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Nieves Concostrina.

Foto: S/d de autor, difusión

“Si te metes a periodista para desinformar, eres un canalla”: la española Nieves Concostrina habla de la monarquía, la memoria histórica y el humor en la profesión

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La conductora del programa Acontece que no es poco

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Nieves Concostrina es una de las divulgadoras históricas más influyentes y populares de España. Su manera de narrar el pasado combina rigor documental, humor irreverente y una mirada crítica sobre los relatos oficiales. Conduce Acontece que no es poco en la Cadena Ser, un programa diario de amplia audiencia –que también se puede escuchar en plataformas– en el que revisa episodios históricos.

Periodista de formación, trabajó en Diario 16, en diferentes programas de televisión y es autora de varios libros. Examina el papel del poder, la Iglesia y las élites en una lectura del pasado vinculada a debates actuales sobre memoria histórica, feminismo y derechos humanos. Por esa idea de que la historia repercute en el presente y por algunas de sus opiniones, como puede verse en este diálogo, es una voz que no pasa desapercibida.

La monarquía, en especial la española, es tema recurrente en sus columnas y en especial la casa de los Borbones. En América del Sur ningún país tiene reyes. ¿Cómo España los sigue teniendo?

Pues porque vosotros supisteis libraros de nosotros. Nos quitasteis de en medio a los españoles a principios del XIX, algunos otros un poco más tarde, y evidentemente lo que hicisteis fue eliminar los virreinatos y quitaros de encima los Borbones. Nosotros, como no somos muy listos, pues aquí seguimos teniendo una dinastía que lleva 150 años robándonos. Pero como nos han hurtado tanto la educación, nos han robado la memoria, la información, pues la mayor parte de los españoles creen que tener un rey es muy guay. Los únicos reyes en los que veo alguna utilidad turística son los Windsor, que salen, se pasean en carroza y organizan cosas muy vistosas. Pero ya está, no sirven absolutamente para nada más. Los reyes no tienen ninguna utilidad, son sencillamente gente que vive a costa de los demás. Como ya dijo aquel ministro de Napoleón, De Talleyrand: “Es costumbre real el robar, pero los Borbones exageran”. Eso lo dijo en el siglo XIX y no ha cambiado nada. 

Tras estudiar la historia de tantos monarcas, ¿cuál es tu opinión sobre el actual rey de España, Felipe VI, su esposa –y experiodista– Letizia Ortiz y su padre Juan Carlos?

Juan Carlos, ya ha quedado demostrado –es un hombre con 16 delitos probados–, es un delincuente. Lo que pasa es que la Constitución lo mantiene; se declaró que los reyes son inmunes e inviolables. Ahí tenemos una locura. Felipe VI puede salir y violar a alguien o pegarle un tiro a alguien y no se le puede juzgar, una cosa absolutamente absurda y decimonónica.

A mí Felipe VI no me gusta nada, no me parece un rey preparado, además. Por costumbre, los reyes nunca se han preparado intelectualmente porque no hacía falta, iban a reinar sí o sí. En los Borbones, por la endogamia, no ha habido ninguno que haya salido intelectualmente destacable, y sigue sin haberlos ahora. Ni siquiera las hijas de Felipe y Letizia, aunque ella haya metido ahí sangre plebeya; eso no se mejora así en una sola generación, tienen que pasar décadas. A Leonor, que ojalá no llegue a reina de España, la han sacado fuera del país a estudiar, se la llevaron a Gales. Ya ves tú la confianza que tienen el jefe del Estado y su mujer, la plebeya Letizia, en la educación de este país, que la llevan a estudiar fuera. Y luego lo único que está recibiendo es una formación militar, cuando no la necesitamos; la formación militar la tienen que tener los generales y las personas de carrera militar. No nos la tienen que pasear, como hicieron con Felipe, un ratito en la Academia Militar de Infantería, un ratito en la Marina para que se dé una vuelta al mundo en [el barco] Juan Sebastián Elcano.

En fin, es todo muy payaso. Siguen actuando como si viviéramos en el siglo XIX o a principios del XX. Yo no quiero tener un jefe de Estado perenne, yo quiero poder votar, pero no disfrutamos de una democracia plena mientras no podamos votar al jefe de Estado.

Y de Letizia, ¿qué decir? Hay que hablar con cuidado porque todavía les protege el Código Penal y me pueden acusar de cualquier cosa. Tendría que decir que supuestamente Letizia era republicana, supuestamente era atea, supuestamente no debería haberse casado con el rey porque está divorciada, no debería haberse casado con el rey porque tendría que ser una católica practicante de toda la vida, que nunca lo ha sido; viene de una familia por parte de madre absolutamente progresista y de izquierdas. Letizia es una contradicción con patas, pero vio el trono y dijo “a por él”. Como dijo Groucho Marx, estos son mis principios; si no le gustan, tengo otros. Eso hizo Letizia, cambiar de principios. 

Has señalado que en España “la historia está ahí y el negacionismo es insoportable” al hablar de la guerra civil. ¿Comparás las luchas por la memoria histórica en España con debates similares en América Latina sobre las dictaduras cívico-militares?

Sí, pero en este tema hay una doble o triple responsabilidad. Hay una responsabilidad en la educación, hay una responsabilidad en la prensa, hay una responsabilidad ciudadana. El ciudadano tiene obligación de estar informado también. El ciudadano, además de derechos, tiene deberes; ya no estamos en momentos en que prima el analfabetismo, ya tenemos las suficientes herramientas para estar informados y usar nuestro pensamiento crítico. Entonces, el ciudadano tiene la obligación de informarse, la prensa tiene la obligación de no desinformar sino de informar, y la educación tiene la obligación de contar nuestro pasado. O sea, en Argentina se tiene que hablar de la tremenda dictadura, de los vuelos de la muerte, de aquellos militares asesinos que tiraban a las personas vivas al océano Atlántico, de cómo robaban a las madres sus hijos para entregarlos a familias fascistas. En Chile hay que hablar de lo que fue Pinochet. Pero si tú todo eso lo tapas, el fascismo vuelve y eso es lo que se ha hecho en España.

Aquí hubo una transición que fue muy farsante; se hizo una amnistía para librar de toda culpa a los fascistas, a los franquistas, a los que venían de la dictadura. Ellos se libraron, la educación continuó en manos de la Iglesia y lo que ha venido haciendo la Iglesia estos años ha sido seguir adoctrinando a los cachorros del fascismo, que ahora son los que vuelven a aflorar. En este país se cometieron muchos errores con la transición y la gente se creía que, por haber conseguido la ley del divorcio, la ley del aborto y tal, pues esto ya estaba hecho. Se tarda años en conseguirse los derechos y se pierden en minuto y medio, y ahí está la ultraderecha y los fascistas en este país esperando entrar para quitarnos todos los derechos que puedan. 

En una entrevista dijiste que “el periodismo también es activismo”. ¿Creés que los medios de comunicación tienen un deber ético con las causas sociales y políticas, y hasta qué punto esto puede o debe influir en la práctica periodística?

El médico tiene la obligación de salvar vidas y el periodista tiene la obligación de informar la verdad. Y luego, por supuesto, están los periodistas al servicio del poder, del dinero y de la mentira. Pero bueno, la corrupción está en todos los gremios. Está en el gremio de los carniceros, en el gremio de los políticos, y en nuestro gremio periodístico hay mucho corrupto, mucho al que le da igual la verdad y le da igual estar simplemente al servicio del poder. Luego, en los medios de comunicación, por supuesto, están todos los intereses económicos. No podemos entrar en eso porque no es la cuestión. Pero el periodista, como persona individual, tiene una cláusula de conciencia en la que tiene que saber que lo que hace es su responsabilidad. Tiene que contar la verdad, tiene que informar. Lo contrario es desinformar y lanzar bulos. Si te metes a periodista para desinformar, pues eres un canalla.

Había una frase que odiaba y que oía de algunos compañeros periodistas que era no meterse con los periodistas. Cuando veías que algún compañero periodista hacía algo mal o le pillabas en mentiras o tal, decían: “Perro no come perro”. Primero, es mentira, porque los perros comen perro si se ven en la necesidad de hacerlo, y segundo, yo quiero mi gremio limpio de corruptos. Si detesto a un corrupto, claro que lo tengo que denunciar. No quiero a nadie corrupto en mi gremio. El corporativismo no lo soporto, no puedo con él.

Nieves Concostrina en el estudio SER.

Foto: S/d de autor, difusión

Considerás el periodismo un oficio más que una profesión, y en tu juventud, luego de unos años, dejaste los estudios universitarios de comunicación. ¿Cuál es tu visión sobre la educación terciaria para ejercer el periodismo?

Aquí es una carrera de cinco años; me parece absolutamente absurdo. Aparte de que ya he tenido demasiados encuentros con alumnos de cuarto de periodismo y, madre mía, lo que he visto ahí... Me parecen recién salidos de la primaria. No leen periódicos, no están informados. Les mencionas algunos personajes y no saben de quién les estás hablando. Les hablas del primer presidente del gobierno de la democracia aquí, Adolfo Suárez, y no saben quién es. Que un estudiante de cuarto de periodismo te diga “no lo conozco porque yo entonces no había nacido”... Le digo: “Mira, al decir eso estás demostrando varias cosas. Primero, que eres tonto perdido. Segundo, que no deberías estar estudiando periodismo. Y tercero, verás, es que yo tampoco había nacido cuando corría por aquí Napoleón Bonaparte, pero sé quién era. Tú estás estudiando periodismo y no conoces al primer presidente de la democracia. No sé qué haces aquí”.

La carrera de periodismo es muy fácil, es una carrera para tontos, es muy sencillita; la engordaron con infinidad de asignaturas innecesarias. El periodismo nunca debió ser una carrera. Como empecé a hacer las prácticas en primero de carrera en un periódico nacional [Diario 16], aprendía ahí, donde era prácticamente la chica de los recados. Estaba en una sección que se llamaba Teletipos, cortando las noticias, llevándolas a las secciones. Empezaba a trabajar a las dos de la tarde y salía a las dos de la mañana. Y luego, a las nueve de la mañana, estaba en la Facultad de Periodismo. Iba a la carrera y me aburría. No tenía nada que ver con lo que hacía cada tarde en el periódico, cómo veía que funcionaba el periódico, las noticias que llegaban, las cosas que ocurrían en el mundo. Luego llegaba a la facultad y me encontraba con que me estaban dando clases extraterrestres. No me hablaban entonces de lo que era la OTAN, el Mercado Común, nada de eso. Me hablaban de unas cosas rarísimas, de unas teorías. Había una asignatura de historia en que otra vez contaban la Revolución francesa, y yo decía “ya me la sé, me la contaron en bachillerato, ¿podemos hablar de otra cosa?”. En tercero decidí que no iba a perder más el tiempo yendo a la facultad, porque era una absoluta pérdida de tiempo. Estaba aprendiendo mucho más en la redacción del periódico que lo que me estaban dando unos profesores en una facultad.

Y luego salió una normativa por la cual, por cinco años de trabajo en un periódico y dos o tres años de estudio en la facultad, te convalidaban y te colegiaban como periodista. Y me colegié. Pero nunca he necesitado el título de periodista. Es la profesión la que me ha ido llevando por ahí. Soy periodista después de 44 años. Y si alguien me dice “enséñame el título”, le digo “pues no lo tengo”. De haberlo tenido, lo hubiera colgado en el váter.

En muchos de tus trabajos usás el humor para hablar de la historia y de la muerte. ¿Qué valor creés que tiene el humor frente a temas serios o dolorosos, y qué límites, si los hay, debería respetar?

Para mí el humor tiene los límites del sentido común en el ámbito periodístico. Hay cosas en que uso la ironía, el sarcasmo y el sentido del humor. Y luego el sentido del humor en los comediantes, en los actores, es comedia. El problema de ponerle límites a eso es quién los pone. ¿Los pones tú de acuerdo a tu moral? ¿Los pone el otro de acuerdo a la suya? Este mundo está lleno de ofendidos. Si se habla de mujeres, si se habla de discapacitados, si se habla de tuertos, si se habla de tartamudos, si se habla de gente con cáncer... Tú tienes que tener claro que la comedia es comedia. Yo no hago chistes porque mi trabajo no es ese. Como periodista no me río de los discapacitados, de los tartamudos. Uso el sentido del humor, que es muy distinto a hacer comedia con eso. Pero he visto a cómicos muy brutos, muy bestias, diciendo cosas a lo mejor contra el feminismo y tal, pero tengo muy claro, porque encima conozco al cómico y sé que es feminista, pero está haciendo su comedia, su papel. Yo ahí no le pongo límites. Mi límite será que, si ese cómico me gusta, voy a verle, y si no me gusta, pues dejaré de ir a verle, ya está. Pero no voy a pedir su cabeza ni lo voy a cancelar.

Has dicho que hoy la información se limita a repetir lo que dicen los equipos de comunicación. ¿Cómo salvar o reinventar el periodismo tradicional en este contexto? ¿Qué lugar tiene la radio como formato?

Lo siento, pero soy muy pesimista; creo que ya no hay remedio, que esto ya va a peor. Tengo 64 años, ya voy de salida, entonces mientras siga aquí haré lo que creo que debo hacer, pero pienso que esto no tiene remedio.

La radio está metida en el mismo bucle de desinformación que cualquier otro medio. Antes los redactores salían con el micrófono a la calle. Si querías tener una información política del ayuntamiento o de la comunidad autónoma del lugar, lo que hacía el periodista era buscar a la persona de la que quería obtener declaraciones, poner su micrófono, preguntar lo que quería. Ahora el redactor no sale de la redacción, porque los gabinetes de comunicación han encontrado el magnífico truco de mandar los cortes de audio a los lugares, entonces así el periodista dice: “¡Uy, qué bien, no me tengo que mover!”. Pero ¿qué haces? Poner lo que te ha mandado el político o la persona de turno. Cuando trabajaba en el periódico, lo último que me permitía mi redactor jefe era poner en una noticia la nota de prensa que me habían mandado de algún sitio. “La nota de prensa es solo una información; yo quiero que de ahí desarrolles tú una información, hables, preguntes, llames y veas lo que hay detrás. Tú no te puedes creer lo que te está contando una nota de prensa de una empresa, de una multinacional o de un político. Mira qué hay ahí, eso te puede servir para decir Fulanito dice tal, pero ahora tú llamas, confirmas, buscas información”, y eso ya no se hace.

A veces, cuando paso por la redacción, veo que están todos en sus asientos, no veo a nadie en la calle. Solo los de investigación o algunos periodistas de vieja escuela están buscando información, pero los demás están sentados en su silla. Con la cantidad de información que hay en los barrios, con la cantidad de problemas que hay en las calles, ¿qué hace todo el mundo aquí sentado?

Sos redactora de la revista Adiós, especializada en la muerte y la cultura funeraria.

En realidad, es una revista sectorial, lo que llamamos aquí una revista empresarial. En 1996, a Jesús Pozo, que es mi marido, le propusieron hacer una revista del sector. Era el momento en que el sector funerario se había modernizado mucho en España, era ya muy serio. No eran esos señores vestidos de negro con chistera que parecía que eran los buitres de la muerte, que parecía que estaban esperando que alguien se muriera para llevarse al muerto. No, los servicios funerarios son absolutamente necesarios y tienen que ser honestos y modernos. Querían hacer una revista que sirviera para dar a conocer, entre el propio sector funerario, noticias, nuevas tecnologías en los hornos crematorios, urbanismo en los cementerios, ecología, en fin, todos los ámbitos que pueda tener la muerte. Y, por supuesto, también conseguir una unión con el consumidor. Que el consumidor viera que el sector funerario no era el enemigo, sino un sector que necesitamos todos, porque, tarde o temprano, somos como los yogures, tenemos fecha de caducidad, y vamos a necesitar que haya unos servicios funerarios decentes que se hagan cargo de nosotros. Y Jesús se puso manos a la obra y diseñó un formato de revista.

Hay muchísimos ámbitos dentro de los sectores funerarios que hay que dar a conocer, y luego hay mucha cultura detrás de la muerte. Hay cine, teatro, poesía, libros, historia, antropología, hay ritos funerarios, y todo eso se fue reuniendo en la revista Adiós. Entonces, al principio chocaba mucho; nosotros la llamamos “la revista de los muertos”, porque no nos andamos con eufemismos, y pues ahí está. Es una revista que ha llamado la atención.

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