasear: un yo que pueda estar en otro cuerpo o en muchos cuerpos distintos es un otro yo como un individuo único, pero también podría significar que todos seamos partes de una unidad, fragmentados, distanciados, y por eso mismo podríamos completarnos y busquemos hacerlo o busquemos oportunidades en las que nos completamos. Lo misterioso está en esa conexión; ni nosotros mismos sabemos cuántas resonancias podemos tener con los demás o reconocer que tenemos muchas, incluso aquellas que desestimamos. Pero buscando representaciones de la amistad en el arte no dejo de encontrar imágenes que parecen sugerir lo mismo: paridad, continuidad, manos unidas, confidencias, la sugerencia de fuerzas paralelas. Veo y me resulta muy claro en la imagen del grabado, en que se ve a un hombre unir las manos de dos mujeres con los ojos vendados, dos mujeres que están a punto de tocarse mientras hacen girar una rueda, el paso del tiempo probablemente. Esa relación que al parecer tiene que ver con el otro no puede escindirse de esa referencia a nosotros mismos si pensamos en la amistad como una relación imprecisa, como el amor —¿el amor?—, poco definible. El protagonista de la película de Abbas Kiarostami ¿Dónde está la casa de mi amigo? (1987), Ahmed, lo ejemplifica muy bien. La trama es sencilla: Mohamed se olvida de su cuaderno por tercera vez y el maestro lo reta, le advierte que si se lo olvida una vez más va a ser expulsado de la escuela. Esa tarde, Ahmed se lo lleva a su casa y al darse cuenta de lo que hizo, se preocupa y toma la obligación de devolvérselo como un asunto personal, importantísimo, «como si fuera él», aunque su madre no logre entenderlo y aunque tenga que empezar un viaje que lo lleva a lo desconocido, ya que Mohamed vive en una zona alejada —Poshteh—, pero no sabe puntualmente dónde. Ahmed lo toma de una forma urgente porque reconoce la pena de Mohamed: en la infancia los vínculos de amistad conforman nuestro mundo, son nuestro mundo, de hecho, no hay más allá de él, no hay alternativa más que esa sociabilidad, que no es impuesta, aunque no suene bien decirlo así; pienso en el lugar de la escuela fundamentalmente. Somos uno más de los otros, se confía en lo conocido y estamos obligados a participar; ese campo de amistad dado que se nos propone (nuestros padres quieren saber quiénes son nuestros amigos, conocer sus casas; cualquier elemento extraño o muy diferente es en sí preocupante) forma esa primera capa de identidad y esos lazos de comunión que tienen que ver con lo similar también pueden sentirse como un ahogo. En la escuela las amistades pueden vivirse con felicidad y también como un callejón sin salida. Recuerdo a una niña que volvía a su casa llorando todas las tardes por las burlas de mis compañeras de colegio pero no había mucho que pudiera hacerse: mañana habría que ir al colegio y verlas nuevamente, convivir con ellas. Quizás el año próximo serían sus mejores amigas y tendrían esa relación rebotando entre el amor y el dolor, entre la tranquilidad y la inquietud o el poder, pero siempre juntas, sin poder salirse de ese círculo de relación e intensidad. Nada más alejado de lo que parecería suceder en la adultez, sobre todo con la poca resistencia a los vínculos que parece promoverse desde el discurso del bienestar y la individualidad; cualquier elemento incómodo, cualquier relación malsana rápidamente obliga a tomar distancia, a cortarla.

Son vínculos que pueden disfrutarse o padecerse en obligada convivencia. Quizás luego de muchos años de compartir con esos amigos cuando seamos más grandes y salgamos al mundo nos demos cuenta de que no podemos precisar por qué somos amigos de nuestros amigos o reconozcamos que pudimos ejercer múltiples combinaciones y conjugarnos con aquello que hoy nos parecería muy diferente o casi imposible. Ese primer momento puede hacernos sufrir a veces pero también darnos una recompensa inesperada; es ese tener que trabajar con lo que hay, luego las sendas van por otro lado pero algo retienen, conservan el tiempo, pueden decirnos o recodarnos de dónde venimos como si todo el trabajo duro lo hubiéramos hecho en ese momento en el que luchamos por ser con los otros y también por ser nosotros mismos.

***

Pienso en capturar ese momento en el que todo comienza y nos hacen partícipes de una práctica no demasiado consciente. La amistad en ese primer momento, la infancia, no es un pasatiempo accesorio, es una forma de vida, incluso el dolor de tener que amistar con lo difícil; hay algo de primitivo en ese pase social y también de supervivencia. El mundo se abre y lo diferente entra; frente a esos espacios que nos son asignados, la escuela, el club, los institutos de estudios, salimos a un momento en el que podemos elegir y ahí todo cambia. Recuerdo esa sensación en el último verano de la secundaria de que todos intuíamos aún sin poder precisar que ya nada iba a ser igual porque salíamos de ese factor común que era el colegio para enfrentarnos a la pregunta de qué queríamos hacer y con quién queríamos estar, esa libertad nueva que no podía estar exenta de melancolía.

La amistad puede tomar mil formas, temporarias, inesperadas, de un tiempo como un momento o un hechizo como una atracción, por un finalidad, mejor no llamarla amistad. Empieza sin declararse y termina muchas veces de la misma manera. Son más los amigos que perdemos, las relaciones que se van apagando que las que conservamos; los caminos cambian y hay nombres que no vamos a recordar. Sobre todo si pensamos en lo que la sociedad nos propone para la amistad si no deseamos indagar mucho en ella.

Tener amigos parece ser un complemento extra después de cierta edad que trae beneficios al desarrollo cognitivo, como hacer crucigramas o comer palta, un vínculo paralelo al vínculo principal, la pareja, la familia, esas estructuras sociales pilares; la vida amistosa se propone como un extra pero sin el mismo nivel de compromiso, una relación para distendernos de esas otras estructuras pero que en sí va adquiriendo un carácter un poco fantasmagórico, como un agua quieta, y si algo no nos convence no hay ninguna obligación de continuar.

Parece que en la adultez la amistad como proyecto político o como proyecto de vida pierde sentido, pero en este tiempo en verdad podría recuperarlo, sobre todo frente al decaimiento de muchas estructuras sociales en su formato más tradicional, como por ejemplo la familia, de una manera tal vez no tan desarrollada pero siempre cuestionada, la pareja. Recuerdo que hace unos pocos años leí un artículo sobre el grupo New Ground en el norte de Londres, una comunidad de mujeres de entre 60 y 90 años que se reunieron para vivir juntas; muchas son mujeres que se divorciaron, que tienen hijos grandes, que terminaron con una forma de vida —generalmente la del matrimonio, la del trabajo— y que por cuestiones prácticas (afrontar dificultades económicas en soledad), pero también emocionales, piensan en otras formas de vivir. Estas mujeres encuentran en un nuevo momento de la vida un espacio común que tiene algo similar a la infancia en cuanto a la convivencia y en cuanto al hecho de que estas son relaciones ancladas en el movimiento, en ir hacia un lugar, y como forma de protección ante una realidad cada vez más precaria. Algo así plantea Geoffroy de Lagasnerie en su libro 3. Un elogio de la amistad, un ensayo en el que el autor narra la relación excepcional que lo une con el escritor Édouard Louis y con el también escritor Didier Eribon (al mismo tiempo su pareja), una relación de amistad entre los tres en la cual lo interesante no es cómo se define el vínculo —qué es— sino la capacidad que tiene esta relación de dimensionar su vida, como un agente móvil. Desde el comienzo de su amistad establecen un enlace que va más allá del esparcimiento o el encuentro, sino que tiene que ver con una manera de transcurrir la vida; celebran juntos la Navidad, pasan sus vacaciones, intervienen el espacio público, militan, se tienen al tanto de sus calendarios y viajes para no pasar demasiado tiempo separados, se ayudan a escribir sus libros. La amistad va tomando un lugar principal en la vida del autor, un lugar no solo afectivo sino también de cuidado que muchas veces suele adjudicársele a la familia, pero sin un elemento jerarquizante u opresivo quizás, característico del sistema familiar tradicional, sino en constante posibilidad de reorganizarse, como si de esos vínculos solo pudiera extraerse lo mejor dejando de lado lo obligatorio y lo convencional. La amistad entonces se puede volver un elemento dinámico que en el caso de De Lagasnerie logra llevarlo hacia el mundo, hacia los otros, hacia lo distinto. Parecería ser que lo que hace, tomar conciencia de la amistad, examinarla, sostenerla, es una manera de lograr que conserve su vitalidad, su poder de cambio. Es que la pone bajo la luz como una arcilla que se va moldeando y todavía no logra cobrar una forma definitiva. El autor cuestiona que se tome la amistad como una relación secundaria a las relaciones principales de la vida (la pareja, la familia) y la propone como central. Por momentos esta relación, tres, podría resultarnos intensa; incluso en su singularidad como vínculo, no deja de resonar de alguna manera con los otros sistemas que critica, la familia, la pareja, o al menos nos hace preguntarnos qué sucede en esa tríada cuando deja de fluir el equilibrio. Sin embargo, lo más importante es lo que propone: la idea de labrar relaciones a nuestra medida, crearlas y que puedan cambiar con nosotros, ayudarnos a vivir, mostrar un reflejo siempre distinto.

Laura Petrecca (Buenos Aires, 1985) es poeta, narradora y traductora. En 2025 publicó Piedras por Paripé Books. También es autora de los libros de poesía Pensó que ya lo sabía (Huesos de Jibia) y Aquí vivía yo (junto con Christian Anwandter, Ediciones 27 Pulqui) y de la novela corta Cuento para una persona (Entropía).

¿Tenés algún aporte para hacer?

Valoramos cualquier aporte aclaratorio que quieras realizar sobre el artículo que acabás de leer, podés hacerlo completando este formulario.

¿Te interesó este artículo?
Suscribite y recibí en tu email la newsletter de Lento, periodismo narrativo y ficción de la diaria.
Suscribite
¿Te interesó este artículo?
Recibí en tu email la newsletter de Lento, periodismo narrativo y ficción de la diaria.
Recibir
Este artículo está guardado para leer después en tu lista de lectura
¿Terminaste de leerlo?
Guardaste este artículo como favorito en tu lista de lectura