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Desolvidando a Serafín

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A 120 años del nacimiento de Serafín J García, 90 años de Tacuruses y 40 años de su muerte.

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En plena campaña, en Treinta y Tres, en un paraje llamado Cañada Grande, nació Serafín José García el 5 de junio de 1905. Cuando tenía tres años su familia, pequeños ganaderos de la zona, se trasladó a Vergara, un pueblito en aquel entonces de apenas 4.000 habitantes, un poquito más que hoy. Allí transcurrieron su infancia y su adolescencia, en un lugar que sintió “estrecho y sin perspectivas”, en donde cursó todos sus estudios: la escuela primaria.

“A los diez años lavaba frascos y ensobraba drogas en la farmacia local, además de cebarle muchas decenas de mates diarios al patrón”, contará años más tarde, en 1947, en su Autobiografía de un hombre sin historia. Por ese trabajo recibía “tres pesos mensuales”.

Más adelante fue tipógrafo en una imprenta humilde y destartalada que editaba el periódico La Verdad. Cuando murió su padre él tenía 14 años, y se dejó llevar por “las zonas más turbias y míseras del pueblo, fraternizando con el oscuro dolor que alimenta boliches, garitos y lupanares”. Fue “escapando a tiempo de semejante mundo” que devino escritor.

“Coseché, sin proponérmelo, el material humano para mi obra futura. Ya entonces empezaba a dolerme, corazón adentro, la tragedia del hombre del pueblo”, diría luego, para rematar: “De la vida y no del libro recibí las primeras y más eficaces enseñanzas”, gracias a “la cotidiana intimidad del harapo y el callo”, en el “contacto con los peones de estancia que iban a gastar en el pueblo esos domingos vacíos” y con “las campesinas empujadas hacia los prostíbulos por la soledad y el hambre”.

A los 19 años, se hizo cargo del periódico La Prensa, del que fue “a la vez director, redactor único, administrador, repartidor y cobrador”. Su cargo como bibliotecario del club social del pueblo, en el que además atendía la cantina, lo acercó a todo tipo de lecturas. Pero poco después, los apremios económicos lo llevaron a emigrar a la ciudad de Treinta y Tres, donde se ató a “un empleíllo burocrático de mala muerte”: milico de pueblo en el archivo de la Jefatura de Policía de Treinta y Tres.

Allí formó su hogar, como se decía entonces, junto a Blanca González, quien sería su compañera para el resto de la vida.

90 años de Tacuruses

El periódico Amanecer empezó a salir en diciembre de 1930 y desde sus comienzos publicó poesía de Serafín J García. También publicaba en La Tarde, el periódico dirigido por el político colorado Ledo Arroyo Torres, quien lo animó a reunir sus versos criollos, que no eran muchos, y a sumarles otros en ese estilo y así editar un libro.

“Yo era un muchacho muy bohemio, andaba siempre de trasnoche con los amigos de la guitarra y del asado”, recordará de aquel momento en el que se inclinó por escribir. Tenía por norte “lo social, lo humano del campo en todos los aspectos; el hombre de campo desvalido, víctima de injusticias, olvidado por los caudillos, por los gobernantes: reivindicarlo por lo menos en la poesía”.

Arroyo organizó una suscripción (preventa) del libro para financiar su impresión, y el primer ejemplar de Tacuruses salió de Impresora Uruguaya el 4 de diciembre de 1935. Al igual que su numerosa obra posterior, estaba dedicado a Sofía Correa. “Porque supo ser la madre que yo necesitaba. Por su ternura que restañó mis tristezas. Por su tristeza que incubó mis rebeldías”, decía al inicio.

Aquel libro reunía 31 poemas divididos en tres partes (“Tacuruses”, “Espadañas” y “Totoras”) que desnudaban la hipocresía de la moral campante en el pueblo y tenían una fuerte carga de denuncia de las dificultades de la vida de los hombres y las mujeres del campo. “Esta tragedia es el motivo central de su poesía”, dirá en su prólogo Ledo Arroyo.

En el poema “Hombrada” retrata el dolor y la rabia de un campesino que está velando a su hija que ha muerto después de parir sin haber pasado por la iglesia. Todo el pueblo mermuraba, y el hombre soporta “el disprecio safao de tuito el pago”: “¡Mándensén mundar tuitos a la puta! / ¡No quiero sabandijas en mi rancho! / ¡P’aguantarle los secos a la pena / no precisa’e culeros el qu’es macho! / ¡Vamos! ¡Juera de aquí, manga’e trompetas! / ¡No esperen que los saque a rebencasos! / ¡A mentir a otro lao! ¡A mí esas lástimas / sólo consiguen enyenarme de asco! / ¡Si m’hija jué pa ustedes una pluma! / ¡Si ustedes jueron los que la mataron / a juersa’e picotiar en su conduta / como en la oveja cáida los caranchos!”.

En “Oración”, ese padre reflexiona a través del dolor y tendrá la osadía de desafiar al mismísimo Tata Dios: “¿Cómo no viá dudar de tu justicia? / ¿Cómo viá crer que tengas sentimiento / si vos, provalecido de tu juersa / nos quitás siempre lo que más queremos?”.

“Orejano”, por su parte, es una combativa declaración de principios que se revela contra el orden establecido por caudiyos, comesarios, divisas ya desmerecidas, jueces y curas. “Por eso en el pago me tienen idea! / ¡Porqu’entre los ceibos estorba un quebracho! / ¡Porque a tuitos eyos les han puesto marca / y tienen envidia de verme orejano! / ¿Y a mí qué m’importa? ¡Soy chúcaro y libre! / ¡No sigo a caudiyos ni en leyes me atraco! / ¡Y voy por los rumbos clariaos de mi antojo / y a naides preciso pa ser mi baquiano!”.

Aquella primera edición de Tacuruses, sin embargo, no llegó a sus suscriptores. Una curiosa resolución de Augusto César Bado, ministro del Interior del gobierno dictatorial de Gabriel Terra, ordenó la compra de los 500 ejemplares. Será recién en 1936, cuando se reimprima, que la obra llegará a quienes posibilitaron su edición.

“El libro cayó de una manera inesperada”, recordará el autor; “para mí fue una cosa desconcertante, las primeras tres o cuatro ediciones desaparecieron como si fuera pan”. Tacuruses logró meterse en los ranchos miserables, de harapos mugrientos y gurises galguiando de hambre, y acompañó el sufrimiento de aquellos hombres y mujeres de campaña de todo el país, que en muchos casos no sabían leer ni escribir.

En uno de los prólogos de sus tantas reediciones, cuentan que en una oportunidad en que García, junto con un acompañante, se dirigía a Mercedes a dar una conferencia, pararon en un boliche cerca del pueblo de Rodó y se encontraron con un grupo de troperos que bebía animadamente en la barra. Aquel acompañante observó que entre las ropas de uno de ellos asomaba un ejemplar de Tacuruses (“un libro sucio de vida, con manchas de yerba y marcas de cigarro”, dirá el propio autor), se le acercó y le preguntó: “¿Usted lee ese libro?”, a lo que el tropero le respondió: “Mire, amigo, yo no sé leer, pero este libro me acompaña desde hace más de diez años. Lo hago leer por mis compañeros y así lo voy aprendiendo de memoria”.

Abundan anécdotas de ese tipo, como la que cuenta el periodista César di Candia en el prólogo de la reedición de 2006: en una gira por Treinta y Tres, Serafín J García hizo una parada en “un boliche perdido en el camino”, donde había “un hombre viejo acodado en el mostrador”, que se aproximó a él, “sacó de su bolsillo un ejemplar de Tacuruses gastado hasta lo indecible, le pidió que le leyera alguna poesía y le explicó: ‘Es que no sé leer y a todos lados adonde voy llevo el libro conmigo y pido que me hagan ese favor’”. “Me pregunto qué otro escritor del mundo habrá recibido un honor semejante de parte de un analfabeto”, dirá Di Candia al respecto.

“Aquel insólito barril de pólvora cuyo estallido, entre 1935 y 1936, si tuvo efectos de bomba atómica para el país, es de imaginar el incendio que debió producir en el lejano e ingenuo rincón solariego del autor”, dirá en 1986 el escritor Julio César da Rosa, treintaitresino también. “De este incendio fuimos, junto a muchos jóvenes de allá, no sólo testigos inflamados, sino fervorosos portallamas”.

El inesperado y explosivo éxito de Tacuruses le permitió a García y a Blanca González instalarse en Montevideo, donde desarrolló el resto de su intensa carrera literaria.

40 años sin Serafín

En su humilde casita, allá donde se terminaba la avenida de las Instrucciones, lo encontró la muerte el 29 de abril de 1985, el año en el que la comunidad treintaitresina se aprestaba a rendirle un doble homenaje por sus 80 años y el cincuentenario de Tacuruses. La prensa no registró el hecho, diría Di Candia, uno de los pocos periodistas que pudieron vencer las reticencias del poeta a la exposición pública y que logró entrevistarlo para preguntarle por qué, siendo el escritor más leído del país, el que ha editado más libros, era también el más olvidado.

“Yo siempre estuve olvidado por ese núcleo muy chico, muy cerrado de la gente de la cultura”, contestó Serafín J García. “Pero nunca me importó, porque mi poesía estaba en el pueblo con una fuerza estupenda. Yo escribí para el pueblo, con el lenguaje propio de la zona donde me crie. Además, yo mismo busqué el olvido, nunca fui hombre de peñas literarias ni de círculos”.

Cuando murió su autor, Tacuruses llevaba 19 ediciones legales y una infinidad de ediciones piratas impresas sobre todo en Argentina. Serafín J García calculaba que se llevaban vendidos entre 30.000 y 40.000 ejemplares.

“Orejano” fue inmortalizado por Los Olimareños, pero también cantaron sus poemas Roberto Rodríguez Luna, César Isella y Amalia de la Vega.

Inspirado en viejos archivos policiales, y bajo el seudónimo de Simplicio Bobadilla, Serafín J García también escribió “Los partes de Don Menchaca” en la revista Peloduro y el semanario El Tero Imprudente. Dejó, además, una cantidad importante de obras, varias de ellas premiadas, como los relatos de Burbujas y el romancero Raíz y ala. Un paneo incompleto y apresurado de su vasta obra literaria debería incluir libros con cuentos campestres (En carne viva, Barro y sol), romances (Tierra amarga), versos nativos (Flechillas), antologías de poesía gauchesca, fábulas criollas (Las aventuras de Juan el Zorro, luego adaptadas para niños por él mismo) y relatos infantiles (Piquín y Chispita, que fue libro de lectura en las escuelas).

Sin embargo, Serafín J García sigue olvidado, a pesar de haber sido el escritor más leído de Uruguay. Quizás sea una forma de mantenerse consecuente consigo mismo, por haber tenido el abrazo de los peones hambrientos y desesperanzados de ropas raídas a los flashes y las fotos que vienen con los premios institucionales. Contra ese olvido lucha a brazo partido un puñado de treintaitresinos allá, en su pago, donde los que mandan le tenían idea.

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